
Conocí a Lea Ypi en septiembre de 2012 en la London School of Economics and Political Science (LSE). Desde que leí su nombre en el programa universitario, me causó curiosidad. Ypi impartía dos clases que yo consideraba en las antípodas del pensamiento político: marxismo y liberalismo político moderno (básicamente de Rawls en adelante). Me inscribí en ambas. Recuerdo con nitidez su primera clase. Impresionaba su biografía, pero más su elocuencia y capacidad de análisis. Sin notas, podía desmenuzar los pasajes más oscuros de Kant, Marx o Rawls en unos minutos y encontrar relaciones que escapan al común de los mortales. Ahí supe que me encontraba frente a una inteligencia muy superior que, además, tenía el don de comunicar ideas con claridad. De hecho, mi primer intento de publicar en Nexos fue a raíz de un texto sobre su pensamiento político.[1] Pasó el año de la maestría, me fue razonablemente bien en las dos clases y tuve la osadía de plantearle un proyecto: traducir su primer libro al castellano y publicarlo en México. Así lo hicimos. Ypi me contrató como su asistente de investigación y traduje su libro. Gracias a la generosidad de Rodolfo Vázquez, se publicó en Fontamara bajo el título Justicia global y agencia política de vanguardia.
Desde entonces yo intuía un futuro brillante para Lea. Doce años después, puedo decir que no sólo no me equivoqué, sino que Lea Ypi se ha convertido en una intelectual pública de talla mundial. Su libro más reciente Libre (Free) se ha traducido en 29 idiomas, ha obtenido dos premios importantes y fue nombrado el mejor libro del año por innumerables revistas (The New York Times, The Atlantic, The New Yorker, The Guardian, Washington Post, The Espectator, The New Statesman, entre otros). No sólo es bien recibido por la crítica especializada, sino por el público en general: fue best-seller en España, Inglaterra, Alemania, Noruega e Islandia.[2] En 2023, El País nombró a Ypi como una de las pensadoras más importantes del mundo. En estas páginas ha sido brillantemente reseñado por Jesús Silva-Herzog Márquez.[3]
Aquí quiero hablar del libro, sí, pero mi intención va un poco más allá. Quiero presentar a Lea Ypi, esa pensadora de primer orden que cada vez influye más en el pensamiento de cualquiera que haga teoría política. Y quiero desmenuzar las nociones de libertad que atraviesan Free, pero también la vida y ya obra de Ypi. Porque, como dice Silva-Herzog Márquez, citando a Paz, “la libertad no es una idea, es experiencia. Una experiencia […] “concreta y singular, enraizada en un aquí y un ahora irrepetibles”.
Decía al principio que Ypi impresiona por su biografía. Nació en Albania en 1979. Albania es un pequeño país de casi tres millones de habitantes que en 1944 adoptó un régimen comunista. Desde 1968 abandonó al bloque Soviético en solidaridad con los países sometidos por el nuevo imperialismo de la URSS. Ypi creció en una Albania donde El Partido y su secretario, Enver Hoxha, parecían eternos hasta que no lo fueron. Ahí y en esas condiciones ella obtuvo una formación ejemplar derivada de dos situaciones. Primero, la escuela pública albanesa tenía un gran nivel y una buena dosis de propaganda nacionalista-comunista. Era una educación “basada en la ciencia y en la razón”, con un currículo potente (lleno de ciencias positivas, historia y teoría política). Ypi narra como pasaba las tardes en sesiones o concursos de poesía, arte y ajedrez. A lo largo de Free uno no puede evitar notar como la educación era una cuestión central de Estado: no sólo por el adoctrinamiento, sino como instrumento —según sus propios términos— de liberación colectiva. Era un Estado militantemente ateo donde se enseñaba sobre dioses…pero griegos.
