En México el papel moneda está integrado por seis billetes o “familias”, como las llama el Banco de México, de las cuales sólo una está dedicada exclusivamente a una mujer, Sor Juana Inés de la Cruz; en otro ejemplar aparecen dos mujeres, Hermila Galindo y Carmen Serdán, junto a Francisco I. Madero, los tres reconocidos como impulsores de los ideales revolucionarios.1 Alguna vez se había preguntado ¿por qué?
La pregunta me parece relevante en el contexto del 8 de marzo porque permite reflexionar sobre la existencia de un sesgo de género que forma parte de nuestra psique de una manera tan arraigada que pasa prácticamente inadvertido. Tal como lo explica espléndidamente Caroline Criado Perez en su libro Invisible Women. Data Bias in a World Designed for Men, “vivimos en una cultura profundamente dominada por los hombres en la que la experiencia masculina, la perspectiva masculina, ha llegado a ser vista como universal y lo femenino es un nicho”,2 en el mejor de los casos. En un gran abanico de temas vivimos una realidad dibujada a partir de la visión masculina, lo cual no necesariamente es una forma de discriminación deliberada o dolosa sino, quizá peor aún, producto de una forma de pensamiento que ha estado presente por siglos como resultado de la falta de información con perspectiva femenina.

Ilustración: Oldemar González
Este vacío de información es lo que Caroline Criado llama la brecha de datos de género, resultado, en primer lugar, de que no se recaba información con perspectiva de género y, en segundo lugar, que cuando se cuenta con cierta información estadística relevante, ésta no se clasifica, separa o filtra con base en el género, lo que resulta en la creación de toda una dimensión desconocida integrada por mujeres y mujeres de minorías. Más allá del compromiso con causas feministas, la brecha de datos de género produce decisiones y políticas públicas miopes que, disfrazadas de medidas aparentemente neutras, ignoran a las mujeres y afectan sus vidas diariamente, desde libreros diseñados tomando como base la altura promedio de un hombre, una mayor probabilidad de morir que en un hombre en un accidente de auto por estar éste diseñado en función de las características del cuerpo humano masculino, hasta medicinas creadas a partir de estudios clínicos realizados sólo o mayoritariamente en hombres.
Pensemos, por ejemplo, en una de las formas de comunicación más utilizadas actualmente, los mensajes de texto en diferentes plataformas digitales como Whatsapp, WeChat o Facebook Messenger. Dentro de este universo parece haber un lenguaje común ampliamente utilizado: los emoticones, un conjunto cada vez más amplio de dibujos que se han “convertido en la semántica y la gramática más extendidas de nuestra época”.3 Per a pesar de que tienden a ser usados mayoritariamente por mujeres,4 hasta hace apenas cinco años los emoticones eran masculinos. Unicode es el consorcio de organizaciones que define el código para los emoticones en el mundo, mientras que los fabricantes de equipos y plataformas adaptan ese código para interpretar, conforme a su visión aparentemente neutra, la expresión gráfica de cada emoticón. Al parecer la neutralidad no fue su fuerte y los emoticones resultaron en representaciones masculinas, lo que detonó que en 2016 Unicode interviniera para crear un código que permitiera hacer explícito el género de todos los emoticones. Gracias a ello, ahora existen opciones masculinas y femeninas para todas las profesiones y atletas, de manera similar a cuando se introdujeron emoticones con diferentes colores de piel.
El uso de emoticones palidece frente a otras brechas de información de género sumamente relevantes en el ámbito de la salud. En 1960, los médicos recetaban a las mujeres un fármaco llamado talidomida como calmante de las náuseas matutinas durante los tres primeros meses de embarazo (hiperemésis gravídica), lo que provocó miles de casos de malformaciones congénitas en fetos que pudieron prevenirse de haber incluido más y mejores controles para recabar información desagregada en los ensayos clínicos. Por increíble que parezca, la participación de mujeres en estas etapas de investigación no siempre ha sido la regla. Por ejemplo, los ensayos clínicos para los medicamentos genéricos en algunos países como Estados Unidos solían ser mucho menos rigurosos que los ensayos originales, pues sólo tenían que demostrar la misma biodisponibilidad, lo cual se comprobaba casi exclusivamente en hombres adultos jóvenes.5 Fue hasta el año 2002 que el Centro de Evaluación e Investigación de Medicamentos de la Food and Drug Administration (FDA, por sus siglas en inglés) mostró diferencias estadísticamente significativas entre hombres y mujeres en la bioequivalencia de la mayoría de los medicamentos genéricos en comparación con los medicamentos de patente.6 Lo cual puso en evidencia una vez más las notables divergencias en el cuerpo de ambos sexos para efectos de la medicina.
