Compartimos el primer capítulo del libro más reciente Batalla por la atención: Cómo dejar de perderse entre pantallas y redes sociales, publicado por el sello Aguilar, en el que Mario Campos que revela el impacto que la tecnología y las redes sociales tienen en la comunicación, la forma de relacionarnos y el consumo de la información.

El cambio en el ecosistema de la información
“Tu tiempo en pantalla subió 36% la semana pasada, con un promedio de 10 horas y ocho minutos al día”.
La notificación aparece en mi celular, como todos los domingos, sólo para recordarme que tengo un problema. ¡Diez horas y ocho minutos al día mirando el teléfono!, y eso que tiene la amabilidad de no mostrarme el tiempo que pasé ante la computadora, en la tableta y frente a la televisión. El dato —que es real y que mostraba mi adicción a la pantalla apenas hace un par de años— parecerá un exceso a la mayoría de los lectores, y con razón. El problema es que no soy la única persona que, en mayor o menor medida, pasa buena parte de su vida mirando una pantalla.
En los últimos años, desde la llegada de los smartphones a nuestra vida y, por supuesto, el arribo de la web 2.0 en la que los usuarios nos convertimos en productores de contenido a través de las redes sociales, cambió la relación que tenemos con nuestros dispositivos.
Para millones, el teléfono celular es lo primero que vemos al despertar y lo último que vemos antes de dormir. Nuestra vida, tanto de entretenimiento como laboral, sería hoy inexplicable de no ser por esos dispositivos, y es claro que buena parte de las tareas que antes resolvíamos por otras vías, hoy las atendemos con nuestros equipos móviles.
Como explica el profesor Jeff Jarvis en su libro El fin de los medios de comunicación de masas, los celulares reemplazaron, en los últimos años, a un conjunto de objetos que antes usábamos de forma independiente —cámaras de video y de fotografía, álbumes, colecciones de música, periódicos, el radio y la televisión, etc.—; al mismo tiempo cubren un campo enorme de necesidades que antes suplíamos de otras maneras —desde la consulta de la cartelera y la compra de boletos de cine, hasta la guía que nos permite orientarnos a la hora de manejar, pasando por las nuevas funciones que nos permiten pedir comida, conseguir transporte o un lugar de hospedaje en casi cualquier lugar—.
Los celulares son nuestro punto de contacto con buena parte del mundo. En cuanto a las relaciones laborales —en particular el correo, y de unos años para acá los servicios de mensajería como WhatsApp— dichos aparatos son para muchos la principal vía para atender colaboradores, clientes y proveedores.
Y ni hablar de las relaciones personales. La comunicación presencial, que había cedido su lugar a las llamadas telefónicas, quedó atrás para volverse primero sms y ahora chats interminables, individuales o colectivos, que son un reflejo de quienes somos. Desde los grupos laborales hasta los chats de amigos —nuevos o antiguos— que conviven en la misma pantalla, con apenas unas líneas de separación, con los grupos de las escuelas, y una larga lista de conversaciones que cada día ocupan nuestra atención.
Para decirlo en breve, buena parte de nuestra vida pasa en esas pantallas que no sólo transmiten datos, sino también emociones, que lo mismo intercambian información que construyen relaciones, superficiales o profundas; que nos traen alegrías, pero también estrés y angustia. Si hoy un giro del universo nos dejara sin estos aparatos, sería muy complejo volver al mundo como lo conocíamos antes.
El nuevo ecosistema
¿Cómo llegamos a esta realidad? Las explicaciones son muchas y de muy diversa naturaleza, pero para fines de este texto, basta decir que la gran transformación de las últimas décadas fue el cambio en la manera en que se produce, distribuye y consume la información.
Veamos un poco de historia.
Con la aparición de la radio y, posteriormente, de la televisión, se desarrolló un sistema de medios de comunicación masiva que, entre otras cosas, tenía la peculiaridad de que eran pocos quienes contaban con la capacidad de producir y distribuir contenido.
Hasta apenas hace 20 o 30 años, si una persona aspiraba a producir algún tipo de material —textos, fotos, reportajes, etc.— que pudiera ser visto por miles o millones de personas, sólo tenía una opción: tocar la puerta hasta que una empresa de medios le diera la oportunidad.
