Es común que al debatir se diga: “eso es una falacia”, refiriéndose a que un dicho o acontecimiento es mentira. Una falacia no es una mentira. Una falacia es un argumento que parece correcto, pero en realidad no lo es.
Las falacias surgen en Grecia por la escuela de los sofistas que impartían cátedra sobre el discurso público o políticoenfocado a la oratoria y retórica. La retórica que enseñaban se alejaba completamente del rigor dialéctico, violando las reglas de la lógica y utilizando artimañas para convencer al auditorio. Les interesaba causar emociones y conmover con su discurso para ganar. De ahí que Aristóteles mencionaba que una falacia es como un metal que parece ser precioso pero que en realidad no lo es.1
Es importante distinguir los conceptos de falacia, sofisma y paralogismo. Falacia es el concepto general, pero puede dividirse en paralogismo o sofisma. Un paralogismo (o falacia formal) es un argumento construido incorrectamente porque vulnera alguna regla de la lógica formal. Por su parte, los sofismas (o falacias informales) son argumentos construidos con trampas para inducir a error al contrincante o persuadir fraudulentamente al auditorio. Así, una argumentación que incurra en alguno de estos conceptos encuadra en lo que Jaime Mans Puigarnou denomina vicios de la argumentación.2
Se dice que los abogados son los herederos contemporáneos de los sofistas,3 pero yo diría que no es una herramienta exclusiva de juristas, sino también de la clase política. Aquí algunos clásicos.

Ilustración: Alberto Caudillo
Ad hominem
Se caracteriza por atacar a la persona y no al argumento. X y Y debaten sobre el aborto. X argumenta que “no deben permitirse los abortos porque debe protegerse siempre la vida desde la concepción”. Y contraargumenta: “tú estás en contra del aborto porque eres una persona extremadamente religiosa y conservadora”.
¿El argumento de Y es un buen argumento? No, porque no combatió el argumento de X; sólo se enfocó a atacar su persona calificándola como “extremadamente religiosa y conservadora”. El argumento de Y suena convincente y persuasivo, más aún si es verdad que X es una persona extremadamente religiosa y conservadora. Pero no porque X lo sea, el argumento es correcto. Al contrario, es un argumento falaz, parece que es correcto pero en realidad no lo es por atacar a la persona de X y no a su argumento.
Tu quo que
También conocida como la falacia “tú también”. Consiste en argumentar que alguna acción, pensamiento o crítica que se hace a nuestra persona es aceptable porque nuestra contraparte también la cometió, o viceversa:
* Candidato 1: Propongo que para combatir la corrupción hagamos más fuertes a las autoridades fiscalizadoras.
* Candidato 2. ¿Combatir la corrupción? Pero si tú y tu gobierno son súper corruptos.
* Candidato 1. ¿Nosotros? Tú y tu partido cuando gobernaron en la ciudad X surgieron grandes escándalos de corrupción. Así que ni nos digas nada.
Es una vertiente de la falacia ad hominem porque se realiza un ataque a la persona, pero con la particularidad de que intenta justificar una acción porque su contraparte también la comete.
Ad populum
También conocida como “apelar a la emoción”. Consisten en usar emociones en lugar de razones.4 Se utilizan aspectos que involucran sentimientos basados en cuestiones patrióticas, religiosas, políticas, económicas, de seguridad, entre otras, las cuales provocan reacciones (emocionales) al auditorio.
En política es más sencillo causar emociones que ofrecer argumentos sólidos. El incrementar delitos que ameritan prisión preventiva oficiosa o aumentar penas es un excelente recurso para muchos políticos. El debido proceso es un derecho humano reconocido a todas las personas, y que debe respetarse en cualquier juicio, independientemente de la gravedad del delito. Pero los políticos aprovechan el desconocimiento de la ciudadanía respecto a este derecho para “argumentar” que la solución contra la delincuencia y reforzar la seguridad pública consiste en aumentar las penas y que la prisión preventiva oficiosa sea la regla por excelencia.
Pista falsa
Se utiliza alguna distracción para desviar la atención del contrincante y la del auditorio.5 Quien la usa buscar distraer, introduciendo aspectos que no tienen relación con el fondo del debate.
