No era muy apetecible ser Papa durante el primer milenio. En el año 891, la Santa Sede estaba vacante tras la muerte de Esteban V y el cónclave eligió como sucesor al anciano obispo Formoso, quien había tenido un complicado obispado en Porto (un antiguo puerto de Lazio).

Si difícil había sido su vida de obispo, mucho peor fue la que padeció Formoso como Papa, pues su designación coincidió con un período en el que Roma, como prácticamente toda Europa, estaba dividida en facciones en permanente conflicto. En el año 892, el Emperador Guido de Espoleto pidió a Formoso que diese a su hijo la corona imperial. Formoso aceptó y se trasladó a Rávena para colocar la corona en la frente de Lamberto de Espoleto. Ello enfureció de tal modo a la irritable nobleza romana, que Formoso se vio forzado a solicitar a Arnulfo, Rey de Baviera, que viniese a la bota itálica para defender la herencia de San Pedro “contra la tiranía de aquellos malos cristianos”. Todo parecía indicar que la intervención de Arnulfo rendiría frutos para Formoso, pero aquél cayó gravemente enfermo y eso fue aprovechado por los Espoleto para entrar violentamente en Roma con sus huestes.

No se conocen detalles de la muerte del Papa a manos de los Espoleto, pero las crónicas de la época señalan que el 4 de abril de 896 Formoso “moría de muerte violenta”. Sus restos fueron enterrados junto con los de sus predecesores en el atrio de San Pedro.

Tras el brevísimo papado de Bonifacio VI, los Espoleto impusieron al Papa Esteban VI cuya primera misión era clara: procesar al Papa Formoso, aunque ya hubiese muerto.

Tanto Lamberto de Espoleto, como su controladora madre Agiltrude obligaron a Esteban VI a desenterrar el cadáver de Formoso y convocar un concilio para entablar un proceso post-mortem contra el Papa por haber solicitado la ayuda de Arnulfo.

Formoso tenía casi un año de haber muerto y su cadáver en avanzado estado de descomposición fue desenterrado, revestido con sus ornamentos sagrados y llevado ante un tribunal. Exceptuando a la Antapodosis de Luitiprando de Cremona, De causâ Formosianâ de Eugenius Vulgarius y The Ring and the Book de Robert Browning,  son muy poco numerosas las fuentes que detallan lo que ocurrió en el denominado “Concilio cadavérico”, pero no es difícil concebir la patética imagen del cadáver del Papa amarrado sobre un sillón para “ser oído y vencido en juicio” en enero de 897 en la iglesia de San Juan de Letrán.

Un diácono hablaba en nombre del cadáver acusado, fundamentalmente, de perjurio, de haber sido ambicioso y cambiar la sede episcopal de Porto por la de Roma. La sentencia se dictó, más o menos, en los siguientes términos: “Se considera y proclama que el acusado ha sido indigno servidor de la Iglesia, que llegó a la silla papal en forma irregular y que, por tanto… fue un Papa ilegítimo y que… todo cuanto había hecho, decretado y ordenado durante su papado era nulo de toda nulidad, incluídas las ordenaciones que llevó a cabo”.

Así, había que destruir todo lo escrito y dictado por él, revocar sus decretos (todos los nombramientos y ordenaciones que había conferido quedaban sin efectos), y borrarle de la historia como si no hubiese existido. Y todavía tenían que ajustar cuentas con lo que quedaba del cuerpo al que despojaron de todas sus vestiduras, salvo el cilicio (una camisa singularmente incómoda que Formoso había decidido portar en vida, como penitencia). Cortaron los tres dedos con que había impartido tantas bendiciones y los incineraron. Un grupo de soldados arrojó el cadáver a la fosa en la que yacían los cuerpos de sentenciados a muerte y desconocidos. Otro grupo de partidarios de los Espoleto recuperaron el cadáver y lo arrojaron al Tíber. Prácticamente, el Concilio cadavérico transfiguró a Formoso en éter.

Tan sólo seis meses después del Concilio cadavérico, una turba de encolerizados seguidores de Formoso sacaron al Papa Esteban VI del Palacio Laterano y lo estrangularon. Fue sucedido por Romano, quien fue envenenado y luego por Teodoro II, que también fue envenenado con menos de un mes en el cargo. Tres Papas fueron asesinados en los últimos meses de 897, pero Teodoro II tuvo tiempo de reintegrar sus derechos a los eclesiásticos ordenados por Formoso e hizo quemar las Actas del Concilio cadavérico. Fue Juan IX quien en enero de 898 culminó la rehabilitación de Formoso.

La damnatio memoriae tuvo su origen en la antigua Roma y recayó sobre personajes siniestros como Nerón, Juliano, Máximo y Cómodo. El imperio de Nerón fue oficialmente borrado de los anales de la historia de Roma, como si no hubiese existido. Algo parecido ocurrió con François Damiens (ejecutado en 1757 por atentar contra Luis XV, su familia fue expulsada del reino y su casa incendiada, con la prohibición de volver a edificar allí).

En el siglo XX esta figura perduraba, por ejemplo en la Unión Soviética de Stalin, quien borró de la historia a Trotsky, y existen algunas fotografías que muestran al “padre de los pueblos” al lado de jóvenes ciudadanos que a la postre fueron ejecutados “por ser demasiado ricos”. Naturalmente, también desaparecieron de las fotos. Hoy en día la dirigencia china pretende hacer lo mismo con Liu Xiaobo, Premio Nobel de la Paz.

Alejandro Anaya Huertas. Licenciado en Derecho (UNAM); maestro y candidato a doctor en Administración Pública (INAP).

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