A principios de los noventa del siglo pasado llegó a mis manos un libro-compilación —Contribución a la Teoría del Derecho— que reunía los trabajos de Norberto Bobbio como teórico del derecho, con un prólogo a la primera edición (1979) del propio Bobbio y un estudio preliminar de un joven jusfilósofo de la Universidad Autónoma de Madrid, Alfonso Ruiz Miguel. En él, Alfonso agradecía a nuestro querido maestro Elías Díaz, y a otros grandes de la escuela española de filosofía jurídica, Francisco Laporta, Liborio Hierro, Gregorio Peces Barba y Manuel Atienza, por los comentarios a su estudio preliminar; y al propio Bobbio, después de una estancia fructífera en Turín. Conocí así al Bobbio teórico del derecho en su plenitud, transitando por las tres etapas que Alfonso describe y analiza magistralmente en su estudio, y que se complementaba con un librito del mismo Bobbio sobre El problema del positivismo jurídico, publicado en Argentina, en la colección de Estudios alemanas, bajo la dirección de otro de nuestros maestros, Ernesto Garzón Valdés. Italia, España y Argentina, hermanadas de esta manera, así no más, y así, nada menos, en una gran empresa editorial.
Alfonso seguiría trabajando en torno a la filosofía de Bobbio, y ya no sólo sobre el jusfilósofo sino también sobre el teórico y el filósofo político; y para 1994, reuniría una serie de ensayos que terminarían en un libro publicado en la colección de la editorial Fontamara, en México, bajo el título Política, Historia y Derecho en Norberto Bobbio. En una de sus visitas a México, en el marco del “Seminario Eduardo García Máynez”, y en concreto en el ITAM, Alfonso dictó una conferencia magistral, recogida en el libro mencionado, que título “Las paradojas de un pensamiento en tensión”, y de la que no resisto enunciar los títulos que describen esas diez paradojas: 1. Un filósofo positivo; 2. Un iluminista pesimista; 3. Un realista insatisfecho; 4. Un analítico historicista; 5. Un historiador conceptualista; 6. Un positivista inquieto; 7. Un empirista formalista; 8. Un relativista creyente; 9. Un socialista liberal; 10. Un tolerante intransigente. Una radiografía intelectual de Bobbio, impecable, sugestiva y provocadora, que movía los cimientos de cualquier pretensión dogmática, moralmente absolutista o ingenuamente relativista. En México, Alfonso refrendaría su amistad y renovaría los espacios de discusión con filósofos políticos de la escuela turinesa, deudores también del pensamiento de Michelangelo Bovero, como José Fernández Santillán, Corina Yturbe, Luis Salazar Carrión, Antonella Atilli, Elisabetta Di Castro, Pedro Salazar Ugarte y Lorenzo Córdova. Seguían construyéndose los puentes y ahora con un México que daba pasos firmes hacia una transición democrática pausada, sin violencias, pero con una sólida arquitectura teórica e institucional.

Ya inmerso en el “espacio Ruiz Miguel” leí uno de sus libros emblemáticos, trabajado en los años ochenta, La justicia de la guerra y de la paz. En el contexto de la guerra fría y de una posible amenaza nuclear, Alfonso ofrecía una de las reflexiones más acuciosas sobre el tema, y de permanente actualidad. Un libro tan relevante en habla hispana como la del clásico Just and Unjust Wars de Michael Walzer, citado también por Alfonso. Ignoro si el libro se ha reeditado en español, pero aprovecho este espacio para pedirle a Alfonso la autorización para editarlo en México. Hago votos porque así sea. Asoma ya en ese libro no sólo el filósofo del derecho y de la política, sino el historiador de las ideas con un exquisito manejo de los clásicos, y pinceladas que revelaban su polifacética curiosidad intelectual, como la referencia al cineasta Luis Buñuel, al inicio del prólogo, aludiendo a sus memorias, que supongo serían las recogidas en Mi último suspiro: “Y si cada diez años, una vez muerto, a Buñuel le gustaría resucitar para ir al quiosco de prensa más cercano, comprar algunos periódicos y, una vez informado, volver a su tumba cerciorado de que en ella seguiría más plácidamente”, no se puede estar seguro, agrega Alfonso, “de que le quedaran a Buñuel muchas visitas al quiosco.” Por supuesto, el vértigo se renueva con la escalada de violencia actual, que justificaría el anhelo de placidez del ilustre aragonés.
