Likes para el narco: redes sociales y crimen organizado

“Para que vean que tarde o temprano damos con los culeros y para que vean que es cierto vamos a publicar desde su página este video”, fue la leyenda que acompañó la reciente publicación de un video en redes sociales en el que se exhiben a dos periodistas encadenados y visiblemente aterrorizados. Dichos periodistas fueron secuestrados días antes por miembros de la Familia Michoacana por publicar en su portal de noticias contenido supuestamente perjudicial para dicho grupo criminal.

Si bien este video revela una vez más el grave problema de violencia en contra de periodistas que se vive en México, lo cierto es que también pone de manifiesto una preocupante realidad que no ha sido plenamente integrada en las acciones institucionales de combate al narcotráfico: la creciente presencia de las organizaciones criminales en redes sociales. En efecto, los cárteles mexicanos han incorporado estas plataformas en su estrategia de crecimiento como herramientas para controlar la narrativa y lanzar campañas de relaciones públicas, difundir y obtener inteligencia que facilite sus operaciones, reclutar nuevos miembros, enviar mensajes intimidatorios en contra de posibles opositores y crear bases de apoyo social que recientemente les han permitido penetrar en la esfera electoral.

Ahora bien, es importante señalar que los medios de comunicación —tradicionales y ahora digitales— han desempeñado un papel clave en casi todos los conflictos modernos. A través de ellos, gobiernos y actores no estatales han podido difundir su ideología y avanzar sus agendas. México y su guerra contra el narcotráfico no son la excepción.

Desde el comienzo de la guerra, tanto el gobierno como los cárteles han reconocido el valor y la importancia de controlar los medios y el flujo de información para así difundir cada uno su narrativa sobre el conflicto. Narrativas, por cierto, opuestas y enfrentadas, cuyo triunfo sobre la otra dependía en buena medida de quién contralara a la prensa y otros medios informativos.

En esa línea, mientras la guerra provocaba niveles inusitados de violencia, alrededor de 715 medios de comunicación suscribieron el Acuerdo para la Cobertura Informativa de la Violencia. A través de este acuerdo se buscaba discutir los criterios editoriales de la difusión de información relacionada con el conflicto del crimen organizado, repensar tales estándares editoriales y abrir un debate al respecto. En esencia, entre otros objetivos, se pretendía evitar que, por una parte, la delincuencia organizada se beneficiara de la exposición mediática y, por otra, que la prensa se convirtiera en un “vocero involuntario” de dichos grupos que pudiera incluso convertir a los delincuentes en víctimas o héroes populares.

En este sentido, es posible que un efecto inesperado de dicho acuerdo haya sido la proliferación de sitios web y blogs —muchos lanzados por los propios cárteles— dedicados a cubrir las actividades y difundir los mensajes de las organizaciones criminales (por ejemplo, el Blog del narco). Además, con su auge, las redes sociales llenaron el vacío dejado por la prensa y se convirtieron en una alternativa ideal para que estos grupos pudieran realizar, difundir y amplificar campañas de comunicación que sirvieran a sus fines. En efecto, el silencio de los medios de comunicación tradicionales permitió que las plataformas digitales sirvieran a los cárteles como una herramienta para escalar sus operaciones, crecer en poder, tamaño e influencia, así como para crear su propia historia, su propia narrativa.

No es ningún secreto que los cárteles mexicanos se han convertido en entidades con capacidades de llevar a cabo operaciones de inteligencia e información altamente sofisticadas diseñadas para alcanzar fines específicos. Al respecto, consideramos que es posible clasificar los fines que persiguen en redes sociales y otras plataformas digitales en al menos tres categorías: 1. infundir miedo y suprimir reacciones negativas; 2. reclutamiento; y 3. control de la narrativa.

Ilustración: Estelí Meza
Ilustración: Estelí Meza

1. Infundir miedo y suprimir reacciones negativas

Los cárteles han utilizado las plataformas digitales para llevar a cabo operaciones cibernéticas dirigidas a infundir gran terror entre grupos rivales, la población y funcionarios gubernamentales. A través de la transmisión y difusión de mensajes intimidantes, advertencias y amenazas, exhibiciones de ejecuciones públicas, demostraciones extremas de violencia e interrogatorios brutales, estos grupos han buscado suprimir y disuadir cualquier acción o reacción en contra de ellos o de sus territorios.