Segundo, la familia de Ypi era una fuente riquísima de la educación más refinada. Su abuela era un portento de la cultura (de una familia aristocrática albanesa, había crecido en la ciudad otomana de Tesalónica) Nini, como le decía Lea, le hablaba en francés desde pequeña. Su padre, Zafo, dotado en las matemáticas, siempre quiso ser maestro, pero el Partido no lo dejó por ser nieto de Xhaferr Ypi, quien fue primer ministro y enemigo oficial de la Albania comunista. Zafo incursionó fallidamente en la política y luego llegó a tener trabajos muy bien pagados —ya bajo el régimen capitalista— que lo hicieron miserable por la inhumanidad que acarreaban[4]. Era un revolucionario, con venas anarquistas, pero con una idea positiva del ser humano. Para él, los seres humanos eran bondadosos y capaces de actos solidarios y generosos. Así era él también. Su esposa, Doli, la madre de Lea era ideológicamente opuesta. Una libertaria de hueso colorado, cuya concepción de los seres humanos era fundamentalmente negativa. Todos somos malos por naturaleza y por eso, lo más importante, es crear un cerco de protección frente a terceros y, claro, frente al Estado. Admirablemente trabajadora y apasionada de Goethe y Schiller, Beethoven y Mozart; también incursionó en la política bajo el nuevo régimen. Tanto la abuela, como ambos padres eran cultísimos. En una de las principales escenas del libro, Lea llora por la muerte del Hoxha (el dictador de Albania), mientras sus padres discuten si la sinfonía que se escucha en el funeral es de Beethoven o de alguien más. Las discusiones de pareja eran choques sobre dos visiones del mundo en donde no era raras las alusiones y referencias históricas.
Todas estas influencias moldearon a Lea. Desde niña era una lectora voraz de todo tipo de libros: Dostoievski, Dickens, Tolstoi (leyó Guerra y Paz a los 14 años y en cinco días). Recitaba poemas de Víctor Hugo de memoria. Políglota, habla fluido 6 idiomas (albano, español, inglés, francés, italiano y alemán). Cuando la conocí, a los 33 años (en 2012), ya tenía plaza (tenure) en LSE. Estudió filosofía en Italia en 1997 porque quería no sólo interpretar el mundo, sino cambiarlo. Después un doctorado en la Universidad Europea y un postdoctorado en Oxford, sino me equivoco bajo la tutela de G.A. Cohen. Desde ese año, su trayectoria ha sido todavía más notable. Ha escrito decenas de ensayos y cuatro libros, ha editado tres libros y continúa enseñando en Londres, Australia y Alemania. Además, ha dado dos pasos notables. Primero, empezó a publicar textos de divulgación en The Guadian, The Spectator y otros medios masivos, insertándose en el debate público, incluso por Instagram y X. Segundo, publicó Free, su bestseller, bajo circunstancias muy particulares.
Corría el 2020 e Ypi tenía en mente escribir un texto sobre las nociones de libertad bajo el socialismo y el liberalismo. Con la irrupción de la pandemia se vio encerrada en un departamento en Alemania con sus tres hijos y su esposo —Jonathan White, también académico. Empezó a escribir, pero las circunstancias modificaron su proyecto inicial. La pandemia la llevó a reflexionar sobre su vida, sobre lo que fue crecer en la Albania comunista. Había algo en ese sentimiento de “transformación inminente” que la transportó a cuando estaba a punto de caer el régimen comunista en el que creció. Es decir, se transportó a aquel momento en el que entendió que una transformación social estaba a punto de ocurrir. La situación en Europa occidental la hizo reflexionar sobre como la meca del liberalismo había impuesto restricciones a la autonomía individual en aras de un bien colectivo. “En momentos de ruptura como éste”, Ypi dice, “se ponen a prueba ideas de la libertad y la sociedad”.[5] Mientras las sociedades europeas sufrían una crisis de cosmovisiones, Ypi regresó a ese momento en su vida cuando tuvo que replantearse toda su idea de mundo.
Lea fue más allá, cuestionó todo. Sus reflexiones teóricas sobre la libertad adquirieron otra entidad. Ese momento —ella encerrada en un closet y bajo mandatos de aislamiento— la llevó a escribir sobre lo que Paz ya describía: la libertad como experiencia. Desde la suya le daría contenido a las varias concepciones de la libertad que había estudiado en autores como Kant, Marx y Rawls. Un tratado sobre la libertad transmuta así en memoria sobre la misma.
