El juez que tocaba sus partes en presencia de las partes

Una noche de 1929 Salvador Dalí estaba solo en casa. Su mujer, Gala, había salido al cine. Dalí piensa en ella y se masturba. Acto seguido, empieza a pintar “El Gran Masturbador”, un óleo pleno de símbolos y atributos corporales con los que el pintor homenajeaba a la que consideraba como la relación sexual más pura.

Dentro del ámbito del judaísmo, siguiendo las reglas prescritas por el Tzniut, la modestia prohíbe el derramamiento de semen en vano (hotza’at zera l’vatalá). Por su parte, en el Sura 33 (Al ahzáb) del Corán se dice: “Allah ha preparado perdón y magnífica recompensa para… los que custodian y las que custodian sus partes pudendas”. Entonces, en principio, el islam prohíbe la masturbación, aunque otros intérpretes dicen que da lugar a dicha práctica siempre que el individuo haya agotado todos los recursos de contención a su alcance (principio de exhaustividad), acotando con énfasis que la masturbación elimina la purificación del ayuno. Finalmente, quien busque respuestas en el cristianismo puede encontrar algo en Corintios (6,13,18).

Es posible que lo anterior haya sido tomado en cuenta por un juez de Bristow, Oklahoma llamado Donald Thompson al que le gustaba masturbarse mientras presidía los juicios, utilizando una bomba de alargamiento peneano. El Procurador Estatal ingresó una moción para remover de su cargo por “exhibicionismo impúdico” al juez Thompson, con más de 23 años presidiendo audiencias.

Al parecer, el artificio sexual fue un regalo que le hicieron al juez cuando cumplió 50 años, y durante la investigación, Thompson reconoció que guardaba la “bombita” bajo su asiento en la Corte, pero negó haberla utilizado durante el desarrollo de las audiencias, acotando que de haberlo hecho, habría sido un desafío al sentido común.

El juez también reconoció haber apretado el artefacto eventualmente durante los juicios, pero aseguró que nunca lo utilizó para masturbarse, y denunció que las acusaciones en su contra se trataban de una conspiración. Se reconoció a sí mismo como una persona de comportamiento inquieto que mientras se desarrollaban los juicios, pulía sus zapatos, usaba un organizador electrónico, mascaba tabaco y jugueteaba con cigarrillos. El testimonio clave fue aportado por una colaboradora del Juzgado, que pudo escuchar en varias sesiones el peculiar bombeo del artefacto, proveniente de la posición ocupada por el juez Thompson. Lisa Foster quedó perpleja cuando escuchó la bomba de succión mientras un señor aportaba el doloroso testimonio por el asesinato de su nieto. Otro testimonio lo aportó un jurado de un juicio presidido por Thompson, que identificó el peculiar sonido. Cuando la comisión investigadora le preguntó al jurado cómo sabía que se trataba de una “bombita”, él dijo que había visto ese aparato en Austin Powers.

Como testigo estelar del caso contra el inquieto juez, el reconocido urólogo Edward Dakil defendió el uso de ese tipo de bombas, frente al abogado defensor que argumentaba que es un tratamiento totalmente obsoleto para combatir la disfunción eréctil. “Yo todavía los uso”, declaró sin titubear Dakil, “¿Usted, personalmente?”, le preguntó el incisivo abogado, y el especialista acotó: “¡No! Los recomiendo como urólogo”.

Finalmente, el juez Donald Thompson fue hallado culpable de cuatro cargos de “exposición indecente” y “exhibicionismo” y sentenciado a cuatro años de prisión.

Pero Thompson no es el único exponente de una “judicatura en éxtasis”. Durante las audiencias en el Senado para la confirmación del Justice Clarence Thomas, Anita Hill aseguró que Thomas, al regresar a su oficina, observó fijamente el refresco que había dejado a medio tomar y espetó a todo pulmón: «Who has put pubic hair on my Coke?«. Y lo anterior, sin obviar la referencia al juez Isaac H. Stolzfus, de la localidad de Intercourse que incomodaba a sus colaboradoras y otras mujeres al obsequiarles condones ocultos en bellotas.

Es posible que en su celda, el ex juez Donald Thompson reflexione acerca del correcto significado e interpretación del principio que prohíbe hacerse justicia por propia mano.

Alejandro Anaya Huertas. Licenciado en Derecho (UNAM); maestro y candidato a doctor en Administración Pública (INAP).


2 comentarios en “El juez que tocaba sus partes en presencia de las partes

  1. Jajaja, disfruté este texto no sin recordar que la música a usar debería ser la de las películas «Crueles intenciones»; una genial: «El cocinero, el ladrón, su esposa y su amante» (Michael Nyman) o la de «Cat People» (Giogio Moroder), la exquisites musicla del film «Tristan e Isolda» (Anne Dudley).O bien el sensual disco «la fete sauvage» (Vangelis), entre muchos otros cortes musicales de todos los tiempos que tembién pueden llevar al paroxismo onanista. Buen artículo Don Alejandro!

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