Amnesia Atómica no sólo es el título de esta maravillosa obra de Pedro Reyes, sino también el concepto que se encarna en la obra y con el que el artista pretende hacer un llamado a no olvidar; a recordar los terrores que pueden desatar los conflictos armados; a no tolerar que exista un estado amnésico sobre el peligro atómico siempre latente; a no permitir que —en este año que se cumplen 75 años de los bombarderos atómicos de Hiroshima y Nagasaki— la cuestión atómica sea un tema que no nos preocupe ni ocupe.
La obra de Pedro Reyes nos hace evidente que una de las funciones del arte es la educadora. Así ha sido a lo largo de la historia: el arte religioso para transmitir las enseñanzas de la biblia; el muralismo mexicano, los logros de la revolución, los esplendores de México y su historia; el arte soviético, las bondades de la revolución rusa… El arte no es tan solo para admirar, también es para educar, para pensar.
El arte siempre ha sido un excelente medio para recordarnos permanente y eficientemente terrores y miedos: Miguel Ángel creo el Juicio Final, en el que un Cristo adusto y omnipotente está enviando a los desesperados pecadores al infierno, los cuales son arrastrados por demonios o empujados por Caronte al averno; Goya en El tres de mayo de 1808 nos enseña de forma muy dramática a un grupo de hombres que está a punto de ser fusilado en la intervención francesa o en sus pinturas negras recrea nuestras peores pesadillas; Picasso en la Guernica, al documentar el bombardeo de esa ciudad, nos da una visión descarnada de la guerra.

El arte es muy eficiente para educarnos de una manera sutil y, a veces, hasta subliminal, ya que por una parte admiramos su belleza que evidentemente nos atrae, pero por la otra nos enfrenta a atrocidades en las que no queremos vernos inmersos.
No sólo las manifestaciones pictóricas se han ocupado de los terrores de la guerra y, en específico, de la amenaza taómica: Dr. Strangelove, or How I Learned to Stop Worrying and Love the Bomb del genio Stanley Kubrick, nos alerta de una forma irónica y satírica (a través de la gran actuación de Peter Sellers) del peligro atómico, al mostrarnos una de las peores pesadillas a la que se enfrentó la guerra fría (que sigue siendo actual): quién controla el “botón atómico”.
Amnesia Atómica es una escultura neumática monumental (nueve metros de alto) que recrea el icónico “hongo nuclear”. Esta obra recientemente estuvo instalada en la Plaza de las Tres Culturas en Tlatelolco, lugar doblemente emblemático para una escultura de este tipo, ya que por un lado nos recuerda el conflicto del 2 de octubre de 1968 y, por el otro, sirve de pretexto para rememorar el tratado internacional al que se hace comúnmente referencia como el Tratado de Tlatelolco (Tratado para la Proscripción de Armas Nucleares en América Latina y el Caribe).
Así, del 14 al 16 de febrero se presentó en la Plaza de las Tres Culturas la obra para conmemorar el 53 aniversario del Tratado de Tlatelolco. En este evento, curado por Pedro Alonzo, hubo además un performance Nohbords, música de Vyctoria y vestuario de la talentosa Carla Fernandez. Además, Amnesia Atómica se exhibirá en abril en la Triennale Milano Museum y en el Times Squere de Nueva York.
Hay que recordar que el Tratado de Tlatelolco fue impulsado por el diplomático mexicano Alfonso García Robles (quien fungió como presidente de la Comisión Preparatoria para la Desnuclearización de América Latina que funcionó de 1964 –año en el que, por cierto, se filma Dr. Strangelove– a 1967). Como reconocimiento a su laborar como impulsor del desarme nuclear, el embajador García Robles fue galardonado en 1985 con el premio Nobel de la Paz, con lo que se convirtió en el primer mexicano en recibirlo (luego serían Octavio Paz en literatura en 1990 y José Mario Molina en química en 1995).
Hay que recordar también que este tratado surge como respuesta a la crisis de los misiles de 1962, uno de los más graves problemas durante la Guerra Fría que se originó cuando Estados Unidos descubrió que la Unión Soviética había instalado bases de misiles nucleares en Cuba. A raíz de ello, en 1963 cinco presidentes latinoamericanos emitieron una declaración conjunta (a iniciativa del presidente López Mateos) en la que se invita a toda la región a firmar un acuerdo multilateral en el que se establezca un compromiso de no fabricar, recibir, almacenar ni ensayar armas nucleares. En el preámbulo del Tratado de Tlatelolco se señala:
El incalculable poder destructor de las armas nucleares ha hecho imperativo que la proscripción jurídica de la guerra sea estrictamente observada en la práctica, si ha de asegurarse la supervivencia de la civilización y de la propia humanidad;
Las armas nucleares, cuyos terribles efectos alcanzan indistinta e ineludiblemente tanto a las fuerzas militares como a la población civil, constituyen, por la persistencia de la radiactividad que generan, un atentado a la integridad de la especie humana y aun pueden tornar finalmente toda la Tierra inhabitable;
La obra de Pedro Reyes contribuye —de una manera física, pero sobre todo estética— a que recordemos y tengamos presente en nuestra vida diaria el espíritu de este compromiso internacional.
Ismael Reyes Retana. Abogado constitucionalista. Socio de White & Case.
Excelente artículo.