Me corrijo: es más que una memoria. Es una reflexión profunda sobre la libertad, la política y la vida a partir de la experiencia de la propia Ypi. A ella le tocó vivir la transición de Albania, del comunismo al liberalismo en los años noventa. El libro es un relato de como si bien no se acaba el mundo, sí se desmorona uno y emerge otro. Se acaba el partido único y emerge el pluralismo, se acaba la partidocracia socialista y empieza un intento de democracia liberal. Se derrumba la idea de que la libertad debe ser colectiva y surge otra donde la libertad es totalmente individual. El libro narra esa historia desde los ojos de una niña (Lea) quien vive el cambio de régimen no como una mera transición de un conjunto de reglas a otras: no es un cambio constitucional sino más bien existencial. Lo que empezó siendo un proyecto de filosofía para desentrañar los diversos significados de la libertad, acabó siendo una pieza literaria de primer orden.
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Free empieza con la imagen de Lea abrazando una estatua de Stalin. La imagen es poderosa: una niña abraza al dictador, escapando de la persecución de unos perros callejeros. A su vez, de cerca se escuchaban las consignas de una protesta política. “Libertad, democracia, libertad, democracia” gritaban los marchantes. Era 1990 y el comunismo en Albania estaba a punto de caer. Lea se pregunta ¿por qué piden libertad y democracia los que protestan, si se supone viven en el reino de la libertad? Más aun, ella considera que tiene una libertad (demasiado) amplia. Sin libertad, no hubiera llegado al punto donde se encontraba en ese momento. Ella tuvo la libertad de escoger el camino de la escuela a su casa. Pudo sopesar las distintas opciones, analizar costos y beneficios de irse por tal o cual lado, y optó por uno. Se equivocó, sí, pero ese es el costo de ser libre: uno se hace cargo de las consecuencias. Ypi comienza con una provocación que lleva al lector a reflexionar sobre el significado de la libertad: ¿a qué libertad se refieren los marchantes?, ¿qué tipo de libertad están ejerciendo ellos y ellas al protestar?, ¿libertad es libertad de escoger, como Lea escogió un camino a casa? ¿Qué libertad defendía Stalin?, ¿defendía alguna? Lea dice bien que ese día, cuando abrazó a Stalin, fue el día en que dejó de ser una niña. La máscara de la inocencia se cayó. Empezó a cuestionar todo: ¿realmente vivía en el reino de la libertad y la democracia?
Definir la libertad no es cosa fácil. No por nada hay toda una corriente de pensamiento que contiene la palabra misma, el “liberalismo”. Es decir, esa corriente de pensamiento cuya preocupación central es “ampliar, defender, garantizar las libertades individuales”.[6] Sin embargo, no es la única corriente que se preocupa por la libertad. El socialismo también lo hace. “La gente suele pensar del liberalismo y socialismo como opuestos absolutos. De hecho, histórica y filosóficamente, ambos son intentos por pensar la Libertad”.[7] Al leer esto recordé que, en efecto, ella empezaba sus clases de marxismo con esta frase: “el marxismo es una filosofía política sobre la libertad”. Y es que en la vida de Ypi se van entrecruzando varias nociones de libertad. El contraste primario se da entre la libertad socialista y la capitalista. Otro se da entre su propia familia. Veamos.
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El mundo de Lea antes de 1990
El mundo de Lea era centralizado y controlado. Un Estado obrero, socialista, en búsqueda del ideal comunista. Muy al principio del libro, Lea narra como una trabajadora nueva de una fábrica le da un paquete de galletas, aunque la costumbre era tomar solo una y comerla ahí mismo. Va con su paquete a la casa, sus padres la ven y le pregunta nerviosos “¿Te ha visto alguien?”. En ese mundo era inconcebible tomar algo extra y uno podía ser denunciado. Había espías dedicados a sospechar permanentemente de los otros. Los vecinos eran amigos, pero antes que la amistad estaba el partido y las sospechas mutuas. Su mundo era de filas larguísimas que podían durar horas y hasta días enteros. Las filas eran todo un acontecimiento social: ahí se conocía la gente, se socializaba y se conformaba un universo normativo propio donde a veces se podía dejar algo en representación de uno, otras no, todo dependía del producto en cuestión. Todos los productos estaban racionados y, por semanas, podía no haber jabón o jamón. Faltaba la calefacción y cada vez había más cortes de luz. Una lata de Coca Cola era un objeto suntuoso con un extraño simbolismo que representaba el acontecimiento insólito de contacto con el mundo exterior, marcaba el estatus social y hablaba de una modernidad que eludía a Albania. Se mostraban en la sala sobre carpetas bordadas, colocadas sobre la televisión o la radio, a menudo junto a la foto de Enver Hoxha.
