En la mañanera del día de hoy, el presidente de la República envió la terna para ocupar el puesto que dejó el ministro Eduardo Medina Mora en la Suprema Corte de Justicia de la Nación (SCJN). En un contexto enturbiado por su escandalosa renuncia y por la designación inconstitucional de la nueva presidenta de la Comisión Nacional de los Derechos Humanos, Andrés Manuel López Obrador (AMLO) ha decido proponer a tres mujeres para un asiento en el más alto tribunal del país.

“Son mujeres con muy buena trayectoria académica y en el servicio público, de modo que los senadores van a poder elegir, como siempre, en libertad”, afirmó el mandatario en su tradicional conferencia de prensa matutina.

Aunque parecería que esta terna llega tarde, lo cierto es que se trata de una terna diferente, que por fortuna contrasta con las enviadas por el propio presidente AMLO en los últimos procesos de designación. En efecto, en estos últimos procesos de renovación de ministros, lo que vimos fueron  “ternas de uno”, con perfiles improvisados y abiertamente partidistas y que evidenciaban la falta de conocimiento respecto de las funciones más básicas de nuestro tribunal constitucional. Los parámetros que enmarca la Constitución fueron rebasados y reinó la conveniencia de la coyuntura política.

Ilustración: Alma Rosa Pacheco Marcos

Como si se intentara dejar atrás apresuradamente estos bochornosos episodios, hoy el lopezobradorismo en principio ha apostado por algo distinto en materia de justicia constitucional. La inclusión de una notable constitucionalista (Ana Laura Magaloni) y dos servidoras públicas con amplia experiencia (Margarita Ríos-Farjat y Diana Álvarez) parecer ser, en el agregado, una buena señal.

No obstante, la experiencia enseña ser cautelosos. Durante años hemos visto varios procedimientos de designación mediocres, en los que parecería que algunos se conforman con la mera garantía de independencia (es un decir) que otorga la conformación plural de un cuerpo colegiado. Por ello, mal haríamos en normalizar el desprecio por la Constitución. No podemos tomarnos a la ligera la designación de ministros de nuestro máximo tribunal.

Veamos cuatro razones en específico para evitar echar andar las campanas al vuelo de forma apresurada con esta terna para ocupar la vacante que dejo Medina Mora.

En primer lugar, el papel que ha jugado el Senado en los procesos de designación que le han correspondido durante el presente sexenio resulta reprochable, por no decir lamentable. Lejos de estándares de escrutinio serios. Es más: por debajo de lo visto en legislaturas pasadas claramente vergonzantes —episodios que, en su momento, también los criticamos—.

Desestimando y llegando a incomprensibles acuerdos políticos, con votaciones que no son más que un fiasco e insultando antes que deliberando y entre risas burlonas de sus integrantes, el actual Senado -MORENA y la oposición- ha revelado su desdén por las reglas. En este caso, y aunque AMLO haya explícitamente mencionado que “la línea es que no hay línea”, una de las preocupaciones fundamentales del proceso es que los senadores se tomen en serio su trabajo, realizando un escrutinio de verdad y haciendo preguntas pertinentes a las candidatas, investigando sus antecedentes y poniendo a prueba sus conocimientos. Se trata, por tanto, de que el Senado tenga visión de Estado y justifique sus decisiones finales.

En segundo lugar, conviene enfatizar qué el simple hecho de enviar una terna conformada sólo por mujeres no significa un avance sustantivo en materia de género. Si bien, en el plano formal, el hecho de que existan tres ministras en la Suprema Corte resultaría algo inédito desde la reforma de 1994 y abonaría, por sí mismo, a la igualdad, es importante destacar que en cargos de esta magnitud lo primordial es identificar su compromiso con las mujeres, sus opiniones respecto a las luchas feministas, así como su orientación ideológica.

Cabe recordar aquí las posturas conservadoras de la ministra Margarita Luna Ramos en temas relacionados con derechos sexuales y reproductivos o, el hecho de que hace unos meses, en el pasado proceso de designación, la ahora ministra Yasmín Esquivel se declaró abiertamente “a favor de la vida” en detrimento de la autonomía de la mujer para decidir sobre su propio cuerpo. Aquí no se trata de imponer una agenda de género a quien resulte electa como nueva ministra; simple y sencillamente, se trata de conocer si en efecto todas las candidatas tienen una visión que permita garantizar los derechos de las mujeres y si comparten (o no) las importantes sentencias que la SCJN ha venido construyendo desde hace varios años.

En tercer lugar, no debe olvidarse que estamos frente a un contexto poco favorable para la independencia judicial. La grieta que dejó la renuncia de Eduardo Medina Mora es sólo el último eslabón de una preocupante cadena de decisiones. No se puede ocultar que existe cierta preocupación sobre la captura a la SCJN y que al final AMLO y Morena cuentan con la mayoría para facilitar un procedimiento que les da todas las de ganar.

Al no haber discusión alguna sobre cómo el método constitucional de designación de ministros de la Corte, parecería que la única alternativa posible consiste en exigir una auscultación que permita constatar la solvencia y calidad de las personas propuestas.

Finalmente, en cuarto lugar, es importante recordar la compleja relación de la 4T con el conocimiento experto y, especialmente, con el de índole jurídica. Durante los meses que lleva este nuevo gobierno es sabido que los perfiles técnicos, más orientados hacia el ámbito funcional, no son del todo bien vistos. Como si la experiencia se menospreciara en aras del compromiso militante o, incluso, de las afinidades personales, parecería que en la administración de López Obrador lo mismo vale en términos técnicos el nombramiento de un jefe de departamento que la designación de un ministro de la SCJN.

En la autonombrada 4T, da igual la carrera, los méritos, la pericia o sus habilidades sobre los temas relevantes de la función. De lo que se trata es de alinearse con el discurso transformador, asegurar ser honestos y no robar, de preferencia en sintonía con la austeridad y velar por el bien de México… Pero más allá de las bondades de parte de esta retórica, valga decir que, en el largo plazo, el desestimar o el no saber combinar distintos perfiles puede llevar a resultados catastróficos, que terminarán minando el funcionamiento de instituciones que poco a poco se han ido fortaleciendo a lo largo del tiempo.

Es por esto que, más allá de las simpatías que naturalmente despierta, en el agregado, el perfil de esta terna, lo cierto es que la SCJN amerita un proceso de designación a la altura de las circunstancias. Lo que nos jugamos es el futuro y viabilidad de un tribunal constitucional independiente y, en esa medida, de la protección y garantía de los derechos fundamentales y la separación de poderes.

Juan Jesús Garza Onofre. Investigador del departamento de filosofía del derecho de la Universidad de Alicante, España. Twitter: @garza_onofre

Javier Martín Reyes. Profesor asociado de la División de Estudios Jurídicos del CIDE. Twitter: @jmartinreyes