La juventud habla por todos: crónica de una defensa del poder judicial

Jamás en mis sueños más profundos pude imaginar que el domingo 1 de septiembre se desarrollaría de la manera en que lo hizo. Jamás pensé que vería a tanta gente reunida, cada una con su propia historia y contexto específico pero unida con un mismo objetivo: la defensa de la más justa de las causas, la defensa de nuestra Constitución.

Lo que se vivió este domingo, no fue una simple marcha; fue en verdad, una manifestación de principios, una declaración conjunta de que, cuando impera la incertidumbre y el desánimo, aún existimos personas dispuestas a luchar por la justicia y el respeto a nuestros derechos humanos.

Cuando decidí salir a marchar por primera vez en defensa de la independencia judicial recuerdo vívidamente la mezcla de emociones que me invadió. Por un lado, estaba satisfecha con mi participación, por otro lado, me desilusioné al ver que, si bien existía un puñado de gente que compartía mi convicción, la multitud que yo esperaba encontrar no estaba ahí. El número de personas era ruidoso pero pequeño. Pequeño en comparación con el desafío en el que nos encontramos hoy por hoy.

En ese momento me pregunté, ¿en dónde están los abogados? ¿En dónde están los estudiantes? Preguntas que resonaban en mi cabeza y no me dejaban en paz. ¿Dónde quedaron todos aquellos que juraron defender a la Constitución? Me parecía inconcebible que la defensa de la justicia en México estuviera dejándose de lado por quienes más deberían estar luchando por ella, aquellos que han dedicado su vida al estudio de los derechos y sus garantías. Aquella marcha, que esperaba fuera un símbolo de unidad y transformación sólo fue un triste recordatorio de la apatía que parece haber invadido a nuestra sociedad y, en especial, a nuestro gremio jurídico.

Ilustración: Fabricio Vanden Broeck

Tal desilusión me acompañó por varios días, llevándome por un camino de desánimo y pesimismo respecto a la esperanza de un futuro mejor para el país. Cómo si la defensa de la justicia quedara al cargo de un minúsculo grupo de personas, muchas siendo trabajadores del poder judicial federal.

Sin embargo, como suele ser en esta vida, las cosas no son siempre lo que parecen. En ese estado de pesimismo que me envolvía, ocurrió algo que cambió por completo mi perspectiva. Me enteré de que varios compañeros y compañeras de distintas universidades del país se habían unido y habían realizado un desplegado. Un documento en el que, como estudiosos del derecho, manifestaban su descontento con la reforma judicial planteada por el presidente del país, pues, no garantizaba el respeto a la independencia judicial, uno de los múltiples derechos humanos que el Estado está obligado a respetar, promover, proteger y garantizar.

El saber que la juventud mexicana se estaba movilizando en la defensa de la independencia judicial fue un rayo de esperanza en mi mar de pesimismo. El despertar colectivo me hizo darme cuenta de que aún quedamos personas que no estamos de acuerdo con lo propuesto, que sabemos el peligro que representa la reforma de aprobarse sin ninguna modificación, pero que tampoco nos alineamos con la oposición política del país, una oposición que, en muchos sentidos, ha fallado en su cometido.

Por eso, cuando nos reunimos el día de ayer en el Ángel de la Independencia no sólo fue una manera de expresar nuestro descontento con la reforma, sino de brindar un mensaje de esperanza. Decirles a todos y todas las mexicanas que en México todavía quedamos personas con ganas de mejorar a este país, sin ningún otro propósito político o económico que nos mueva e incentive.

Históricamente, en la Escuela Libre de Derecho es complicado que se reúnan colectivos como tal. Normalmente lo que sucede es que nos organizamos por aparte y acudimos a las marchas o movilizaciones que cada uno considere. Sin embargo, esta vez fue diferente. Nos reunimos alumnos, alumnas, profesores, profesoras, egresados y egresadas con un mismo propósito: hacer saber a México que estamos presentes y que nuestra voz debe ser escuchada.

No teníamos previsto la cantidad de gente que iba a asistir el domingo. Sabíamos que se estaba difundiendo la marcha en redes sociales y que mucha gente había manifestado su apoyo a la causa. Sin embargo, nada pudo prepararme para estar frente a tanta gente reunida en Paseo de la Reforma, pendiente de lo que diríamos mis compañeros y yo.

Por un lado, el colectivo de la Libre, conformado por más de 500 personas era mucho mayor de lo que planeamos mis compañeros y yo. Había tanta gente que los de atrás probablemente no escucharon nuestras palabras.

No obstante, hablamos. Todos y cada uno de los representantes de las instituciones ahí reunidas se expresaron. En la inauguración se pronunciaron los alumnos y las alumnas de la IBERO, UNAM, La Salle, ITESM, ITAM, ELD, UAEMEX, Fes Acatlán y Anáhuac. Cada uno expuso un valor que representara al movimiento estudiantil. Debíamos hablar por qué el movimiento de jóvenes y estudiantes en defensa del poder judicial era juvenil, democrático, independiente, ciudadano, plural, diverso, conciliador, consciente, trascendente y esperanzador. Cada uno de los compañeros y compañeras ahí reunidos dieron su punto de vista entre los vitorees de la gente, saludando a sus contingentes y, en general, inspirados pues sabían que lo que decían venía desde el corazón.

A mí en lo personal me tocó exponer por qué este movimiento sería trascendental.