En ese mundo, recibir las noticias del exterior era el resultado de toda una hazaña con la antena doméstica. Nadie podía salir del país. Era un mundo de cooperativas donde cada una tenía sus metas y a veces unas llegaban a la meta, otras no. Un mes podían tener suficiente trigo, pero no maíz y así sucesivamente. Era una realidad sin crítica donde nadie podía quejarse de sus autoridades. Era un mundo de dogmas en donde unas cuantas “verdades” —ciertas interpretaciones de la historia— se erigían como columnas inquebrantables, sostenes de todo el edificio socialista. Lea retrata muy bien a quien se muestra como la principal propagandista del régimen: su maestra, Nora, de educación moral. En su clase le transmitían las verdades y los héroes oficiales. Por ejemplo, cuando murió Hoxha, hubo luto nacional. Nora estaba devastada y Lea también. Hubo un funeral público, desfiles, discursos, lágrimas y lamentos. Era un mundo donde las personas se hablaban en códigos, donde una cosa quería decir otra. Donde muchas cosas se decían sottovoce, y en pocas palabras. En su familia, hablaban de “universidades” para referirse a las cárceles, los “maestros” eran carceleros (a veces torturadores).
Pero no todo estaba mal en ese mundo. El valor de la solidaridad estaba incrustado en la vida cotidiana. Las fiestas y reuniones del barrio eran todo un acontecimiento: todos se organizaban, todos concurrían, todos aportaban. En ese mundo también se cuidaban unos a otros. Los vecinos eran familia extendida: no era raro dejar a los hijos con ellos o que cuidaran de algún familiar enfermo, o pedir ayuda de algún otro tipo: intercambiar cupones de comida, pedir azúcar u otro producto. Se confiaba en los amigos y los vecinos a todas horas. Si alguien tenía un problema financiero, no pedía prestado, sino que entre todos cooperaban para sacarlo del apuro. No se idolatraba al dinero, al contrario, Nini y Zafo celebraban no ahorrar: haberse gastado todo el dinero a fin de mes era un logro. La formación era completamente diferente. Las niñas y niños estaban inmersos en una malla cultural muy densa. Toda educación era pública y gratuita; la salud también. Y fuera del dogma oficial, se les enseñaba a amar a su país y a participar en su organización. Se les enseñaba que Albania era el mejor país del mundo, el lugar de la resistencia imperialista y revisionista ante Occidente y la Unión Soviética; el último enclave de la libertad. Estar dentro del Partido (así, con mayúscula) era un honor. Participar de esa forma en la definición de la vida colectiva era el culmen de una vida bien vivida. Participar en la organización de la vida comunitaria era la norma: era obligatorio acudir y participar en los consejos locales.
Me pasa que cuando leo sobre los comunismos reales, sobre los regímenes soviéticos y de Europa del Este, me imagino un paisaje gris, una atmósfera densa. Me pasa, sin duda, como resultado de la mercadotecnia y de testimonios reales de sufrimiento. Al leer Free, las imágenes adquirieron color, quizá por los ojos de una niña que creció con los valores para apreciar su mundo desde la inocencia (que no ingenuidad). Esa es acaso una de sus principales virtudes: mostrar que en la Albania comunista había gente feliz a pesar de los asomos de un autoritarismo represor. La propia Ypi lo ha dicho en varias entrevistas: ella era una de esas niñas felices.
