La IA como campo de negociación política

Ilustración: Estelí Meza

Quien desee analizar adecuadamente el auge de la inteligencia artificial (IA), deberá considerarla como un proyecto político de alcances globales, y no solamente como un sistema tecnológico. El proyecto de la IA, tal como se ha configurado en la actualidad, integra aspectos geopolíticos, militares y económicos, y, a través de la construcción de infraestructura, prevé una expansión territorial que recuerda los tiempos de esplendor del colonialismo. Todos estos elementos, y algunos más, están plasmados en el “Plan de acción de la IA”, anunciado por el gobierno de Estados Unidos el pasado 23 de julio. La experiencia reciente nos enseña que los planes de Donald Trump pueden cambiar caprichosamente. Sin embargo, y a pesar de que el plan no es legalmente vinculante, esta vez tenemos motivos para pensar que la cosa va en serio.

En los primeros días de su gobierno, Trump presentó el Proyecto Stargate, que incluía una inversión de 500 mil millones de dólares destinados a la construcción de infraestructura computacional a gran escala para dar soporte y lograr avances sustanciales en el desarrollo de la IA. Las intenciones fueron claras desde ese momento: Estados Unidos debía liderar, a cualquier precio, la carrera armamentística global por la IA. El flamante “Plan de acción de la IA” es coherente con ese objetivo, e incluye una serie de medidas de amplio alcance. David Sacks, el zar de la Casa Blanca en materia tecnológica, y uno de los redactores del documento, afirma que la IA es una tecnología revolucionaria con potencial para transformar la economía global y alterar el equilibrio de poder en el mundo. Por lo tanto, Estados Unidos “debe seguir siendo la fuerza dominante en la IA, y a la vez proteger su economía y la seguridad del país”, declara el secretario de Estado, Marco Rubio, quien también participó en la elaboración del documento. “La IA es demasiado importante como para sofocarla con medidas burocráticas o reglamentos gravosos”, reza el plan de acción, y, en consecuencia, recomienda una serie de políticas a nivel federal encaminadas a soltar las riendas del progreso de las empresas de Silicon Valley. En primer lugar, el gobierno de Estados Unidos tomará medidas para “acelerar la innovación”, dando prioridad a una mayor desregulación de la industria tecnológica.

Al mismo tiempo, promoverá la adopción de la IA en ámbitos laborales, gubernamentales y militares. El segundo pilar del plan de acción se concentra en la infraestructura, y prevé revitalizar la industria norteamericana de semiconductores, así como impulsar la construcción masiva de centros de datos. Dicho empuje estará acompañado de una estrategia integral para mejorar y expandir la red eléctrica del país, y así lograr satisfacer la creciente demanda energética provocada por el avance de la IA. El tercer pilar mira hacia afuera de las fronteras para promover una “diplomacia de la IA”, la cual consistirá en alentar las exportaciones tecnológicas de Estados Unidos al resto del mundo, con la mirada puesta en asegurar una posición dominante con respecto a China, el gran rival.

El que un proyecto científico y tecnológico con más de 70 años de historia se haya colocado súbitamente en el núcleo de la estrategia política de la mayor potencia global, podría parecer un giro inesperado. Sin embargo, cabe recordar el vaticinio del presidente ruso Vladimir Putin, quien en 2017 declaró que, quien lograra liderar la carrera por la IA, gobernaría el mundo. Por otro lado, antecedentes históricos recientes, como el desarrollo de armas nucleares o la carrera espacial, demuestran cómo los proyectos tecnológicos de gran escala pueden llegar a tener una posición central en las pugnas geopolíticas, e incluso ser motivo de ellas. Pero, a diferencia de los misiles o los vehículos espaciales, actualmente tendemos a percibir a la IA como algo cercano, ya que sus aplicaciones se integran cada vez más en todos los ámbitos de nuestras vidas. Y esa cercanía podría ser suficiente para sugerir que es posible replantear las herramientas a las cuales se nos dice que hay que adaptarnos, si es que no queremos quedar rezagados. Que podemos repensarlas y transformarlas, no sólo en su configuración técnica, sino también en su dimensión política.

Un plan como el que ha trazado el gobierno de Trump ofrece motivos suficientes para la crítica, e incluso para el rechazo, puesto que la forma de dominio que se pretende articular mediante la IA augura la consolidación de un poder político capaz de vigilar, automatizar y someter a la ciudadanía. Promete, además, un sistema de control que, al ser capaz de crear grandes volúmenes de textos e imágenes propagandísticos, se perfila como un verdadero árbitro tecnificado de la verdad. Bajo una pretendida neutralidad, el plan de acción de la IA dispone que los generadores de texto deberán dar respuestas alineadas con los “valores americanos” (sic), y estar libres de “sesgos ideológicos”, tales como las políticas de diversidad, equidad e inclusión (DEI). También deberán evitar propagar “desinformación”, categoría en la cual se incluyen, por ejemplo, los estudios científicos sobre el cambio climático. Quien tenga presente la inclinación ideológica de Donald Trump, observará que la supuesta objetividad de la IA será, en realidad, una purga de todo aquello que él ha demonizado. En particular, la supresión de toda referencia al cambio climático es notablemente coherente con el objetivo gubernamental de mermar aún más las normas ambientales que regulan las prácticas industriales. Se abre la puerta, entre otras cosas, a que la provisión de energía para alimentar a los centros de datos provenga de combustibles fósiles, sin que ello entre en conflicto con las políticas anteriormente diseñadas para reducir las emisiones de CO2.

