Ante una tradición jurídica, como la mexicana, marcada por un trasnochado fetichismo legal, una raquítica capacidad de autocrítica, así como una pomposa pero falsa erudición, Jueces, constitución y absurdos jurídicos resulta un libro atípico pero indispensable.

Su singularidad y tino reside en que se trata precisamente de un conjunto de ensayos que desacralizan al derecho para ubicarlo, sin concesiones, en su justa dimensión: como una herramienta diseñada por nosotros –los humanos- para regularnos a nosotros mismos. Lo cual, inevitablemente, implica que el derecho es reflejo nítido del colorido collage de expresiones de la condición humana: desde las más grotescas, hasta las más sublimes. Y aunque esto debiese ser obvio, y fácil de concluir al acercarse al mundo jurídico, lo cierto es que ningún libro en nuestro país ha puesto interés en el derecho, y en varios de los aspectos que giran alrededor de éste, de la manera como lo hace Jueces, constitución y absurdos jurídicos.

En efecto, el libro que usted tiene en sus manos destaca porque está anclado en cualidades difíciles de encontrar, por estas latitudes, en una obra jurídica. En primer lugar, un sólido y cosmopolita conocimiento de las diversas aristas del derecho; por otra parte, una generosa cultura que sin pretensiones salta entre obras clásicas del derecho, sin olvidar aquellas de la literatura, pintura, cine, fotografía y música y; por último, un fino sentido del humor, a partir del cual se ejerce el más filoso de los aguijones críticos: reírse de sí mismos, hacer hablar al derecho para que se pitorree de sí y de aquellos que ven a éste con solemnidad y cursilería –y que, de esta manera, lo convierten no en un instrumento para resolver problemas sociales sino en un mero florero.

Con este arsenal, Jueces, constitución y absurdos jurídicos reúne un variopinto mosaico de viñetas sobre juicios o experiencias jurídicas disparatadas. Estampas que, por un lado, retratan a grupos de personas –demandantes, legisladores- que utilizan el derecho para fines excéntricos por decir lo menos y, por el otro, que dibujan una lógica judicial que, al no pasar por el filtro de la realidad y el sentido común, resulta en una espiral de despropósitos en el mejor de los casos irrisorios.

Alguien podría pensar, a estas alturas, que Jueces, constitución y absurdos jurídicos es tan sólo un cúmulo de anécdotas chuscas y extrañas del mundo judicial. Sin embargo, lo cierto es que estos retratos están atados por un hilo que le da coherencia y estructura a la obra. Una lectura crítica del derecho y, en concreto, de la impartición de justicia –tarea cada vez más protagónica en las sociedades contemporáneas. Una visión por demás saludable para nuestra tradición jurídica, que parte de que al final lo que está en el centro del desempeño institucional de los tribunales es la impredecible conducta humana, con todas las consecuencias que esto conlleva; que es indispensable desmitificar el aura de impartidores de justicia que gira alrededor de los jueces, para evaluarlos desde una perspectiva mucho más terrenal y; por último, estos ensayos parten de que el derecho, como utensilio para coadyuvar a la convivencia entre las personas, si no tiene un pie en la realidad corre el riesgo de perderse en abstracciones y absurdos. De ahí que sea medular que el estudio de la justicia irónicamente no sea feudo de abogados ni trinchera intelectual exclusiva del derecho. Por el contrario, para entender y exprimir su potencial es necesario leerlo desde diversas perspectivas.

Todo esto es posible gracias a que Alejandro Anaya reúne a su vez características poco comunes en el gremio de abogados de nuestro país: una destacada formación académica, probada experiencia en el servicio público judicial, combinado con una erudición intelectual que parte de que el conocimiento al final es uno sin especializaciones caprichosas. De tal manera que nos ofrece una obra que desentume los músculos del entendimiento jurídico, aguijonea la creatividad y, en la medida de lo posible, hace un esfuerzo por regresar al derecho a la República de las letras. Lo cual resulta, insisto, en que Jueces, constitución y absurdos jurídicos se trata de una obra atípica pero de lectura obligada.

Aquí el resto del libro.

Saúl López Noriega. Profesor e investigador titular de la División de Estudios Jurídicos. Twitter: @slopeznoriega