No me refiero al temido Jack Sparrow y su Perla Negra, ni al Corsario Negro y la mítica Isla de las Tortugas, ni al Corsario Beige del sarcástico Leduc, ni al anónimo dueño del bajel El Temido del poema de Espronceda (Con diez cañones por banda/viento en popa, a toda vela,/no corta el mar sino vuela/un velero bergantín), ni siquiera a Barba Azul o a Sir Francis Drake.

No, nada más lejano a estos personajes. Esta historia se trata de unos pobres diablos, piratas de profesión (afición o perversión), que fueron perseguidos, juzgados y sentenciados por el Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición.

Se trata de piratas (¿o corsarios?) de nacionalidad inglesa o francesa, los primeros pertenecientes a la armada de John Hawkins; los segundos, a un navío que llegó a las costas de Yucatán.

Es importante tener presente la diferencia que existe entre pirata y corsario, los primeros eran unos simples delincuentes; los segundos… también, pero poseían lo que se llama una “patente de corso”, que era otorgada por algún gobernante a un particular para que con recursos propios hiciera la guerra en su nombre y, a cambio, recibiría parte del botín de guerra. Como detalle curioso, en nuestra Constitución hasta 1966 se concedía al presidente de la República la facultad de otorgar “patentes de corso”. Es decir, que estaba facultado no sólo para nombrar a miembros de su gabinete, sino también para designar corsarios (en algunos casos podría pensarse que fue lo mismo).

John Hawkins, quien salió de Inglaterra, llegó por casualidad a las costas de Veracruz. En un principio la flota que comandaba (en la que iba el mismísimo Sir Francis Drake) se dirigió a África, en donde sostuvieron varias batallas con los portugueses con el fin de despojarlos de los esclavos que iban a comerciar. Después se dirigieron a América del Sur y Centroamérica para vender los esclavos que habían robado (seguramente pensando que ladrón que roba a ladrón…). Es en esos rumbos donde se adentran en una feroz tormenta que, después de algunos días, los obliga a buscar guarida en las costas de San Juan de Ulúa.

Una vez ahí, con las naves maltrechas y faltos de víveres, son sujetos de una serie de eventos inverosímiles que incluyen confusiones (algunos españoles pensaron que en las embarcaciones venía el nuevo Virrey), tratos de buena voluntad y traiciones.

En efecto, después de una supuesta tregua, los españoles decidieron atacar a los ingleses, quienes salieron huyendo intempestivamente con las naves todavía maltrechas y sin haberse podido abastecerse de víveres. Estas circunstancias generaron gran preocupación en la tripulación, de tal manera que prefirió regresar a tierra antes de tener que pasar hambre o, incluso, llegar al canibalismo. Así, un grupo de 114 piratas solicitó a John Hawkins que permitiera tratar de alcanzar la costa.

Lo que sigue es bastante confuso, ya que son los propios piratas los que, en sus procesos frente a la Inquisición, hacen la relatoría de sus historias.

De los piratas desembarcados, algunos murieron ahogados antes de llegar a las costas; una vez ahí, otros fueron asesinados por los nativos y, otros más, se perdieron y nunca más se supo de su paradero.

Los restantes llegaron, famélicos y enfermos, a buscar asilo a un poblado en las orillas del río Pánuco, donde fueron detenidos y enviados a ciudad de México. Pero ahí no acabó su periplo. Una vez en ciudad de México, tuvieron muy diferentes destinos: algunos fueron mandados a un obraje de Texcoco; otros, a trabajar a las minas de Pachuca; otros, entregados como criados en ciudad de México; algunos, lograron escapar. Sin embargo, no todos corrieron con mala suerte, ya que algunos incluso tuvieron tiempo para hacer fortuna hasta antes de que por diversos motivos acabaran en la Inquisición.

En general, fueron acusados de fingir que eran católicos, ya que –según confesaron– por miedo a la Inquisición dijeron que profesaban la fe católica, mientras que en realidad eran adeptos al protestantismo.

La mayoría sufrieron diversos castigos que van desde las penas infamantes como ser condenado a utilizar Sanbenito (un hábito penitencial que tenían que usar siempre y en virtud del cual la gente reconocía las personas que habían sido juzgadas por la Inquisición) hasta ser enviado a las galeras (que implicaba ser remero en los barcos de la armada española) por periodos que van de 6 a 10 años. Casi todos tuvieron que “abjurar de vehementi” (aceptar que sus creencias eran erróneas) y fueron “reconciliados” (aceptados de nuevo en el seno de la Iglesia). Algunos recibieron entre 200 y 300 azotes y otros fueron recluidos por algún tiempo en diversos conventos para ser instruidos en la “verdadera fe”.

Así fueron sentenciados, entre otros, Miguel Pérez, Juan Guillermo, Juan Mun, Guillermo de Barahona, David Alejandro, Juan Sánchez y Pedro Sánchez (¡qué nombres tan castizos par unos piratas ingleses!); quienes en realidad eran, respectivamente, John Brown, John Williams, John Moon, William Brown, David Alexander, Richard Williams, Henry Hawks.

Sólo uno (George Ribley o Jorge Ribli) fue sentenciado a ser “relajado al brazo secular”; es decir, a ser quemado en la hoguera por “hereje luterano, revocante, ficto y simulado confitente”. Sin embargo, se arrepintió antes de ser puesto en la pira y le fue concedida la gracia de ser muerto por garrote vil.

Por lo que respecta a los piratas franceses, estos llegaron a Yucatán después de haber cometido una serie de tropelías que incluía haberse robado varios barcos, pasar por cuchillo a parte de su tripulación y “mutilar por pasatiempo a otros”. Sin embargo, no fueron juzgados por estos delitos, sino por beber en cálices, destruir imágenes religiosas y no respetar el ayuno en días de guardar.

La mayoría de estos piratas fueron condenados en el auto de fe de 1574, que fue el primer auto público que se celebró en la Nueva España y que estuvo presidido por el Inquisidor Pedro Moya de Contreras (quien también fuera arzobispo y Virrey de la Nueva España).

Resulta por demás extraño que no hayan sido condenados por robar, matar o mutilar, sino por sus supuestas herejías. ¡Así la justicia en México!

Ismael Reyes Retana. Abogado constitucionalista. Socio de White & Case.

Bibliografía

Corsarios ingleses y franceses en la inquisición de la Nueva España, Ed. Imprenta Universitaria/ ArchivoGeneral de la Nación, México, 1945, 500 págs.

Libro primero de votos de la Inquisición de Mexico, Ed. Imprenta Universitaria/ ArchivoGeneral de la Nación, México, 1955, 510 págs.

Mariel de Ibáñez, Yolanda, El Tribunal de la Inquisición en México, 3ª ed., Ed. Porrúa, México, 1984, 186 págs.

Medina, José Toribio, Historia del Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición, 2ª ed., Ed. Porrúa, México, 1952, 450 págs.