Desde los noventa y entrado a la vuelta del milenio Alfonso dedicó buena parte de sus reflexiones a los temas de la bioética y del derecho. Y lo hacía con un genuino temperamento analítico, desde la ejemplificación de casos y desde un riguroso conocimiento de la argumentación jurídica, que le daba a la bioética un lugar peculiar y autónomo en el conjunto de los saberes prácticos. Así sus reflexiones sobre la eutanasia y el aborto enmarcadas en una sólida concepción liberal y laica. Abierto el debate en México sobre el problema del aborto y en línea con autores como Luis Villoro y Margarita Valdés, Alfonso distinguía claramente entre los ámbitos jurídico y moral asegurando con ello una convivencia plural en el seno de sociedades democráticas: el Estado no debe ante asuntos controvertidos imponer alguna concepción determinada por la vía de la penalización. Y ello no sólo por razones deontológicas sino por las mismas razones consecuencialistas, entre otras, por la ineficacia de la pena en materia de aborto: “[…] solo debe usarse la sanción penal cuando es estrictamente imprescindible para garantizar un derecho o un bien, o visto a contrario sensu, se excluye la justificación de la pena cuando esta resulta inútil o innecesaria como medio de garantía o de prevención en relación con ciertos derechos o bienes.”
Con respecto a la laicidad, mantuvimos con Alfonso un rico debate. Ambos partíamos de un acuerdo básico que, en palabras de Bobbio, diría que: “El espíritu laico no es en sí mismo una nueva cultura, sino la condición de convivencia de todas las culturas”. Aceptado este supuesto, las diferencias eran mínimas, y desde un principio hice míos lo cuatro enunciados que proponía Alfonso: 1. Las creencias religiosas, su transmisión y enseñanza deben localizarse en el ámbito privado; 2. en tanto expresión de un derecho individual, el Estado debe proteger la libertad ideológica, que se manifiesta también en la no profesión de creencia religiosa alguna, así como las ideas antirreligiosas; 3. las faltas a la moral de inspiración religiosa no tiene trascendencia política y más bien el Estado debe definir los delitos mediante criterios universalizables; y 4. se debe privilegiar el criterio de argumentación y consentimiento de los individuos, a través del voto y del principio de mayoría, frente a la pretensión de la custodia de verdades reveladas por la divinidad o a través de sacerdotes y jerarquías eclesiásticas o comunidades fundamentalistas. Un vademecum que me ha acompañado hasta el día de hoy y que ha inspirado el ideario del Colegio de Bioética, organización civil que fundamos en México con la participación de reconocidos científicos, juristas y científicos sociales.
Con Saúl López Noriega, decidimos lanzarnos a la aventura de leer y releer a nuestros clásicos con el propósito claro de hacer nuestra la consigna de Ítalo Calvino: “Un clásico es un libro (o un autor) que nunca termina de decir lo que tiene que decir”; o en palabras de Paco Laporta: “clásico no puede significar sino vivo, es decir, un texto que te interpela siempre, también hoy. Y prescindir de los clásicos es prescindir de los vivos.” Con la clara convicción de que en la formación de un jurista no se podía prescindir del estudio a fondo de los clásicos, sin dudarlo, decidimos incorporar en nuestra lista a Adam Smith, y dedicar un seminario a sus Lecciones sobre jurisprudencia. Para nuestra sorpresa, Alfonso había hecho una minuciosa traducción del libro desde mediados de los noventa y le pedimos que inaugurara el seminario con una presentación de su pensamiento. El resultado fue un largo ensayo, casi libro, que tituló: “Leer a Adam Smith hoy: de la moral a la economía”. Viajamos por la ilustración escocesa y descubrimos a un Smith que no podía entenderse sólo bajo los lentes exclusivos de la economía sino enmarcado en una concepción más amplia y robusta, desde la ética y el derecho, como sólo Alfonso podía presentarlo. Después de escuchar a Alfonso sigo lamentándome de que en ese afán de privilegiar las demandas del mercado hayamos simplificado los programas académicos de la carrera de derecho, y eliminado el análisis de nuestros clásicos, privando así a nuestros estudiantes de esa sabiduría necesaria que permite percatarnos, con una buena dosis de humildad, de que las grandes preguntas han sido ya formuladas por cabezas pensantes que cimentaron o pusieron las bases de nuestra cultura contemporánea. Alfonso lo tenía muy claro.
Al tiempo Alfonso se incorporó al catálogo de Trotta, aliada, cómplice y editora pulcra y elegante de las investigaciones, disertaciones, ensayos y manuales de los teóricos, filósofos del derecho, o juristas en general, en España y en el mundo latino, con un libro imprescindible, Filosofía del derecho en modelos históricos: un recorrido histórico por las épocas Antigua, Media y Moderna presentando los diversos modelos de filosofía jurídica desde la justicia aristotélica hasta la codificación y el constitucionalismo. Casi simultáneamente, y entiendo también que, con alguna resistencia de Alfonso, los amigos le convencieron para reunir y editar “algunos de los escritos de estas mis obras casi completas”, como me lo expresó en su dedicatoria a mano. Tituló el libro, Cuestiones de principios: entre política y Derecho, que, desde entonces, tengo como uno de mis libros de cabecera. La compilación de los escritos quedó dividida en cinco apartados: Cuestiones constitucionales, Teoría del derecho, Libertad y democracia, Igualdad, y Pacifismo, Cosmopolitismo, Nacionalismo. Como dice Paco Laporta en el prólogo: “Este no es un libro apodíctico, como lo son tantos de los que se ocupan de los grandes problemas de la convivencia política. Es un libro argumentado. Hasta el punto de que pudiera afirmarse que el motor mismo de todo él es precisamente la voluntad de argumento”. Es esa voluntad la que ha acompañado a Alfonso a lo largo de su vida intelectual y académica: sumergirse en la complejidad de los problemas, polemizar confrontando argumentos, consultar a los clásicos, contextualizar históricamente y no desperdiciar la oportunidad de hacer guiños al vasto mundo de la literatura… y, también, —algo que para mí ha resultado gratamente sorprendente— a otras gracias culturales y “ociosas”, en el mejor sentido lúdico de esta expresión. Me explico.