Según el periodista especializado en tecnología Brian Merchant, el “Plan de acción de la IA” cumple con toda la “lista de deseos” de las Big Tech, las cuales verán allanado el camino para cumplir sus metas. Además, es importante tener en cuenta que la desregulación y la expansión tecnológica son, hoy por hoy, asuntos de máximo interés para Estados Unidos, ya que las inversiones de capital (CapEx) en IA, que en 2025 lograron rebasar el total de gastos de consumo en el país, están manteniendo a flote una economía que se encuentra en aprietos por los nuevos aranceles comerciales, el endeudamiento, y el estancamiento del empleo. Sin embargo, el hecho de que la economía de Estados Unidos quede en manos de las grandes compañías tecnológicas, es un mal presagio para la ciudadanía.

Al ver por sus propios intereses, y carecer de barandillas que las limiten, es de esperar que las empresas pasen por encima de todo tipo de leyes y reglamentos en su afán por conquistar el mercado. Hasta ahora, su conducta temeraria se ha visto reflejada, por ejemplo, en los juicios interpuestos contra Meta o Anthropic por grupos de autores, quienes argumentan que sus obras registradas como propiedad intelectual fueron utilizadas, sin consentimiento ni compensación, para alimentar los modelos de IA de dichas empresas. O en el uso no permitido de 35 generadores de metano para alimentar el centro de datos de xAI, la compañía de IA de Elon Musk, en Memphis, Tennessee. Esta violación a las leyes ambientales salió a la luz debido a las demandas de la comunidad afectada, que señalaron un repentino y notorio aumento en la contaminación atmosférica, y sus consiguientes daños a la salud. Con casos como estos, que son sólo dos entre muchos otros, no hace falta echar a volar la fantasía para vislumbrar los daños que dichas compañías podrían seguir causando, dentro y fuera del territorio de Estados Unidos, si se les deja actuar de forma irrestricta.

¿Qué puede hacer la ciudadanía ante este escenario? Hay quienes afirman que la IA es imparable, y que debemos adaptarnos a ella sin oponer resistencia. Y es verdad que, ante un proyecto tan abrumador, es común que prevalezca una sensación de impotencia y resignación. Sin embargo, no debemos perder de vista que la IA, como toda tecnología, abre un campo de negociación política. El filósofo japonés Kohei Saito nos recuerda que, cuando el único propósito es el de acelerar el desarrollo de nuevas tecnologías, las decisiones sobre qué tecnologías usar, y cómo, se convierten en las prerrogativas de un puñado de políticos y expertos, quienes acaban por acaparar el poder de diseñar el futuro. Cuando esto sucede, hace falta un contrapoder. Para crearlo, es necesario rehabilitar y poner en práctica la imaginación colectiva, así como evitar caer en la espiral del silencio. Saito advierte que los avances tecnológicos pueden empobrecer nuestras capacidades imaginativas, ya que estos, a menudo, acaban por suprimir y excluir la posibilidad de crear modos de vida completamente distintos a los que se trazan verticalmente. Cuando se busca resolver todo tipo de problemas mediante la aplicación de tecnologías cada vez más sofisticadas, otras soluciones de carácter social, político o económico quedan descartadas.

Las soluciones no centradas en la tecnología suelen ser difíciles de implementar, ya que implican procesos largos, tediosos y complejos, como la consulta, la deliberación o la búsqueda de consenso. No obstante, suelen ser mucho más profundas y aplicables en contextos específicos, a diferencia del solucionismo tecnológico que pretende resolverlo todo usando una única app. Para activar estos procesos sociales es necesario vencer la atracción centrípeta de la espiral del silencio, es decir, la tendencia a sumarse a las opiniones dominantes, que a menudo muestra la mayoría de personas por miedo a sentirse aisladas (Noelle-Neumann, 1995). Así, ante las voces que claman fuerte e insistentemente que debemos adaptarnos a la IA para no quedarnos atrás, es crucial alzar nuestra voz junto con la de otras personas y organizaciones que estén dispuestas a dar la batalla por replantear los sistemas tecnológicos que hoy se ciernen sobre nosotros.

Como respuesta al plan anunciado por Trump, se han oído las voces de más de 110 organizaciones en torno al “Plan popular de acción de la IA”, una propuesta tecnopolítica alternativa que contrasta con los proyectos del gobierno y las grandes empresas.

