A principios de agosto pasado, la Organización Mundial de la Salud dio a conocer una lista de patógenos que podrían desencadenar la próxima pandemia. Más de treinta virus y bacterias se incluyen en esta guía que, según los más de doscientos científicos que contribuyeron a su publicación, son un riesgo para la salud global. El listado, sin embargo, también incluye el patógeno “X”, un agente desconocido que, como ocurrió con el coronavirus que llevó al mundo a su última gran crisis, podría surgir en cualquier momento.
Este catálogo, además de mostrar el riesgo al que estamos expuestos hoy, es un recordatorio de que las epidemias y pandemias son eventos recurrentes de nuestra historia que continuarán sucediendo. Su propósito es prepararnos ante lo que viene, promoviendo la investigación sobre estos patógenos y el desarrollo de nuevas curas que puedan frenar su propagación.
En nuestro tiempo, ignorar la preparación que sugiere la Organización no es prudente, pues la posibilidad de que aparezcan enfermedades que se creían controladas o surjan nuevos patógenos con potencial pandémico ha aumentado en las últimas décadas, debido a una combinación de factores relacionados con la actividad humana que facilitan el contagio, como la globalización, la degradación ambiental, los conflictos armados, la urbanización descontrolada y la desinformación.
La más reciente alerta de la OMS sobre un nuevo brote de Mpox, uno de los patógenos riesgo de la lista, es prueba de lo anterior. De hecho, en los últimos 20 años la Organización ha declarado siete emergencias sanitarias internacionales —el grado máximo de alerta—, sobre las epidemias de Ébola (en dos ocasiones), Zika y Mpox (también dos veces), así como las pandemias de H1N1 y covid-19. Si se mantiene esta tendencia, podemos esperar un brote grave cada dos a tres años.
Sin embargo, a pesar de que estas crisis sanitarias han costado millones de vidas e inmensas pérdidas económicas, una vez que se supera la emergencia, el mundo tiende a olvidar lo sucedido, desestimando la preparación para la siguiente. “En el mundo, ha habido tantas pestes como guerras y, sin embargo, pestes y guerras toman a la gente siempre desprevenida”, escribió Albert Camus hace casi 80 años en su novela La Peste. El “ciclo de pánico y negligencia” es como lo llaman los expertos que han estudiado, como Camus, esta desmemoria, y que algunos consideran está ocurriendo nuevamente, apenas un año después de haber superado la crisis sanitaria global más seria desde la gripe española de 1918.
En los últimos tres años se han puesto en marcha algunos proyectos para intentar romper con este ciclo y adelantarse a lo que viene. La OMS, por ejemplo, estableció en 2021 un nuevo Centro de Inteligencia sobre Epidemias y Pandemias para modernizar la vigilancia y detección de brotes con nuevas técnicas, como la inteligencia artificial, y está capacitando a expertos de países en desarrollo para fabricar vacunas con tecnología ARN mensajero, que tienen el potencial de adaptarse más rápidamente a diferentes enfermedades o variantes.
Más allá de la OMS, la Coalición para las Innovaciones en Preparación para Epidemias —una organización internacional con sede en Noruega—, presentó en 2022 el “Plan de 100 días”, inspirado en los avances científicos que permitieron desarrollar una vacuna contra el covid-19 en menos de un año. Este plan propone que, en el futuro, una vacuna pueda desarrollarse en poco más de tres meses después de la detección de un nuevo patógeno. El Banco Mundial también ha creado el Fondo Pandémico, destinado a financiar la preparación en los países menos desarrollados, y se han anunciado algunas alianzas público-privadas para diversificar la producción de vacunas y medicamentos, especialmente en África, que sufrió gravemente la desigualdad en la distribución de productos durante la pandemia.
Estas y otras iniciativas similares podrían evitar que el futuro nos tome desprevenidos, pero la mayoría siguen en construcción y su consolidación requiere de tiempo, apoyo político de alto nivel y financiamiento sostenido en el largo plazo. En otras palabras, que no las olvidemos antes de la siguiente peste.

Obligarse a recordar
En 2022 los 194 países miembros de la OMS comenzaron la negociación de un nuevo tratado internacional sobre prevención, preparación y respuesta a futuras pandemias. Como las iniciativas mencionadas, su propósito es remediar la histórica falta de preparación global, pero también evitar que se repitan las decisiones unilaterales y desordenadas que adoptaron los gobiernos de todo el mundo durante la pandemia de covid-19, que entorpecieron la respuesta y retrasaron el fin de la emergencia.