En una de mis visitas a Madrid, y aceptando la generosidad de Alfonso y Puri, su esposa, me hospedaron en su casa, no muy lejos de la ciudad, y si no recuerdo mal, me indicaron desde mi llegada cuál sería mi habitación, a la que no ingresé sino hasta bien entrada la noche. Ya para dormir abrí la puerta de ese aposento y para mi sorpresa me encontré con la mayor videoteca que haya visto en mi vida: películas y más películas de todas las épocas de la cinematografía mundial y con, casi diría, los mayores directores de ese mundo fantástico de una de las mayores expresiones del arte contemporáneo. No soy un gran cinéfilo, pero no pude pegar el ojo en toda la noche revisando los títulos, los nombres de los directores, de las actrices y de los actores, fechas de estreno, etc. como si esa oportunidad no se me volviera a presentar nunca más. Y por supuesto me preguntaba de dónde sacaría tiempo Alfonso para sumergirse en ese mundo inabarcable. Sólo así podía explicarme por qué había iniciado uno de sus prólogos citando a Buñuel.
Al cinéfilo debo agregar el melómano. Un día cualquiera recibí una llamada de Alfonso diciéndome que tenía unos boletos para un concierto en el Auditorio Nacional de Música en Madrid, con un programa excepcional de compositores españoles, y si me apetecía ir. Tampoco soy un gran aficionado a la música clásica, pero el entusiasmo de Alfonso y de Puri —asiduos asistentes y conocedores— era contagioso y, por supuesto, acepté gustoso. Pasamos una velada inolvidable, con unos buenos vinos de aperitivo, y admirado de la gran tradición musical de mi querida España.
Y al cinéfilo y al melómano, debo agregar otro motivo de asombro: su heroica, para mí, afición por la caminata. No puedo recordar exactamente cuándo me preguntó Alfonso si quería acompañarle a caminar una mañana temprano para hacer “senderismo”. Creo que fue la primera vez que escuché la expresión en mi nula cultura extraurbe. Como era de esperarse salí medianamente equipado, pese a la insistencia paternal de Alfonso, y emprendimos la marcha. A mitad de camino, comencé a extrañar el asfalto, aflojé los músculos, y un poco más adelante, comencé a intoxicarme de oxígeno, y a añorar la contaminación de mi querida Ciudad de México. Con toda prudencia y cortesía, como era de esperarse, Alfonso nunca más volvió a invitarme a esos paseos.
Pero nada de todo ello es comparable con una cualidad que pocos españoles tienen, pero de la que todos presumen, como sucede con un argentino al que se le pregunta si sabe hacer asados. Todos responden que sí, y claro está, sin la menor vergüenza. Pues Alfonso es reconocido por conocedores exigentes de las artes culinarias como unos de los mejores paelleros de España. Asado y paella tienen algo en común. Reúnen a su alrededor grandes cofradías en horas interminables de charlas, anécdotas, risas, críticas leves y severas, y un humor que ameniza y suaviza los temperamentos para que fluya la amistad como sólo Alfonso y Puri saben hacer. Y así pude convivir, acompañado de Ana, en muchos de esos momentos con esa gran familia de amigas y amigos que se conocieron y convivieron, desde hace algunos buenos años, en una de las universidades más prestigiosas de España: Elías, Paco, Liborio, Cristina Sánchez, Silvina Álvarez, Juan Carlos Bayón, Pablo de Lora, Ricardo Cueva, Julián Sauquillo.
Alfonso emprende ahora otra etapa de su vida en la que, conociéndolo bien, redoblará esfuerzos para leer, escribir, ver, escuchar, caminar y comer como sólo él lo sabe hacer: con una inteligencia y un entusiasmo desbordantes. Desde México, querido Alfonso, nuestro cariño al amigo, el agradecimiento por todo lo que has significado en nuestro desarrollo académico y profesional, y el mejor de nuestros deseos para ti, y tu maravillosa familia.
Rodolfo Vázquez.
Profesor emérito del Departamento de Derecho del ITAM