La semana pasada, la Suprema Corte de Justicia (SCJN) reinició el debate de uno de los temas más importantes para la consolidación democrática en México: el papel que los derechos humanos tienen en el sistema jurídico nacional. El día de hoy se resolverá probablemente la discusión que gira en torno a dos problemas centrales que no han sido resueltos de manera definitiva y en los que hay contradicciones.[1] Primero, resolver la larga controversia sobre la jerarquía de las normas de derechos humanos en tratados internacionales y de la constitución. Segundo, responder a la cuestión sobre lo que pasa cuando existen antinomias entre un derecho constitucional y otro internacional. Lo que está en juego es que el nuevo paradigma constitucional, que coloca a los derechos humanos como el centro del sistema normativo independientemente de la fuente de la que provengan, podría ser echado abajo en la sede judicial. 

PrintHoy existen dos dilemas con dos posibles soluciones. La primera -sostengo se asocia a la concepción conservadora y tradicional del derecho-, resumible de la siguiente manera: “el problema debe resolverse reafirmando la primacía jerárquica de la constitución sobre los tratados de derechos humanos. Si no, ésta se les subordina, perdiendo su supremacía”. Esto resuelve también el segundo dilema relativo a las antinomias: al existir contradicción entre derechos de estas dos fuentes, prevalecerían los de la constitución por su jerarquía superior. Esta postura se refleja en la posición de la ministra Luna Ramos, quien incluso ha dicho que sostener lo contrario implicaría una “Traición a la Patria”.[2] La segunda solución sostiene lo contrario: “el artículo 1º establece un nuevo sistema que forma un bloque o catálogo de derechos humanos que rompe la lógica de la jerarquía para pasar a la de la integralidad o la armonía. Las antinomias se resolverían por procedimientos especiales de solución de conflictos entre derechos, como la ponderación, la valoración del peso de principios u otros”. Esta es la posición que sostienen los ponentes de ambos proyectos.

La primera solución encuentra, a mi parecer, dos errores insalvables en torno a la defensa de la supremacía constitucional vía el principio de jerarquía. Esta idea dice que la concepción kelseniana del derecho -en la que el sistema debe pensarse como una pirámide con la constitución en su cúspide- es la única respuesta correcta para cimentar un sistema jurídico. Los errores de pronunciarse a favor del argumento de la jerarquía se explican de la siguiente manera:

Al apegarse de manera formalista a la idea de la jerarquía porque el artículo 133 constitucional no fue modificado, se obviaría que a través de la reforma al artículo 1º, el poder reformador de la constitución ejerció el principio democrático fundamental de que cada sociedad puede escoger sus leyes y determinar la manera de gobernarse. Negar esto sería igual a decir que el reconocimiento expreso del artículo 1º sobre las nuevas dimensiones del orden jurídico no es válido porque otro artículo que fue decidido hace décadas no ha sido cambiado en la actualidad, sosteniendo en el fondo que el derecho es estático y, sobre todo, que el desarrollo de los derechos humanos es irrelevante para el formalismo constitucional. También se obviaría otro principio complementario al de soberanía popular en el binomio “democracia constitucional”: tomar a los derechos como límites y como principio ordenador dentro del sistema. Adoptar el criterio de jerarquía y desinflar la relevancia de los derechos internacionales sería a todas luces un retroceso mayúsculo.

Segundo error: esta postura olvida que precisamente la supremacía de la constitución se mantiene con la propuesta de los ministros ponentes. Esto debido a que la constitución, a través de la decisión fundamental del poder reformador de la constitución, es quien en su artículo 1º reconoce el nuevo sistema jurídico. Este artículo dice que tanto los derechos de la constitución como los de los tratados aplicables constituyen el nuevo criterio de validez del resto de las normas del sistema. Al poner a los derechos como centro ordenador –sean constitucionales o internacionales- se desecha la idea de la jerarquía porque los derechos funcionan como principios que coexisten en un mismo nivel, son interdependientes e indivisibles y su colisión no debe solucionarse determinando la jerarquía o superioridad de uno sobre otro.  

Ahora bien: al día de hoy, todo indica que el proyecto del ministro Zaldívar obtendrá la mayoría de los votos. Hay sin embargo un último riesgo que podría ser muy alto. Distintos ministros han sostenido que podrían apoyar el proyecto en cuanto a superar la idea de la jerarquía, siempre y cuando éste se modificara para reconocer que la última parte del primer párrafo del artículo 1º debe interpretarse de manera que cuando la constitución tenga una restricción expresa al ejercicio de los derechos, se favorezca lo que diga ésta. Aceptar esto sería inaceptable salvo que se especificara que al hablar de “restringir y suspender” se hace referencia directa al artículo 29 constitucional, que establece expresamente los supuestos de “restricción y suspensión” de derechos y garantías. Dos razones son suficientes para explicar por qué de dejar abierta la petición de estos ministros, no sólo el proyecto sería incongruente, sino que se correría el riesgo de echar el avance atrás, por una concesión más política que jurídica.

Los derechos se entienden en sus límites, los cuáles –de aceptarse el proyecto que elimina la idea de la jerarquía- deben determinarse bajo mecanismos de ponderación y de solución de antinomias. Entender que se puede dar “jerarquía” a las restricciones constitucionales, sería aceptar de manera implícita que una norma de derecho protegida más ampliamente en un tratado o “carente de una restricción” que la misma norma sí tiene en la constitución, podría ser limitada por la restricción constitucional. Esto, en breve, significaría dejar una cláusula excepcional de jerarquía a un sistema que por su naturaleza no podría permitirla. Se aceptaría un sistema internamente incompatible, ilógico e incongruente con la idea que sostiene: la excepción destruiría a la regla.

Resolver a favor de la jerarquía o de la posible excepción que se anuncia entre líneas en algunas intervenciones, nos regresaría décadas en la comprensión de los derechos humanos y en el fondo echaría abajo un avance realizado por el poder reformador de la constitución. Toda doctrina en la que los derechos de las personas no sean el centro, debería descartarse por ir en contra de la dignidad como fundamento de los derechos y de una sociedad democrática. El momento histórico de vencer al conservadurismo ha llegado.

Vladimir Chorny Elizalde. Relator para la Libertad de Expresión de la Comisión de Derechos Humanos del Distrito Federal y profesor de la materia de Derechos Humanos en la Universidad Nacional Autónoma de México.


[1] El primer proyecto a discutir, del Ministro Arturo Zaldivar, se da sobre la Contradicción de Tesis 293/2011 (ver en: http://es.scribd.com/doc/163378746/Contradiccion-de-Tesis-293-2011-Proyecto-Zaldivar). El segundo, a cargo del Ministro Alfredo Gutiérrez Ortiz Mena por los criterios encontrados de la Primera y Segunda Salas de la SCJN (ver en: http://es.scribd.com/doc/163378727/Contradiccion-de-Tesis-21-2011-PL-Proyecto-Gutierrez-Ortiz-Mena).

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