Nueve viñetas “manolianas” y una coda

1. Entre la gran variedad de especies del género “profesor-académico-intelectual” hay una que encarnan algunos pocos individuos. La escasez ya los convierte en algo muy apreciado, aunque me temo que ese aprecio no ha redundado en un incremento de su patrimonio económico, al menos no en el de aquéllos que agregan a sus actividades una nota de genuino altruismo. Han aprendido a moverse como “un sofista errante en una polis migratoria”. Han ensanchado el espacio público; más bien, la polis se mueve con ellos,  y han generado hábitos que parecían reservados a otros géneros comunicativos. Se han metamorfoseado en entrevistadores audaces, en dialogantes provocativos y en emprendedores culturales sin que ello merme, ni una coma, su ejercicio deliberativo, su claridad mental y la tan preciada sensatez humana. Manuel Atienza, Manolo para sus amigos, es una de esas rara avis. Hace algunas semanas vi en una transmisión diferida por el canal judicial en México, un “diálogo jurídico” en el que Jesús Garza —un jurista excepcional cuya especie se agota en su sola singularidad— lanzaba una serie de preguntas a Manolo con temáticas variopintas. Como me dijo Paco Laporta al comentarme sobre el programa: se mostró el “Manolo en estado puro”, argumentativo, enfático y sin inhibiciones. Algunos creíamos que no estaría demás que Manolo se “guardase” algunos comentarios, que dado el público asistente podría despertar algún tipo de malentendido o predisposiciones innecesarias. Precauciones inútiles que hubieran desdibujado al “Manolo en estado puro” y nos hubieran privado de la gracia, los gestos y las ironías de uno de nuestros más connotados filósofos del derecho. El programa fue todo un éxito y los organizadores, como era de esperarse, quedaron complacidos, pero, en cualquier caso, ¿hubiera tenido algún sentido pedirle a Manolo que se “reservara” un poco? No. ¿Hubiera sido contraproducente? Sí.

JL

2. Entre “corridos” y “rancheras”; de José Alfredo a Chavela Vargas; y del norte al sur del país, Manolo ya es un hijo adoptivo de México. En su primera visita al país, en 1990, Manolo pasó inmediatamente la prueba de la “sopa de tortilla de maíz” y la del clásico tequila, con su salecita y limón. Se mostró más resistente al chile y sus derivados, aunque para estas alturas, ya está curado de espantos. El siglo de oro del cine mexicano, con Jorge Negrete, María Félix, la comicidad de Cantinflas, y las canciones del gran repertorio musical, mariachi incluido, entre otras gracias, eran ya de su conocimiento, y aquí recordó, caminó, comió, rió, bebió y se lamentó como todo buen mexicano, porque, finalmente, ni Schopenhauer pudo haberlo dicho mejor:

No vale nada la vida
La vida no vale nada
Comienza siempre llorando
y así llorando se acaba
Por eso es que en este mundo
La vida no vale nada

Hay algo entrañable en este “hijo de Oviedo”, que rompe barreras, aun para temperamentos tan desconfiados como el mexicano: su generosidad y su respeto incondicional a cada persona, por encima de cualquier diferencia social o cultural. No estoy seguro si Manolo cae en la cuenta de estos atributos, pero camina con ellos con total naturalidad. Hay algo kantiano y “prusiano” en su temperamento, sin duda, y no solo por tomarse en serio las tres formulaciones del imperativo categórico, sino porque creo que Manolo comprende, en la mejor escuela de nuestro querido maestro Ernesto Garzón Valdés, que las “buenas acciones” deben estar alejadas lo más posible de la mirada de terceros. Si se pueden realizar en secrecía y sin ningún tipo de elogio, mejor. Hannah Arendt decía que “las buenas acciones no son de este mundo”, “van y vienen sin dejar huella”, “fracturan el espacio público.” Creo que esta es la generosidad que descubrimos en Manolo desde aquel momento, hace ya más de 30 años, y que el mexicano quiere agradecer, a veces con excesos, abrumadoramente, pero también como se dice, y bien dicho, “a corazón abierto”.

