Una idea compleja del fenómeno jurídico, a un tiempo histórica, antropológica y literaria, es lo que nos ofrece Gonzalo Sánchez de Tagle en este libro abrumador. Y, sí, el adjetivo parece pantagruélico pero no lo es tanto: estamos frente a una pluma que no por joven se entiende poco probada, y ante una mente jurídica de esas que, aunque lo nuestro sea mérito y no prodigio, como decía Sor Juana, se presenta muy de tarde en tarde. Pluma y mente nos abruman con sus acercamientos puntuales a la realidad. No es poca cosa en medio del triunfo aparentemente incontestable de lo que Grossi ha calificado como “mitología jurídica de la modernidad”.
El año en que ve la luz esta conspiración memoriosa parece, pandemias aparte, harto adecuado. Durante él cumplirá 200 años el acta de nuestra Independencia, que algunos atribuyen a la redacción de un Sánchez de Tagle, Francisco Manuel, pariente de nuestro autor y poeta conspicuo que cantó aquello de “Vivan por don de celestial clemencia / la Religión, la Unión, la Independencia”. Pero Gonzalo posee voz propia, y es de ella de la que habremos de ocuparnos, con perdón de la referencia a esa Iguala de la Independencia nacional y de la cucarda Trigarante, “en modo alguno la menor entre las hijas de México”.

Aunque lo fraseemos usualmente así, “complicado” no es sinónimo de “complejo”. Si hemos de hacerle caso a Edgar Morin, el fenómeno social es siempre complejo, pero casi nunca debe traducirse en un acercamiento jurídico complicado. Retirarle lo “sobreesdrújulo” a nuestro lenguaje legal aparece hoy como un imperativo de acceso a la justicia. Cualquier persona que haya sido consultada por un lego en cuestiones abogadiles lo sabe, y no deja de ser sorprendente que los operadores del derecho nos regodeemos en nuestro críptico taller sapiencial, tan pretensamente “práctico” cuanto cerrado a las explicaciones que interesan a quienes beneficia o perjudica tal praxis, si se repara en que el regodeo y la formación de esos “dominios de saber” a lo Foucault pueden hallarse en los cimientos mismos de un Occidente siempre ansioso de hallar Justicia.
No tiene por qué el iuris/prudente hablar en complicado, aunque lo suyo sea hacerse cargo de una realidad asaz compleja. Es más, mientras más sencillamente se exprese, es más factible que posea una comprensión más cabal del problema que exige de él una “recta razón operativa” capaz de discernir lo que es justo darle y lo que es justo negarle a las partes que integran toda relación a la que puedan atribuírsele consecuencias de derecho. Así lo ha sabido recordar el destacado jurista y romanista mexicano Jorge Adame, y así lo ejerce en estas y otras páginas el jurisperito Sánchez de Tagle.
Pero antes de todo ello está Gonzalo, el escritor. El derecho es visto por él como un instrumento de cambio y no como una técnica reproductora, ad nauseam, de inamovibles jerarquizaciones. Si la literatura ha de servir a mutación semejante es cosa que ha de dejarse, casuísticamente, a cada lector. En cualquier caso, como sucede con la historia cuando no atiende a más fin que el de explicarse el pasado, la jurisprudencia de la liberación, que ante todo es ejercicio literario por cuanto exige imaginación (“Orden y Aventura”, exigía nuestro Tiresias) nos desvincula, en primerísimo término, de la espuria tentación de justificar el presente a través de forzadísimas falacias e ilegítimos saltos entre el mundo del ser y el del deber ser.
Plural y complejo es también el acercamiento que ensaya Sánchez de Tagle a las historias que integran el volumen. Todas ellas encarnan un profundo dolor humano, pero hay algunas que parecen desenvolverse mejor a través de la ficción, y otras que lo hacen por los cauces que Montaigne inauguró. Ya sea que se ensaye o que se narre (o bien que, como en los casos del Pabellón 13, “El Príncipe de Bolsas llenas”, y de Mitzy Ramírez, la declaración en primera persona alcance niveles literarios en absoluto despreciables) la perspectiva que hace del proceso un territorio a un tiempo complejo y complejizante no se pierde nunca. Como en el Doctor Bucéfalo de Kafka, el derecho al que se refiere Gonzalo no ha perdido al Alejandro que lleva sobre los lomos: sigue teniendo propósitos de grandeza -¿qué puede haber más grande que la voluntad constante y perpetua de dar a cada quién lo que le corresponde?- a pesar del decurso multisecular, de la abstracción, la reducción y la simplificación codificante.