Frente a la imposición vertical de la IA en todos los ámbitos sociales, las organizaciones firmantes señalan la necesidad de un plan en el que las decisiones sobre cómo y dónde se implementará dicha tecnología sean tomadas por las comunidades directamente afectadas, así como por personal educativo, sanitario, padres y madres de familia, y público en general.

Contra la inmunidad que se quiere otorgar a las grandes compañías, en aras de proteger su capacidad de innovación, exigen que el gobierno de Estados Unidos ejerza sobre ellas sus competencias para proteger al público de los daños actuales y potenciales de la IA. Como medida para evitar la expansión irresponsable de los centros de datos, y el uso indiscriminado de energías fósiles y agua para sostener su operación, el plan popular demanda una estrategia de infraestructura que priorice la transición a energías renovables, garantice energía barata y confiable para la población, y ponga límites a la sobreexplotación de recursos y la contaminación.

Para impedir que el uso indiscriminado de la IA provoque una reducción de los salarios, erosione habilidades, y expanda el control y la vigilancia en los sitios de trabajo, las organizaciones abogan por la construcción de un entorno laboral más equitativo, en el que las y los trabajadores mantengan siempre el poder de decisión sobre los proyectos de automatización que pretendan substituirlos. De cara al robo y devaluación del trabajo creativo y los derechos de propiedad intelectual, se exige una protección efectiva para las y los artistas y creadores que, en Estados Unidos, dan vida a una industria de miles de millones de dólares.

Éstas son sólo algunas de las propuestas del “Plan popular de acción de la IA”, respaldadas por los estudios, agendas, y hojas de ruta de las organizaciones que lo promueven. De manera contundente, este plan demuestra que un sistema tecnológico tan vasto e importante como la IA es un espacio de negociación en el que se enfrentan diferentes visiones políticas, económicas, sociales y ambientales. ¿Qué posibilidades de éxito tiene un plan alternativo como este? En vez de pensar en desenlaces, quizás lo más sensato será reconocer que ni sus victorias ni sus derrotas serán definitivas. Al menos eso es lo que nos enseña uno de los ejemplos más conocidos de negociación política en torno a un sistema tecnológico: el movimiento global que, desde hace décadas, se ha opuesto a la energía nuclear. En momentos y lugares específicos, dicho movimiento ha logrado la prohibición de dicha fuente de energía. Sin embargo, y justamente gracias al auge de la IA, la construcción de nuevas centrales nucleares para satisfacer la demanda energética de los centros de datos vuelve a ponerse sobre la mesa.

Las batallas políticas en las que se enfrentan diferentes futuros tecnológicos son de largo aliento. Como hemos visto, el gobierno de Estados Unidos pretende utilizar toda su fuerza para imponer su propia visión de la IA. La apuesta es inmensa, ya que un posible descarrilamiento del proyecto podría ser catastrófico para la economía y el liderazgo del país. Por tal motivo, los intereses que hay detrás de la IA son enormes. Aún así, no podemos subestimar el poder de los agentes sociales que creen que no tenemos que adaptarnos calladamente a un sistema potencialmente abusivo, y que están dispuestos a entrar en la larga negociación por otra tecnología posible.

Eugenio Tisselli

Programador, escritor, artista e investigador.

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Publicado en: Internacional

4 comentarios en “La IA como campo de negociación política

  1. Como con cualquier tecnología el acto de demonizarla es una necedad. Es el que la usa el que puede aprovecharse de ella para fines de beneficio propio o de una élite, cómo es común con todas las tecnologías. Desde que se inventó el pedernal con el que se cortaba la carne en la época de nuestros abuelos cromañones hasta el descubrimiento que llevó a la creación de la bomba atómica.

    Las élites en las sociedades humanas han usado sistemáticamente la tecnología para su beneficio. Hasta ese maravilloso invento que es el libro ha sido usado con propósitos perversos. Creo que lo que conocemos como IA no es más que una función computacional recargada que puede ser usada para muchos fines y desde luego será usada para fines perversos por aquellos que siguen habidos de poder y dinero.

  2. Interesante análisis sobre la IA y su supuesta neutralidad en el ámbito político. En mi caso, pertenezco al ámbito educativo y se nos hace creer que la IA es inevitable: precisamente, porque lo que está en juego es un proyecto económico y geopolítico -por lo demás, es una díficil situación económica de Esatdos Unidos y los países europeos-.

  3. El verdadero peligro está en los datos de miles de millones de personas de todo el mundo, en correos electronicos, redes sociales, servicios en la nube, etc, que tienen las tecnológicas de dicho país y que quedarán a merced de lo que más les convenga.

    Los otros dos peligros son creer que la IA es infalible y que es indispensable.

  4. El contrapeso exigido al » Plan de Accion de la IA » debe considerar que China como competidor mundial en el desarrollo de la tecnologia IA, no estara sujeta a los contrapesos similares sugeridos por el autor, dado su sistema politico que inhibe la expresion libre de su ciudadania controlada. Por ello tendria una enorme ventaja sobre Estados Unidos de Norte America.

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