3. “Quien no ha pasado por Marx, se le nota”, es una frase de Gustavo Bueno que le gusta citar a Manolo, y que forma parte ya de mi repertorio de frases célebres. Si es verdad que un clásico, como decía Ítalo Calvino, es alguien o algo que “nunca termina de decir lo que tiene que decir”, pues Manolo ha hecho justicia a ese clásico universal nacido en Tréveris. Cuando Manolo pisó tierras mexicanas el primer libro que puso en mis manos fue su Marx y los derechos humanos, publicado —un tanto irónicamente por tratarse de Marx— por la Editorial Mezquita. En su nota preliminar, fechada en Palma de Mallorca en 1982, se leía:

A lo largo de este trabajo creo que pueden encontrarse algunas razones para no ser marxista y muchas más para no ser antimarxista. Pero lo que yo quisiera es que el lector no especializado encontrara alguna razón para seguir interesándose por Marx, para leer su obra y estudiarla, sin excesivos prejuicios.

Y Manolo siguió leyendo y estudiando a Marx. Diez años después publicaríamos en la “Biblioteca de Ética, Filosofía del Derecho y Política”, un libro en coautoría de Manolo y Juan Ruiz Manero, Marxismo y Filosofía del Derecho, con una dedicatoria a otro grande del mundo hispanoparlante, Elías Díaz, “quien —con el marxismo y con muchas otras cosas— ha sabido mantener siempre la distancia justa”; y para 2008, editaríamos tres ensayos para responder a la pregunta: ¿Por qué leer a Marx hoy? Junto con el ensayo de Manolo reuniríamos a dos grandes conocedores del marxismo en México, Luis Salazar Carrión y Arnoldo Córdoba. Con este libro inaugurábamos la colección “Lectura contemporánea de los clásicos” y, con esa pregunta, cerrábamos un seminario de cuatro jornadas intensas dedicadas al pensamiento de Marx, impartidas por Manolo. Al redactar estas líneas cierro también la última página de un libro al que, bajo su guía y recomendación, recurro con cierta periodicidad, El dieciocho Brumario de Luis Bonaparte, publicado unos años después del Manifiesto, en un periodo de gran madurez y lucidez intelectual de Marx. Napoleón le petit, preludio de nuestros populistas contemporáneos, que repiten la historia ya no “como gran tragedia”, sino como “lamentable farsa”. “El dieciocho Brumario del genio por el dieciocho Brumario del idiota”.

4. Cuando se le preguntó a Fernando Savater en una entrevista si su filosofía podría encuadrarse dentro de un espíritu optimista o pesimista, no dudó en decantarse por este último, pero hizo una aclaración muy oportuna: soy, dijo, un “pesimista activo”. Los pesimistas pasivos son los fatalistas —esos están paralizados— los activos son los que piensan que las cosas pueden ir peor pero ponen todo lo mejor de sí mismos para tratar de que vayan mejor. Por supuesto, estos pesimistas desconfían de los optimistas. A diferencia de estos últimos, los primeros apuestan y saludan con entusiasmo los “pequeños cambios” y critican rabiosamente las construcciones utópicas, altisonantes. Manolo pertenece a esta escuela. Es un pesimista activo, incurable. No cree en las utopías ni mucho menos en los optimistas irredentos. Cree en el trabajo de hormiga, ladrillo por ladrillo, y cree también que el trabajo colectivo no es un medio para el desarrollo de libertades individuales muchas veces encapsuladas en cierta privacidad egoísta y narcisista. Para Manolo el trabajo colectivo-argumentativo es un fin en sí mismo, de ahí, entre otras razones, su crítica demoledora a las Facultades académicas generadoras exclusivamente de especialistas, al jurista que ha perdido sentido de la realidad, de la historia, de los clásicos, del espíritu crítico y plural, más empeñado como diría Paco Laporta, en estar cambiando obsesivamente los programas de estudio que en reflexionar sobre la enseñanza misma del Derecho, como si el solo cambio de programa trajera ipso facto la formación de ese tipo de jurista integral, sensible a las injusticias sociales. Con Juan Antonio Pérez Lledó —el gran Jontxu— Manolo piensa que se trata de actualizar, de aggiornar el método socrático. Y ambos tienen razón. Creo que esto es lo que explica que un buen día tuviéramos en nuestras manos un libro monumental, una empresa individual y colectiva, como su Curso de Argumentación jurídica. Si un pesimista activo alcanza estas cimas del pensamiento, creo que el pesimismo debería ser una aduana obligatoria, un método universal para todo ser pensante riguroso y decente.