Destaco además que a través de este cauce, el literario, los habitantes de una cosa que supuestamente es pública nos podemos enterar, en forma accesible y transparente, de asuntos que removieron los cimientos del país y que pasaron mayoritariamente desapercibidos. Pienso, por supuesto, en esas dos mujeres admirables que provocaron la mutación definitiva del aparentemente indeleble fuero militar: Valentina Rosendo Cantú e Inés Fernández Ortega. Me tocó presenciar una de las disculpas públicas que el Estado mexicano, condenado por instancias internacionales, tuvo que ofrecerles y -nunca mejor dicho- rendirles. Me sigue quedando la impresión, literaria donde las haya, de que no se ha presentado aún la cabal satisfacción del agravio. La literatura, como ha razonado Kundera, es territorio de posibilidades, traumas e insatisfacciones. Sánchez de Tagle no hace sino confirmar el aserto una vez tras otra. La magia del contexto, diría yo, de la que tantos expedientes judiciales simplemente se abstraen.
Sánchez de Tagle se ha formado profesionalmente como historiador. Es también abogado practicante. Al alimón, escribe poesía, narrativa y ensayo. Para quienes sostienen con furia voluntarista que la historia, la literatura y el cine no deben tener cabida en la formación, more geométrico, de los juristas, La Conspiración de los recuerdos constituye tremendo desmentido. Conspira para ver al pasado, a lo Benjamín, lejos de “códigos ilustres”, a contrapelo de versiones opresivas o aristocráticas, como si lo que importara realmente fuesen los destinatarios de la norma. Conspira para que recordemos que en la península de Yucatán se vivió una fortísima y duradera guerra de castas que determinó la formación de las comunidades que la habitan y que influye aún hoy en la complicadísima convivencia de quintanarroenses, yucatecos y campechanos. Conspira para develar (“apocalipsis”, en griego, significa “separar el velo”) la pluriculturalidad de la nación mexicana, negada siempre y absurdamente a golpe de Códigos y Constituciones. Conspira, en fin, para permitirnos seguir conspirando. ¡Y fuera de La Profesa, que es lo mejor!
Conspirar en favor del contexto es actividad de alto riesgo en tiempos de evasión y evanescencia. Hace falta valor, puesto que muchas realidades resultan incómodas para el poder en su triple vertiente oficiosa, normativista y generalizante. Leer la jurisprudencia en clave escrita en la piel de mujeres y hombres, en la savia que recorre sus arterias, ha sido aspiración incumplida de un occidente jurídico que ha traspasado ya la frontera de los tres milenios. Ejercicios como el de Gonzalo Sánchez de Tagle nos acercan al objetivo. Con todo, habrá que esperar la reacción de los espíritus abstractos, esos que hablan ya de inteligencia artificial, gobiernos robóticos y big data sin preocuparse siquiera por poner una pica en la Flandes de las realidades más grotescas, injustas y esclavizantes. En países como el nuestro parecería más sensato dejar de preocuparnos porque las cosas nos vayan a regir, para poner el énfasis en que gobernadas y gobernados no sean cosificados nunca más. La literatura nos abre semejante mar.
Rafael Estrada Michel. Profesor de historia del derecho; recientemente publicó Obedezco pero no cumplo (Tirant lo blanch, 2020).
Encuentro su comentario desde luego interesante, en primer lugar por por referirse a una obra sobre la ciencia del derecho ajena a la ortodoxia que conocemos. Me llama la atención, según creo entender, que la palabra literatura la refiere a la obra de ficción, de imaginación. Esto por una parte, por la otra, que habla usted de jurisprudencia de la liberación. Un comentario final: parece ser usted un crítico de la inteligencia artificial que viene a ser una gran revolución tecnológica que impactará, entre otras ciencias, a la medicina. Me surge una pregunta ¿ que va primero los hechos sociales o la ciencia del derecho? Como sea, la obra que usted reseña es provocativa.