El mundo de Lea después de 1990
En diciembre de 1990 todo cambió. Emergió un mundo lleno de esperanza. Esperanza en la “verdadera libertad”, esa que llega con el capitalismo y el mercado. Cayó el régimen comunista y cambió el lenguaje. Comenzó a delimitarse otro mundo:
la primera víctima de ese conflicto, el signo más claro de la victoria, sería la desaparición de esos mismos términos: dictadura, proletariado, burguesía. Ya no formaban parte de nuestro vocabulario. Antes de que se desvaneciera el Estado, se desvaneció el propio lenguaje con el que articulábamos esa aspiración. El socialismo, la sociedad en la que vivíamos, había desaparecido. El comunismo, la sociedad que aspirábamos crear, donde el conflicto de clases desaparecería y las habilidades libres de cada uno se desarrollarían plenamente, también había desaparecido. Había desaparecido no sólo como ideal, no sólo como sistema de gobierno, sino también como categoría de pensamiento. Sólo quedaba una palabra: libertad. Aparecía en todos los discursos de la televisión, en todos los eslóganes labrados con rabia en las calles.[8]
El nuevo mundo era de competencia, de elecciones “libres”. Se hablaba de pluralismo, de campañas electorales. Empezó a haber candidatos y candidatas y empezaron a pedir dinero para sus campañas. (Las campañas cuestan mucho en las democracias liberales, modernas y “libres”.) Se habla de reformas estructurales, del surgimiento de la Sociedad Civil como agente relevante de la política. En ese mundo nuevo era imperativo reducir al Estado al mínimo, quitar burocracia, agilizar procesos. Así se generaría riqueza que se repartiría de forma natural. El mercado, ahora un ente casi supernatural, omnisciente y omniabarcante, no sólo era un lugar de intercambio, sino un espacio normativo. Todo lo que se hiciera a través de él, de la forma correcta, traería resultados justos. Es ahí donde todos comparecerían en condiciones iguales —claro, de igualdad formal—y en el ejercicio de su libertad más natural. Debía privatizarse todo: lo que hicieran los privados sería mejor que cualquier intento de ese Estado reumático que fenecía.
Doli, la madre de Ypi, llevaba al extremo la idea de privatización: si no se privatiza, no hay privacidad, decía en el contexto del servicio postal. Debían generarse espacios —fuera de las garras del Estado— donde las grandes empresas pudieran instalarse. No sólo se instalarían como agentes económicos, sino como agentes de cambio social. Ellas y sus directivos en Nueva York y Londres traerían prosperidad. Empezaron a llenarse los almacenes: ya no había filas, sino opciones. Cuando la transición se mostró más difícil de lo ideal, se habló de una “terapia de shock”. Albania estaba enferma y los capitalistas, por fin, llegaban a salvarla. La medicina sería amarga, dolería, pero valdría la pena. El dinero invadió cada intersticio de la vida y empezó a convertirse en la medida de todas las cosas: del éxito, de la belleza, del talento. Empezó a entronizarse la libertad de expresión, de opinión y de pensamiento. Comenzó el reino de las libertades negativas. Se abrieron las puertas del paraíso del “no molestar”, de la soledad, de la paz ante la intromisión ajena. Ese mundo donde el individuo se libera de la incomodidad de preocuparse de los demás. Aunque eran las mismas personas, sus roles sociales habían cambiado por completo. “Las cosas eran de una manera, y luego de otra. Yo era una, luego me convertí en alguien más” dice Lea. [9] Este es uno de los pasajes más impresionantes (que hacen a la niña Lea un personaje realmente entrañable). Lea se da cuenta de todas las mentiras que sostenían su realidad. Sus padres no eran quienes decían (fieles al Partido), su abuela tampoco, ella tampoco.
