Una vez que el entusiasmo y la polvareda de la pasada elección empieza a asentarse, conviene reflexionar en torno al proceso electoral mismo, no solo desde el ámbito de quienes desde el escritorio hacen las leyes, sino de la experiencia misma de los cerca de un millón y medio de ciudadanos y ciudadanas que como yo, fungimos como funcionarios de casilla.

Empiezo por advertir que mi casilla no fue una casilla típica. Se ubicó en un área urbana, con buenas comunicaciones, con alto nivel de vigilancia, con funcionarios todos de nivel alto de escolaridad y con alto nivel de conciencia ciudadana. Todos recibimos capacitación sobre el proceso y las tareas que nos correspondían, estudiamos el material didáctico y asistimos al simulacro de rigor y, a iniciativa de nuestra activa y eficiente capacitadora, formamos un “chat” para intercambiar material didáctico nuevo y estar en comunicación.

Se nos dijo que, en nuestra sección nunca había faltado ninguno de los funcionarios convocados en pasadas elecciones, y así fue: ¡todos estábamos ya listos desde las 7:00 AM en un lugar en que nos dimos cita, para de ahí dirigirnos juntos a la casilla! Ahí estuvimos en punto de las 7:30 AM para encontrarnos con los representantes designados por los partidos y, bajo su estricta observación, poder iniciar el armado de las urnas, las mamparas, la revisión del material,  el conteo de cerca de 4,500 boletas, (que por ley debe hacerse una por una, debido a la desconfianza sobre la foliación) la revisión de las acreditaciones de representantes y observadores, la colocación de la señalización para los votantes y el llenado de acta de instalación de la casilla con los nombres y firmas de todos los funcionarios y representantes presentes.

Aun habiéndonos aplicado arduamente a lo que nos correspondía, nos fue imposible abrir la casilla a los votantes a las 8:00 AM como había sido difundido ampliamente por los medios y las autoridades. Si bien la ley establece que es “a partir de las 8:00 A.M.” que debe abrirse la votación, se entendió que a esa hora “en punto” abrirían las casillas. Esto, como es natural, causó cierta molestia a la larga fila de ciudadanos que ya esperaban. No comprendían que, por ley, no podíamos haber empezado los trabajos de instalación antes de las 7:30 AM, por el riesgo de que se invalidara la casilla, ni tenían idea del cúmulo de tareas previas que debimos realizar antes de abrir la casilla, sin contar la complicación que tuvimos que sortear cuando el agua de lluvia del día anterior empezó a colarse a chorros por una abertura de la lona que nos resguardaba. No solo tuvimos que correr a salvaguardar las boletas, sino a cambiar la distribución del mobiliario.

Presionados por la larga cola y por cuidar todos los detalles de ley en la etapa de instalación, pudimos dar paso a la segunda fase: el proceso de votación. En un inicio, los votantes entraban con caras largas porque la espera les había impedido ver el inicio del partido de futbol. Era una asistencia copiosa. ¡Nunca, en todos los años que tengo de vivir en ese rumbo había visto algo así! Muchos jóvenes, personas de la tercera edad y muchas personas con alguna discapacidad. A medida que transcurría la votación y que la gente se percataba de nuestro trabajo, la actitud empezó a cambiar. Nos daban palabras de agradecimiento y de aliento. Una amable señora regresó cargada con paquetes de dulces de nuez y chocolate.

Por lo general, los jóvenes votaban con mayor rapidez. Las personas de mayor edad requerían de más explicaciones sobre el procedimiento. Algunos desconfiaban del marcador y se les tenía que reiterar que usaran su pluma si querían. La mayoría pedían que se les entintara el dedo con intensidad y muchos llevaban a sus niños pequeños y pedían que se les manchara también el dedo para que aprendieran. Algunos niños se asomaban a la lista nominal y se les iluminaba la cara al identificar la foto de sus papás.

Teníamos que estar pendientes que muchos no se retiraran sin recoger su credencial y cuidar de no entregar la credencial equivocada. No podíamos guiarnos por la fotografía porque en muchos casos la persona había cambiado de peinado, de color de cabello o había envejecido. El apellido en muchos casos tampoco era suficiente porque varias señoras nos hacían buscar infructuosamente su credencial y cuando veían nuestra cara de angustia al no encontrarlas, recordaban que ¡nos estaban dando el apellido de casadas!

