El Juez, la niña y el Protocolo del Chocolate

Sucedió en Calcuta, un Juez llamado Mukopadhaya encabezaba un juicio para resolver la custodia de una niña de 10 años, que hasta la fecha de la audiencia estaba viviendo con la madre. En un momento crucial de la diligencia, el Juez le preguntó a la niña si quería vivir con su padre o con su madre. La niña respondió inmediatamente que quería vivir con su papá. Tras las consabidas objeciones de la mamá y de su equipo jurídico, con el consecuente desorden en la Sala, el Juez se levantó de su silla, se dirigió a donde estaba sentada la nena y la llevó a una tienda donde le compró un chocolate. Ahí mismo, Mukopadhaya habló de manera amistosa con ella, preguntándole acerca de la escuela, sus amigos y sus aficiones. A continuación, regresó al juzgado y le preguntó nuevamente si quería vivir con su papá o con su mamá. La niña dijo que su madre no la cuidaba, y que le dedicaba más tiempo a conversar con sus amistades que a estar con ella. También expresó ella su deseo de estar con el padre. Tras seguir este peculiar protocolo, el Juez no dudó en conferir la custodia al padre.

El Jurado que regalaba miembros de chocolate

En enero de 2010 la Corte Suprema de Estados Unidos, al resolver Marcus A. Wellons v. Hilton Hall, ordenó a un tribunal de apelaciones en Atlanta que reconsiderara la solicitud de Marcus Wellons para realizar un nuevo juicio, tras detectarse impropiedad en la conducta del jurado y de diversos funcionarios judiciales. Wellons fue sentenciado en primera instancia a la pena capital por la violación y asesinato de una niña de 15 años. Durante el juicio, varios miembros del jurado se pusieron de acuerdo para regalar al juez, al custodio y a otros funcionarios, chocolates con forma de pene. En la decisión dividida del máximo tribunal se resolvió que el procedimiento que rodea a un caso relacionado con la pena de muerte debe “realizarse con dignidad y respeto”. En sus votos disidentes, los justices Alito, Scalia y Thomas consideraron que no había mayor inconveniente en que los funcionarios judiciales reciban penes de chocolate como obsequio.

No era esta, empero, la primera ocasión que el chocolate se filtraba en el más alto tribunal estadounidense. En 1931 los justices se enfrascaron en una espesita discusión para resolver si el chocolate debía ser considerado un alimento o un dulce (McCaughn v. Hershey Chocolate Co. 282 US. 827): La Suprema Corte concluyó que:

Chocolate is a solid or plastic mass, made by mixing sugar with chocolate, which is the powdered cacao nib or bean, with or without the addition of flavoring material, and that sweet milk chocolate also contains milk solids; that the type of sweet chocolate manufactured and sold by respondents is commonly sold in small bars, sometimes containing nuts, or in blocks, ‘attractively dressed up’ for sale under names which would appeal to candy consumers, and is usually consumed in the same manner as candy, that is, eaten in small quantities from the hand as a sweetmeat.

Acertó la Corte Suprema, el chocolate no solamente es sabroso perse, sino que suele ser vestido con atractivas envolturas que desafían la contención, tanto de los ascetas más avanzados como de la gente común que no tiene reparo en exponer su integridad física, como el iraní al que amputaron la mano por robar un chocolatín.

Ferrero Rocher vs. Montresor

Judicialmente, Italia es el ejemplo perfecto que en litigios relacionados con el chocolate, ha transitado por los gustos dulce y semiamargo hasta el amargo. Hace pocos años, Ferrero Rocher ganó un pleito judicial a la marca china Montresor, por lanzar al mercado un bombón igual al italiano, confeccionado a base de chocolate y nueces, empaquetado con el mismo elegante papel dorado y distribuido en cajas transparentes como las originales. Los descendientes de Pietro Ferrero obtuvieron de un tribunal chino una indemnización cercana a los 90 mil dólares.

Pero los italianos recibieron en noviembre de 2010 un golpe amargo de manos del Tribunal de Justicia de la Unión Europea al resolver que los italianos infringieron la normatividad comunitaria al permitir la denominación “chocolate puro” para productos que contienen más de un 5% de materias grasas vegetales distintas a la manteca del cacao. La Corte de Luxemburgo considera que las regulaciones italianas que permiten dos tipos de menciones en la etiqueta sobre la composición del chocolate pueden inducir a error a los consumidores, y dañar de ese modo su derecho a una información correcta y neutra. Por tanto, en Europa, el chocolate 100% puro sigue siendo un apetitoso enigma envuelto en un misterio.

Milka vs. Milka

Judicialmente, el chocolate también puede estar en el centro de una confrontación equivalente a la de David contra Goliat. En marzo de 2005, Milka Budimir, una costurera francesa de 58 años, fue condenada por un tribunal de Nanterre a ceder los derechos de su sitio en Internet, www.milka.fr, al gigante agroalimentario estadounidense Kraft, propietario de la marca de chocolate Milka. La multinacional había demandado a la mujer, que explotaba desde hacía varios años ese sitio en Internet, por lo que consideraba un perjuicio económico y de imagen para el grupo, pues aseguraba que ese nombre está mundialmente vinculado a la vaca símbolo de sus chocolates.

El Tribunal consideró que “al reservarse y utilizar el nombre del sitio www.milka.fr, la señora Milka Budimir ha usado injustificadamente marcas denominativas de Milka, de las que la sociedad Kraft es la propietaria”. Es más, subrayan que el nombre de Milka “existía mucho antes del nacimiento de la señora Budimir”. Por ello, le prohibieron seguir utilizando el sitio www.milka.fr y la condenaron a transferir el nombre del sitio en la red a Kraft en el plazo de un mes desde la fecha del veredicto, bajo pena de una multa de 150 euros por día de retraso en la restitución. Para algunos, la señora Budimir era una “paracaidista informática”, para otros, la sentencia del tribunal era un atentado contra todas las personas que se llaman Milka, que en hebreo significa “pequeña reina”. Para la anciana costurera, tal vez lo más denigrante era ver su nombre inmensamente tatuado en una inverosímil vaca violeta. Las resoluciones concernientes a Milka vs. Milka pueden consultarse aquí y aquí.

Es entendible la indignación de la señora Budimir al sentirse involuntariamente asociada a una marca de chocolates. ¿El legado de Sara García es más importante en la cinematografía o en el Chocolate Abuelita? ¿Qué pensaría Carlos V del Sacro Imperio Romano Germánico al ver que su imagen es ofrecida en cada esquina de una de sus antiguas colonias en formato cajetoso, cacahuatoso o galletoso?

Alejandro Anaya Huertas. Licenciado en Derecho (UNAM); maestro y candidato a doctor en Administración Pública (INAP).

Te recomendamos: