La Acusación a Galileo

Galileo Galilei sostenía que la comprobación final de una teoría debe ser encontrada en la naturaleza: “Yo considero que en las discusiones sobre problemas físicos deberíamos partir no de la autoridad de los pasajes bíblicos, sino de las experiencias de los sentidos y de las demostraciones necesarias…Dios no se manifiesta de manera menos excelente en las acciones de la Naturaleza que en las sagradas declaraciones de la Biblia.(8) Por su parte, Urbano VIII objetó que no puede haber una prueba final para los designios de Dios: “Sería una imprudencia extravagante para cualquiera el pretender limitar y confinar el poder y la sabiduría divinos a una conjetura particular de su cosecha.(9)

Mientras, se encomendó a los censores dictaminar sobre las dos tesis fundamentales de la teoría copernicana propugnadas y desarrolladas por Galileo, a saber:

  • El Sol es el centro del Universo e inmóvil exteriormente.
  • La Tierra no es el centro del Universo ni es inmóvil, sino que además se mueve con un ciclo de movimiento cotidiano.

En febrero de 1616 dictaminaron que la primera tesis era “necia y absurda en el aspecto filosófico y herética desde el punto de vista formal, por contradecir obviamente las máximas de la Sagrada escritura en muchos lugares suyos, tanto respecto al sentido de lo dicho en la Escritura como en la interpretación general por los santos padres y los doctos teólogos”. Con la misma unanimidad se pronunciaron respecto de la segunda tesis, diciendo que ella “debe someterse a la misma censura en el aspecto filosófico; considerada desde el punto de vista teológico es, por lo menos, errónea en las cuestiones de fe”.

No obstante, el momento decisivo para el astrónomo llegó en 1632, cuando publicó su Dialogo sopre i due massimi sistema del mondo, tolemaico et copernicano (Diálogo sobre los dos máximos sistemas del mundo: ptolomeico y copernicano). El libro tuvo un éxito rotundo; en él aparecen tres personajes: Salviati, Sagredo y Simplicio. El primero es partidario del sistema copernicano, el segundo aparece como Presidente neutral de la disputa y el tercero defiende el sistema ptolemaico del Universo.

Los adversarios de Galileo encolerizaron ante la publicación e inculcaron a Urbano VIII que ese libro era “más horrible y más funesto para la Iglesia, que los escritos de Lutero y Calvino”. Finalmente, el Papa asumió que Simplicio era su propia caricatura, y creyó que su amigo Galileo se había burlado de él, poniéndolo como un simplón. Escribió entonces al Embajador de la Toscana: “Vuestro Galileo ha emprendido un camino falso y osa discurrir sobre las cuestiones más importantes y peligrosas de cuantas puedan suscitarse en nuestro tiempo”.

Entonces, el 23 de septiembre de 1632, sobrevino lo inevitable: “Su Santidad encarga al Inquisidor de Florencia que informe a Galileo en nombre de la Sagrada Congregación, que deberá comparecer lo antes posible en el curso del mes de octubre en Roma, ante el Comisario General del Santo Oficio…”. Galileo contaba con 68 años de edad.

Instrucción e interrogatorio a Galileo

Una vez formulada la denuncia, el inquisidor hacía comparecer a los testigos, para que pudieran confirmar la acusación. En su caso, el detenido ingresaba a una cárcel secreta, completamente aislado del mundo exterior, y la instrucción no se suspendía ni aún en caso de muerte del acusado o de su alienación.(10)

La Inquisición “fundamentaba” la acusación, y no lo hacía con el fin de revelar la verdad objetiva, sino para convencer al acusado de que debía reconocer su culpa y arrepentirse. La confrontación de los testigos de cargo y los detenidos estaba prohibida. Al respecto, Nicolás Eymerich, gran Inquisidor del Reino de Aragón, sugería que se leyera la acusación suprimiendo los nombres de los denunciadores, y entonces el acusado podría conjeturar quienes habían presentado contra él tales o cuales cargos, recusarlos o invalidar sus testimonios.(11)

El plazo de instrucción no se limitaba en modo alguno; los inquisidores podían retener al acusado en la cárcel hasta el pronunciamiento de la sentencia, un año, o diez, e incluso durante toda su vida. El recluso costeaba su manutención, con sus propios bienes, secuestrados por la Santa Inquisición. Si el detenido carecía de una fortuna suficiente para mantenerlo largo tiempo en la cárcel, su suerte se decidía en cuestión de días. Al respecto, Eymerich recomendaba: “…(proceder con) rapidez, sin dar lugar a las triquiñuelas de los abogados, ni a las solemnidades que intervienen en los demás juicios y trabajando hasta los días que son feriados para los demás jueces, rechazando toda clase de apelaciones que sólo sirven para dilatar la sentencia, y no admitiendo multitud inútil de testigos.(12)

Por su parte, el inquisidor se preparaba minuciosamente para el interrogatorio. Examinaba la biografía del detenido, buscando episodios que permitieran doblegar la voluntad de la víctima, y hacerla obedecer sin reservas al interrogante.(13) A continuación hacía decenas de preguntas muy diversas, y a menudo, no relacionadas en modo alguno con el asunto a fin de desconcertar al interrogado, hacerlo incurrir en contradicciones, decir absurdidades y reconocer algunos pecados y vicios pequeños.(14).