5. Hace ya un poco más de un año, en una generosa entrevista auspiciada por Silex —Centro de Formación dirigido por el jusfilósofo Juan Antonio García Amado—, casi al término de la misma, Manolo me preguntó de qué iba eso de ser agnóstico. O se es ateo o se es creyente, parecía decirme, sin concesiones intermedias. El negaba la existencia de Dios pero “no había que confundir la existencia, con la idea de Dios. Ésta última no se puede negar.” El comentario me tomó un poco desprevenido después de haber intentado mostrar en un libro los argumentos de una estirpe de autores, que explícita o implícitamente, se percibían como agnósticos y no ateos, y me empeñaba en mostrar que en el mundo también había un espacio para los agnósticos. Buscando la complicidad de Ana, mi esposa, y después de reseñarle mi intercambio de ideas con Manolo, me dijo que ella estaba cien por ciento de acuerdo con Manolo. No un 60 o 70 por ciento, sino un cien por ciento. Un querido amigo, Jesús Silva-Herzog Márquez, me dijo que eso del agnosticismo le resultaba algo “descafeinado”, como una suerte de “limbo” sin definición. En la entrevista, el provocador de Manolo comenzó diciéndome que en esos días había tenido alguna sesión dedicada a la poesía y el Derecho, y me preguntaba si el sentido de lo agnóstico que yo defendía podría tener algo que ver con los versos de Luis Cernuda, en su último poemario, Desolación de la quimera: “Lo divino subsiste, proteico y multiforme, aunque mueran los dioses.” Solo atiné a decirle que si había una segunda edición de mi libro pondría esos versos como epígrafe. Eso es, precisamente: no necesito de ningún dios para que el mundo se me revele en toda su belleza, variedad y originalidad. Lo absoluto en el mundo no espera a ningún ser trascendente, ni tengo que negar existencialmente a ningún dios para afirmar mi agnosticismo, como sí lo tiene que hacer un ateo consistente. Matar a dios no es una empresa estética, sino existencial, y esto es lo que define genuinamente al ateo. El agnóstico no necesita matar a nadie. No convencí a Manolo, ni mi esposa bajó algunas décimas su porcentaje y he desistido de hablar, también, con mi amigo Jesús sobre el tema. Me refiero al Jesús de aquí, no al de “allá”.

6. Al comentarme algunos pasajes del libro No echar de menos a Dios, Manolo me llamó la atención sobre la crítica de Horkheimer a los pragmatistas americanos. Le parecían equivocadas. En su Crítica de la razón instrumental Horkheimer piensa que en el proceso de claudicación de la razón en razón instrumental, ya no justificada en sí misma sino de acuerdo con un “plan para la acción”, el pragmatismo “refleja una sociedad que no tiene tiempo ni de recordar ni de reflexionar”. Sería la negación misma del “pensar”. Por mi parte, manifestaba tácitamente mi acuerdo con la crítica de Horkheimer, y de la Escuela de Frankfurt en general, al pragmatismo. Hoy debo moderar mi apreciación y reconocer, no solo que hay diferentes enfoques del pragmatismo, sino que, al menos en una versión como la de John Dewey, su crítica al dogmatismo y al escepticismo moral, lo acercan a un cierto “objetivismo mínimo”, que ha sido uno de los supuestos metaéticos que comparto y he hecho mío desde las lecturas de Manolo, Ernesto y Nino. Pero hay algo más, en lo que Manolo tiene toda la razón, y que es esa interacción necesaria entre medios y fines, que acerca las posiciones de un Dewey con las de Rudolf von Ihering y su “jurisprudencia de intereses”, y que permite entender el Derecho con un sentido práctico, no orientado hacia la contemplación sino a una responsable “transformación social”. Cito a Manolo in extenso en su Filosofía del derecho y transformación social:

Y si nos referimos al Derecho como un gran y complejísimo artefacto social hay que dejar claro que la expresión la usamos en un sentido muy amplio, de manera que en la misma se incluirían no solo objetos, cosas propiamente dichas, sino también acciones, procesos, etc.; no solo el producto, el resultado, sino también la actividad. […] Con el Derecho en su conjunto, pero también con cada institución o con cada norma, se trata de lograr algún propósito y, por eso, las cuestiones jurídicas son esencialmente prácticas, tiene que ver con medios y con fines o, mejor, con la interrelación entre medios y fines. De manera que yo diría que Ihering habría compartido del todo la posición de un filósofo pragmatista como Dewey, que sostuvo que los fines son siempre relativos a los medios, razón por la cual la noción de ‘fin en sí mismo’ carecería para este último de sentido.

