Los espléndidos trabajos publicados en este blog de los profesores Salazar, Herrera, Altero y Niembro, Gama y Chorny Elizalde (en orden cronológico) despertaron nuestro interés en extraer, de algunos teóricos de sistemas y sus críticos, un puñado de reflexiones sobre la jerarquía (concepto que proviene de hierós, sagrado, y archo, gobierno o autoridad).

jerarquíasAdemás de la multireferida jerarquía normativa, el concepto de jerarquía es hallado por doquier dentro de los teóricos de sistemas. Al respecto, en Sexo, Ecología y Espiritualidad, Ken Wilber sostiene que las ciencias sistémicas hablan desinhibidamente de las bondades de las jerarquías: desde Bertalanffy el apóstol de la Teoría General de los Sistemas (la realidad, en ,la concepción moderna, aparece como un enorme orden jerárquico de entidades organizadas”), hasta Rupert Sheldrake y su “jerarquía de campos morfogenéticos acoplados”; desde el lingüista sistémico Roman Jakobson (“la jerarquía, entonces, es el principio estructural de la lengua”) al modelo ecológico de realidad de Charles Birch basado en el “valor jerárquico”; desde el trabajo de Francisco Varela sobre los sistemas autopoiéticos (“parece ser un reflejo natural de la riqueza de los sistemas naturales…producir una jerarquía de niveles”) hasta la investigación sobre el cerebro de Sperry y Penfield (“una jerarquía de emergentes irreductibles”); y desde la teoría de los sistemas sociales de Luhmann (“las ventajas racionales de la jerarquización están a la mano”), hasta la misma Teoría de crítica social de Habermas (“una jerarquía de competencia comunicativa”). Incluso, los portadores del denominado “nuevo paradigma”, se refieren a la jerarquía como “el principio básico organizador de la realidad”. Sostienen que no puede haber totalidad sin jerarquía. En suma, bajo un enfoque sistémico tenemos jerarquías por doquier.

Ahora bien, los críticos a la noción de jerarquía sostienen que todas ellas implican una categorización o juicio dominante que oprime a otros valores y a los individuos que los representan (las jerarquías son una dominación hegemónica que marginaliza los valores diferenciales), y que un modelo unificador o no categórico de la realidad no solo es más preciso, sino que también es más integrador.

Cabe recordar que las jerarquías fueron introducidas en el Siglo VI para referirse a nueve órdenes celestiales que incluyen a los serafines y querubines en la parte superior de la escala, y a los arcángeles y ángeles en la inferior. Se trataba, pues, de un orden celestial escalonado. No obstante, a lo largo de los siglos, los órdenes celestiales fueron trasladados a los órdenes de poder político. Tal como se emplea actualmente en la teoría de sistemas, una jerarquía es simplemente una escala de órdenes de sucesos de acuerdo a su capacidad holística. En cualquier secuencia de desarrollos, lo que es totalidad en un estadio se hace parte de un todo mayor en un estadio siguiente. Por ejemplo, una letra es parte de una palabra completa, que es parte de una frase completa, que a su vez es parte de un párrafo completo, y así sucesivamente…estar incluido en el estar incluido.

Arthur Koestler acuñó el término holón para referirse a aquellos que, siendo una totalidad en un contexto, es simultáneamente una parte en otro contexto. En consecuencia, la jerarquía normal es simplemente un orden de holones crecientes que representan un aumento de totalidad y capacidad integradora. Esta es la razón por la que la jerarquía es un concepto tan central en la teoría de sistemas, la teoría de las totalidades. La jerarquía convierte las acumulaciones en totalidades, fragmentos inconexos en redes de interacción mutua. Cuando se dice que el todo es mayor que la suma de sus partes”, este “mayor” significa “jerarquía”. Así, para los teóricos de sistemas, la jerarquía es el principio estructural fundamental. Con frecuencia, en este contexto, las jerarquías se dibujan como una seria de círculos concéntricos o esferas “figuras dentro de figuras”.

¿De la jerarquía a la hetearquía normativa?

Las redes jerárquicas se despliegan necesariamente de forma secuencial o por niveles. Por ejemplo, primero deben tener moléculas para después tener células, y luego órganos, y finalmente organismos complejos: todas ellas no aparecen en escena simultáneamente. El crecimiento se da por etapas y estas, obviamente, están escalonadas en orden lógico y cronológico, así se integra y robustece la red jerárquica.

Como se ha apuntado, la jerarquía infiere que hay holones que son más importantes y dominantes. En cambio, en la hetearquía, ningún elemento parece ser más importante y dominante; cada uno contribuye de manera más o menos igualitaria a la salud de la totalidad del sistema.

Toda vez que las jerarquías y la hetearquías están compuestas por holones —siguiendo a Koestler—, tal vez sea más apropiado, en adelante, referirse a holoarquías, en las que su mayor sutileza estriba en aglutinar tanto a la jerarquía como a la hetearquía.

En opinión de Luhmann, la jerarquía implica que los sistemas parciales pueden, a su vez, diferenciar sistemas parciales y se origina, de esta manera una relación transitiva del estar incluido en el estar incluido. Para Luhmann, las ventajas de la jerarquización son válidas en el contexto de las organizaciones sociales, ya que a estas se les puede asegurar mediante leyes formales. Sin embargo, sostiene: “…en los sistemas sociales generales sólo se puede partir de un esquema básico de diferenciación, o por segmentos, o por estratos o por funciones”.

No es cuestión de jerarquía sino de diferenciación

Una manera elegante de resolver esta cuestión estriba en la distinción que hace Luhmann entre jerarquización y diferenciación. De conformidad con esta distinción, la jerarquización es un caso especial de diferenciación. La jerarquización es una manera de autosimplificación de las posibilidades de diferenciación del sistema, sin embargo, facilita la observación del sistema. Si un observador presupone una jerarquización, puede regular la profundidad en el campo de la percepción y la observación conforme a los niveles jerárquicos que pueda captar.

Finalmente, Luhmann pone el dedo en el renglón cuando reconoce una de las limitantes de la jerarquización: “…no se puede tomar como supuesto que la evolución conduzca a la complejidad necesariamente bajo la forma de jerarquía. Es evidente que se han encontrado otras formas posibles de diferenciación, más caóticas, que han probado su eficacia y han sobrevivido”.

Normalmente, las estructuras jerárquicas hacen referencia a campos dentro de campos, lo cual ciertamente, es preciso. La sutileza estriba en la identificación de los distintos niveles de la realidad. Por ejemplo, si usted, amable e indulgente lector puede abrogar a la constitución, abrogará, en principio, a todo el ordenamiento jurídico que emerge de ella, pero si, teóricamente, usted logra borrar del mapa a toda la legislación federal secundaria, la constitución, desde luego, podrá continuar. Así, en términos de campos dentro de campos, una ley reglamentaria se encuentra dentro del campo constitucional, es decir, no puede haber una ley reglamentaria sin una constitución que le de origen. Pero en la relación de tratados internacionales vs. constituciones nacionales, ¿es viable pensar en una vinculación jerárquica de campos dentro de campos?

En estos días, parece que parte importante del debate jurídico estriba en la definición acerca de qué campo jurídico devora al otro y fijar así el establishment interpretativo. Tema crucial para los derechos humanos.

Alejandro Anaya Huertas. Licenciado en Derecho (UNAM); Maestro y Doctor en Administración Pública (INAP). Elabora el Reporte sobre la Magistratura en el Mundo; conduce el programa de televisión “Cine Debate”.