Toda revolución comienza siendo una idea, y cuando esa idea se vuelve la bandera de lucha de un grupo y se trabaja en colectivo, tiene el poder de transformar la realidad. Así definiría yo el camino para lograr el sufragio femenino en México, como una lucha que buscaba, y logró, transformar la realidad de las mujeres mexicanas un sábado 17 de octubre de 1953.

En la década de 1970, un gran número de orquestas sinfónicas alrededor del mundo idearon un proceso de selección con la intención de superar la selección discriminatoria de sus integrantes. Para esto las audiciones en las que se probaban a las y los candidatos se comenzaron a realizar tras telones.1

De esta forma, la raza, color, religión, sexo, nacionalidad y apariencia del músico quedaban cubiertas y las decisiones eran tomadas con base en el sonido que generaba con su instrumento. Además, se tendían alfombras en el piso para que el ruido de los tacones no permitiera deducir el sexo de la persona sometida a prueba.

Poco a poco se fueron descubriendo los vicios que este modelo traía aparejado, en tanto que nos acercaba más un imaginario de igualdad formal, donde el músico se convertían en un instrumento perfectamente desencarnado aparentando que se lograba el objetivo de inclusión, mientras realmente nos alejaba de una deseada igualdad sustantiva.

Ilustración: Víctor Solís

El derecho a ser parte de un cuerpo colegiado, como lo es una orquesta, un Congreso, un gabinete, o la misma sociedad, es un derecho que las mujeres logramos nos fuera reconocido tras años de lucha y tuvo uno de sus hitos en la historia mexicana el 17 de octubre de 1953.

Esa mañana, el Diario Oficial de la Federación publicó la reforma al artículo 34 constitucional para quedar como sigue: “Son ciudadanos de la República los varones y las mujeres que, teniendo la calidad de mexicanos, reúnan además los siguientes requisitos: I. Haber cumplido 18 años siendo casados o 21 si no lo son, y, II. Tener un modo honesto de vivir”.El reconocimiento de las mujeres como ciudadanas trajo aparejado los derechos y obligaciones que se le garantizan al ciudadano, como lo es el votar y ser votado, derechos que tienen la posibilidad de transformar la forma en la que se hace política.

Esta conquista se fue vislumbrando y construyendo desde años atrás, gracias a luchadoras sociales como Hermila Galindo Acosta, quien a finales de 1916 envió al constituyente un escrito en el que solicitó el reconocimiento de los derechos políticos de las mujeres argumentando lo siguiente:

Es de estricta justicia que la mujer tenga el voto en las elecciones de las autoridades, porque si ella tiene obligaciones con el grupo social, razonable es, que no carezca de derechos. Las leyes se aplican por igual a hombres y mujeres: la mujer paga contribuciones, la mujer, especialmente la independiente, ayuda a los gastos de la comunidad, obedece las disposiciones gubernativas y, por si acaso delinque, sufre las mismas penas que el hombre culpado. Así pues, para las obligaciones, la ley la considera igual que al hombre, solamente al tratarse de prerrogativas, la desconoce y no le concede ninguna de las que goza el varón.2

No puedo pensar en este texto sin recordar también a las feministas estadounidenses que se reunieron en 1848 en Seneca Falls, reunión que  dio origen a la Declaración de Sentimientos y Resoluciones de Seneca Falls donde se señalaba que el hecho de que las mujeres no pudieran votar obligaba las obligaba “a acatar leyes en cuya elaboración no han tenido participación alguna” y al haberla privado del derecho al voto, la dejó sin representación en las asambleas donde se elaboraban leyes que la oprimían en todos los aspectos de su vida<.3

Si hacemos un recuento histórico de la lucha de las mujeres por ser parte de la vida pública, podemos hacer retrospectiva hasta el ágora ateniense donde se pensaba que las mujeres no debían ser vistas ni escuchadas en esta zona de deliberación. Por ejemplo, Jenofonte en un debate sobre la administración económica del hogar decía que “[E]s más honroso que la mujer permanezca dentro de su casa; pero que un hombre permanezca dentro en lugar de perseguir la vida afuera es una desgracia”.4

El derecho de las mujeres a votar y ser votadas tiene un gran contenido simbólico. Es la garantía en el máximo texto jurídico de nuestro país del derecho a ser parte de la democracia, es la oportunidad de depositar la responsabilidad de gobernar en las autoridades electas5 y de representar a otras, tomar nuestras experiencias y llevarlas de lo privado a lo público. Hablamos de la garantía de ser parte de las decisiones políticas en condiciones de igualdad presentando una visión de la realidad en la agenda política nacional.

Es fundamental que las mujeres ocupen puestos de elección popular, es imperante que la representación sea efectivamente democratizada; numerosos estudios que datan de la década de 1980 hasta la década de 2000 han encontrado que las mujeres en puestos de decisión política tienen más probabilidades de hacer que problemas que aquejan a las mujeres sean una prioridad en la agenda pública.6

Hoy, no queremos que se nos elija detrás de un telón, ni que se nos pida que nos quitemos los zapatos para que otros finjan nuestros pasos; buscamos que se nos vea, se escuche nuestro caminar, y que no solo discutamos cómo es que se nos elige, sino también que nuestro cuestionamiento llegue a evaluar quiénes son las y los que logran llegar a la audición a ser escuchados por el jurado. La forma de conmemorar este día es continuar luchando porque todas y todos los que han sido excluidos logren llegar ya sea a ser parte del jurado seleccionador o músico en búsqueda de un lugar en la orquesta.

Janine M. Otálora Malassis. Magistrada de la Sala Superior del Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación.


1 Véanse: Post, R. et al., Prejudicial Appearances: The Logic of American Antidiscrimination Law, Duke University Press, Durham, 2003, p. 18, y Saba, R, “(Des)igualdad estructural”, en Marcelo Alegre y Roberto Gargarella (coords.), El Derecho a la Igualdad. Aportes para un constitucionalismo igualitario, Lexis Nexis, Buenos Aires, 2007.

2 Mastretta, A. “Hermila Galindo: Una mujer bravía”, nexos. Consultado el 24 de septiembre de 2019.

3 National Historical Park New York. Declaration of Sentiments. Consultada el 24 de septiembre de 2019.

4 Keane, J. (2018), Vida y muerte de la democracia, Ciudad de México, p. 54.

5 Al respecto, véase Waldman, M.  (2016), The Fight to Vote, New York.

6 Criado Pérez, C. (2019). Invisible women: Data bias in a world designed for men, New York, p.54.