No nos equivoquemos. La renuncia de la magistrada Janine M. Otálora como presidenta del Tribunal Electoral (TEPJF) es solo la cereza de un pastel que ya olía bastante mal, y que ahora está en pleno proceso de descomposición. Durante los últimos años –pero especialmente a partir de la designación de los nuevos magistrados en 2016– la Sala Superior ha sido el protagonista de una serie de desvaríos judiciales y bochornosos errores políticos. La escasa legitimidad que le quedaba, se ha desvanecido. Y quizá ya sea hora de asumir, de una vez por todas, que la justicia electoral no es más que grilla partidista.

Sería ingenuo pensar que la “crisis” del TEPJF es producto de los desencuentros generados por la decisión de no anular la elección de gobernador en Puebla. La confrontación es añeja. Basta con hacer memoria. Quien haya seguido de cerca las sesiones de la Sala Superior estará al tanto de las vergonzosas rencillas ventiladas a través de sus deliberaciones públicas, de su ínfimo nivel de argumentación, de sus múltiples contradicciones de criterios pero, sobre todo, de su increíble capacidad para seguir desmantelando la autonomía de una institución que en otras épocas se ha conducido con decoro y firmeza.

Mentira que no se pueda caer más bajo. Falso que ya no se puede estar peor. La mayoría de la Sala Superior se supera día tras día, evidenciando tanto su minúscula estatura moral como su incapacidad de asumirse como genuinos impartidores de justicia. Se dicen jueces constitucionales, pero operan como mercenarios al servicio del mejor postor. Se llenan la boca de sentencias “progresistas”, “protectoras”, “innovadoras”, “garantistas” y de una “justicia abierta”, pero se muestran incompetentes para cumplir con su papel más elemental: fungir como contrapeso a las mayorías partidistas.

En esta integración, las cosas empezaron mal y siguieron en picada. Que no se nos olvide cómo, en una maniobra a todas luces inconstitucional, los diputados y senadores, de la anterior legislatura, ampliaron el mandato de los magistrados José Luis Vargas, Indalfer Infante, Reyes Rodríguez y Felipe Fuentes, quien ahora despacha como presidente de la “transición del tribunal” (lo que sea que esto signifique). En ese momento primó la lógica de las cuotas y los amiguismos; la de repartirse el pastel entre la coalición entonces mayoritaria. Y aunque ciertamente podría decirse que la #LeyDeCuates no fue responsabilidad directa de los magistrados beneficiados, lo cierto es que, con el paso de los meses, los integrantes de la Sala Superior hicieron méritos suficientes para ganarse un lugar en la historia de la infamia judicial.

Tengamos presentes las decisiones que, por mayoría o por unanimidad, trazaron la ruta del descalabro. Recordemos, por ejemplo, como la Sala Superior hizo hasta lo imposible para no anular la elección del actual gobernador de Coahuila, a pesar del flagrante rebase del tope de gastos de campaña del candidato del PRI. No olvidemos, también, los malabares argumentativos que emplearon para subir a la boleta presidencial a “El Bronco”. Y tengamos en cuenta, por supuesto, cómo –ya con un nuevo partido dominante en el escenario político del país– los magistrados dieron un carpetazo al caso del Fideicomiso de Morena, uno de los mayores escándalos de fiscalización de los últimos tiempos.

En un críptico tuit de despedida, la expresidenta afirmó que “hoy, la vida institucional de México vive una nueva época y el Tribunal Electoral como órgano del Poder Judicial de la Federación debe saber adaptarse a los cambios”. Quizá tenga razón. Todo órgano jurisdiccional debe hacerse cargo del contexto en el que opera. Acierta la magistrada en la necesidad de adaptarse, pero yerra en la dirección. El nuevo equilibrio de poderes demanda independencia y altura de miras. Lo que hemos visto, sin embargo, es una decepcionante claudicación.

Hace unos meses, en un lúcido discurso de despedida, el ministro José Ramón Cossío se los dijo con elocuencia: “Una justicia constitucional requiere –y perdón que parezca simple pero no lo es– jueces constitucionales; jueces que estén sosteniendo una plaza que es la Constitución”. Esa era, precisamente, la decisión ética y políticamente responsable que le correspondía a los jueces electorales: defender, con vehemencia, la Constitución. Hoy, por desgracia, el TEPJF ha cedido ante las presiones, so pretexto de una captura disfrazada de transición. Sobra subrayarlo: presiones para jueces electorales –que pueden llegar a definir, en última instancia, la suerte del reparto de poder en un sistema político- siempre habrá. La principal responsabilidad, en este sentido, de los jueces es resistir ante tales presiones. Pero justo por este motivo es que fueron elegidos estos abogados como magistrados del TEPJF, aunque en su momento ninguno de sus padrinos políticos vislumbrara que quien sacaría provecho de esta enclenque integración sería otra fuerza política.

Ignorando la profunda crisis por la que atraviesa la justicia electoral, haciendo como si nada hubiera pasado, Felipe Fuentes ha asumido la presidencia del TEPJF. Su primer comunicado es un buen ejemplo de neolengua orwelliana: la ruptura se pinta de unidad; lo político, de personal; la subordinación, de coordinación. El presidente habla de “seguir dando certeza y consolidar la confianza ciudadana en sus instituciones y así fortalecer el Estado de Derecho”. Sus bríos apuestan al engaño –¿cuándo ha dado el tribunal certeza?–, a la desmemoria, a la ilusión de un imposible borrón y cuenta nueva. Esta no será la presidencia de la transición, sino de la captura partidista.

Estamos ante la crónica de una claudicación anunciada. El TEPJF se ha convertido en la corte de las tres mentiras: ya no es ni tribunal, ni electoral, ni judicial. Tenemos, en cambio, una oficina de gestiones cortesanas. En avenida Carlota Armero no es el tiempo de la justicia electoral, sino de la política partidista.

Juan Jesús Garza Onofre. Profesor de planta de la Facultad Libre de Derecho de Monterrey. Twitter: @garza_onofre

Javier Martín Reyes. Profesor asociado de la División de Estudios Jurídicos del CIDE. Twitter: @jmartinreyes