Por ejemplo, no es difícil imaginarse que la exhibición de una manta acompañada con dos cabezas humanas en la que se puede leer “Esto les va a pasar a los que apoyen al Cartel de la Bandera… La guerra apenas comienza” cause un profundo miedo y haga replantearse a los miembros del cártel aludido seguir operando en la zona de Guerrero en la que se encontró dicha manta. Lo mismo ocurre con oficiales de gobierno a los que se les ha amenazado y, lamentablemente, asesinado públicamente a lo largo del país si no cooperan o si deciden coludirse con alguna otra organización o célula. La difusión en redes de las amenazas y asesinatos provoca naturalmente que otros funcionarios, temiendo por sus vidas, decidan cooperar en caso de que algún grupo se los solicite.

Adicionalmente, los cárteles han encontrado en las redes sociales una herramienta perfecta para amplificar y profundizar el impacto de sus actividades intimidatorias a escalas inusitadas y alcanzando audiencias a las que no podrían llegar de otra forma, moldeando aún más el entorno de información para su beneficio. Para darnos cuenta de la magnitud del problema, basta con saber que, por ejemplo, el Cártel de Sinaloa tiene más de 88 000 seguidores en su cuenta de Twitter, o que en su momento la página de Facebook de Los Zetas, ahora dividido en diversas células y prácticamente desaparecido, alcanzó las 47 000 conexiones.

En este orden de ideas, las redes sociales y plataformas digitales han permitido difundir mensajes y contenido altamente violento e intimidatorio para disuadir cualquier acción adversa por parte de grupos rivales, civiles, funcionarios e incluso de policías y miembros de las fuerzas armadas. Asimismo, han servido como amplificadores de sus mensajes y contenido, permitiendo alcanzar nuevas audiencias fuera de sus zonas de influencia material y directa.

2. Reclutamiento

Además de infundir terror y disuadir reacciones negativas, los cárteles también han utilizado los mismos medios para legitimar sus actividades, reclutar nuevos miembros y coordinar sus operaciones. Vale la pena señalar que las funciones de legitimación y reclutamiento son difíciles de separar, ya que si bien la creciente legitimidad social también ha llevado a facilitar el reclutamiento de nuevos sicarios, lo cierto es que establecer en qué medida no es una tarea fácil. Es decir, es posible argumentar que el reclutamiento de nuevos sicarios se ha logrado en un alto grado a través de las actividades de legitimación y el contenido aspiracional publicado en línea, pero establecer su correlación está fuera del alcance de este análisis.

Ahora bien, a pesar de la creciente legitimidad de los cárteles y su normalización dentro de nuestra sociedad, la “fuerza laboral” de los cárteles está incrementando principalmente debido a los incentivos monetarios y materiales. Independientemente del reciente anuncio de un aumento del 20 % del salario mínimo diario en México en 2023, la realidad es que la mayoría de los mexicanos no pueden sobrevivir con esa cantidad. Además, según el Inegi, más del 55 % de la población ocupada en México es informal. Esta situación, sumada a las crecientes deficiencias y carencias en educación, salud y seguridad, ha brindado a los cárteles una oportunidad de oro para reclutar dentro de poblaciones empobrecidas y vulnerables que de otro modo no podrían acceder a cierto nivel de vida, ni mucho menos a aquél que los narcotraficantes promueven en sus redes sociales.

Así, el uso de redes sociales y plataformas digitales para reclutar nuevos miembros está vinculado a la promesa de dinero, posesiones y estatus, atrayendo a personas empobrecidas que de otro modo no podrían aspirar a tal “prosperidad”. La publicación constante de contenido desde un sinfín de cuentas en la que aparecen sujetos en autos de lujo, con fajos de billetes o rodeados de mujeres ocultan el baño de sangre que deriva de sus actividades delictivas e incita la poderosa idea de convertirse en narco. De este modo, unirse a un cártel se convierte en una aspiración y, para muchos, el único camino para salir de la pobreza en un país que no ofrece oportunidades y que ha dejado en el olvido a la mayoría de sus comunidades pobres, rurales o marginadas.

3. Control de la narrativa

El silenciamiento de periodistas y de los medios de comunicación a través de la violencia, aunado a la integración de las redes sociales a sus estrategias de crecimiento, ha permitido a los cárteles no únicamente reclutar, coordinar e intimidar, sino también controlar la percepción pública, normalizar su presencia en el país, blanquear su imagen y, en algunas zonas del país, crear una imagen de benefactores de poblaciones marginadas o afectadas por desastres naturales y/o emergencias sanitarias.

