SOBRE ESTE BLOG

Durante el régimen priísta, como se sabe, la Constitución fue un ramillete de buenos deseos: útil como instrumento legitimador de un sistema de dominación política, pero irrelevante para resolver las diferencias sociales. México vivió una siesta constitucional durante décadas. Y no despertó sino hasta que la Suprema Corte se consolidó como tribunal constitucional (1995) y el PRI perdió por primera vez la mayoría en la Cámara de Diputados (1997). A partir de ese momento, el pluralismo exigió un piso común, un conjunto de dispositivos normativos capaz de resolver los acertijos propios a la nueva circunstancia. Y, por ello, ante la enorme necesidad de darle vida al texto constitucional, resultó inevitable el surgimiento de la Corte como institución medular para el país.

Lo curioso, sin embargo, es que si bien hoy en día es indudable la relevancia de la Suprema Corte, también es claro que ésta resulta un poder un tanto exótico para diversos medios de comunicación, algunos de los otros órganos estatales e, inclusive, para ciertos sectores académicos e intelectuales. En los últimos años, ciertamente la opinión pública se ha interesado más por esta institución, ahora se escudriña con mayor frecuencia varios de los aspectos que giran alrededor de su desempeño. Y no sólo cuando se presenta un asunto atractivo en términos mediáticos. Mas no hay que olvidar que este interés aterriza en un país con una cultura judicial inocua, donde la dinámica política, económica y social consideraba hasta hace muy poco el trabajo de este órgano jurisdiccional como una extensión más del poder ejecutivo federal.

¿Qué existe detrás del adornado lenguaje judicial y del singular sentido de la moda de nuestros ministros? ¿Se trata sólo del último peldaño en la pirámide jurisdiccional encargada de aplicar abigarradas fórmulas constitucionales? ¿Es efectivamente un órgano de decisión estrictamente jurídica o se trata más bien de una institución de carácter político en el sentido más amplio del término? ¿Cuáles son los ingredientes que deben nutrir el quehacer de una corte constitucional y, a partir de los cuales, se debiese evaluar la labor del máximo tribunal mexicano? Estas son apenas algunas de las preguntas que urge que se inserten en el debate público, siguiendo puntualmente los asuntos que resuelve la Suprema Corte, y sin olvidar la discusión que se suscita en otros países sobre estos temas.

Así, este nuevo contexto: la Corte como institución clave en la vida democrática del país, junto con la urgente tarea de insertar su labor en la discusión pública y de coadyuvar al desarrollo de una cultura judicial, es el resorte que impulsa a la revista Nexos a lanzar una sección enfocada a nuestro tribunal constitucional: El juego de la Suprema Corte.

Ahora bien, el nombre de la sección encuentra su origen en la obra más conocida de Johan Huizinga: Homo ludens, el juego y la cultura. La idea que recorre las páginas de este texto es que el juego, más que una manifestación cultural, es la semilla de la cultura misma. Es el juego, y no la reflexión o el trabajo, el ingrediente decisivo para el caldo cultural. Y de ahí la imposibilidad de retratar al hombre mediante estampas como homo sapienshomo faber. Simplemente la cualidad lúdica se encuentra en el lenguaje, la poesía, la guerra, el arte… Y en el derecho.

Para Huizinga, efectivamente, el derecho y, en concreto, los procesos jurisdiccionales no escapan de la esfera del juego. En un ágil recorrido desde los antiguos procesos para resolver conflictos hasta el derecho moderno, el sociólogo holandés encontró que detrás de la solemnidad propia de las esgrimas legales, el trabajo de un tribunal es siempre una juguetona danza que se expresa en la competencia de las partes frente a los jueces, la disputa entre diferentes estrategias verbales y en la inevitable dosis de incertidumbre al momento de resolver un caso. Huizinga, de esta manera, nos facilita el lente adecuado para entender la labor de nuestra Suprema Corte: se trata de una arena de juego única en el entramado institucional en el que compiten diferentes proyectos y visiones del mundo. Una cancha privilegiada para el peloteo de los valores que integran la pluralidad de las democracias contemporáneas. Y donde el juego consiste en definir los valores que protege la Constitución y la forma idónea de protegerlos.

El forcejeo, vale subrayarlo, no sólo se da entre las partes que buscan una resolución favorable a sus intereses. Más aún: la verdadera pugna por formalizar mediante sentencias ciertas ideas y concepciones se da entre los mismos ministros. Es ahí donde la cualidad lúdica brota en su mayor expresión. El momento en que nuestros jueces constitucionales, a través de diferentes estrategias, logran mayorías para que prevalezca cierta lectura de las libertades y de las competencias estatales. Esto agrega otro aspecto lúdico: la creatividad. Pues, finalmente, aquellas visiones e ideas formalizadas jurídicamente no son inmutables. Por un lado, la minoría de los ministros puede eventualmente revertirlas en el futuro y, por el otro, es necesario someterlas a una constante relectura en relación con los cambios de la sociedad. El juego es permanente. Esto significa que, más allá de los procedimientos y requisitos formales, el aspecto más importante de nuestro máximo tribunal es esa disputa racionalizada por la definición de los valores y proyectos de nuestra democracia. Y ese es el juego que Nexos seguirá a través de este nuevo espacio.

Saúl López Noriega. Editor online de El Juego de la Suprema Corte. Profesor e investigador de tiempo completo en el departamento de Derecho del ITAM. Twitter: @slopeznoriega