Bien vistas las cosas, no solo el Derecho, sino la Filosofía tiene para Dewey ese sentido práctico al que se refiere Atienza. Y si alguna tarea urgente le corresponde a la reflexión filosófica, especialmente en tiempos de crisis e incertidumbre, es la unión entre ciencia, ética y filosofía social. Me pregunto si el pensamiento, en general, no debiera ordenarse, en última instancia, a la acción como quiere Dewey. Mientras me formulo esta pregunta, no dejo de pensar que los aires de aquel inmenso territorio americano, donde se haya enclavada la Universidad de Cornell, sirvieron de escenario para un fecundo, y a buena hora, “giro pragmático” en las reflexiones de Manolo.

7. Me he preguntado en muchas ocasiones, a lo largo de los más de treinta años que tengo de conocer a Manolo, cuál o cuáles son las fuentes de su incansable energía y de su lúcida creatividad. He intentado darme alguna respuesta sin mucho éxito, y finalmente opté por ser un testigo incrédulo y un beneficiario afortunado de todos sus emprendimientos, como lo han sido tantos otros, y en diferentes generaciones, en el continente americano. En él se aplica aquella frase de George Steiner: “los seres humanos no tenemos raíces sino piernas”. Tenemos un punto de partida, sin duda, pero no sabemos bien a bien cuál es el punto de llegada. Nos movemos, andamos, cruzamos fronteras. Así conocí a Manolo. Un caminante generoso, hospitalario, mimético, reflexivo y profundamente sensible a las injusticias de nuestra vasta región. Cuando escuché por primera vez a Manolo hablar sobre i-latina descarté inmediatamente cualquier atisbo de romanticismo o colonialismo eurocéntrico, pero también descarté la pretensión de un proyecto que pusiera en las tuercas y tornillos del Derecho la solución tecnocrática a nuestros problemas. Se trataba de algo más profundo y radical: crear un espacio público de deliberación en el que prevaleciera la complejidad, la pluralidad, los encuentros y desencuentros, y donde por contraste, se crearan las vacunas necesarias contra la simplicidad, el fundamentalismo y cualquier asomo de populismo autoritario. Sería la reflexión de los juristas en proceso de construcción de un Estado de derecho para, desde y en el mundo latino. No para repetir una receta sino para usar los ingredientes multiformes y de todos los colores de nuestras particularidades y poner una mesa variada de platillos, todos apetecibles. ¿Qué Filosofía del derecho para el mundo latino? ¿Cómo compatibilizar el carácter “regional” o “particular” de la Filosofía del Derecho en cuanto a la temática característica del mundo latino y en cuanto al enfoque filosófico con su clara vocación de universalidad? ¿Qué tipo de constitucionalismo y diseño institucional son necesarios para hacer frente a nuestros ancestrales problemas de corrupción y nepotismo, de ineficiencia e impunidad en la procuración e impartición de justicia, de abusivo uso de decretos de necesidad y urgencia sin mediación parlamentaria, de violencia generalizada, de pobreza endémica y de humillante desigualdad económica-social-cultural? Estas y otras muchas preguntas acompañarían los encuentros de i-latina: disposición, cooperación, creatividad y una buena dosis de “sentido común” han sido la tónica de esos encuentros en Alicante, Río de Janeiro y ahora en Querétaro.