Por una parte, el estilo de vida promovido por integrantes de estas organizaciones criminales en redes se ha popularizado, acelerando su aceptación social y la instalación en la cultura popular. Existen diversos ejemplos de cuentas que promueven lo dicho. Entre ellas, cabe destacar al Cártel TikTok, un nuevo género de videos dirigido a la población más joven y dedicado a mostrar los “botines de guerra”.

Además de estas cuentas, nos hemos acostumbrado a ellos a través de su música (narcocorridos), vestimenta y programas de televisión que romantizan a los capos. Basta con pensar, por ejemplo, en la primera temporada de la serie Narcos México de Netflix en la que un atractivo Diego Luna retrata a Miguel Ángel Félix Gallardo como una especie de héroe astuto y valiente que, a base de trabajo (y asesinatos), logró hacer gran riqueza y poder.

Asimismo, las organizaciones criminales han logrado crear bases de apoyo sociales al proveer ciertos servicios básicos, alimentos, dinero, medicinas y otros insumos en zonas afectadas por desastres naturales o emergencias sanitarias, suplantando las funciones de los gobiernos locales. Estas acciones, posteriormente difundidas en redes, les han hecho parecerse samaritanos que desinteresadamente acuden al rescate del pueblo. A través de estas bases de apoyo social los cárteles han podido seleccionar y promover a cuadros políticos que les permitan infiltrarse en la esfera electoral y de gobierno en México, ganando así zonas de control que faciliten sus operaciones, tal como quedó ampliamente evidenciado en el proceso electoral de 2021.

De esta manera, la creciente presencia y uso de las redes sociales por parte de la delincuencia organizada en México son una faceta de su creciente normalización, e incluso institucionalización, no sólo como un poder capaz de enfrentar y desplazar al Estado en distintas regiones y sectores, sino también de generar nuevas formas de intervención e influencia en la sociedad, que afectan cada vez más a circuitos esenciales, como son las libertades y valores democráticos, a través de sus persistentes intentos por controlar, por ejemplo, a los medios e incluso a las elecciones.

En conclusión, es evidente que los cárteles mexicanos han incorporado las redes sociales y otras plataformas digitales en su estrategia de crecimiento y en buena medida alcanzado los fines perseguidos en ellas. Sin embargo, las agencias de seguridad en México no han podido enfrentar su crecimiento material y digital ni desarrollar una “contra-narrativa” que debilite la creciente influencia de dichas organizaciones criminales. Asimismo, los moderadores de contenido de las redes sociales y a los productores de las distintas plataformas de video han sido negligentes en la medida en que, buscando likes y suscriptores, acaban romantizando e idealizando a los actores de un conflicto que ha desangrado a nuestro país.

No podemos subestimar el impacto de las redes sociales en materia de seguridad, ni mucho en el negocio de tráfico de drogas. El video de los periodistas secuestrados por la Familia Michoacana es tan sólo la superficie de un problema mucho más profundo que afecta libertades básicas y desintegra el tejido social. La presencia de las organizaciones criminales dedicadas al narcotráfico en las redes sociales y otras plataformas digitales para intimidar y suprimir reacciones negativas de sus adversarios, reclutar y controlar la narrativa debe ser una prioridad en la agenda pública.

No puedo terminar este análisis sin comentar que siendo muy grave la colonización de lo social que el narco ha emprendido en México, lo más grave es un Estado atónito y aparentemente resignado a abdicar a cumplir con sus tareas básicas.

José Pablo Ampudia Settels. Es licenciado y maestro en derecho por la Universidad Panamericana y estudiante de la maestría en administración pública por la Universidad de Columbia en Nueva York.


Un comentario en “Likes para el narco: redes sociales y crimen organizado

  1. Excelente articulo sobre el punto de vista de la influencia de las organizaciones criminales en los medios y redes sociales. Solamente quiero añadir a tu escrito que hoy en dia la promoción en la televisión, cine y documentales sobre estas organizaciones sea para conocer o engradezer su imperio ha puesto en relieve que ellos quieren tambien ser parte del mundo social, vivir la experiencia de no solo pertenecer a las organizaciones criminales sino tambien contar con la fanaticada y cobertura mediatica digna de una estrella de hollywood, y como a veces decimos…que se vivan la pelicula.

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