A las 6:00 pm no habíamos comido. Si acaso le había dado unos sorbos a la botella de agua. El lunch que me había proporcionado el INE seguía intacto. No habíamos tenido ni un minuto libre. Después de una llamada que recibió la presidenta de casilla, tuvo que ausentarse; le habían avisado de un robo en su domicilio. Solidarios con ella, los funcionarios restantes del equipo nos habíamos repartido su tarea en la recepción de votantes. Cuando creímos que, debido a la seriedad del asunto, ya no regresaría, se presentó nuevamente a seguir cumpliendo con su responsabilidad. A todos nos conmovió verla ¡cargando con la preocupación interna, sobreponerse y seguir adelante con una entereza admirable!

Llegó el momento de cerrar la casilla y pasar a una de las tareas que demandaban mayor atención y precisión: la clasificación y el conteo de los votos, que en esta ocasión se hacía más complejo por las múltiples combinaciones posibles y por las diferencias entre lo federal y lo local. En el caso de mi mesa, que correspondía a lo local, teníamos 16 posibles formas distintas de votación válidas, además de los votos en que podría considerarse como nulos. En cada caso, había que contar y recontar las boletas y, posteriormente, agregar los votos que hubiesen sido depositados en una urna equivocada. Los números deberían cuadrar. Tómese en cuenta que esta tarea la hacíamos frente al ojo vigilante de los representantes de partidos, con un cansancio acumulado de entre 12 y 15 horas de trabajo continuo y bajo un pequeño foco que amablemente nos había improvisado el personal del INE, porque no lo había en el lugar. El número de votos a contar era cercano a setecientos para cada cargo, pues en esta casilla se había roto el récord de votantes.

Los resultados de cada combinación tenían que transcribirse a un cuadernillo y después —sin errores y recargando fuertemente la pluma— a las actas de escrutinio y cómputo para cada uno de los seis cargos que se elegían en nuestra sección (en lo federal y en lo local) a fin de que fueran legibles ¡en cerca de diez copias! Sumado a lo anterior debería llenarse otra serie de documentos, entre ellos: el acta de la jornada electoral, la hoja de incidentes, los recibos de actas y documentos entregados a los representantes de partidos, el cartel con los resultados de la votación para pegar frente a la casilla. Para cada una las actas, debían escribirse de nuevo los datos de ubicación e identificación de la casilla, así como los nombres y firmas de los seis funcionarios y de los cerca de ocho representantes de partidos y recabar sus firmas. Después de transcribir múltiples veces la lista de nombres, ya casi me los aprendía de memoria.

Finalmente, y pasada la 1:00 am, procedimos a guardar cada cosa en las múltiples bolsas del paquete electoral, a pegar el cartel de resultados y a cerrar la casilla. No terminaba todo ahí. Había que entregar personalmente el paquete en la sede del distrito electoral. Con lo cual la jornada que había empezado a las 7:00 AM terminó para mí a las 2:00 AM del día siguiente.

El cansancio valió la pena cuando nos enteramos por nuestra amable y eficiente capacitadora ¡que se había roto el record de participación en nuestra sección y que nuestras cuentas y actas habían sido claras y la autoridad había determinado que no sería necesario abrir nuestros paquetes!

Algunas reflexiones finales

Fue esta toda una experiencia. El proceso electoral más grande de la historia salió adelante con el trabajo y organización de muchas personas: implicó una coordinación enorme por parte de la autoridad electoral y trabajo arduo de capacitadores y ciudadanos que fungieron como funcionarios de casilla. Sin embargo, no quisiera quedarme en lo anecdótico, sino expresar algunas reflexiones y sugerencias respecto al proceso de votación y conteo, que a mi juicio deberá contemplar cambios de fondo en un futuro próximo.