Como lo indica su título, los Estados han estado negociando en estos dos años un instrumento con compromisos que cubren todo el ciclo de una emergencia pandémica, desde acciones preventivas para reducir el riesgo de un nuevo brote, hasta la recuperación y la gobernanza. Naturalmente, la discusión ha sido técnica y políticamente compleja, ya que la clara diferencia de capacidades en salud define los intereses de cada país, pero también porque el tema involucra a múltiples sectores y actores, no sólo al de la salud. En la sala de negociación se han abordado asuntos tan diversos como la estandarización de los certificados de vacunación digitales, hasta cómo evitar que las cadenas globales de suministro esenciales se interrumpan.
El borrador del tratado incluye unos treinta artículos y hasta ahora se han acordado de forma preliminar provisiones para fortalecer la resiliencia de los sistemas de salud, proteger a los trabajadores de la salud y trabajadores esenciales, combatir la desinformación, promover la cooperación científica y reforzar a las agencias reguladoras de productos. También se ha aceptado crear nuevos mecanismos o redes de coordinación para el financiamiento internacional y la distribución de insumos en una pandemia.
Inicialmente, los Estados se habían propuesto concluir las negociaciones en mayo de 2024, un plan ambicioso que buscaba aprovechar la atención pública sobre las lecciones aprendidas con el covid-19 –la negociación de un tratado internacional en Naciones Unidas puede llegar a tomar más de una década–, pero la complejidad del proceso y la dinámica de las negociaciones, han obligado a extender el plazo hasta el 2025.
El tema que ha definido el ritmo de esta negociación -aún sin acuerdo- es la equidad, entendida como el acceso justo a productos médicos durante una pandemia, pero también la disponibilidad de los recursos científicos, tecnológicos y financieros tanto en la emergencia como en “tiempos de paz”, para reducir la dependencia y vulnerabilidad de los países que no pueden competir con las naciones productoras y más ricas, en momentos de escasez.
La desigualdad en el acceso a las vacunas durante el covid-19, que el director general de la OMS calificó como un “fracaso moral”, causó grandes fricciones diplomáticas y no era para menos. Según un estudio publicado en la revista Nature Medicine, más de un millón de personas de todo el mundo pudieron haber salvado la vida en 2021 de haberse distribuido la vacuna de forma equitativa, sobre todo en los países más pobres. La investigación también confirmó que el nacionalismo de las vacunas retrasó el fin de la emergencia, pues facilitó que surgieran nuevas variantes en lugares donde el virus continuaba circulando y evolucionando.
Para resolverlo en el futuro, el proyecto del tratado propone, entre otras cosas, compromisos para incentivar la producción local y regional de vacunas y medicamentos a través del acceso a información científica, la transferencia de tecnología y la licencia de los derechos de propiedad intelectual, para que más países puedan fabricar productos y se reduzca la inevitable escasez al inicio de una pandemia.
Contrario a lo que a veces se piensa, la inyección de dinero público fue la pieza central para el desarrollo de la mayoría de las primeras vacunas contra el covid-19, no la inversión privada. Esta ventaja fue desaprovechada, dejando en manos del mercado y las grandes farmacéuticas decisiones sobre la distribución de las vacunas que no les correspondía. El proyecto del instrumento también propone usar el financiamiento público como apalancamiento para promover el acceso equitativo.
La discusión principal, sin embargo, gira en torno a la creación de un sistema de intercambio de información sobre patógenos con potencial pandémico a cambio de beneficios. Mediante este sistema, los países compartirían con los laboratorios farmacéuticos información necesaria para desarrollar nuevos medicamentos y vacunas —recopilada con sus propios recursos—, a cambio de beneficios, como la donación de un porcentaje de los productos fabricados con esa información para su distribución a través de la OMS o su venta a precio de costo.
Algunos países y observadores de la sociedad civil consideran que este es el mejor método para asegurar al menos una porción de los productos al inicio de una pandemia, pues si los laboratorios y productores quieren obtener la información para elaborar las contramedidas médicas en primer lugar, es indispensable obligarse a las condiciones del sistema. Después de la pandemia de H1N1 en 2009, un esquema similar fue negociado en la OMS para el virus de la gripe, pero hasta ahora no ha sido puesto a prueba en una emergencia.