La producción de cualquier contenido requería de equipo especializado, por lo general difícil de usar y caro. La generación de cualquier producción era muy elaborada y no fue sino hasta el crecimiento y el abaratamiento de los costos de la fotografía y del video que lo que antes estaba reservado para un club muy selecto se comenzó a masificar.
Sin embargo, había un problema todavía complejo. Cualquier persona podía tomar una foto o hacer un video casero, sólo que no existía la plataforma con la que los pudiera mostrar.
La producción bajó, no así la distribución, y eso hizo que, durante décadas, fueran sólo unos cuántos jugadores —empresas de radio y televisión— quienes decidían qué se hacía público y qué no, qué se compartía y qué quedaba para la esfera personal.
Hasta que llegó internet.
Y con él la posibilidad —en los años noventa— de que las empresas u organizaciones tuvieran una página web. Con los años la multiplicación de los sitios propios se volvió cotidiana y la dificultad para tener un espacio en línea se eliminó; esto es clave para entender en dónde estamos hoy, pues la barrera de entrada al mundo digital se volvió prácticamente inexistente.
En particular, como un hito relevante destaca la aparición de los blogs —hoy venidos a menos— que permitieron que personas no especializadas en programación pudieran compartir con tenido sin necesidad de conocimientos técnicos. Cualquiera que supiera mandar un correo electrónico de la noche a la mañana empezó a publicar con la posibilidad de que, con el tiempo, cualquier persona conectada a internet lo pudiera leer.
Se trata del antecedente inmediato al estallido que significaron las redes sociales, en las que los pasivos usuarios de internet de pronto se volvieron creadores masivos, y términos como prosumers —mezcla de productor y consumidor— hicieron su aparición.
A este proceso hay que agregar la llegada de otros dos fenómenos: los smartphones y la omnipresencia de internet. Soy parte de esa humanidad que puede responder con toda claridad a la pregunta: ¿cómo se escuchaba cuando te conectabas a internet? Prueben, por curiosidad, hacerle esa pregunta a un centennial y verán su cara de desconcierto.
Gracias a la multiplicación de puntos de conexión, internet dejó de ser una posibilidad exclusiva de las casas, de los lugares de trabajo o de los llamados cibercafés, para volverse algo presente en todas partes. La caída gradual de los costos hizo que lo que antes era una experiencia exótica (“¿me regalas tu clave para conectarme a internet?”) se convirtió en algo con lo que interactuamos de manera cotidiana.
Y eso que permitió la expansión y distribución del contenido provocó el tercer gran cambio en el ecosistema de la información: el consumo de contenido ya no estuvo atado a lugares concretos, como el lugar de la computadora o la televisión, ni a horarios específicos, como el de los programas o noticieros de radio y televisión, pues el flujo de información se volvió omnipresente y permanente.
Es así que lo que se transformó de fondo y para siempre fueron la producción, distribución y consumo. La elaboración de contenido dejó de ser de unos cuantos para ser de millones, lo que, por cierto, se incrementará aún más con la llegada de la inteligencia artificial (como se explica en la parte final del libro); la conversación dejó de ser unidireccional, para volverse de ida y vuelta; de ser de pocos a muchos, se volvió de todos a todos; la distribución se hizo accesible para quienes tienen algo que compartir —desde un meme hasta una foto de interés público que se puede viralizar— y el consumo rebasó cualquier noción de tiempo y espacio.
Las implicaciones de este cambio —que en tiempo es muy corto, pues todo el proceso no llega ni los 40 años— son gigantes. Me detengo en tres en particular: la multiplicación de las voces, la proliferación de las pantallas y, el más importante para este libro, la fragmentación de la atención.
Un cuarto lleno de ruido y de luz
El artista mexicano Rafael Lozano Hemmer tiene montada una pieza (Empaquetamiento de esferas: Bach) que puede ser descrita así: en una especie de burbuja lo suficientemente grande para que quepan dos personas hay unas bocinas que reproducen música de Bach. Cualquiera que haya escuchado su obra sabe que la experiencia es maravillosa. El problema es que, apenas empieza a sonar la primera bocina, comienzan a sonar las que están a su lado, y así hasta que las 1 128 bocinas instaladas en toda la periferia de la esfera se encienden.