Respecto a observaciones específicas sobre el reciente proceso, apunto las siguientes. Se trata de un sistema que ya de por sí es complejo. En lo más inmediato, es necesario evitar introducir nuevos elementos que compliquen más la tarea de funcionarios y capacitadores, que en la jornada electoral están abrumados de trabajo. En esta ocasión, por ejemplo, si bien es totalmente atendible el énfasis que se dio a la no discriminación y a facilitar el acceso a personas con discapacidad, la nueva obligación de llenar registros adicionales sobre casos y tipos específicos de discapacidades complica la tarea de los funcionarios. El llenado de nuevos formatos, en medio de un proceso intenso de votación que demanda toda la atención, puede inducir a error, especialmente en votaciones copiosas como la pasada. Si se desea llevar una estadística sobre estos, u otros aspectos importantes, podría recurrirse a muestreos externos, más que agregar nuevas tareas a quienes conducen el proceso de votación y el conteo.

Una vez que el proceso de capacitación y los simulacros con los capacitadores se han realizado, debería evitarse modificar las reglas. En la última elección, cuando ya se había impartido la capacitación, la autoridad determinó que el apodo de un candidato, con el que se le conociera públicamente —aun abarcando múltiples recuadros o toda la boleta— era válido porque denotaba claramente la intención del votante. Esto, obligó a los capacitadores a transmitir esta nueva disposición y, a mi juicio, introdujo elementos de desacuerdo, ya que los funcionarios no necesariamente conocíamos los apodos de los múltiples candidatos a los diferentes cargos.

En cuanto a observaciones de más fondo, creo que ya es momento de repensar el modelo. Muchos países están explorando nuevos caminos en sus sistemas de votación y cómputo, distintos a los del siglo pasado, con apoyo en nuevas tecnologías. No solo se trata de naciones de alto ingreso, con distribuciones equitativas y acceso amplio a nuevas tecnologías, como Estonia o Dinamarca, que desde hace tiempo utilizan sistemas electrónicos que se han ido perfeccionando, sino que nuevas modalidades están siendo exploradas y probadas en países con fuerte de desigualdad económica, social y cultural y con poblaciones numerosas, como Brasil o la India, o en países de bajo nivel de desarrollo, como Sierra Leona.

Las opciones son muy variadas. Algunos países han introducido procesos tecnológicos nuevos solo en algunas fases del proceso, otros lo han hecho en toda la cadena; en muchos casos coexisten dos tipos de sistemas para facilidad del votante, el electrónico y el tradicional, y en todos los casos, la preocupación por evitar el fraude o el hackeo está presente. Algunas novedades en este campo son los sistemas que permiten, solo al votante, conocer mediante medios distintos al de la emisión, cómo fue registrado su voto y, a la vez, resguardan la secrecía del voto. Otras experiencias más recientes se empiezan a basar en “cadenas de bloques”, tecnología nueva que está siendo introducida a múltiples campos, entre ellos los sistemas financieros, registros de propiedad y sistemas de salud, y que permiten el registro de operaciones y datos, protegidos criptográficamente, por varias computadoras independientes entre, validado por una firma digital única, lo que evita que el voto pudiera alterarse.

El diseño de un nuevo sistema, más que ser el producto de una agregación de ideas inconexas de decisiones cupulares, debería ser desarrollado por un conjunto de especialistas en muy diversos campos: entre otros, en el estudio de procesos, tiempos y movimientos, en  las nuevas tecnologías de la información y su uso potencial en las distintas etapas, en la experiencia internacional en la materia, y en especial, en el conocimiento del contexto económico, social, cultural y geográfico en el que debe aplicarse.

El sistema actual se ha convertido en un sistema altamente barroco y costoso, producto de la desconfianza, de la suma de ideas inconexas y de solicitudes cada vez mayores de información complementaria. Mi impresión es que requiere una revisión a fondo. Para 2024, con el avance del cambio tecnológico en curso en múltiples áreas en todos los campos del conocimiento, así como en los procesos electorales en todo el mundo, será imprescindible explorar nuevos caminos que aseguren la secrecía del voto, minimicen la posibilidad de fraude, agilicen el proceso, faciliten el acceso a amplios sectores de la población y permitan reducir el altísimo costo del proceso electoral.

Norma Samaniego. Funcionaria de casilla en el proceso electoral 2018.