Imaginemos que el legislador A propone una iniciativa de ley en materia de transparencia y gasto público. Durante la sesión, A expone su iniciativa. El legislador B, siendo de oposición, sube al estrado, saca un periódico, lo muestra a los demás legisladores y argumenta: “¿con qué cara A presenta una iniciativa de ley en materia de transparencia y gasto público cuando el Diario Z señaló esta mañana que A desvió millones de pesos cuando fungió como secretario de Estado? ¿Por qué debemos confiar en un ladrón? Su iniciativa no debe proceder”.
¿Es correcto el argumento de B? No. Dentro del poder legislativo también hay argumentación y entre las deliberaciones parlamentarias pueden surgir falacias. B incurre, por un lado, en la falacia ad hominem al atacar la persona de A respecto de lo que el Diario Z publicó sobre él. Independientemente de que A haya desviado millones de pesos, el argumento de B es falaz porque no ataca las ideas de A respecto del contenido de su iniciativa. Si B no está de acuerdo con la iniciativa de A, entonces, B debe enfocarse en atacar dichas ideas plasmadas en la iniciativa de A, pero no atacar su persona.
Así, B también incurre en las falacias ad populum y pista falsa. La primera porque intenta causar reacciones para que los demás legisladores repudien el comportamiento presuntamente corrupto de A, intentando causar emociones negativas por el escándalo de corrupción; la segunda, porque intenta distraer a los demás legisladores para que olviden los argumentos de la iniciativa de A y no voten por ella. Como se ve, un argumento puede incurrir en diversos sofismas a la vez.
Y aquí surge una duda legítima ¿por qué, en ocasiones, argumentan tan mal los políticos y abogados? Atienza tiene una respuesta bastante atinada:
“Parte de la explicación puede estar en los procedimientos de acceso a la política y a los puestos relevantes de los partidos que no fomenta – digamos – que estemos gobernados exactamente por los mejores. Pero la causa más importante, más determinante en mi opinión, tiene que ver con las carencias argumentativas que uno encuentra en el conjunto de la ciudadanía. Incluso en aquellas profesiones que suelen considerarse depositarias de la discusión racional. O sea que, si los políticos discuten tan mal, es porque la ciudadanía, los destinatarios de sus argumentaciones, no tienen una actitud vigilante, exigente y crítica al respecto. Pocos políticos cometerían falacias groseras si temieran que van a recibir alguna “penalización” por ello”.6
Exijamos, entonces, mejores argumentos.
Oscar Leonardo Ríos García. Abogado por la Universidad Marista de Mérida y maestro en defensa administrativa y fiscal por la Universidad Anáhuac
1 Aristóteles, “Sobre refutaciones sofísticas. Órganon I”, Gredos, Madrid, 1982; citado por Atienza, Manuel, “Curso de Argumentación Jurídica”, Trotta, Madrid, 2013, pág. 116.
2 Mans Puigarnau, Jaime M., “Lógica para juristas”, Bosch, Barcelona, 1978, pág. 211.
3 Trachtman, Joel P., “The tools of argument. How the best lawyers think, argue, and win”, Create Space Independence Publishing Platform, 2013, pág. 10.
4 Copi, Irving M.; Cohen, Carl, “Introducción a la lógica”, 2.ª ed., Limusa, México, 2013, pág. 151.
5 Ibidem, pág. 155.
6 Atienza, Manuel, “La guerra de las falacias. Cómo hacer frente a los malos argumentos en la esfera pública”, B de F, Euros Editores, Argentina, 2019, pág. 255.
Ante la poca y casi nula praxis que se tiene en las escuelas de derecho en materia de argumentación jurídica, denota la poca preparación para estructurar bien un orden de ideas que se quieren plantear ante una autoridad judicial, o bien, en la rama de la representación política democrática de una nación cuando se quiere plantear una consulta ciudadana y resulta la pregunta mal estructurada por lo que la autoridad requiere una reformulación de dicha pregunta. Siempre tratamos de justificar, quizá la negligencia, cuando nos enfrentamos para tratar de argumentar una idea sin antes usar varias hipótesis y queremos ir a resolver el asunto de inmediato. Hay muy poco interés en las escuelas de derecho de implementar el uso de la argumentación debido a que se trabaja en la impartición de clases contra un tiempo establecido y bajo un programa mal estructurado evitando así que se hagan debates y se use la retórica. A muy pocas universidades le importa renovar su plan de estudios. Obligan al docente a enseñar derecho dentro de una cajita y no se puede salir de la misma porque no es así como lo establecen ellos. De esta forma se están formando a duras penas principiantes de exégetas, principiantes de hermeneutas que irán a la vida jurídica bajo una obsolescencia para enfrentarse a la realidad.