Un tortuoso camino

Reconstruir el relato de las instituciones democráticas es reconstruir a la propia democracia que, a nivel internacional, es víctima de la exacerbación de su propia lógica de competencia. Si este diagnóstico es certero, queda un tortuoso camino por recorrer hasta superar la crisis de representación en la que nos encontramos. En este breve ensayo, tal situación es explicada y concluye en una reflexión sobre el importante papel que deberán tener las instituciones democráticas y, en concreto, las instituciones de justicia en el logro de un objetivo fundamental: la recuperación y reproducción de un relato compartido que limite la competencia. Lo que es aplicable a la actual coyuntura electoral en México.

Amigos y enemigos

Tras la II Guerra Mundial, inició un proceso de castigo y depuración de algunos destacados líderes nazis, pero no de todos. Especialmente de aquellos científicos que, pese a su pasado nazi, podían contribuir a la Guerra Fría en ciernes. Entre ellos, destacó el profesor de derecho Carl Smith, autor de la teoría decisionista de amigo-enemigo. Su planteamiento parte de un anti-parlamentarismo explícito, el cual dice que la verdadera acción política no se efectúa en el debate y el acuerdo, sino en la lucha y la imposición. En los términos de la política internacional de la época, esta postura podía tener cierto sentido. Sin embargo, llevada al terreno de la política interna era un peligro para la democracia competitiva.

Por tierra y aire

Los comandos electorales de los partidos se definen y estructuran desde una metáfora bélica. El ejército de tierra está compuesto por sus operadores, conocedores de las redes de intereses que atraviesan el país y de las organizaciones de todo tipo que configuran la geografía de demandas y valores. El ejército del aire está formado por algún que otro experto ligado al partido, pero sobre todo por mercenarios duchos en las artes de la publicidad y en los rápidos movimientos tácticos que exigen los pantanosos terrenos de las redes virtuales. La campaña electoral es una gran batalla en la que, como en la guerra, todo vale.

Este esquema no es novedoso. Desde la República romana hasta nuestros días, los candidatos han tratado de imponerse a sus rivales por tierra y aire. En el 55 a.c. lo hicieron César, Pompeyo y Craso, contratando gladiadores para amedrentar a sus contrarios con los puños, tanto como a demagogos que los flagelasen con las palabras. Pero como la historia nos suele enseñar, aquella vieja República no pudo soportar mucho tiempo más ese estado de cosas. Pocos años después de aquella famosa contienda electoral la República fue sustituida por el Imperio.

Campañas permanentes, sociedades fracturadas

Los grados de competencia y de impunidad, marcan los límites por los que las elecciones son entendidas y practicadas como una guerra. La calidad de la competencia se extrema no tanto por la fragmentación y la desigualdad material de las sociedades, sino cuando se expresan en términos polarizados bajo discursos y relatos donde la existencia de uno mismo depende de la eliminación del otro. Bajo esta lógica, el uso de cualquier medio para obtener el favor de los electores, desde la compra de votos, hasta el uso de las mentiras, es incentivado. Cuando el cálculo de los partidos políticos pasa por reconocer que los delitos electorales no son tenidos como tales, no se castigan; que cuando sí se castigan, es demasiado tarde para variar los resultados, y que aun si existen o no, su mera denuncia es un recurso más de campaña.

La ausencia de relatos compartidos, que establezcan un mínimo de civilidad en la competencia, hace que en las democracias aumenten en paralelo los grados de competencia y de impunidad. En este contexto, se ha desatado una situación de campaña permanente, por la que el antaño largo periodo de gestión del gobierno y ejercicio de la oposición parlamentaria hoy apenas es perceptible. El día después a cualquier elección implica reanudar la competencia. A través de un conflicto post-electoral, de una ley o política pública que afiance aún más el poder del ejecutivo, de una campaña de crispación con continuados escándalos, o de cualquier otro movimiento táctico que mantenga a los electores en un estado continuado de alerta.

Las situaciones de campaña permanente están horadando la cohesión social, especialmente en sociedades donde previamente existe una fractura. Un buen ejemplo de esto es la situación que desde 2014 está ocurriendo en Cataluña. En este caso, los incentivos electorales de los partidos han conformado un marco extremo por el que, durante cuatro años, la fractura territorial o el debate sobre la independencia de España monopoliza la vida política de la región. Entre los resultados de este conflicto están: tres convocatorias de elecciones anticipadas, dos referéndums ilegales, un enconamiento social cada vez más profundo y una comunidad autónoma que está perdiendo inversiones, imagen y tiempo para seguir gobernándose.

¿El final de la institucionalidad democrática?

Este nuevo marco de la política ha sido analizado con preocupación o con entusiasmo por distintos actores. Los preocupados –entre los que me encuentro- ven cómo la política no sólo ha perdido su función de dotar de un mínimo de sentido colectivo a los países y naciones y, por extensión, a sus marcos de integración internacional. Sino que la política ni siquiera cuenta con agentes mínimamente confiables para resolver, de modo pragmático, los asuntos del día a día. En este contexto, las vías institucionales de representación están sometidas a mayor presión que nunca. De manera que, por un lado, los políticos se inhiben de sus responsabilidades con el abuso de las consultas populares (una extensión de la campaña permanente que explica fenómenos como el Brexit); por otro, ni las instituciones existentes, ni sus reformas, aseguran que no se produzcan los efectos indeseados que intentaba evitar su diseño (el contraste entre el sistema electoral norteamericano y la victoria de Donald Trump puede ser un ejemplo de ello) y; por último, cuando el marco de la competencia da una victoria entendida como absoluta, la ruptura paulatina con la democracia es la extensión lógica de la estrategia inicial (Venezuela o Turquía pueden ser ejemplos paradigmáticos).

