Esto ya no es arte es la exposición que actualmente se presenta en el Museo de Arte de Zapopan (MAZ), en la cual se muestran una serie de objetos que dejaron de ser considerados como obras de arte por una cuestión legal o, más bien, por un formalismo jurídico.

Se trata de la exhibición de “obras de arte” que fueron aseguradas por sus dueños originales y que, con motivo de un siniestro, fueron declaradas con daños irreparables y, por lo tanto, retiradas del mercado del arte. A estas obras se les conoce como “arte salvado”.

Es una exposición en la que la cuestión jurídica ocupa un lugar preponderante, ya que estos objetos dejaron de ser considerados formalmente como obras de arte debido a la legislación a la que están sujetos; es decir, en virtud de la normatividad en materia de contratos de seguro y en materia de derecho de autor.

En cuanto a la materia de seguros, resultan aplicables la Ley sobre el Contrato de Seguros y el propio contrato de seguro que celebren las aseguradoras con los clientes. En virtud de dicho contrato, al verificarse la eventualidad prevista en el mismo (incendio, terremoto, inundación), la empresa aseguradora está obligada a resarcir el daño o a pagar una suma de dinero al asegurado.

En los contratos se establecen diversos tipos de daños, lo cual es fundamental ya que dependiendo de estos se determinará el destino de la obra. Así, el daño puede ser parcial o total. Cuando se trata del segundo, la aseguradora se queda con la propiedad de los bienes y le paga una cantidad de dinero al asegurado.

Es importante destacar que un “daño total” no implica necesariamente que el objeto (en este caso la obra de arte) quede inservible, ya que en muchas ocasiones tiene más bien que ver con una cuestión económica que con el daño en sí: la reparación o restauración implica una cantidad de dinero mayor a la suma asegurada.

Una vez adquirida la propiedad de los bienes por parte de la aseguradora, ésta normalmente los “chatarriza”; puede venderlos o destruirlos. Sin embargo, en el caso de las obras de arte hay un elemento adicional que es lo que justamente lo hace ser único y da lugar a que existan los objetos que se muestran en esta exposición.

El mencionado elemento es el derecho de autor: el derecho que tienen los creadores sobre sus obras complica el destino de las mismas cuando sufren un daño total y tiene como efecto que las obras de arte permanezcan en una especie de limbo jurídico.

Aquí surgen una serie de cuestionamientos: ¿Quién decide legalmente el destino de la obra que sufrió un daño total? ¿Quién tiene derecho sobre ella? ¿El dueño? ¿El artista? ¿La aseguradora?

Para responder estas preguntas es necesario tener en cuenta que el derecho de autor otorga diversas protecciones a los creadores para que gocen de prerrogativas y privilegios exclusivos de carácter personal y patrimonial. Los primeros integran el llamado derecho moral y, los segundos, el patrimonial.

El derecho moral corresponden al autor, quien es su titular de forma perpetua sobre las obras de su creación; esta unido al autor, es inalienable, imprescriptible, irrenunciable e inembargable. Lo ejerce el autor o sus herederos o, en su defecto y en caso de justificarse, el Estado.

El autor tiene diverso derechos morales, pero para el tema que nos ocupa tiene especial relevancia el de “[e]xigir respeto a la obra, oponiéndose a cualquier deformación, mutilación u otra modificación de ella, así como a toda acción o atentado a la misma que cause demérito de ella o perjuicio a la reputación de su autor”. Así, el autor evidentemente tiene el derecho de prohibir que se destruya su obra.

Por otra parte, están los derechos patrimoniales de los cuales es titular el autor o la persona a quien se le hayan transmitido por cualquier título (por ejemplo la compraventa). Así, el titular de los derechos patrimoniales es el titular del soporte material.

En consecuencia, cuando una obra de arte es declarada con daño total, podría existir una especie de colisión de derechos entre quien tiene el derecho moral (autor) y quien tiene el derecho patrimonial (aseguradora).

Hay que recordar que el contrato de seguro se celebra entre el propietario de la obra de arte (o alguien en su nombre y a su favor) y la empresa aseguradora. El artista no participa en la celebración del contrato ni tiene que dar su consentimiento para que se asegure su obra. Así, en caso de siniestro en el que su obra fuera declarada con daño total, el autor se podría oponer a su destrucción, no obstante no ser parte en el contrato de seguro.

Esta colisión de derechos, así como –seguramente– cuestiones contables de las aseguradoras, dan origen al mencionado “arte salvado”, el cual oficialmente es despojado de valor económico, aunque pueda conservar su valor artístico y, por lo tanto, no merecería estar en el limbo jurídico.

Así, en la muestra en el MAZ se presentan un conjunto de bienes que fueron donados al Slavage Art Institute por los seguros AXA, los cuales no están activos para el mercado del arte ni para el sistema de galerías y que, en algunos casos, están relativamente intactos. La muestra incluye obras de Robert Rauschemberg, Jim Dine y Jeff Koons, entre otros, que fueron objeto de diversos daños que son descritos en los reclamos: “rasgado en tránsito”, “hecho añicos por caída”, “despostillado” (sic), ”envoltura adherida a la pintura mientras seguía húmeda”, “contaminado por moho”. Por ello el subtítulo de la exposición es Raspado en tránsito, arrugado en tránsito, doblado en tránsito.

Ismael Reyes Retana Tello. Abogado constitucionalista y socio del despacho de abogados White & Case.