¿Cómo procesa la población mexicana la guerra contra las drogas?

Al inicio del siglo XX, Sigmund Freud exploró la “negación”, es decir, los artificios psíquicos que nos permiten hacer frente a una realidad externa desagradable: decir, pensar, fingir que algo que nos molesta o preocupa no existe. Cien años más tarde, Stan Cohen, nuestro colega y mentor, retomó este concepto desde la sociología.1 Para él, contradecir u ocultar la verdad era importante como problema social, no sólo como asunto individual. Negar la realidad puede ser también un asunto colectivo, cuando gran parte de la sociedad aparenta no saber lo que sí sabe.

Según Cohen, la negación podía darse de tres maneras: primero, de forma literal, pensar que una verdad incómoda no existe (“no me di cuenta a qué hora pasó todo eso”, “no hubo ninguna masacre”);  segundo, al reinterpretar la realidad para hacerla menos preocupante (“no es tortura, sino interrogación a fondo”, “las víctimas no eran realmente víctimas porque estaban metidas en algo”); tercero, cuando no se niega la realidad, pero se le justifica de algún modo (“sí, lo mataron, pero era un delincuente”). Detrás de la investigación académica de Cohen había una preocupación moral: se preguntaba por qué hay ciudadanos ordinarios que tienden a reaccionar con apatía o indiferencia ante el dolor y sufrimiento de otras personas, particularmente frente al dolor y sufrimiento que resultan de lo que se conoce como violaciones a derechos humanos.

Esto es precisamente lo que nos preguntamos en el contexto de la guerra contra las drogas en México. Todos los días, los medios de comunicación reportan sobre actos atroces cometidos por grupos criminales: cuerpos calcinados en zonas rurales, fosas clandestinas cercanas a la playa, cuerpos desmembrados en un parque o colgados de un puente, el secuestro masivo de migrantes en una terminal de autobuses. También, agrupaciones de víctimas y organizaciones de derechos humanos protestan en las calles, elaboran informes con abundante evidencia que presentan ante la radio o televisión sobre abusos que cometen agentes estatales: personas detenidas en un retén que luego son torturadas por fuerzas de seguridad; militares que irrumpen ilegalmente en una vivienda; adolescentes que fueron vistos por última vez con vida en una patrulla policiaca. Con tanta información disponible, difícilmente alguien en México puede decir que no sabe lo que ocurre. Entonces, ¿cómo procesa la sociedad esta información? Y, sobre todo, ¿qué hacen las personas con este conocimiento? ¿Hacen algo o pretenden no saber lo que sí saben?

Para tratar de responder a estas preguntas, llevamos a cabo entrevistas y grupos de enfoque con 68 personas en cinco ciudades del país con distintos niveles de violencia: Aguascalientes, Ciudad de México, Durango, Guadalajara y Torreón. Reclutamos participantes tratando de reflejar algunas de las características sociodemográficas de la población: personas de distintas clases sociales, entre 18 y 65 años. Buscamos que los participantes fueran ciudadanos ordinarios. Es decir, no eran políticos, activistas o periodistas, ni miembros de las fuerzas de seguridad, por ejemplo. De tal manera que entrevistamos estudiantes, empleadas domésticas, maestros de escuelas primarias, secretarias, pensionados, algunos empresarios o comerciantes. Claro está que esta investigación no es “representativa”. Es un modesto estudio exploratorio sobre cómo reaccionan algunos ciudadanos ante información sobre sufrimiento, violencia o violaciones a derechos humanos en el país. Aquí presentamos una versión abreviada de este primer análisis. Un texto más completo se publicó en el British Journal of Sociology, en junio de 2020.2

Ilustración: Patricio Betteo

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Primero, tratamos de entender cómo es que las personas reciben información sobre violencia criminal. Así respondieron: “quiero pensar que no está sucediendo…sí me ponía a escucharlas [las noticias] rápido, nada más lo que pasó, porque no me gusta eso que estamos leyendo... descabezados. Sí te perturba”. Alguien más dijo: “yo, como sé ya donde se localiza [ese tipo de noticias] en el periódico, no las busco. No me da nada positivo estar leyendo cosas de ese tipo. Absolutamente nada.”

