Resultan evidentes las consecuencias que conlleva el disenso respecto su exclusión social, sin embargo, es importante llamar la atención sobre las razones que lo motivan, pues, como aquél que ilusamente cree que con el mero hecho de alzar la voz tiene más razón, si la disidencia no se justifica de forma adecuada, ésta se devela como un efímera performance que encierra la inutilidad del disentir por disentir. En este sentido, siguiendo a Ernesto Garzón Valdés, vale apuntar que “la calidad ética del disenso habrá de depender de la calidad ética de lo negado”,1 es decir, lo importante no es la negación en sí, sino lo que se niega y por qué se niega, o sea, las razones para el disenso.

Así, antes de realizar propiamente una reseña del nuevo libro de José Ramón Cossío, Voto en Contra,2 presentaré algunas ideas que me provocó su lectura, no en línea con el carácter solitario que encierra la disidencia y sus costos, sino en sentido opuesto justo para entender a la disidencia como posibilidad, como un arriesgado ejercicio crítico de índole colectiva e importantes beneficios sociales.

Sobre los riesgos del consenso

En el país, del no pasa nada y sí pasa, tampoco parecería que la sumisión es redituable y guardar silencio una sigilosa manera de rendir honores. Acostumbrados a la zalamería, las buenas costumbres y las formas, en donde una crítica puede pasar hipócritamente desapercibida si se antecede de la fórmula “con todo respeto”, es evidente que el consenso será preferido sobre el disenso.

Se podrá molestar al amigo o incordiar al vecino pero siembre guardando las formas, nunca ofendiendo, ni tampoco siendo groseros, pues “lo cortés no quita lo valiente”. Como escribió Ibargüengoitia, en México, “la cortesía es por definición, una apariencia. Uno puede pensar lo que se le dé la gana, pero tiene cierta obligación de decir cosas que no resulten ofensivas para el interlocutor”.3 Y más en un campo tan hermético como el jurídico, en el que los conflictos son neutralizados en aras de la certeza, que si bien vela por el texto de la ley también se encarga de menospreciar las razones en las que ella se fundamenta.

De ahí que la crítica al sistema, el desmantelamiento del formalismo jurídico como concepción del derecho preponderante en México, no sea del todo aceptado. Mejor dicho, no resulte una actividad constante, sino una excepción. Porque hay un miedo implícito en esta actitud, ya que podría confundir al crítico con el irrespetuoso, al incómodo con el terco, y al rebelde comprometido con el chairo de ocasión.

Desde esta perspectiva, el conocimiento de las reglas no es lo que tiene un papel decisivo en la dinámica social; lo que es protagónico es que estas son obligatorias.4 Pero más allá del respeto y el cumplimiento de las normas, la obediencia referida entendida en términos de sometimiento, provoca que éstas sean contempladas como mecanismo prodigioso de solución de cualquier controversia y, a su vez, originen que, quienes sean los encargados de manejarlas las divisen como algo sacro, imposible de criticar. ¡Nada más errado!

La racionalidad en el sentido de razón práctica implica una actitud crítica con un anclaje a cierto grado de objetivismo moral, que busque la consecución de determinados fines por medio de procedimientos deliberativos. Lejos quedó una visión pactista de nuestros sistemas políticos, pues el daño que le ha hecho a este país una democracia ornamental es incalculable, es el encumbramiento de la forma sobre el fondo.

Se vale objetar; se vale decir que no. Es un deber decir que no cuando las circunstancias lo exijan, no importando se le diga que no a la ley, a los amigos y colegas, al jefe, a las instituciones o, inclusive, a las mayorías.

Si los contextos y las razones alcanzan, quizá en un futuro se pueda revertir lo decidido; no olvidemos que al final a lo que aspira el disidente es que los otros lleguen a un consenso anclado en los argumentos de su disidencia, pero no a base de politiquería o turbios intereses, no siendo parte del mismo juego que construye un consenso tan falaz como uniforme, sino uno razonado y justificado. Pues no hay que olvidar que el disenso parte de un consenso anterior, el disenso sólo encuentra cabida bajo la idea de un escenario perfectible y mutable.

