
Hay ciudades que evocan siempre a seres queridos que tienen esa enorme cualidad de hacernos sentir inmediatamente como en casa. Madrid era para mí, Elías Díaz. En un mensaje breve, cargado de un profundo dolor, Alfonso Ruiz Miguel me avisó de su partida este lunes 3 de febrero.
Instalado en Madrid, y después de algún viaje, generalmente desde México, la primera llamada telefónica para hacer acto de presencia era con Elías. Y todas y todos sabemos lo que significaban esas llamadas. Literalmente, horas, que pasaban volando y que suponían un repaso inteligente y torrencial de las noticias del mundo, con el humor propio de la persona que sabe poner las cosas en su lugar. Los países, la política y la historia, se movían al son del malabarista, del testigo atento, del filósofo crítico y del jurista que ve los conflictos con la única misión de ordenarlos y, hasta donde es posible, con la intención de pacificarlos. A la llamada por teléfono le seguía un encuentro personal, con la compañía de Maite, su esposa, aguda siempre, y con una gracia contagiosa que domesticaba cualquier solemnidad. Y si no era en su casa, Alfonso y Puri nos reunían en la suya, paella de por medio, con los colegas, amigas y amigos de la Autónoma de Madrid. Unas veladas inolvidables en las que era notorio el respeto y la deferencia al maestro, pero en donde el trato horizontal y cómplice era la tónica que animaba esas reuniones. Uno más entre los demás. Algo que entre los juristas es poco frecuente.
Enterado de la noticia, Raymundo Gama, de manera inmediata, me hizo llegar una entrevista breve, pero intensa, de noviembre de 2003, en la que con ocasión de la publicación de su autobiografía intelectual, Elías relata su etapa de formación en Salamanca, su lectura atenta de Unamuno, sus acuerdos y desacuerdos con un primer Tierno Galván, la España oscura bajo la dictadura franquista, sus viajes y estancias académicas de aprendizaje y maduración política y social en ciudades icónicas como Múnich, el Berlín y la Alemania de Willy Brandt, Pittsburgh con la efervescencia social de los sesenta, o la roja Bolonia, en la que como dato llamativo del dinamismo cultural de esa ciudad, Elías comenta su asistencia a un debate de cuatro horas, por todo lo alto, entre Pasolini y Moravia. Debemos a Elías, también por ese entonces, un encuentro con el pensamiento y la obra de Norberto Bobbio y Renato Treves, y su posterior introducción al mundo de habla hispana. Elías pone voz en la entrevista al intelectual que se sumerge en los acontecimientos, que busca darles una explicación, que rastrea las ideas desde sus orígenes, y que invitará a sus futuros alumnos a embarcarse en una empresa titánica: reconstruir la historia política y cultural de España. Los frutos de ese esfuerzo están a la vista, sin duda, pero creo que nunca se valorará lo suficiente, desde los gobiernos en turno, y hasta la fecha, lo que ha significado esa labor pionera del intelectual lúcido, anticipatorio y tenazmente perseverante para la forja de una nación.
En 1966, Elías publica un libro fundacional, Estado de derecho y sociedad democrática. Desde su aparición y en ediciones sucesivas se convierte en el libro-soporte de la socialdemocracia en el mundo de habla hispana. Con su bonhomía y agudeza Elías me dijo en repetidas ocasiones que son más los acuerdos que los desacuerdos entre el liberalismo igualitario de raíz anglosajona, y la socialdemocracia de origen europeo-continental. Le tomé la palabra y pienso hasta el día de hoy que en el tan esperado y frustrante encuentro entre Rawls y Habermas hubiera hecho falta la mediación de Elías. [Entre paréntesis o corchetes, si mis amistades españolas me lo permiten y valorando la importancia de su pensamiento en la historia de España, no dudaría en agregar, entre los que con toda razón han bautizado como “padres de la patria” por su participación en la redacción de la Constitución de 1978, el nombre de Elías Díaz]. Junto a ese libro guardo en un lugar especial de mi biblioteca algunas de sus obras, y varias de ellas, con cariñosas dedicatorias: Sociología y filosofía del derecho, Legalidad-legitimidad en el socialismo democrático, De la maldad estatal y la soberanía popular, Ética contra política (que reeditamos en México en la colección de Fontamara) y De la institución a la Constitución, en una bella edición de Trotta.
De tanto en tanto, con alguna carta en los inicios, y con llamadas al celular después, verificábamos la recepción de esos libros, y abríamos la charla para hablar de México y Latinoamérica, de la importancia de los refugiados españoles en nuestros países y de la hospitalidad de México en concreto en momentos tan convulsos y represivos, de la apertura generosa de España a nuestros inmigrantes en tiempos de dictaduras militares o de gobiernos autoritarios, de nuestras afinidades históricas y de la amistad entre nuestros pueblos que él apreciaba con un orgullo complaciente. No dejaba de preguntarme para mis adentros de dónde sacaba tiempo Elías para informarse y estar al tanto de nuestras peculiaridades, de todo tipo. Lo cierto es que nunca faltaba ante alguna calamidad humana, catástrofe natural, o la partida de alguna amistad común, la llamada de acompañamiento solidario, y siempre, con la frase justa. No era una simple cortesía, era una preocupación genuina. Era, también, otra forma de mantener sus vínculos con este lado del Atlántico al que no viajaba con la frecuencia que hubiéramos deseado, pero del que nunca dejó de estar pendiente. Ayer, y hoy es un día triste.
Rodolfo Vázquez. Filósofo del derecho; profesor emérito del ITAM.