Después tratamos de establecer la cercanía de las personas que participaron en nuestro estudio con víctimas de violencia. Una de las narrativas que han impulsado agentes del Estado mexicano, y que comparten algunos expertos y comentaristas sobre temas de seguridad, es que la violencia ocurre sólo en zonas específicas e identificables del país (como ciudad Juárez o Tamaulipas, por ejemplo). Desde esta lógica, podría suponerse que la gente responde con desinterés ante el sufrimiento que la “guerra contra las drogas” ha traído consigo porque no conoce directamente a víctimas de violencia, dado que ésta sólo ocurre en ciertas regiones. Por ese motivo, preguntamos a los entrevistados si conocían a alguien que hubiera sido víctima de “la guerra” –algún familiar, amigo cercano, o vecino víctima de secuestro, asesinato, desaparición, tortura, o detención arbitraria. Para sorpresa nuestra, 62 de los 68 participantes dijeron que sí. La violencia criminal y estatal no parece ser algo tan distante, sino parte de la vida cotidiana de muchas personasen el país.

Los participantes tenían conocimiento sobre violencia criminal de primera mano: “un profesor en la escuela donde yo estaba lo secuestraron, después apareció en pedazos en una bolsa”, nos dijo una persona. “A otro amigo que trabajaba en un bar, se lo llevaron y… lo dejaron en pedacitos afuera de su casa”, nos confesó alguien más. La sociedad en México parece atestiguar lo que Adriana Cavarero llama horrorismo: un escenario en el que el fin de la violencia perpetrada por bandas del crimen organizado es impreciso, una forma de violencia caracterizada por la desfiguración, el desmembramiento y la masacre.3

Pero las personas entrevistadas también estaban conscientes de que las fuerzas de seguridad del Estado mexicano perpetran abusos. “El tío de mi exnovio, lo levantaron los federales y sigue desaparecido”, nos dijeron. En Durango ocurrió lo siguiente: “un sobrino que le dieron un levantón…lo arrestaron frente a una escuela, lo levantaron frente a una escuela y la escuela tenía una cámara y eran de la policía”.

Aunque traten de no enterarse de la violencia, todos tienen, de algún modo u otro, conocimiento de que ésta ocurre. ¿Qué hacen las personas con esta información? ¿Cómo la digieren y la procesan?

 

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La mayoría de los entrevistados consideró que las víctimas estaban “metidas en algo” y de ahí su mala suerte. Esta idea se comparte socialmente y refleja el discurso oficial desplegado, principalmente, durante los gobiernos de Enrique Peña Nieto y Felipe Calderón, según el cual las víctimas eran en realidad criminales que se matan entre sí. El expresidente Calderón llegó a decir que “del total de asesinatos violentos o ajusticiamientos…por las actividades a las que se dedican más del 90 por ciento de quienes han fallecido, se trata de personas que han estado vinculados a uno o a otro bando, o porque son precisamente distribuidores de droga, o porque son transportistas de la misma…”.4 Esta misma “estadística” fue repetida por algunos de los participantes de nuestro estudio: “el 90% de esas personas tienen alguna relación con el narcotráfico”, nos dijeron en Guadalajara, por ejemplo.

Con algunas variaciones, la idea se repitió en todas las entrevistas. ¿Qué es lo primero que piensas cuando lees en la prensa o escuchas en la radio o televisión que hay otro muerto, un desaparecido, una fosa?, preguntamos. Así nos respondieron: “en primer lugar, de que seguramente estaban en algo relacionado con el narco”; “este cuate estaba hasta las manos en el narco”; “él era medio narco y fue una vendetta entre narcos”; “te das cuenta que las personas que han salido involucradas en esas cosas, por lo general, mínimo tienen algún contacto o estuvieron involucrados”; “por lo general, cuando…mataron a tantos, dices, pues, algo tenían que ver”; “debió de haber andado metido en eso para que lo hayan matado”; “si los mataron en una balacera, también fue por algo”; “si les pasó, les pasó por algo”; “yo también pienso que es enfrentamiento de narcos, sicarios”; “hay una gran parte de las víctimas que es, porque estaban dentro de esos actos ilícitos”; “la mayoría de las veces es gente que anda metida en esas cosas”.

