Hablar o escribir sobre un personaje como Rodolfo Vázquez no es tarea sencilla; para ello hace falta definir a cuál de sus múltiples facetas hace uno referencia. En esta ocasión, habremos de referirnos a Rodolfo, el profesor universitario. El académico comprometido con la institución, la enseñanza rigurosa del derecho, con los problemas del país y, muy particularmente, con sus alumnos.

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Quienes escribimos estas líneas conocimos al doctor Vázquez precisamente en esa calidad. Bastó la primera clase, en el primer semestre de la carrera, para percatarnos que a Rodolfo lo define la pasión por enseñar, por transmitir conocimientos, pero muy especialmente por hacer que sus alumnos piensen. Cultiven su curiosidad. Amplíen su mundo intelectual. Y que sean capaces de aprender libres de prejuicios y dogmas. Es decir, que nunca dejen de cuestionar, inclusive si se trata de las mismas lecciones del profesor Vázquez. Don Rodolfo es, en resumidas cuentas, un pilar de la educación liberal.

Conversando entre nosotros, aunque de distintas generaciones, aún recordamos esa asignatura en que conocimos a Rodolfo, seminario de Santo Tomás de Aquino. Ese día nos explicó, siendo unos recién llegados a la universidad, que esa materia era un seminario y no una cátedra y, por tanto, habríamos de preparar por nuestra cuenta cada clase y ahí sólo debatir. Ciertamente, en ese momento no entendimos que las discusiones serían dirigidas por el propio Vázquez, con los argumentos más sugerentes y mordaces, esos que cimbran mentes, derrumban certezas y acaloran discusiones –siempre, por supuesto, frente a la sonrisa pícara de Rodolfo.

Más adelante, nos encontramos de nuevo al doctor Vázquez en una de las clases cumbres de la carrera: filosofía del Derecho. “¡Sapere aude!” parecía gritarnos Rodolfo “¡Tengan valor para servirse de su propio entendimiento!” De la mano de Kant nos alentaba: “Duden, cuestionen. Conviértanse en adultos y abandonen ya la minoría de edad.”

Su clase es la definición perfecta de cómo debe ser un aula universitaria: un foro democrático, de libre de discusión de las ideas y respetuoso de la diversidad en todos sus sentidos. No hay mejor homenaje a los filósofos de la tolerancia –Voltaire, Montaigne, Rawls- y a las libertades democráticas modernas que una clase de Rodolfo Vázquez. Durante sus lecciones, el aula encarna el espíritu de la conciliación, el equilibrio y la libertad. Hace algunos meses, Jorge Cerdio, Jefe del Departamento de Derecho del ITAM, al inaugurar el seminario dedicado a discutir la obra de Rodolfo Vázquez, señaló que las clases del profesor Vázquez, su metodología, contenido y dinámica, tenían como gran objetivo último formar ciudadanos de una sociedad liberal e igualitaria. Es cierto: ninguno de nosotros hemos dedicado nuestra vida profesional a la filosofía del derecho, pero lo cierto es que gracias a las clases del profesor Rodolfo Vázquez hoy estamos conscientes de la relevancia de no encerrarnos en nuestros intereses privados y estar pendientes de la cosa pública. En este sentido, la aportación de Rodolfo Vázquez al ITAM es invaluable y de suma trascendencia. Ya sea desde su primera trinchera en el Departamento Académico de Estudios Generales y, más adelante y hasta la fecha, en el de Derecho, la presencia de un profesor del compromiso ético y social de Vázquez es precisamente la materialización del elemento que distingue al ITAM. Un difícil balance entre la impartición del más riguroso conocimiento técnico y, al mismo tiempo, enseñanza de lecciones humanistas universales para escapar de las trampas de la especialización contemporánea.

La evidencia de las aportaciones de Rodolfo Vázquez tanto al ITAM, como a la ciencia del derecho, es contundente: innumerables publicaciones, múltiples seminarios y una sólida cátedra que han sido el sustrato para formar destacados abogados y, sobre todo, ciudadanos comprometidos. Con ello, el doctor Vázquez no sólo ha puesto un grano de arena, sino que ha sido detonador de cambios profundos en decenas de generaciones de jóvenes. Estamos, pues, ante un académico, investigador, divulgador y profesor químicamente puro. Convencido de que la educación es el gran catalizador social, prueba de ello ha sido la apuesta del profesor Vázquez, durante los más de 40 años dedicados al ITAM: educar.

Estas breves reflexiones acerca del doctor Vázquez, provenientes de un grupo tan diverso de exalumnos como los suscritos, son sólo una pequeña muestra de la huella indeleble que él deja en sus alumnos.

Sobra mencionarlo a estas alturas: Rodolfo es ya un profesor emérito. Su vocación docente es transformadora y guía de vocaciones entre sus alumnos. Por ello, consideramos firmemente que el ITAM debe reconocer estos méritos acumulados durante décadas y conceder este reconocimiento al doctor Vázquez, a su trayectoria y a su incontrovertible compromiso institucional. Esto no solo sería un acto de justicia mínima, también sería una gran enseñanza institucional por parte del ITAM: la vocación, el compromiso, el trabajo y el talento eventualmente son reconocidos como deben ser.

Paola Cicero Arenas, Antonio Espinosa Aguilar, Saúl López Noriega y Alejandro Orozco y Villa. Exalumnos de la licenciatura en derecho del ITAM.