Principalmente enfoqué mis palabras en lo histórico del momento. Hablé de la importancia de que los jóvenes alzáramos la voz, como en su momento lo hicieron nuestros abuelos y abuelas en el movimiento del 68 y, posteriormente, nuestros padres al tratar de detener el fraude electoral de 1988. Planteé la pregunta: “¿cuándo un movimiento estudiantil ha estado de lado incorrecto de la historia?” Lo cual creo que evidencia que al menos, merecemos un espacio real en el diálogo a fin de llegar a las opciones más valiosas para todos.

Quise dejar muy clara nuestra postura, que varias veces mis compañeros ya habían mencionado. Nosotros no estamos en contra de una reforma judicial, al contrario, creemos firmemente que el sistema de impartición de justicia necesita mejorar. Sin embargo, la reforma actual en los términos presentada simplemente no podemos aceptar como jóvenes estudiosos del derecho pues sabemos que son regresivos y que peligrosamente pueden ir contra los derechos humanos que tanto trabajo como país nos ha costado hacer valer.

Mientras decía mi discurso, vi a lo lejos a quienes forman parte de la comunidad de la Libre de Derecho. Vi cómo me escuchaban y aplaudían. El sentimiento que sentí en ese momento de saber plenamente que estaba haciendo lo correcto al alzar mi voz, a pesar de los nervios y el miedo que pude llegar a sentir, es algo que jamás me imaginé.

Probablemente, mucha gente no esté de acuerdo con lo que comuniqué el domingo. Sé que mucha gente quiere la reforma judicial en los términos propuestos por el presidente saliente y la presidenta electa. No obstante, eso no disminuye el hecho de que vivimos en una democracia, donde también tenemos una voz quienes disentimos. Yo me siento plenamente convencida de que nuestro propósito es justo y que lo estamos haciendo como jóvenes y estudiantes, no es en favor de ningún partido político, sino en favor del presente y el futuro de México.

Tras la euforia que sentí de hablar enfrente de tantas personas, algo que no había hecho nunca, terminamos todos de hablar y proseguimos con la marcha con dirección al Senado de la República. Al bajar, varios me felicitaron, me reuní con el colectivo de la Libre y caminamos al son de las consignas preparadas para ese día. Así, entre cánticos y gritos, avanzamos todas y todos juntos. Cuando volteaba me encontraba caras conocidas, otras no tanto. Me encontraba a mis amigos y amigas. Veía a lo lejos a profesores y profesoras quienes habían decidido unirse a nuestro llamado. A otros, no los conocía, pero portaban el escudo de nuestra Escuela y nos acompañaban. La pluralidad generacional me conmovió pues vi en diversas ocasiones a personas que habían egresado de la Escuela Libre de Derecho hace algunos ayeres platicando con alumnos y alumnas que están cursando su primer año de la carrera. Platicando, gritando y saltando todos con un mismo fin. Todos queriendo ser escuchados. Todos en busca de un diálogo real que nos permita continuar avanzando como sociedad mexicana. Porque aquí, nada nos distinguía, todos éramos parte de un mismo movimiento al que se nos llamó, sin importar religión, afiliación política, ideología, sexo, género o edad.

Ver a mis amigos y amigas, quienes organizaron todo y movilizaron a toda una institución educativa llevar el símbolo de la Libre y unir a todo el contingente fue muy conmovedor para mí. Hoy por hoy, ya no siento que esta causa esté perdida, ni creo que el gremio sea tan apático como lo juzgué en un principio. Hoy siento esperanza, ganas de continuar en esta lucha. Porque la defensa de la división de poderes no puede quedarse en desplegados y comunicados, verdaderamente teníamos que movilizarnos y despertar.

Finalmente, cuando llegamos al Senado de la República, nos volvimos a reunir en un templete a fin de que pudieran darse unas últimas palabras como acto de clausura. La inauguración contó con diez representantes de las universidades y escuelas del país. Para la clausura ya se nos habían unido representantes de otras instituciones como el Instituto Politécnico Nacional quienes igual hablaron y expresaron la preocupación estudiantil respecto a la reforma. Finalmente, cada contingente se encargó de pegar los carteles y lonas que se habían hecho a fin de que el Senado se decorara con pronunciamientos en carteles de todos los colores.

Sin duda alguna, aprendí mucho este domingo 1 de septiembre. A mis 22 años, me di cuenta de que México tiene una juventud valiente y honesta. Una juventud que hoy me demostró a mí y a millones de mexicanos que no se va a quedar callada ante las injusticias. Que va a alzar la voz en favor de los más desafortunados y que de verdad está luchando día con día por hacer de México el país que merecemos. Yo, quedo esperanzada con la demostración que nos dieron los estudiantes de que tenemos aún que luchar. Sin embargo, reconozco que queda mucho camino por recorrer.

Yo ya me di cuenta de que los jóvenes somos el presente y el futuro de nuestro país y que requerimos ser escuchados a fin de lograr un México mejor. Sólo nos hace falta que las autoridades también se den cuenta y nos abran sus puertas. Necesitamos que reconozcan que no somos un grupo al que se nos haya manipulado u obligado a estar ahí, al contrario, lo que vivimos el domingo fue convicción de la más pura que hay.

Solange Estrada Maqueo. Estudiante de derecho en la Escuela Libre de Derecho.

Escribe tu correo para recibir el boletín con nuestras publicaciones destacadas.


Publicado en: Día a Día