8. La editorial Trotta, bajo la dirección de Alejandro Sierra, ha sido aliada, cómplice y editora de las investigaciones, disertaciones, ensayos y manuales de los teóricos, filósofos del Derecho, o juristas en general, en España y en el mundo latino. Elegancia y pulcritud son las primeras cualidades que me saltan inmediatamente cuando veo esa pestaña, con la forma de una insinuada media luna, que encabeza cada una de las portadas de sus ediciones. La mancuerna Atienza-Trotta es ya un lugar común, digamos que un matrimonio bien avenido. Tengo en mis manos Sobre la dignidad humana —el último o penúltimo libro publicado en Trotta por Manolo— y como suele sucederme con los libros, ya lo he “manchado” con notas, garabatos, subrayados, exclamaciones, preguntas y hojas dobladas. Me da pena decirlo, pero no soy un buen amigo de los libros, ni siquiera tratándose de los de Trotta, y ni siquiera con uno dedicado al tema de la dignidad. Cierro la última página del libro de Manolo y no puedo dejar de pensar en esa labor cuidadosa y analítica del filósofo que va a la “caza de un concepto”, lo estudia y lo rodea, como si asumiera ese perspectivismo orteguiano para ofrecer otra mirada distinta, otro ángulo, sin pretender llegar a un arquetipo ideal al cual debieran subsumirse todos los enfoques: Cézanne pintó el monte Sainte-Victoire más de ochenta veces y todos sus cuadros dicen algo verdadero de ese monte, sin que el conjunto de todos ellos termine por definirlo. La noción de dignidad es “el más básico de los conceptos del Derecho” y, al mismo tiempo, el más escurridizo, calificado por algunos, incluso, de “inútil” y hasta de “estúpido”. Mi intento de definirlo apeló a la vía negativa, es decir, lo que “no debemos” hacer a una persona, más que a la vía positiva, que irremediablemente me conducía a la noción de autonomía personal, en el sentido positivo de Kant. Manolo no rechaza tal vía negativa —en la mejor interpretación de Javier Muguerza— e incluso le resulta preferible por “razones pragmáticas y circunstanciales” en el sentido de que “para muchos habitantes del planeta, las exigencias de la ética se resumen efectivamente en el objetivo de terminar con la humillación humana”, pues resulta más fácil poner a las personas de acuerdo en “lo que no” que en “lo que sí”. Sin embargo, piensa Manolo, ello no excluye el intento por una vía positiva si comprendemos que “en el nivel más profundo, la igualdad, la dignidad y la libertad, vienen a ser, como Kant pensó, formas distintas de una misma ley moral […] la verdad —o la corrección— moral pueden expresarse utilizando cualquiera de esos tres principios, pues cada uno de ellos contiene a los otros.” Esta interpretación de Kant le ha permitido a Manolo afirmar un pluralismo de valores e interpretar a un autor como Isaiah Berlin, no bajo un subjetivismo relativista, como es frecuente hacerlo, sino bajo un objetivismo mínimo. Ya desde su pionero ensayo “Juridificar la bioética”, Manolo venía afirmando este pluralismo de principios y la necesidad laboriosa de determinar las reglas de aplicación, a la luz del caso concreto, para decantarse por uno o por otro, en una suerte de lo que me parecía, y aun me parece, una clara aplicación del “equilibrio reflexivo” en términos de John Rawls. Sin duda es una alternativa fecunda, pero entrado en gastos, quisiera proponer y explorar otra vía —nada original, por cierto— para acceder a la dignidad personal, y que tiene que ver con la noción de intimidad, que no de privacidad, como creo que se tiende a confundir aun entre los juristas; y que tiene, además, la virtud, si queremos evitar la falacia naturalista, de no hacer depender la noción normativa de dignidad de la pertenencia fáctica del individuo a la especie homo sapiens. Lo íntimo no es interpersonal, no supone una relación intersubjetiva, como sí lo requiere la noción de privacidad. Creo que Manolo estaría de acuerdo con Ernesto Garzón Valdés en que lo íntimo:

[…] es el ámbito de los pensamientos de cada cual, de la formación de decisiones, de las dudas que escapan a una clara formulación, de lo reprimido, de lo aún no expresado y que quizás nunca lo será […] de las acciones cuya realización no requiere la intervención de terceros y tampoco los afecta: acciones concentradas o de tipo fisiológico en las que la presencia de terceros no solo es innecesaria sino desagradable.

Son las acciones, continúa Garzón, que se ocultan bajo el velo de la discreción y que resultan totalmente opacas a ojos de terceros. Es una zona en la que el individuo tiene un “acceso epistémico privilegiado”. Es lo más personal, es la zona de autenticidad, y, quizás, la fuente de la propia autonomía personal y de todos los derechos humanos. Pero si esto es así, la dignidad desplazaría a los otros dos principios y tendríamos que descomponer esa unidad profunda de la ley moral, como querían Kant y Manolo, para colocar a la dignidad en una zona privilegiada, aunque me temo que, tan privilegiada, que se esfuma en ese mundo etéreo de la metafísica. Otra forma elegante de ocultarse o de escurrirse.