Con el nuevo mundo también despuntó un mundo lleno de miseria, explotación, caos y guerra. El costo de la libertad, bajo el nuevo régimen, salió muy caro. Era el mundo neoliberal, aplicando su terapia de shock. Miles de trabajadores fueron despedidos. Una de las escenas más desgarradoras del libro es cuando Zafo, ahora administrador de una empresa en el puerto de Duros, debe despedir a decenas de trabajadores, en su mayoría, romaníes. Desesperados, van a buscarlo a su casa, al punto de acampar en la puerta. Él mismo le dice a Lea que “es lo más difícil que ha tenido que hacer en su vida”. Vemos a un hombre aplicando la ley del mercado, ese yugo que suena tan abstracto pero que destruye vidas de seres más que reales, incluida la suya. Con el mercado llegaron sus industrias más ruines: la prostitución, el juego, el tráfico de drogas y la trata de mujeres. Quizá son externalidades negativas por hacer de un país un gran mercado: todo es susceptible de convertirse en mercancía. La prosperidad tan anhelada no llega de inmediato. Los precios suben, la pobreza también. Ya tienen libertad de expresarse, de votar, pero muchos no tienen qué comer ni cómo educarse para ejercer esas sagradas libertades. Las materias en la escuela cambiaron: ya no se estudiaban los clásicos, ni las humanidades. Debían privilegiarse las habilidades que el mercado premiara. Llegaron los extranjeros a aplicar la terapia . Hubo uno en particular Vincent Van de Berg —consultor del BM— que se hizo vecino de Lea. Lo veían a diario, pero nunca encajaba en la comunidad. Su trabajo era una constante peregrinar por el mundo para vigilar que la receta capitalista se practicara al dedillo. Era un ser extraño, que no recordaba muchos detalles de los países que visitaba. Un día le organizaron una fiesta de bienvenida, lo obligaron a bailar, se desesperó y empezó a gritar “¡véanme soy libre!…¿lo entienden? ¡soy libre!”. [10] Dime de qué presumes y te diré de qué careces.
Empezaron los fraudes. Hasta que en 1997 cayó una red de estafa piramidal masiva de esquemas Ponzi que dejó a un tercio de la población en la ruina. Una posible relación entre el fraude y el desempleo con el cambio de gobierno de 1996 detonó las protestas. El país empezó a colapsar. Comenzó una guerra civil que cobró dos mil víctimas. Los militares salieron a las calles. Las preciadas libertades se limitaron por salvaguardar la vida, la seguridad. Ypi retrata la guerra civil de 1997 en su diario. Narra cómo estudiaba bajo el sonido de las balas, cómo perdió la voz por el estrés, cómo su madre se embarcó a Italia con su hermano, cómo tuvo que presentar un examen bajo una amenaza de bomba. Estos son sólo algunos de los saldos de la nueva libertad, de esa que surge con el fin de la historia y, por tanto, la única viable, la verdadera libertad.
Las experiencias de la libertad
Los seres humanos tendemos al juicio binario: bueno y malo, correcto o incorrecto, blanco o negro. Pero la realidad se nos presenta mucho más compleja y matizada. Una de las virtudes del libro es que presenta los grises, los pliegues y las continuidades que componen la realidad. Así como el régimen liberal no es el paraíso, el comunismo no era el infierno. Pero más importante aún, en ambos, como dice Ypi, el ideal de libertad se queda corto. No se es absolutamente libre bajo ninguno y, aun así, en ambos hay espacios de libertades acotadas.
En el comunismo la idea de libertad es una de libertad colectiva. No se puede ser realmente libre en soledad. La mejor prueba de la libertad de uno es la libertad de los demás. Si uno es libre, pero los demás viven la miseria, entonces el primero no vive en libertad, sino en el privilegio. Conseguir la autonomía propia a costa de los demás, no es libertad, es abuso y es, otra vez, explotación. La maestra Nora lo dijo de forma inmejorable:
Cuando la gente crece en un sistema humano y los niños son educados en las ideas correctas, decía la maestra Nora, las interiorizan. Los enemigos de clase son cada vez menos numerosos y la lucha de clases primero se suaviza y luego desaparece. Es entonces cuando comienza realmente el comunismo y la razón por la que es superior al socialismo: no necesita la ley para castigar a nadie y libera a los seres humanos de una vez por todas. En contra de lo que sugería la propaganda de nuestros enemigos, el comunismo no era la represión del individuo, sino la primera vez en la historia de la humanidad en que podíamos ser plenamente libres.[11]