La experiencia podría ser buena de no ser porque cada una de las bocinas reproduce fragmentos distintos, no sincronizados, de toda la obra de Bach. El resultado es que lo que comienza como una melodía identificable se va distorsionando hasta que no hay forma de reconocer ninguna tonada conocida en medio de la saturación que provocan todas las bocinas.
La pieza del artista es un reflejo fiel de lo que ocurre en el ecosistema de información que hoy vivimos.
La omnipresencia de internet, combinada con los teléfonos inteligentes y nuestra pulsión por compartir contenido de manera constante han hecho que el mundo se parezca a esa burbuja con millones de voces hablando de manera simultánea, como nunca antes había ocurrido en la historia de la humanidad. Jamás tantos seres humanos habían tenido la capacidad de producir y distribuir tanto contenido al mismo tiempo.
Pero ésa es sólo una parte de la historia.
La generación permanente de material no tendría sentido si no estuviera acompañada del segundo fenómeno que ha marcado nuestra vida en las últimas décadas: la multiplicación de las pantallas.
Hace unos años, con la aparición de los primeros smartphones se hablaba —como algunos lectores recordarán, quizá mis contemporáneos— de la segunda pantalla para referirse no a la de casa, sino a la de los dispositivos móviles.
Eran apenas los inicios de aquella conducta en la que, mientras veíamos la televisión o trabajábamos en la computadora, mirábamos también las conversaciones que se desarrollaban de manera simultánea en las redes sociales, en lo que entonces algunos autores llamaban el backchannel (Cliff Atkinson, The Backchannel: How Audiences Are Using Twitter and Social Media and Changing Presentations Forever) o el canal de atrás, en el que frente a la conversación dominante, había una distinta, en otro plano, de manera simultánea.
Lo describían como el equivalente de los papelitos que se intercambiaban los alumnos con recados en un salón de clase, mientras la maestra trataba de atrapar su atención. Sólo que, desde entonces, esa conversación creció y creció con un elemento adicional que resulta clave: el cambio cultural.
De personas a celebridades
Hace algunos años un artículo en The New York Times decía, palabras más palabras menos, lo siguiente: “Vivimos tiempos extraños. Hoy las celebridades hacen hasta lo imposible para demostrarnos que son personas normales. Nos muestran videos de cómo acuden a cortarse el cabello, de su vida doméstica y familiar; y las personas normales se matan por ser reconocidas como celebridades y hasta nos comparten sus vacaciones o sus comidas, como si fuera un tema de interés general”.
Y es verdad, desde entonces vivimos tiempos extraños pues ni el cambio tecnológico que permitió la presencia de internet, ni la multiplicación de los smartphones habrían tenido el impacto que tuvieron de no ser porque cambiaron la manera de relacionarnos con los demás.
La vida privada dejó de serlo en muchos sentidos. Aplicaciones como Instagram nos permitieron trasladar los álbumes privados a los espacios públicos; nuestras mascotas se volvieron figuras públicas; hasta nuestras comidas, vacaciones o actividades de fin de semana se convirtieron en material digno —según nosotros, claro— de producción y distribución.
La noción de con quién compartimos nuestra vida se amplió hasta los miles de conocidos en Facebook; el baile se extendió hasta TikTok y hoy hasta nuestros récords en algunos juegos —siempre y cuando nos hagan lucir bien— se comparten en Twitter1 y en las otras redes, en las que gozosos mostramos nuestras fotos de niños y de familiares.
Lo que pasó fue que las fronteras entre lo personal y lo público estallaron en mil pedazos, así como las barreras entre el tiempo de trabajo y el personal se han ido desdibujando año con año, de manera casi natural.
En resumen, la multiplicación exponencial de contenido, la omnipresencia de las pantallas en nuestra vida y el deseo de estar conectados permanentemente para compartir y consumir contenido provocó el fenómeno que es el tema central de este ensayo: la fragmentación de la atención.
Aquí el resto del libro
Mario Campos. Periodista y profesor de comunicaciones en la Universidad Iberoamericana. X: @mariocampos
1 En julio de 2023 la empresa cambió de nombre a X, sin embargo, en honor al pájaro que nos acompañó desde el nacimiento de esa red, y porque el dominio sigue siendo el mismo al menos hasta al momento de escribir este texto, a lo largo del libro se seguirá usando el nombre de Twitter para identificar a esa plataforma.