Precisamente, existe un pasaje del afamado juez de la Corte Suprema estadounidense, Oliver Wendell Holmes, conocido como “el Gran Disidente” por su extensa y pertinente producción discrepante a lo largo de su carrera: “Confío en que nadie habrá de pensar que, por criticar tan libremente el Derecho, dejo de sentir respeto por el mismo. Tengo veneración por el Derecho…, como uno de los productos más vastos del pensamiento humano… Pero se puede criticar aun lo que se venera. Mi vida está consagrada al Derecho, y sentiría que falto a la devoción que le profeso si no hiciera lo que dentro de mí me impulsa a mejorarlo, y, cuando alcanzo a percibir lo que me parece el ideal de su futuro…”.5

Muy en sintonía con estas palabras es posible encontrar las primeras ideas de José Ramón Cossío al inicio de su obra, cuando escribe sobre lo que experimentó como crítico tanto fuera como dentro de la Corte mexicana, así como de las consecuencias que tal ejercicio tuvo.

Y es que en un México en el que se reafirma la unidad nacional, algunos parecerían olvidar que el disenso se encuentra en el origen de la legitimidad de cualquier sociedad. No por nada, Bobbio escribe que: “solamente en una sociedad pluralista es posible el disenso; antes bien, no es sólo posible sino necesario”.6

Sobre la lectura de Voto en contra

La obra se compone de una presentación, la parte, propiamente del contenido, subdividido en cuatro apartados generales en los que se relatan doce votos en contra de sus colegas, tomadas a lo largo de los quince años que el autor fungió como ministro de la Suprema Corte, y finaliza con los agradecimientos. Resalto tres cuestiones de este abordaje general del libro.

• La primera, la importancia de destacar el carácter un tanto heterogéneo del contenido de la obra, pues por el título, y por la propia inercia que conlleva el pensar “como abogado” y creer que estamos ante un libro “para abogados”, uno podría suponer que siguiendo la estela de lo que hizo Holmes hace ya algunos años,7 Cossío se daría a la tarea de compilar algunas de sus más afamadas discrepancias al sentenciar en un órgano colegiado, es decir, presentar una recopilación de los votos particulares —los votos en contra del sentido de la decisión y argumentos de ésta— o los votos concurrentes —los votos en contra sólo de los argumentos del sentido de la decisión—. Sin embargo, esto no es del todo así. Pues de la lectura del libro es posible distinguir algún voto en minoría —los votos en contra junto con los otros ministros que disienten de la mayoría— (como el del llamado poeta maldito con el ministro Silva Mesa), o simplemente posturas que no lograron mayoría de índole no jurisdiccional, como el ejercer una facultad de atracción (para un caso de desapariciones forzadas). Esto parecería algo menor, pero no es así. Pues, a mi consideración, sirve para evidenciar la esencia del trabajo colaborativo, que el compartir un proyecto común a pesar de diferentes formaciones, ideologías, predilecciones o agendas, abona en la contraposición de razones para el fortalecimiento de las instituciones. Si bien los abogados tenemos fama de que no sabemos trabajar en equipo, de que somos individualistas y competitivos, también habrá que puntualizar que mientras se trabaje con un buen equipo, cuando se construyan ideas con personas dispuestas a escuchar, a razonar, a cambiar de opinión…, esta actividad sí puede llegar a funcionar.

• La segunda, que no creo que sea casualidad, y relacionada con el anterior punto, es respecto a la forma en la que inicia y termina el libro. Llamo la atención sobre la disidencia como proyecto minoritario, más no solitario. Es decir, como un discreto ejercicio común pero nunca insociable. Pues, en definitiva, el trabajo de cualquier juez está analizado, cuestionado y criticado por un equipo, por una ponencia de disidentes e, incluso, disidentes de los disidentes. Personas, precisamente, a quién está dedicado el libro, y que el autor agradece personalmente en la última página de la obra. Y es que nombres de grandes profesores y abogados que ahora se encuentran instruyendo a las nuevas generaciones, en definitiva, no sólo respaldan las disidencias expuestas sino que, y sobre todo, generan posibilidades para reflexiones futuras.