Sólo se es libre en conjunto porque se comparte un horizonte vital y cultural en donde reina un ethos igualitario y solidario. El problema de esa concepción es que el Estado se apropie del colectivo y ahogue al individuo. En aras de controlar el destino colectivo, somete el destino individual. Invade cada intersticio de la vida. Se ve en todas partes. No hay privacidad, no hay espacio para la autonomía. No había derecho a equivocarse, a ser lo que se quisiera ser y de explorar el mundo en sus propios términos. [12]
En cambio, para el liberalismo, la libertad es primordialmente individual. La única unidad que cuenta es la del individuo. Si uno es libre y otros no, es porque los segundos hicieron algo mal. La libertad del primero deviene de la ley y de las normas constitucionales que aplican igualmente a todos. Para el liberalismo triunfante en los 90, la libertad es una serie de arreglos institucionales que imponen límites al poder político. Esta libertad proviene principalmente de los intercambios que se den en el mercado. Si esa persona pudo hacer lo mejor de sus circunstancias y tiene mucho más que los demás, es justo en sí mismo. La libertad se vuelve cuestión de mérito. Y como decía Isaiah Berlin, no hay que confundir: una cosa es libertad, otra es pobreza. El problema con esta concepción es que se sostiene en estructuras que no sólo alimentan, sino que fomentan la desigualdad y la miseria. Parafraseando a Ypi: la libertad no sólo se pierde en restricciones concretas impuestas por un agente, partido o Estado, también se pierde cuando un conjunto de estructuras anónimas determina lo que cada quien tiene que hacer y todos desempeñan un papel determinado. Si bien los efectos de esa estructura —en nuestro caso entendida como el capitalismo— llevan a un nivel de malestar social que en otros contextos sería revolucionario (generan desigualdad, pobreza, exclusión social, alienación y división radical); como las personas no son conscientes del hecho de que se trata de un problema sistémico y no de un fracaso individual, las limitaciones a su libertad se asumen como un hecho y en ocasiones como su culpa. Por eso, Ypi afirma que “no vivimos en sociedades libres, porque una sociedad en la que no todos somos libres es una sociedad en la que nadie puede ser realmente libre”.[13] Ante el contraste vivido, el liberalismo resultó ser “una promesa rota, la destrucción de la solidaridad, el derecho a heredar privilegios, de enriquecimiento egoísta, de cultivar ilusiones mientras se ignoran las injusticias”.[14]
Por todo lo anterior, el personaje más libre es Nini, la abuela. Como dice bien Silva-Herzog Márquez, para ella, la libertad era dignidad. A lo largo de las páginas vemos a un personaje que pese haber perdido todo (riqueza, status, familia) nunca se perdió a sí misma. No importa las limitaciones que te impongan en la vida, siempre hay posibilidad de hacer lo correcto. Así lo da a entender: “la biografía [o linaje] era crucial para conocer los límites de tu mundo, pero una vez que conocías esos límites, eras libre de elegir y te volvías responsable de tus decisiones”.[15] Nini tenía una forma de “hacerte sentir responsable recordándote las consecuencias de tus acciones para los demás, enlistando todas las formas en que los planes de los demás se habían visto frustrados por la actitud egoísta de priorizar tus objetivos egoístas”.[16] Es una idea kantiana de la libertad.
Se trata de la interpretación de Ypi sobre la libertad kantiana como una noción moral. Esto es, en pocas palabras, que nos volvemos libres cuando nos volvemos conscientes de nuestros deberes morales.[17] A lo largo de su obra, Ypi explica cómo el pensamiento socialista es una crítica al liberalismo como un intento insuficiente por conseguir la libertad de todas las personas. Para algunos sonará paradójico, pero ella dice que el socialismo, como sistema de pensamiento, es “la radicalización de las ideas liberales”.[18]
En su libro Justicia global y agencia política de vanguardia, Ypi habla del papel de los intelectuales. Ella dice que deben adelantarse a su tiempo, colocarse en la vanguardia, ayudar a deletrear el mundo para cambiarlo. Porque antes de cambiarlo, necesitamos entenderlo. Lea está haciendo esto: al ayudarnos a entender el mundo, al narrar la realidad de los cambios históricos estructurales, lo está cambiando. Toda la obra de Lea nos ayuda a entender que realmente no somos libres, pero podemos serlo. Y en ese camino, no estamos solos.
