Cada ponencia de congreso o simposio necesita de un
dios tutelar, no para protegerla de la crítica, sino para
ahuyentar a quienes se propongan oírla con cuidado.
Carlos Monsiváis
“No tires esa ponencia, algún día te dará de comer”
Desde la publicación de un dibujo en el periódico mural de la escuela, hasta la venturosa inclusión del artículo de nuestra autoría en la revista de un grupo cultural universitario (de las que normalmente se editan dos o tres ejemplares, para luego evaporarse), se va gestando un afán ansioso por escribir, publicar (o mejor aún, que nos publiquen) y —ya entrados en los pantanos de la ambición desmedida—, que nos lean.
Escribir y que nos publiquen (sea a nombre propio o como ghost writer) es, generalmente, un satisfactor individual, y si bien hay casos puntuales de espíritus que convergen para publicar y (cuando hay foro) leer papers “al alimón”, también es frecuente que las coautorías generen diferencias que terminan por derivar en feroces enemistades.
De lo anterior, Ambrose Bierce da el siguiente testimonio: “…El difunto James F. Browman estaba componiendo un folletín para un semanario en colaboración con un genio cuyo nombre no ha llegado a nosotros. Trabajaban, no conjunta sino alternativamente: una semana Browman escribía su capítulo, a la semana siguiente escribía su amigo, y de este modo pensaban seguir hasta el fin de los tiempos. Infortunadamente se enemistaron, y un lunes por la mañana, cuando Browman leyó el periódico para poder continuar la historia, descubrió que ésta había sido interrumpida de un modo calculado para sorprenderlo y herirlo. Su colaborador había embarcado a todos los personajes del relato en un buque y los hundió en lo más profundo del Atlántico”.
El artículo (o en su versión oral, “ponencia” o, con mayor boato, “conferencia magistral”), es un compañero de viaje que, indisoluble con autor, tiene voluntad propia para llegar a independizarse del grueso volumen de una obra colectiva, en forma de separata, que ocupará un sitio de honor en el archivero.
Si en Apocalipstick, Carlos Monsiváis nos ofrece la descripción de fuerzas apocalípticas que vinculan emocionalmente a un autor con sus ponencias, es más bien en Por mi Madre. Bohemios, donde encontramos sus aforismos más puros:
- Ponencia que no se repite es como automóvil que nada más se utiliza una vez.
- Te felicito hermano, aunque tú te vez muy amolado lo cierto es que los años no pasan por tu ponencia.
- La ponencia fue fantástica, el tipo leía de maravilla y nos tenía a todos entusiasmados hasta que llegó un cuate todo presuroso y le dijo al ponente que se había equivocado de auditorio.
- Un ponente de veras profesional es aquel armado de mil títulos para una sola ponencia.
- Trata bien a tus ponencias. Féchalas con cuidado para que les lleves pastel y mañanitas cada año.
- Ponencia que no se traduce en boletos de avión, es libelo que difama a su autor.
“Me interesó mucho tu trabajo: lo he futnoteado”
¿Cuándo se debe escribir un artículo?, normalmente, cuando se tenga algo que decir: con eso ya se llega muy lejos. ¿Cómo escribir el artículo? Al respecto, Schopenhauer, en Parerga y Paralipómena (vol. II, pp. 513 y sigs.), reconoce que nada es más fácil que escribir de modo que nadie entienda; así como, por el contrario, nada es más difícil que expresar pensamientos relevantes de modo que todos los tengan que comprender. Lo ininteligible (Unverständliche) es afín a lo absurdo (Unverständigen) y es siempre infinitamente más probable que tras ello se esconda una mistificación que una gran profundidad de pensamiento.
En esta vertiente —se insiste con vehemencia—, la falta de ingenio adopta todas las formas para esconderse detrás de ellas: se envuelve en la pomposidad, en la redundancia, y en el tono de superioridad y distinción (“Can (I) endure to hear this arrogance? And from this fellow?, Shakespeare, Henry VIII, 3.2).
Seguramente, con el mismo afán de lanzar bengalas de alerta frente a la pomposidad y la arrogancia, Alan Sokal y Jean Bricmont en Imposturas Intelectuales (Paidos, 1999, p. 167), por una parte, transcriben un breve pasaje de Chaosmose, de Félix Guattari, como “la más brillante mezcla de jerga científica, pseudocientífica y filosófica que uno pueda imaginar; sólo un genio podría haberlo escrito”, y por otra, incluyen su paródica obra maestra, Transgredir las fronteras: hacía una hermenéutica transformadora de la gravedad cuántica, publicada (involuntariamente) en 1996 por Social Text.
Transgredir las fronteras…es un artículo de poco menos de 30 páginas, y 109 notas a pie de página. Al respecto, creemos que cada vez es más frecuente la función de las notas a pie de página no tanto como sustento científico y metodológico de una investigación, sino como flores y bombones que se lanzan para mantener la interacción académica en santa paz.
“Es imposible exagerar cuando se adula a un colega”, afirma David Lodge, y si originalmente el término “futnotear” se refería a la acción de un autor de poner notas a pie de página a un artículo o libro propio, con el tiempo ha cambiado su significado, para concebirse en nuestros días como la acción de referirse en notas de pie de página a otro autor. Moral derivada —acota Torcuato di Tella—: “futnotea a tu colega como quieres que éste te futnotee a ti”.
Un artículo de 3 páginas y 28,343 notas a pie
En ciertas oquedades del mundo académico suele decirse que existen tres categorías de autores: a) los que escriben sin pensar (escriben de memoria, por reminiscencias, o inmediatamente a partir de libros ajenos); b) los que piensan mientras escriben (piensan para escribir), y c) los que han pensado antes de ponerse a escribir. Escriben simplemente porque han pensado.
Como exponente indiscutible de la primera categoría de autores está Andrew J. McClurg, autor de The World´s Greatest Law Review Article, que forma parte de la compilación Amicus Humoriae. An Anthology of Legal Humor.
Dando click en la liga de abajo, se encuentra la traducción al español de The World´s Greatest Law Review Article, de Andrew J. McClurg, con sus 3 páginas y 28,343 notas a pie.
The World´s Greatest Law Review Article
Alejandro Anaya Huertas. Licenciado en Derecho (UNAM); maestro y candidato a doctor en Administración Pública (INAP). Elabora el Reporte sobre la Magistratura en el Mundo.
Entretenido y estimulante.