El éxito sin honor es el mayor de los fracasos
—Vicente del Bosque
Critón dijo a su maestro Sócrates: “Piénsalo bien, mi querido Sócrates; con la desgracia que te va a suceder tendrás también una parte en el baldón que va a caer sobre todos nosotros. Consúltate a ti mismo, pero ya no es tiempo de consultas; es preciso tomar un partido, y no hay que escoger: es preciso aprovechar la noche próxima. Todos mis planes se desgracian si aguardamos un momento más. Créeme. Sócrates, y haz lo que te digo”.1 El resto de la historia es bien sabido: el maestro desoyó al discípulo y decidió tomar la cicuta. Lo hizo, como sabemos, por la ley.

Hablando de leyes, durante las últimas horas ha rezumbado en los oídos de muchos juristas el contenido del artículo 98, párrafo tercero, de la Constitución, según el cual, la renuncia de un ministro de la Suprema Corte de Justicia de la Nación solamente procede por causas graves. El ministro Arturo Zaldívar invoca ese artículo en su escrito de “renuncia” y, como es de suponer, las razones que expone funcionan como una suerte de motivación. Veamos esas razones.
En primer lugar, el ministro Zaldívar afirma que en su actual encargo “…las aportaciones que puede realizar en la consolidación de un mejor país se han vuelto marginales”. ¿La crisis de conciencia que parece embargar el pensamiento del señor ministro puede ser considerada como una causa grave? Del escrito referido, se infiere que, al menos para él, sí. Ejercer el cargo de ministro de la Corte supone para cualquier jurista el más grande de los honores, la más grande oportunidad para defender los valores constitucionales; sin embargo, esa noble función se ha convertido para Zaldívar en algo marginal. Hemos de suponer que la fuerte vocación de servicio que lo caracteriza es a tal grado sublime que le permite colocarse en la excepción de gravedad a la que se refiere la norma; por ello, parece que para él no será necesario concluir cabalmente el periodo de quince años que prescribe el penúltimo párrafo del artículo 94 constitucional.
En segundo lugar, la carta de Zaldívar apela a una necesidad para él vital: “incidir en la construcción de un país más justo e igualitario y apoyar a quienes menos tienen y más lo necesitan”. ¿Esta también es una causa grave? Si seguimos su argumento, la marginalidad de ser ministro está conectada con esta necesidad, con lo cual podemos inferir que lo que Zaldívar busca en su próxima oportunidad será algo que no sea marginal, sino algo verdaderamente sustantivo y estrechamente ligado a la misericordia. ¿En qué estará pensando el ministro para continuar sirviendo tan sincera y desinteresadamente con esa noble vocación?
A nadie escapa que la verdadera motivación del ministro para dejar la Corte es el poder. Sí, el poder puro y duro. Tan es así, que no habían pasado dos horas desde que hizo circular su escrito, cuando posó junto a Claudia Sheinbaum, la candidata oficial a la presidencia de la República, para anunciar una alianza orientada a ejercer el poder. Bajar de las alturas de la presidencia de la Corte no habrá sido fácil para alguien como él. El poder, dijo alguna vez Michelle Obama, no transforma a las personas, sino que revela su verdadero ser. En ocasiones se convierte en una auténtica adicción. El síndrome de abstinencia es, como todo lo indica, la verdadera motivación.
No corren tiempos para el respeto de la ley. La ley se está convirtiendo en ese cuento al que se refiere el presidente de la República cuando alguien le recuerda sus peroratas juaristas. Más que nunca estamos regresando a un “gobierno de los hombres” en lugar de un “gobierno de las leyes”. Las reglas, las formas, los procedimientos y los valores constitucionales resultan sumamente incómodos para quienes, paradójicamente, los vicios significan virtudes. El honor, la verdad, la justicia y ese tipo de tonterías deben quedar reservadas para los tontos. Los políticos, en cambio, basan su éxito en la mentira, el engaño, el cinismo, la adulación y el narcisismo. A los seguidores se les echa de comer; se les reparten migajas o se les hace sentir dentro del grupo de los “puros” en contraste con los adversarios que son el enemigo a vencer, cuando no a eliminar.
Sócrates sostuvo que quien desprecia la ley es un ingrato, porque gracias a ella hemos crecido y hemos sido educados y protegidos. Los ministros de la Corte lo son gracias a la ley. Luego, quien siendo ministro no es capaz de conducirse hasta el final de su encargo por los canales legales, y se comporta como alguien impermeable a los mandatos de una Constitución que juró defender, no puede sino ser calificado como un ingrato. No sabemos qué pasará en el futuro próximo del ministro Zaldívar. Lo que sí sabemos es que él, a diferencia de Sócrates, sí hubiera seguido el consejo de Critón.
Roberto Lara Chagoyán. Profesor e investigador del Tecnológico de Monterrey. X: @rolarch
1 Platón, “Critón o del deber”, Diálogos, Edición Electrónica de www.philosophia.cl/ Escuela de FilosofÌa Universidad ARCIS.
NO SE QUISO QUEDAR EN LA CALLE, AL FINALIZAR SUS 15 AÑOS! Y NI UNA PALABRA A LA CORTE…
AL FIN, TRAIDORCITO!
indirectamente dijo que ser ministro no sirve para nada que aporte al país, qué habran pensado sus compañeros?
Dr. Lara, coincido con su argumentación. Zaldívar ha seguido el camino de Olga Sánchez, uno en el que desafortunadamente los jueces tienen abiertas ambiciones políticas después de una proyección judicial, un muy mal precedente.
Pero, creo que si usted hubiera publicado estas opiniones cuando era Director del Centro de Estudios Constitucionales de la SCJN, también usted se hubiera acercado más a Sócrates. Es muy fácil criticar a toro pasado, criticar cuando sus exjefes ya no tienen poder sobre uno. Lo más difícil en esta vida es ser congruentes.
¿Acaso de verdad no entienden los motivos de gravedad de la renuncia del ministro Zaldivar? ¿Tratan de ocultar lo evidente publicando este tipo de «reflexiones», «opiniones»?
El ministro Arturo Zaldivar expone en su carta de renuncia, con un lenguaje amable, sincero, sin necesidad de aspavientos ni dramas, que el Poder Judicial no imparte justicia, que el Poder Judicial no funciona, que el Poder Judicial está totalmente corrompido y juega sucio, haciendo política. Tiene razón. La gran mayoría de los mexicanos somos testigos y muchos tenemos testimonios.
Pueden estar o no de acuerdo con él, pero si esta exposición del ministro -su apreciación desde las entrañas del mismo Poder Judicial-, no les parece de gravedad, incluso alarmante, entonces, creo yo, no tienen remedio como «especialistas», «opinócratas», líderes de la opinión pública. Los ciega el odio, los domina la hiel. Han dejado de ver y estudiar la compleja realidad.