Otra diferencia patente es el uso del baño. Seguramente más de una vez ha experimentado o atestiguado largas filas para entrar al baño de mujeres en algún edificio o evento público. ¿Alguna vez se ha preguntado si esto es producto de un problema de sesgo en el diseño de los baños públicos? En principio, el espacio destinado a los baños en una edificación se divide equitativamente entre los baños de hombres y los de mujeres lo cual parece, a primera vista, una política neutral, justa. Sin embargo, si se considera que en el baño de hombres puede haber cubículos y mingitorios en el mismo espacio, el número de personas que puede utilizar el baño simultáneamente por metro cuadrado es mucho mayor que en el baño femenino. Incluso si se repartiera el espacio de manera equitativa sólo con cubículos, esta distribución no considera otros factores relevantes como que las mujeres toman 2.3 veces más tiempo en usar el baño que los hombres; que es más común que estén acompañadas de un niño, lo cual implica más tiempo; que, en algunos países, conforman la mayoría de los adultos mayores y con capacidades diferentes —grupos que tienden a necesitar mayor tiempo en el baño—; que hay entre un 20 y 25 % de mujeres en edad fértil que pueden tener su período menstrual y requerir más tiempo en el baño e, incluso, que las mujeres embarazadas tienen una reducción natural en la capacidad de su vejiga, lo que las obliga a ir al baño con mayor frecuencia que los hombres.7
Más allá de lo anecdótico, estos entre muchos otros ejemplos subrayan una representación del mundo basada en la visión masculina que subyace en nuestro pensamiento y que es a la vez causa y efecto de la brecha de datos de género. En un mundo donde “los datos son el nuevo petróleo”8 como materia prima para el desarrollo de la inteligencia artificial y otras aplicaciones tecnológicas, es fundamental evitar los sesgos resultado de falta de datos.
Tomarse en serio la política de género trasciende conferencias de prensa y foros de discusión; implica interesarse en esta dimensión desconocida para no sólo establecer criterios que permitan evitar sesgos en el futuro sino también para corregir los actuales. El punto de partida es asumir que incluso si todos nuestros datos son precisos y confiables, siempre debemos preguntarnos qué contamos, quién decide qué contar, cómo comparamos los datos entre sí y si algo es realmente neutro.
El siguiente paso es una cruzada nacional para revisar si la legislación, regulación y políticas públicas pueden perfeccionarse en esta materia; quizá el mejor ejemplo de ello es la batalla que emprendió la administración de Obama en el 2015 para impulsar ajustes o “empujones” (nudges) en las políticas públicas y operaciones del gobierno federal echando mano, principalmente, de la economía del comportamiento (behavioral economics) y modificar las decisiones de la población en importantes aspectos como incrementar el ahorro para el retiro, la matrícula universitaria o reducir la morosidad en créditos estudiantiles.9 Otro gran ejemplo en una trinchera diferente es la labor como litigante de Ruth Bader Ginsburg, quien desde la American Civil Liberties Union cuestionó en los tribunales disposiciones jurídicas aparentemente neutrales que, en la práctica, implicaban distinciones arbitrarias basadas en el género.10
Y el tercer componente fundamental para que los dos anteriores funcionen es tener mujeres11 en puestos de decisión, quienes aportarán la visión femenina indispensable para impulsar la cruzada y, sobre todo, para revelar el sesgo masculino que muchas veces se hace pasar, incluso de buena fe, como neutral.
Una verdadera política de equidad de género debe contemplar en la agenda los sesgos en los datos para construir una sociedad incluyente, consciente de que “cuando el big data se corrompe por grandes silencios, las verdades que obtienes son verdades a medias, en el mejor de los casos”.12
Paola Cicero Arenas. Abogada por el ITAM, LLM-International Legal Studies por NYU.
1 Diseños actuales, Banco de México.
2 Criado, Caroline, Invisible Women, Data Bias in a World Designed for Men, Abrams Press, New York, 2019.
3 Carrión, Jorge, “Emojis: un lenguaje emocional”, The New York Times, 8 de noviembre 2020.
4 Chen, Lu, Ai, et al., “Through a Gender Lens: Learning Usage Patterns of Emojis from Large-Scale Android Users”, 2018 International World Wide Web Conference Committee, bajo licencia de Creative Commons CC BY 4.0.
Wirza, Nurbaeti, Hanifah, et al., “The Difference in Emoji Usage Between Genders”, English Language Education Department, Universitas Pendidikan Indonesia, Bandung, Indonesia. Atlantis Press. Advances in Social Science, Education and Humanities Research, volume 430.
5 Criado, Caroline, op.cit., pág. 203
6 Ídem, p. 204.
7 Ídem, p. 48.
8 “The world’s most valuable resource is no longer oil, but data”, The Economist, 6 de mayo, 2017.
9 Marron, Donald, “Obama’s Nudge Brigade: White House Embraces Behavioral Sciences To Improve Government”, Forbes, septiembre 16, 2015.
10 Pinsker, Joe, “RBG’s Fingerprints Are All Over Your Everyday Life”, The Atlantic, septiembre 23, 2020.
11 En este artículo hablo de mujeres, pero en realidad es igualmente aplicable para otros grupos subrepresentados en cada país como la comunidad LGBTTTIQA, indígenas y afrodescendientes, entre otros.
12 Criado, Caroline, op.cit.
Totalmente de acuerdo; como Steiner señaló no conocemos la voz de las mujeres, y ésta la conoceremos en la medida que las mujeres -estamos conociendo- eleven su nivel de escolaridad tal y como está ocurriendo, tan facil de comprobar con las estadísticas disponibles. Un caso más es el de los consoladores diseñados por hombres o la moda en el vestir. Esta es la hora del discurso airado de mujeres, pasado el momento será la hora de trabajar de las mujeres para mejorar su condición. No se olvide que existen otros grupos en «la dimensión desconocida» como son los adultos mayores sin importar su sexo.