Contra el olvido como segunda muerte
Regreso al punto de partida: decenas de patógenos identificados por un grupo de científicos nos recuerdan que las epidemias y pandemias continuarán sucediendo. La pregunta no es si las habrá, sino cuándo. Unestudio reciente, que analizó el registro histórico de los brotes epidémicos de los últimos 400 años, estima que la probabilidad de experimentar una nueva pandemia similar a la de covid-19 durante el curso de nuestra vida es del 38%, y este porcentaje podría duplicarse en las siguientes décadas.
Aunque la comunidad internacional es consciente de este riesgo y si bien, parafraseando a Borges, no es el amor el que la une sino el espanto, la negociación de los últimos dos años no ha sido sencilla. Los negociadores han tenido que sobrellevar la estela de desconfianza que dejó la desigualdad en el acceso a las vacunas, las fricciones geopolíticas por los conflictos en Ucrania y Gaza, y el intenso cabildeo de las grandes farmacéuticas que temen que algunos de los compromisos en el tratado puedan afectar sus intereses comerciales. Además, una intensa campaña de desinformación contra el tratado y la OMS, que alienta teorías conspirativas infundadas, amenaza con socavar el apoyo político de varios países.
Con este ambiente de fondo, el alcance de las obligaciones y la ambición inicial han ido diluyéndose conforme avanza la negociación, corriéndose el riesgo de que el tratado termine siendo un ejercicio de gatopardismo, es decir, para cambiar las cosas sin que en realidad nada cambie. Por otro lado, no todo cabe en este instrumento: la lamentable gestión de algunos dirigentes durante la covid-19 nos recuerda que el liderazgo político, que puede marcar la diferencia entre una respuesta eficaz y la tragedia, es un asunto que va más allá de cualquier acuerdo legal.
A pesar de sus limitaciones, observadores y funcionarios de la OMS consideran que lo acordado hasta ahora es valioso y que la adopción de este pacto puede ayudar a mantener la atención sobre la preparación pandémica, así como reforzar las iniciativas ya en marcha. Michael Ryan, veterano funcionario de la OMS y director del programa de emergencias sanitarias, ha señalado que el tratado “por sí solo no salvará vidas directamente”, pero sin este, “el caos, la falta de coherencia, la falta de equidad y la falta de eficiencia de la última pandemia continuarán y probablemente aumentarán, dadas nuestras diferencias geopolíticas”.
Hay señales de que llegar a un acuerdo en los próximos meses es posible. En los últimos dos años los miembros de Naciones Unidas han concluido al menos tres nuevos acuerdos internacionales para conservar la biodiversidad de los océanos,combatir los delitos cibernéticos y proteger los derechos de propiedad intelectual de los pueblos indígenas. Prueba de que el multilateralismo, a pesar de sus evidentes retos, vive.
Más importante aún, en mayo de este año, los Estados concluyeron el proceso de enmienda del Reglamento Sanitario Internacional, una negociación que también comenzó en 2022 para reformar este instrumento legal sobre emergencias sanitarias, que está estrechamente relacionado con el tratado. Los cambios aprobados actualizan el sistema de alerta de brotes, refuerzan el trabajo de la OMS dirigido a reducir la desigualdad en el acceso a productos y crean un mecanismo para mejorar la implementación del Reglamento, que se enfoca en la vigilancia.
Los Estados continúan reconociendo al derecho internacional como herramienta útil para mantener ciertos principios y acciones en el tiempo. Una vez ratificados, los tratados internacionales sostienen los compromisos más allá de los gobiernos en turno, además de ser una referencia para exigir respuestas a nivel nacional y obtener recursos. Si hay voluntad política, la conclusión de esta negociación puede servir para aplacar un riesgo que no desaparecerá.
En mayo del 2023, cuando el director general de la OMS anunció que el covid-19 había dejado de ser una emergencia global, mencionó que una de las mayores tragedias de esta pandemia es que no tenía por qué haber sido así. El mundo, dijo, cuenta con las herramientas y la tecnología para prepararse mejor ante una pandemia, detectarla más temprano, responder más rápido y mitigar su impacto. «A nivel global», señaló Tedros Adhanom Ghebreyesus, «la falta de coordinación, la falta de equidad y la falta de solidaridad significaron que esas herramientas no se usaron de manera tan efectiva como podrían haberlo sido. Se perdieron vidas que no deberían haberse perdido».
Más de 20 millones de personas fallecieron a causa de la pandemia de covid-19, entre ellos más de 600 mil mexicanos. No tenía que haber sido así. El tratado puede ayudarnos a no olvidarlo.
Rodrigo López Tovar. Diplomático de carrera. Fue delegado de México ante la Organización Mundial de la Salud entre 2019 y 2024.