El 12 de abril de 1633, Galileo Galilei respondió por primera vez las preguntas del Inquisidor. Como se puede apreciar en los documentos a los que se puede tener acceso del Archivo Secreto, las preguntas le fueron dirigidas cortésmente, en latín y en tercera persona: “¿Cómo y cuándo fue traído a Roma?”, “¿Es suyo este libro?” (Dialogo sopre i due massimi sistema del mondo), “¿Por qué decidió escribirlo?”, “¿Qué contiene su libro?”. Todas esas preguntas eran esperadas por el científico, hasta que surgió lo inesperado:

Inquisidor: ¿Estaba en Roma, en el año 1616 en particular, y con qué propósito?

Galileo: Estuve en Roma en el año 1616… porque, teniendo conocimiento de las dudas expresadas sobre las opiniones de Nicolás Copérnico,… me decidí a venir para indagar qué posición era conveniente adoptar en esta materia.

Inquisidor: Permítasele decir qué fue decidido y qué se le dio a conocer en febrero de 1616.

Galileo: En el mes de febrero de 1616, el Cardenal Bellarmino me expresó que el sostener la opinión de Copérnico como un hecho comprobado era contrario a las Sagradas Escrituras. Por lo tanto, no podía ser sostenida ni defendida: en cambio, podía tomarse y emplearse como hipótesis. Para confirmar esto, conservo un certificado del cardenal Bellarmino, fechado el 26 de mayo de 1616, en el que dice que la opinión de Copérnico no puede ser sostenida ni defendida…

Inquisidor: ¿Recuerda si le fue indicado por otro en aquella ocasión algún otro precepto?

Galileo: No recuerdo, por haber ocurrido esto muchos años atrás, si me dijeron o transmitieron algo más, y no sé si recordaría lo dicho en el caso de que se me lo leyera. Digo francamente lo que recuerdo, porque no creo haber contravenido de modo alguno aquél precepto…

Inquisidor: Si se le declara que, en presencia de testigos, se le dieron instrucciones de que no debía sostener ni defender la citada opinión, ni enseñarla en cualquier forma, permítasele ahora que diga si es que recuerda.

Galileo: … recuerdo que las instrucciones fueron que no debía ni sostener ni defender la dicha opinión. De las otras dos expresiones particulares, es decir, ni “enseñarla” (nec docere), ni “en cualquier forma” (quovis modo), tengo memoria, ni están expresadas en el certificado del cardenal Bellarmino del 26 de mayo…

Inquisidor: Después del susodicho precepto, ¿obtuvo permiso para escribir el libro?

Galileo: Después del precepto, no solicité permiso para escribir este libro, en virtud de que consideré que no contravenía el precepto que me fue dado de sostener ni defender la referida opinión…

Inquisidor: Cuando solicitó permiso para imprimir el libro, ¿reveló el mandato de la Santa Congregación del que hablamos anteriormente?

Galileo: Nada dije cuando solicité permiso para publicarlo, puesto que en el libro no sostenía ni defendía la opinión de la movilidad de la Tierra y de la estabilidad del Sol; al contrario, pruebo la opinión opuesta, mostrando que las razones de Copérnico son inválidas y no concluyentes.

Galileo tenía un certificado firmado por el Cardenal Bellarmino en el que solamente se le prohibía “sostener” o “defender” la teoría de Copérnico; sin embargo, la Inquisición sostuvo que contaba con otro certificado que prohibía exclusivamente a Galileo, el “enseñarla en cualquier forma”. Naturalmente, la Inquisición no tenía la obligación de mostrar tal documento al acusado, y ahora hay pruebas que acreditan que dicho certificado, base de la acción, era apócrifo y no contiene firma alguna, menos la del Cardenal Bellarmino(15).

El 20 de junio de 1633 fue interrogado otra vez, y se le anunció que al día siguiente sería sometido a “un interrogatorio y una prueba”.

Alejandro Anaya Huertas. Licenciado en Derecho (UNAM); maestro y candidato a doctor en Administración Pública (INAP).

Notas:

(8) Bronowski, op. cit., p. 209.

(9) Ibidem.

(10) Grigulevich, op. cit. p. 118.

(11) Eymerich, Nicolau, Le Manuel des inquisiteurs, Transcrit et complété par Francisco Peña. Introduit, traduit et annoté par Louis Sala-Molins. Paris 2001.

(12) Ibídem.

(13) Grigulevich, op. cit., p. 123.

(14) Grigulevich, op. cit., p. 124.

(15) Copia de ese documento en Bronowski, op. cit. p. 213.