Por una extraña petición de principio, durante la Revolución se ha declarado por anticipado culpables a los hombres que iban a ser juzgados. Las formas [judiciales] son una salvaguarda. La abreviación de las formas significa la disminución o la pérdida de esa salvaguardia. Tal abreviación supone, pues, una pena. Si la infligimos a un acusado es que su delito está demostrado de antemano. Pero si ya está probado, ¿para qué un tribunal, sea el que fuere? Si un delito no está probado, ¿con qué derecho se le coloca en una clase particular y proscrita y se le priva, por una simple sospecha, del beneficio común a todos los miembros del estado social? Este absurdo no es el único. Las formas son necesarias o son inútiles para la convicción; si son inútiles, ¿por qué se las conserva en los procesos ordinarios? Si son necesarias, ¿por qué se las elimina en los procesos más importantes?

…las formas son indispensables, y debido a que las formas han parecido el único medio de distinguir al inocente del culpable, todos los pueblos libres han reclamado su institución. Por imperfectas que sean las formas, tienen una facultad protectora que no se les arrebata sino destruyéndolas; son las enemigas natas, los adversarios inflexibles de cualquier tiranía.

Principios de política. Benjamín Constant (1815)

 

Por ahora me urge sólo observar que jamás se tiene suficientemente en cuenta el hecho de que exista una estrechísima relación entre los resultados obtenidos y el procedimiento con el que se han obtenido y, sobre todo, que no sólo los resultados son valorables en base a criterios que nos permiten distinguir resultados deseables de resultados no deseables, sino que son sometibles a juicios de valor también los enjuiciamientos, por lo cual es posible distinguir enjuiciamientos buenos de por sí y enjuiciamientos malos de por sí, independientemente de los resultados. Por dar un ejemplo extremos, un enjuiciamiento o procedimiento judicial que comprensa también entre sus reglas la de la licitud de la tortura, es n procedimiento que quien lo considera malo lo considera tal por sí mismo, sin tener en cuenta para nada el resultado (o sea, aun admitiendo que con la tortura se pueda obtener un resultado deseable, como el de conocer la verdad).

Naturalmente, el tener o no en cuenta la bondad o no bondad de los procedimientos o enjuiciamientos no significa en modo alguno descuidar los resultados. Se comprende que el ideal sería obtener los mejores resultados con los mejores procedimientos. Pero, ¿cuáles son los mejores resultados? La dificultad de saber cuáles son los mejores resultados y poner de acuerdo a cierto número de personas (que pueden ser incluso decenas de millones) entre sí, nos obliga a someternos a las operaciones realizadas para obtenerlo y a convenir en que el mejor resultado es aquel al que se ha llegado con las mejores reglas…

Obsérvese que, contrariamente a lo que suele creerse, en este caso no es el fin bueno el que justifica el medio incluso malo, sino que es el medio bueno, o considerado como tal, el que justifica el resultado o, por lo menos, hace aceptar el resultado como bueno…

¿Qué alternativa a la democracia representativa? Norberto Bobbio (1973).

 

Toda ley, con sus formalidades y autoridad, se nos antoja fácilmente antipática; a don Quijote no le gustaba que unos hombres de honor se hicieran jueces de los pecados de otros hombres y hubiera preferido que la defensa de los débiles perseguidos corriera a cargo de su lanza de caballero, pero los débiles perseguidos seguramente no se sentirán suficientemente protegidos por su nobilísima y frágil lanza. Una buena parte de la literatura, incluso grande pero injusta, ha mirado con frialdad al derecho, considerándolo árido y prosaico respecto a la luz de la poesía y la moral. La ley sin embargo tiene una profunda y melancólica poesía; es el intento de hacer descender concretamente las exigencias de la conciencia a la realidad vivida –fatalmente un intento de compromiso, puesto que está obligado a echar cuentas con los límites de lo real, pero grande precisamente por esa ardua e ingrata confrontación con la dura prosa del mundo.

Esas leyes necesarias. Claudio Magris (1996)

 

Un gran jurista, Tullio Ascarelli, veía en Antígona no la abstracta contraposición de la conciencia individual a la norma jurídica positiva, del individuo al Estado, sino la lucha de la conciencia por traducirse en normas jurídicas positivas más justas para crear un Estado más justo. Creonte, al final, asume con conocimiento de causa que su ley era injusta y está listo –aunque sea muy tarde- para cambiarla. Las leyes no escritas de los dioses están escritas en leyes humanas más justas, aunque su transcripción es interminable y siempre, a cada ley positiva, la conciencia le opone la exigencia de una ley más alta. La tragedia no es que este proceso sea interminable, acaso su perenne perfectibilidad sea su gloria; más bien tenemos muchas razones para temer que el proceso se interrumpa y que pavorosas recaídas inhumanas hagan retroceder la historia a la barbarie, la civilización a la ferocidad, la convivencia al odio. La tragedia también es que los pasos hacia delante de la humanidad exigen el sacrificio de innumerables Antígonas que aun hoy, en este momento, mientras escribo estas palabras, continúan sepultando hermanos, hijos, padres, compañeros truncados por la violencia de los hombres.

La piedad contra la ley. Claudio Magris (1996)

 

Saúl López Noriega. Profesor e investigador de tiempo completo del departamento de derecho del ITAM. Twitter: @slopeznoriega

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