• Y por último, creo que vale la pena comentar, el estilo en el que está escrito Voto en contra. Pues con una prosa amena e incluso de índole narrativa, el autor explica de manera didáctica no sólo decisiones jurisdiccionales sino también procedimientos y mecanismos jurídicos. Evitando el carácter técnico del sistema y lejos de términos domingueros, la verdad es que el libro resulta bastante pedagógico. Aunque he de confesar, a manera de crítica, que hubiera venido bien incluir en cada decisión su número de expediente, así como también la integración de la sala o el pleno en el que se decidió cada asunto. A pesar de esto, lo cierto es que uno no suele estar acostumbrado a un libro que traduzca complejos casos jurídicos a sencillas historias de personas cuyos derechos se han visto afectados. Incluso, me atrevería a decir que en un descuido, de su lectura, alguien que no conoce cómo funciona el derecho podría creer que esto es así de grato, emocionante y placentero. No se confundan, lean los libros de Cossío publicados en editoriales jurídicas, y sean felices lejos del gremio abogadil. Bromas aparte, en relación al tema de cómo difundir el trabajo de los jueces más allá de sus sentencias vienen a mi mente un sinfín de disparatadas estrategias comunicacionales por parte de los poderes judiciales. Cualquier soberana ocurrencia por ser todo menos prudente con la impartición de justicia. Mi recomendación sería: limitarse a juzgar con imparcialidad, conformar buenos equipos, razonar, argumentar…, en pocas palabras, que hagan bien su trabajo, poco más; de sus redes sociales, de salir en la tele, de gastarse fortunas en propulsar su narcisismo, tal vez, cuando tengan la conciencia tranquila después de haber cumplido su encargo, estén en posibilidades para hacer esas cosas o muchas otras, como quizá escribir algo decente que ayude a socializar lo realizado. No tengo duda de que este libro, más de índole divulgativa que académica, es prueba de ello, es prueba del trabajo de uno de los pocos jueces constitucionales en México que al finalizar su mandato no sólo ha seguido velando por “su conducta individual, sino que se ha esforzado para que la institución a la que perteneció sea la mejor posible”.8

Sobre el proyecto político de José Ramón Cossío

En tiempos en que la izquierda se comporta como la derecha, y la derecha como extrema derecha, no viene mal leer este libro y entenderlo como una apología de la congruencia.

Cuando la inmediatez marca la pauta de la agenda pública y los cambios parecerían que solo son posibles en el corto plazo, esta obra es una apuesta por el trabajo paciente y constante a través de varios años. No cabe duda que las grandes transformaciones, anunciadas rimbombantemente, quizá puedan posicionarse en el imaginario discursivo de forma rápida, sin embargo, su concreción en la vida real conlleva mucho más tiempo.

La actividad intelectual y política que vivió José Ramón Cossío como ministro apenas comienzan a vislumbrar su impacto en el modelo de justicia constitucional en México. Los derechos cuando se protegen adecuadamente en una democracia, deben servir justo como derechos contramayoritarios, por usar una expresión de Dworkin; como instrumentos enarbolados desde la disidencia. De ahí que nuestros jueces constitucionales deben distinguir entre oportunidad y oportunismo, estando atentos a su trabajo diario y contemplado sus actividades integralmente, más allá de un determinado momento coyuntural.

Tanto en el plano jurisdiccional como en el político, las disidencias de Cossío se encuentran resguardadas por el correcto manejo de las instituciones, por entender “El Derecho como guardián de la diferencia”, por utilizar el título de un libro del profesor Javier de Lucas.

La disidencia como posibilidad sólo tiene sentido si entendemos al ser humano como sujeto “imprevisible, único, capaz de romper las reglas, de desobedecer, porque es capaz de un pensamiento no dogmático sino problemático.”9

No me queda más que recomendar Voto en contra y celebrar la manera en la que José Ramón Cossío está llevando su nuevo rol como ministro en retiro y su renovada faceta como intelectual público.

Juan Jesús Garza Onofre. Investigador del departamento de filosofía del derecho de la Universidad de Alicante, España.


1 Garzón Valdés, Ernesto, “El consenso democrático: fundamento y límites del papel de las minorías”, en Isonomía, No. 12, 2000, p. 16.

2 Cossío Díaz, José Ramón, Voto en contra, México, Debate, 2019.

3 Ibargüengoitia, Jorge, “Cortesía mexicana. Lo cortés no quita lo valiente”, Misterios de la vida diaria, México, Editorial: Joaquín Mortiz, 2018, p. 244.

4 Véase Cárcova, Carlos María, La opacidad del derecho, Madrid, Trotta, 1998, p. 28.

5 Holmes, Oliver Wendell, La senda del Derecho, Abeledo-Perrot, Buenos Aires, 1975, p. 43.

6 Bobbio, Norberto, El futuro de la democracia, México, FCE, 1986, p. 49.

7 Véase Holmes, O. W., Los votos discrepantes del juez O. W. Holmes, estudio preliminar y traducción de César Arjona Sebastià, iustel Biblioteca Jurídica Básica, Madrid, 2006, pp. 34 y ss.

8 Atienza, Manuel, “El juez Perfecto”, en Jueces para la democracia, No. 90, 2017, p. 43.

9 de Lucas, Javier, Blade Runner. El derecho, guardián de la diferencia, Valencia, Tirant, 2003, p. 34.