El mundo de hoy es extremadamente solitario. En una parte del libro, Lea habla de su madre. Llega a compadecerla de la forma más amorosa posible: qué difícil ha de haber sido cargar con todo sola, siempre. Además del machismo, su individualismo radical, la desconfianza en los demás, fue una carga enorme en sus hombros. “Al mismo tiempo me di cuenta [dice Lea] de que ella no era la diferencia; quizá habría cientos, incluso miles de mujeres como ella. Habrían llevado sus vidas inconscientes de la existencia del otro, satisfechas con su autosuficiencia, resentidas por la falta de valentía de los otros, o de aspiración o de fuerza para pelear. Ya fuera por las fallas de las instituciones relevantes o una falta de imaginación que mi madre vivió toda su vida en un Estado socialista convencida de que uno sólo puede pelear contra los demás y no a su lado”. [19]
Hasta para esto es necesario transitar a un mundo más igualitario. Un individuo no puede cargar con todo, no somos seres solitarios. La mejor responsabilidad es la que se comparte con los demás. Donde todos nos hacemos cargo de todos.
Martin Vivanco Lira. Abogado por la Escuela Libre de Derecho. Maestro en argumentación jurídica por la Universidad de Alicante. Maestro en teoría política por la London School of Economics and Political Science. Doctorante en el Instituto de Investigaciones Jurídicas de la UNAM.
[1] Le envié ese texto a Jorge Castañeda y me dijo que “era demasiado abstracto”. Lo leí 12 años después, él tenía razón.
[2] Zhang, Han, “How Lea Ypi Defines Freedom”, The New Yorker, diciembre de 2023 https://www.newyorker.com/culture/persons-of-interest/how-lea-ypi-defines-freedom?_sp=f74abc8a-e9f1-4311-9e8d-e39c660e4a51.1708105157587
[3] Silva-Herzog Márquez, Jesús, “Autobiografía de la libertad”, marzo de 2022, https://www.nexos.com.mx/?p=66366
[4] Una de las escenas más fuertes del libro es cuando tiene que despedir a decenas de trabajadores porque el mercado así lo demandaba.
[5] Zhang, Han, “How Lea Ypi Defines Freedom”, The New Yorker, diciembre de 2023 https://www.newyorker.com/culture/persons-of-interest/how-lea-ypi-defines-freedom?_sp=f74abc8a-e9f1-4311-9e8d-e39c660e4a51.1708105157587
[6] Escalante, Fernando, “¿Liberalismo? ¿Qué es eso?”, en Nexos, enero de 2019.
[7] Zhang, Han, “How Lea Ypi Defines Freedom”, The New Yorker, diciembre de 2023 https://www.newyorker.com/culture/persons-of-interest/how-lea-ypi-defines-freedom?_sp=f74abc8a-e9f1-4311-9e8d-e39c660e4a51.1708105157587
[8] Ypi, Lea, Free: A Child in a Country at The End of History, W. W. Norton, 2022, p. 117.
[9] Ypi, Lea, Free: A Child in a Country at The End of History, W. W. Norton, 2022, p. 118.
[10] Ypi, Lea, Free: A Child in a Country at The End of History, W. W. Norton, 2022, p. 200.
[11] Ypi, Lea, Free: A Child in a Country at The End of History, W. W. Norton, 2022, p. 109.
[12] Ver Ypi, Lea, Free: A Child in a Country at The End of History, W. W. Norton, 2022, p. 263.
[13] Ypi, Lea en entrevista con Aaron Bastani, “What does it mean to be free?”, Novara Media, disponible en: https://www.youtube.com/watch?v=aEHNxbsfH8Y&ab_channel=NovaraMedia
[14] Ypi, Lea, Free: A Child in a Country at The End of History, W. W. Norton, 2022, p. 263.
[15] Ypi, Lea, Free: A Child in a Country at The End of History, W. W. Norton, 2022, p. 34.
[16] Ypi, Lea, Free: A Child in a Country at The End of History, W. W. Norton, 2022, p. 13.
[17] Ypi, Lea en entrevista con Bashkim Shehu, “My idea of freedom is a moral idea”, disponible en: https://lab.cccb.org/en/lea-ypi-my-idea-of-freedom-is-a-moral-idea/
[18] Ypi, Lea en entrevista con Bashkim Shehu, “My idea of freedom is a moral idea”, disponible en: https://lab.cccb.org/en/lea-ypi-my-idea-of-freedom-is-a-moral-idea/
[19] Ypi, Lea, Free: A Child in a Country at The End of History, W. W. Norton, 2022, p. 180.