— No quieras tanto a esos barbudos, mira que el Diablo anda suelto por el desierto.

— ¡De noche lo oigo!

Diálogo entre el Pastor y el Hermano

Matías en Simón del Desierto (Luis Buñuel, 1965)

Una interminable sucesión de victorias y derrotas

En su clásico El Diablo, Papini —con ciertas reservas— coincide con Merezkovskij en que los hombres han sido tentados por el Diablo, del mismo modo que fue tentado Jesús en el desierto. ¿Viene de Satanás todo el mal?, se cuestiona Papini, ¿es lícito echar siempre la culpa a la fuerza de Satanás antes que a nuestra flaqueza o, por decirlo latinamente, a nuestra imbecilidad?

¿Es lícito demandar en los tribunales a Satanás? Para Gerald Mayo si, pues en diciembre de 1971 presentó una demanda en contra de Satan and his Staff. En la médula de su reclamación, el demandante aseguraba que Satanás le había puesto diversos obstáculos en detrimento de sus derechos constitucionales. El juez Weber, de la Corte de Distrito Oeste de Pennsylvania desechó la demanda. No encontró el juzgador nexo de causalidad entre Satanás y las miserables vicisitudes del señor Mayo. Tampoco se había identificado domicilio alguno del demandado en el distrito judicial correspondiente, lo que hacía materialmente imposible efectuar las notificaciones de rigor.

¿Qué le resultó mal a Gerald Mayo?, tal vez debió haber revisado con antelación el trabajo de Charles Yablon, Suing the Devil: A Guide for Practitioners. En ese ensayo, Yablon hace conjeturas iniciales en torno a la formación jurídica del Diablo, su derrota en El Libro de Job; su disputa jurídica y política con Dios en Paradise Lost, y concluye, preliminarmente, que tras ser expulsado del Paraíso, Satanás comenzó a ejercer la práctica privada en el Infierno (una jurisdicción con la que el Cielo no tiene tratado de extradición).

¿Con quién llevó Contratos Lucifer?

Parece no haber duda acerca de la habilidad del Diablo celebrando pactos y contratos. Se conocen claras victorias suyas en Don Juan (Cfr. Tirso de Molina, Moliere, Byron, Pushkin, Da Ponte, Zorrilla, Baudelaire, Apollinaire, Max Frisch, entre otros), y otras al menos en primera instancia (Goethe, Fausto, Primera Parte), con derrotas “en apelación” (Goethe, Fausto, Segunda Parte).

Pero la naturaleza arquetípica del “pacto fáustico” parece que va más allá de la erudición universal y el deseo por Margarita. Wier, Bodin, Marlowe y Widman identifican las siguientes pautas que, como mínimo, deben constar en el “machote” contractual con el Diablo:

  1. Renegar de Dios y de Todo el ejército celestial.
  2. Ser el enemigo de todos los hombres.
  3. No prestar oído a las discusiones de los clérigos y de las personas de la iglesia, y hacerles todo el mal posible.
  4. No frecuentar las iglesias ni visitarlas, y no acercarse al Sacramento.
  5. Odiar el matrimonio y no comprometerse con sus ataduras, con ningún pretexto.

Fausto firmó, con su sangre, un convenio similar con Mefistófeles, y en La Damnation de Faust, Berlioz elige un momento puntual del último acto para la firma del convenio:

—Fausto: ¿Qué exiges?

—Mefistófeles: ¿De ti? Nada más que una firma sobre este viejo pergamino. Salvaré a Margarita al instante  si firmas tu juramento de servirme mañana.

Cumplida esta formalidad, se van al Infierno donde los príncipes de las tinieblas quieren asegurarse de que Fausto firmó el contrato libremente, con plena autonomía de la voluntad, y tras constatarlo, comienza la orgía infernal más poderosa de la historia de la música:

—Príncipes de las Tinieblas: Faust a donc librement signé l’acte fatale qui le livre à nos flammes?

Mefistófeles: Il signa librement.

—Condenados, Demonios: Has! Has!

Pese a esas victorias derivadas de pactos sanguíneos, Yablon enfoca sus inquietudes en la identificación de ciertas debilidades jurídicas del Diablo:

a)    La reticencia de La Bestia a aceptar el consejo jurídico externo, con la puntual excepción de los Advocatus Diaboli que estaban para interponer obstáculos durante la fase diocesana de los procesos de beatificación y canonización. Los abogados del diablo a quienes también se les conocía como Promotor Fidei fueron invención de Sixto V, y fueron reemplazados por los Promotor Iustitiae, ya en tiempos de Juan Pablo II.

b)    La obsoleta y demasiado formalista aproximación del Maligno al Derecho contractual, que logra sobrellevar, empero, “gracias a conocimientos básicos de análisis económico del derecho”.

c)    La circunstancia, nada favorecedora, que atribuye al Diablo todos los males y calamidades del mundo.

¿Procede demandar al Diablo como responsable de todo el mal de la humanidad a raíz de un criterio sostenido por la Suprema Corte en 1891?

Parece haber consenso en que el Diablo es el responsable de todo el mal que aqueja a la humanidad, ¿pero esto serviría como base de una demanda judicial sustentable? En Estados Unidos, difícilmente, pues en 1891 la Suprema Corte resolvió Gleeson v, Virginia Midland, en la que dijo:

  • Extraordinary floods, storms of unusual violence, sudden tempests, severe frosts, great droughts, lightnings, earthquakes, sudden deaths and illnesses, have been held to be “acts of God”.

Si no es posible demandar al Diablo por “Actos de Dios”, solo resta esperar a que llegue un asunto al más alto tribunal estadounidense que revierta las cosas. Al parecer, el sentido de las resoluciones puede cambiar 180 grados. Lo dijo Sandra Day O´Connor en una conferencia dictada en México en 2008 cuando le preguntaron qué se necesitaba para que la Suprema Corte revirtiera Roe vs. Wade, a lo que la Justice, con aplomo texano respondió: “se necesitan cinco votos”.


Alejandro Anaya Huertas. Licenciado en Derecho (UNAM); maestro y candidato a doctor en Administración Pública (INAP).

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