9. No hace mucho le comenté a Manolo que, en mis trabajos sobre educación, una aduana obligada era Ortega y Gasset. Su Misión de la Universidad y aun sus reflexiones sobre las masas, así como su distinción entre “ideas” y “creencias”, me seguían pareciendo de plena actualidad, siempre que pudiéramos hacer una lectura desapasionada y desideologizada de las mismas. ¿Cómo leer a Ortega teniendo en frente la espléndida edición de sus obras completas, con un equipo de investigación de primera línea bajo la dirección de Juan Pablo Fusi? No hay recetas. Hay que adentrarse en ese bosque y perderse en los senderos. Así lo vengo haciendo recurrentemente. Mi grata sorpresa no fue solamente que Manolo compartiera mi punto de vista, sino que él ya había citado a Ortega en al menos un par de veces con ocasión de algunos de sus trabajos dedicados a la “formación del jurista de mediados del siglo XXI”, así como de la entrega de un reconocimiento académico e institucional a Ernesto Garzón Valdés. En el primero de esos textos Manolo propone una organización curricular para la enseñanza del Derecho de cara al futuro, pero con plena conciencia de la profunda crisis por la que atraviesa la educación actual, y la española en particular, criticando la instrumentación de un plan Bolonia que ejemplifica, precisamente, todo lo que NO debe ser una Universidad, de acuerdo con Ortega. En el segundo de los textos, Manolo se vale de la diferencia entre el hombre noble y el “hombre medio” u “hombre masa”, para caracterizar la personalidad de Ernesto valiéndose de una cita tomada de La rebelión de las masas, y que transcribo:

[E]l hombre selecto o excelente está constituido por una íntima necesidad de apelar de sí mismo a una norma más allá de él, superior a él, a cuyo servicio libremente se pone. Recuérdese que al comienzo distinguíamos al hombre excelente del hombre vulgar diciendo que aquél es el que se exige mucho a sí mismo, y éste, el que no se exige nada, sino que se   contenta con lo que es y está encantado consigo. Contra lo que suele creerse es la criatura de selección, y no la masa, quien vive en esencial servidumbre. No le sabe su vida si no la hace consistir en servicio a algo trascendente. Por eso no estima la necesidad de servir como una opresión. Cuando ésta, por azar, le falta, siente desasosiego e inventa nuevas normas más difíciles, más exigentes, que le opriman. Esto es la vida como disciplina —la vida noble—. La nobleza se define por la exigencia, por las obligaciones, no por los derechos. Noblesse oblige.

No podría haber palabras más apropiadas para referirse a Ernesto, pero si la reiteración tiene alguna virtud, me apropio de ese párrafo para decir con las mismas palabras de Ortega que, en Manolo, noblesse oblige.

Y voy a concluir estas viñetas, breves, pero escritas con todo el corazón, con una coda. En esa obra cumbre del Renacimiento francés, tan deliciosamente escéptica, y tan cargada de la sabiduría que solo puede dar la sensatez y el sentido común, Michel de Montaigne dedica unas páginas de sus Ensayos a su también célebre amigo Étiennne de La Boétie. Echa mano, un tanto atropelladamente, de sus clásicos —Aristóteles, Cicerón, Plutarco, Virgilio…— y deja caer, como de pasada, estas palabras:

En la amistad hay un fervor general y universal, templado y uniforme, constante y tranquilo, sin nada de anheloso ni doloroso. […] Se goza en la medida que se desea, y no desmaya, sino que se nutre con el uso, porque es cosa espiritual y el alma con el uso se afina.

Y citando a su admirado Horacio recoge una frase cierta y enfáticamente concluyente:

Mientras conserve la razón, no encontraré nada comparable a un buen amigo

¡Gracias por tu amistad, querido Manolo! Y nos vemos pronto, cualquier día de estos.

Rodolfo Vázquez. Profesor emérito del departamento de derecho del ITAM.


* Nota: Texto de próxima aparición en Elías Díaz y Francisco Laporta (dir.), Leer a Manuel Atienza, Centro de Estudios Políticos y Constitucionales, Madrid, 2023.

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Publicado en: Día a Día, Semblanzas