Esta percepción compartida de la realidad es una forma de negación: reinterpretar lo que ocurre para probablemente hacerlo tolerable. El razonamiento que parece seguirse es el siguiente: sí hay violencia, pero las víctimas están claramente identificadas, no es algo que le pasa a cualquiera. No eran realmente víctimas, sino narcos que se matan entre sí. En consecuencia, si no hay víctimas, no hay mucho que lamentar. Así lo resumió un entrevistado: “realmente esperaría que no fueran como civiles, que fuera personas directas que tienen el contacto, que estén metidos en todo esto del narcotráfico, porque no veo como razonable, justificable que una persona que va transitando, de repente la tomen, le hagan cosas”. Otra concluyó: “yo pienso…que los que matan no eran como ‘ay, mataron a las personas más santas del mundo’;  yo siento que tenían el conflicto desde antes…”.

Esta creencia, compartida socialmente, ha contribuido a la estigmatización de las víctimas y a su desamparo. Se supone que éstas son copartícipes de su desgracia, que son culpables de algo y, por ello, pagan las consecuencias de sus actos. Desde esta perspectiva, no hay víctimas inocentes. Según uno de los entrevistados, “el hecho de que se extermine personas en la manera que sea, es violenta, es fea, es el tipo de vida que ellos han escogido. Tienen la muerte que eligieron”. Otra persona nos dijo: “todas las personas que están inmersas en eso, aparte que se lo merecen un poco, saben a lo que están predispuestas”. El estigma sobre las víctimas sugiere, como advertía Melvin Lerner, que gran parte de la sociedad piensa en un mundo ordenado y justo, en el que la gente tiene lo que se merece: el buen comportamiento se recompensa, el mal proceder se castiga. Esto es así incluso cuando se sabe que gente inocente está sufriendo. En esos casos, según Lerner, la realidad se reinterpreta con el fin de creer que la víctima, al final de cuentas, se ganó lo que le acontece.5 El caso de México prueba que está en lo correcto.

El rechazo y la marginación son consecuencia del estigma. Una barrera simbólica se erige entre las víctimas y los demás. Se cree que las víctimas son diferentes a nosotros. Ellas y sus familias están manchadas porque “algo les pasó”. ¿Qué harías o qué harían tus amigos, familiares o vecinos si supieran que otro vecino fue víctima de la violencia de la “guerra contra las drogas”?, preguntamos. “Conociendo la zona donde vivo, probablemente, se alejarían de la familia a la que le sucedió”, nos respondieron. Los entrevistados no querían que se los relacionara socialmente con las víctimas: “no me vaya a pasar lo mismo, quien sabe en qué andarán metidos”.

Pero, de manera simultánea, los entrevistados eran conscientes de que en México cualquiera está en riesgo de sufrir violencia. Estos pensamientos eran motivo de angustia. La mayoría de ellos conocía personas que habían sido víctimas de secuestro, asesinato, detención arbitraria o desaparición sólo por haber estado en el momento equivocado, en el lugar equivocado. En Aguascalientes, una persona narró así su percepción sobre las fuerzas de seguridad federales que, fuertemente armadas, patrullan las calles: “ves las camionetotas con el güey trepado atrás con una metralleta, entonces dices ‘estos bestias pasan un bache y van hacer un disparadero a lo idiota... Pulp Fiction… fuera de dar tranquilidad, asusta”. En Guadalajara, nos dijeron: “un sobrino. Un sobrino lo mataron, en la carretera… junto con un jovencito que iba con él... Le tocó la de mala que lo levantaran, porque a mucha gente inocente la levantaban para llevarlos para los Zetas, no porque estuviera involucrado en lo del narco”.

