Cualquier persona que haya vivido un huracán conoce la angustia de no saber si se avecina una catástrofe o una inconveniencia menor. Amén de una inmensidad de modelos meteorológicos, nunca hay entera certidumbre de si inclusive habrá tormenta y, en su caso, si ésta destruirá tu casa. Hoy, a escasos días de la elección presidencial de Estados Unidos, el país vive una angustia propia de un huracán en ciernes. Entre que la elección se está llevando a cabo en medio de una pandemia, la beligerancia con la que Donald Trump y los republicanos pretenden suprimir o inhibir el voto y las campañas de desinformación, no sabemos si la elección empujará al país a una crisis constitucional, junto con una espiral de violencia, o si resultará al final en un mero susto.

Ilustración: Patricio Betteo
La incertidumbre parte sin duda de que los estadounidenses, con buena razón, entienden esta elección como un parteaguas. Podrá sonar a hipérbole, pero lo que está en juego no son dos visiones de política pública, sino dos formas de entender la identidad nacional. Un lado, promete la posibilidad de forjar una democracia plural, multiétnica y más igualitaria; el otro, una nación ensimismada, nativista y blanca.
Pero esta zozobra electoral no es soló resultado por una contienda tan polarizada. El coronavirus a su vez ha impactado en la operación de los sistemas electorales así como el comportamiento de los votantes. Esto incluye la reducción de casillas electorales, aumento en votos por correo, nuevas modalidades de voto como buzones electorales o el llamado auto-voto –desde el automóvil como el servicio en automóvil de MacDonald’s–, y muchas otras medidas más.
Por si eso fuera poco, la votación multifacética se da encima de un entramado legal barroco y complejo. En el centro de la complejidad está un obstinado federalismo que multiplica las diferencias e impide la claridad de las reglas. Es decir, cada estado regula las elecciones que ocurren en sus fronteras, incluyendo las federales. Así que hay 50 reglas diferentes respecto cómo se puede votar, si se puede cambiar la forma de voto, hasta cuándo se pueden recibir votos por correo, si está permitido el ingreso de personas armadas a los establecimientos con casillas e, inclusive, quién puede votar, pues, algunos estados prohíben que gente con antecedentes penales vote.
El coronavirus ha orillado a los estados a cambiar sus reglas. La respuesta ha dependido mucho del partido en el poder. Los estados demócratas han aumentado las vías y tiempos electorales, mientras que los republicanos han optado por medidas restrictivas. Los primeros, arguyen la necesidad de garantizar el voto y proteger a la ciudadanía; los segundos, por su parte, inflan la narrativa de que hay que resguardar la integridad del sistema electoral (el cual nunca ha sido víctima de un fraude). Estas dos posturas están compitiendo en los tribunales de este del país inclusive antes del día de la elección; es decir, en estos momentos ya se están revisando decenas de casos electorales.
Las dos perspectivas apuntadas también han propiciado dos tipos de litigios. Unos, enfocados a facilitar el voto y a asegurar que aumente el número de votantes. Otros, que buscan restringir el voto. En efecto, por un lado, hay impugnaciones a leyes que desacreditan el coronavirus como una razón válida para votar por correo, que piden que los votos por correo adjunten una copia de una identificación notariada, o que gente con antecedentes penales que no hayan liquidado sus deudas no puedan votar. Por el otro, se están impugnando leyes estatales que expanden el voto por correo, habilitan buzones electorales, y permiten la votación por correo sin necesidad de dar una excusa.
Dentro de todos los casos, sin embargo, el más reciente es el que más ilumina la precariedad de la situación constitucional y legal de la elección en los Estados Unidos: Democratic National Committee vs Wisconsin State Legislature. En este caso, los demócratas pidieron que el estado de Wisconsin aceptara los votos por correo que se reciban después de la elección siempre y cuando fueran enviados antes de la misma. A pesar de que es muy probable que esto suceda, dado que el correo está operando más lento que de costumbre, la Corte Suprema impidió que los votos en ausencia que lleguen “tarde” cuenten. Más allá del resultado, lo preocupante fue que el justice Brett Kavanaugh sugirió que los estados donde los votos tardíos le “den la vuelta” a la elección podrían ocasionar “caos y sospecha”.
La lógica del Kavanaugh está al revés del principio básico de una democracia, pues, la elección no es impropia si al contar votos cambia el resultado, es impropia si no cambia por no contarlos. La justice Elena Kagan señaló justo esto mismo, pero el daño ya está hecho. Kavanaugh mandó una señal inequívoca: la Corte Suprema estará dispuesta a invalidar votos tardíos que cambien el resultado inicial. Esto pone en peligro a los demócratas porque ellos son los que han apoyado el voto a distancia y, por ende, esos son los votos que se contarán después del día de la elección. Es alucinante saber que en caso de decidir la elección, la Corte Suprema estadounidense estará dispuesta a rechazar votos so pretexto de resguardar la democracia.
La opinión de Kavanaugh también obedece a una larga estrategia republicana de suprimir el voto. Los republicanos saben que no pueden ganar en una contienda mayoritaria, así que llevan más de veinte años tratando de restringir la votación, mediante estrategias como la reconfiguración de distritos en su favor o nombrando jueces que respaldan políticas públicas que obstaculizan el voto. Ahora tienen a sus jueces listos para hacerlo en caso de que sea necesario.
No obstante, nada de esto estaría sucediendo si los republicanos no tuviesen un líder empecinado en generar caos y confusión, y una élite del partido sumisa ante él. El presidente Trump y sus séquitos han promovido teorías de conspiración y la noción de que si la elección no se decide la misma noche de la elección será un fraude. Esto no es cierto. Lo más normal es que no haya una decisión ese día porque la mayoría de los estados no pueden contar los votos en ausencia hasta el día de la elección, algunos hasta en la noche. Cada voto tiene que ser validado antes de ser contado y eso toma tiempo. Además, cada validación es una disputa. Habrá abogados demócratas y republicanos en cada casilla, unos buscando que el voto se cuente y los otros que no. Voto por voto, casilla por casilla.
Lo más peligroso es el siguiente escenario: en la noche de la elección, si el conteo de votos arroja un resultado preliminar muy cerrado a favor de Trump. El conteo subsecuente podría cambiar la elección, simplemente por cuestiones demográficas y partidistas, pero Trump estaría en las condiciones idóneas para consolidar si fuese necesario su narrativa de fraude electoral –con independencia de la suerte de la disputa legal que se inicie–.
Al respecto, vale recordar que la transición del cargo presidencial en Estados Unidos depende de que el perdedor conceda. No obstante, esta concesión es una regla, una tradición política. De tal manera que nunca, ni en el año 2000 cuando intervino la Corte Suprema para definir al ganador entre Bush y Gore, un candidato perdedor se ha negado a conceder el triunfo del contrario. Sin embargo, como sabemos, Trump goza de romper reglas y tradiciones. Así, la gran interrogante es, si Trump pierde por un margen estrecho qué es más probable: ¿Qué reconozca su derrota o, más bien, haga un llamado a sus votantes –muchos de ellos integrantes de milicias ciudadanas-, a que defiendan su triunfo y salgan a las calles? Suena alarmista, pero no pocos consideran que esa es la categoría del huaracan que se avecina.
Pedro Gerson. Director de la clínica de migración en la facultad de derecho de Louisiana State University.& Twitter: @elpgerson