Estas tendencias están poniendo en cuestión la institucionalidad democrática, sin ofrecer una alternativa clara que no sea el autoritarismo y/o el liberalismo más ramplón. Pero, para los entusiastas de los cambios, situados en el populismo clásico como en las nuevas versiones del neoliberalismo (Berlusconi en Italia o ahora Macron en Francia ocuparían estos papeles), los cambios se interpretan en un tono de profundización de la democracia popular o de la mercantil, cargadas de voluntarismo, pero no de resultados. Así, los pesimistas vemos recortes de derechos, ya sea civiles o sociales, y la alteración de los medios tradicionales de representación, sin que surjan sustitutos institucionales válidos para llenar tal vacío (los conceptos de pueblo o de individuo en el mercado no dan para tanto). ¿Cuánto aguantarán las instituciones democráticas este estado de cosas? ¿Qué pueden hacer para solucionarlo?

Las instituciones democráticas: llenar el vacío de relato

Las instituciones democráticas necesitan adaptarse al nuevo marco de competencia, así como readaptarlo a las reglas de una metáfora que no sea la de la guerra. Sino más bien la de un juego o la de una competencia deportiva y, por tanto, limitada o auto-limitada, constructiva y no destructiva, donde vuelva a primar la imagen del ciudadano y la ley.

Adaptarse al nuevo marco de competencia significa que las instituciones no pueden ser ajenas a que la crisis de representación corre en paralelo a una maximización en el uso de los nuevos medios de comunicación de masas, donde la lucha por el relato se ha vuelto clave en la construcción de los proyectos políticos. Pero, al mismo tiempo, readaptar el relato institucional implica que éste no debe reproducir o alimentar el marco actual de hipercompetencia. Es decir, no debe comunicarse igual ni de la misma manera, sino que debe encontrar mensajes y medios por los que se recupere la noción de un relato autorizado. En síntesis, ambas premisas están enfocadas en llenar el vacío de sentido en el que se mueven los electores cuando estos han sido introducidos en una lógica amigo-enemigo y advierte que esto nunca se puede hacer recomendando a las instituciones a que hagan algo así como ponerse en campaña o actuar como si fueran un competidor más.

Cuando las guerras estallan, parecen estar llenas de sentido. Cuando concluyen, tras la destrucción, nadie comprende qué llevó a tal grado de irracionalidad. Muchos sectores de las sociedades actuales están hipermovilizados, en correspondencia a la hipercompetencia que plantean sus líderes. Sin embargo, gane quien gane, a las manifestaciones pasadas y llenas de justificada indignación, le sustituirán otras también cargadas de legítimo malestar en una continuada lucha de relatos sobre demandas siempre insatisfechas que, finalmente, apuntan a las instituciones y a la ausencia de referentes. Las únicas salidas posibles para esta escalada son la negación del otro, limitando la democracia, o la producción de un nuevo relato común que de sentido y lo que limite sea esta hipercompetencia.

Las instituciones modernas siempre han sido conscientes de su necesidad de relatos, símbolos y rituales, así como de ofrecer argumentos. Sin embargo, estas prácticas fueron aniquiladas, no por no intentar seguir las modas en comunicación que marcan los tiempos, sino por haber violentado su naturaleza pactada. Porque el relato de la democracia depende de sus resultados tangibles, tanto como de la alianza establecida entre sus instituciones y los ciudadanos, que en ambos casos aparece roto.

Las instituciones de justicia: claves en la recuperación del relato

Parece paradójico considerar que las instituciones de justicia, no electas y siempre discretas, sean aquellas desde las que se puede establecer una recuperación del relato institucional. Pero, de modo casi instintivo, esto ya está ocurriendo, aunque no exento de problemas. Porque el aumento de las restricciones a la libertad por vía jurídica (por ejemplo, la conocida en España como la ley mordaza en referencia a la última reforma del código penal) o la hiperjudicialización de la política que lleva a que ésta se dirima en los tribunales, incluidos los resultados electorales, no son más que manifestaciones del contexto que nos preocupa. De un modo racional y bajo una lógica que no rompa sino que incida sobre el pacto original que sustenta el relato democrático, dada la evidente pérdida de confianza que también sufren jueces y fiscales a nivel internacional éstos deben asumir su importancia al momento de reconstruir los relatos colectivos en torno a los derechos y la ciudadanía. Para ello, han de ser conscientes que, dada la naturaleza de sus instituciones, más o menos ajenas a la competencia y cercanas al mérito técnico, con capacidad vinculante y ejemplarizante y capaces de dar determinados resultados oportunos en base a la ley, son quienes pueden tener mejores oportunidades para hacerlo.

El 1º de julio México tendrá una de las elecciones que, como todas las ocurridas desde 1988, ha sido calificada de transcendental. Desde el punto de vista que adopta este breve ensayo, la mejor noticia sería que las elecciones sean calificadas como normales. Sin embargo, dado que esto parece imposible en México y en otras latitudes, pues la hipercompetencia hace que cada cita sea excepcional, la segunda mejor noticia sería que las instituciones electorales y, en concreto, el sistema de justicia electoral formado por el TEPJF y la FEPADE, no fueran noticia. Porque el relato institucional no se hace desde el protagonismo sino desde el trabajo cotidiano, no rigen en él las estrategias a corto plazo sino el largo plazo, no piensa en términos de publicidad sino de información, no busca explotar el conflicto sino canalizarlo para darle solución en el marco de la ley. La cuestión ahora reside, más allá de la coyuntura, pero siempre apegados a los resultados que ofrezcan las instituciones, en dar contenido y saber transmitir este relato. Cuestión que, por el momento, supera las intenciones de este ensayo.

David Hernández Corrochano. Profesor asociado de la Universidad Complutense de Madrid.

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