Entonces, sí hay víctimas inocentes. Es interesante que esta percepción de que todos estamos en riesgo contrasta con la idea de que las víctimas son sólo aquellas personas que están implicadas en algo. Decir que todos somos víctimas potenciales significa reconocer que no todos los que han sufrido han estado involucrados en el crimen organizado. ¿Cómo lidiar individual y socialmente con estas visiones en conflicto? Otra vez, la negación de la realidad y la estigmatización de las víctimas desempeñan un papel significativo. Así lo muestra la respuesta de uno de los entrevistados, que resolvió este dilema de la siguiente manera: “si no me estoy metiendo en broncas ilegales, no estoy haciendo nada fuera de norma, vivo normal y no traigo broncas específicas con nadie, no tendría por qué pasar nada”. Es decir, los entrevistados saben que cualquiera puede ser víctima de violencia. Pero, al mismo tiempo, buscaban convencerse de que no les pasaría nada, porque la violencia sólo afecta a aquellos que andan en algo.

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La negación de la realidad parece ser un relevante mecanismo individual y psicológico de defensa que los entrevistados utilizan para sentir que se protegen de la violencia, que se alejan del daño o del peligro, para mitigar el miedo. En este sentido, ha tenido un efecto “positivo” en la salud mental de algunas personas. La negación ha sido una herramienta para mantener la cordura en el país. En México, como dijo Michael Taussig, “saber y no saber se vuelve no sólo un arte de supervivencia, sino la base de la realidad social”.6

Pero la negación es también un fenómeno social, un discurso compartido entre la población, que ha tenido otro tipo de consecuencias, menos alentadoras. Decir que las víctimas andaban en algo hace tolerable –incluso aceptable– los abusos que sufre parte de la población, el incremento en la tasa de homicidios o la ausencia de investigaciones judiciales al respecto, porque son sólo “narcos que se matan entre sí”, cuyas muertes no ameritan ser esclarecidas.

La negación y el estigma también deben ser vistos como un asunto político con efectos para la polis. Es importante recordar que negar a las víctimas y su sufrimiento fue una estrategia abiertamente impulsada por las administraciones de Calderón y Peña Nieto. Según el discurso oficial de esos gobiernos, las víctimas eran delincuentes que ajustaban cuentas, que peleaban por la “plaza”. David Nelken llamaba a esto “negacionismo”: la negación de los hechos por razones ideológicas.7 En México, esta retórica gubernamental ha permitido legitimar y perpetuar una “guerra” peculiar, confusa e infructuosa que, después de más de una década, no ha logrado lo que prometió: no disminuyó la violencia ni el consumo de sustancias ilícitas.

Esta narrativa pública ha contribuido a justificar el enfoque punitivo hacia el problema de las drogas, que no es visto como tema de salud pública, sino de seguridad. Esto ha facilitado el despliegue de leyes y prácticas inquietantes, como el “arraigo”; o la actual estrategia contra las adicciones, “juntos por la paz”, del gobierno de López Obrador, que implícitamente vincula a los usuarios de sustancias con la violencia. También ha ayudado a normalizar la militarización del país. Y autoriza la comisión de graves violaciones a los derechos humanos por parte de algunos miembros de las fuerzas de seguridad, porque se piensa en las víctimas como criminales o enemigos del país que reciben un castigo. En el contexto de la “guerra contra las drogas” de México, como advirtió el escritor George Orwell en 1946, “ver lo que está delante de las narices requiere una lucha constante”.8

Claire Moon. Profesora Asociada de la London School of Economics.
Javier Treviño. Catedrático de la Universidad de Northumbria.

1 Cohen, S. (2001). States of denial: Knowing about atrocities and suffering. Cambridge: Polity Press.

2 Claire M. y J. Treviño (2020). “Involved in something (involucrado en algo)”: Denial and stigmatization in Mexico’s “war on drugs”, British Journal of Sociology, 71 (4): 722-740

3 Cavarero, A. (2011). Horrorism: Naming contemporary violence. New York, NY: Columbia University Press.

4 Véase: https://bit.ly/3sR7qXQ.

5 Lerner, M. (1980). The belief in a just world: A fundamental delusion. New York, NY: Plenum.

6 Michael Taussig (2003), Law in a Lawless Land. Diary of a Limpieza in Colombia. Chicago: Chicago University Press.

7 Nelken, D. (2016). Denialism and human rights: An afterword. In R. Moerland, H. Nelen, & J. C. M. Willems (Eds.), Denialism and human rights (pp 453–481). Cambridge: Intersentia Ltd.

8 George Orwell (1946), “In front of your nose”, Tribune, 22 March.

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Publicado en: Día a Día