“Ningún animal del tipo de las cabras podrá roer en el vecindario”.
—Anuncio del Fiscal de Vila do Catimbau (Minas Gerais), 4 de marzo de 1868
“Nothing has paralysed intelligence more than the search for scapegoats”.
—Theodore Zeldin
La resistencia de la cabra
La cabra es un mamífero rumiante, pionero pasivo de la domesticación (que se dio hace unos 11 mil años), y comúnmente reconocido como “multiproductivo”, no solo por la bucólica compañía de sus balidos, sino porque proporciona leche, carne, piel, pelo, estiércol, opoterápicos y (faltaba más), fuerza de trabajo. Tiene una sorprendente capacidad de adaptación, descrita por Bedotti de la siguiente forma: “…está basada en una serie de modificaciones anatómicas, morfológicas, fisiológicas, del metabolismo, de la conducta alimentaria y de la utilización de los alimentos que les permiten responder adecuadamente a una variedad de situaciones estresantes… Tamaños de animal grande en zonas áridas y animales pequeños en zonas húmedas, alta incidencia de saco escrotal dividido en ambientes áridos, capacidad de reducción en la eliminación de orina, utilización del rumen como reserva de agua, capacidad de aumentar el volumen del rumen como adaptación a dietas altas en fibras de baja calidad, mayor digestibilidad en algunas razas por un lento pasaje de la ingesta por el tracto gastrointestinal, reciclado de urea más eficiente en cabras de zonas áridas, habilidad para desecar las heces, altas tasas de transpiración y capacidad de aumentar notablemente la frecuencia respiratoria, el jadeo y la temperatura de la piel como formas de respuesta al estrés calórico, en tanto que en climas fríos tienen la capacidad de aumentar notablemente su tasa metabólica, producir vasoconstricción periférica, disminuir la temperatura y frecuencia respiratoria y utilizar el temblor como forma de incrementar el calor corporal”.
No menos sorprendente en las cabras es su habilidad circense para mantener el equilibrio ante las pendientes más pronunciadas. Acerca de las enormes cabras salvajes que recorrían los montes de Libia, Eliano apuntó: “saltan con facilidad estas cabras desde cumbres elevadas, que los pastores y poetas suelen llamar riscos, a otras alturas; pues éstas son cabras mucho más saltarinas que todas las demás. Pero si alguna cae porque el risco que ha de recibirla está lejos de su alcance, sus músculos conservan tal cúmulo de fuerza, que la cabra permanece indemne al caer. No se quebranta nada, ni cuerno, ni el frontal, aunque caiga en una roca hendida; pues es fuerte y tan resistente como la misma roca” (XIV, 16).
En los bestiarios medievales, la reputación de este animal depende de que sea hembra o macho; para el Bestiario románico, la cabra ostenta una simbología positiva, asociada a la agilidad, al gusto por la libertad espontánea, y a la sabiduría, ya que tiene la capacidad de subir a lugares inaccesibles para otros, observar desde allí lo que otros no pueden ver. En cambio, el cabrón representa la corrupción del instinto sexual, el engaño, el error y la avaricia. Y, por cierto, evoca al diablo. La misma ambivalencia aparece en el Bestiario de Aberdeen, donde la cabra es representada “in bono” (cuando es un animal silvestre, como la cabra montés), y también “in malo” (cuando se presenta como una criatura doméstica). Al respecto, en A Cabra e o Bode nos Bestiários Medievais Ingleses, Angélica Varandas sostiene que entre los bestiarios producidos en aquellas latitudes entre los siglos XII y XIV, la cabra es, justamente, de los animales que mayor atención recibe: “es, por tanto, uno de los animales del Bestiario cuya ambivalencia de significados simbólicos es demasiado evidente. Además, demuestra que el Bestiario, como obra exegética, está organizado como un todo simbólico coherente. Como un libro producido en el contexto del neoplatonismo cristiano, el Bestiario contribuye a una visión armoniosa del mundo”.
Así, la cabra o para el caso, su crío macho, el chivo, parece ser el no solo el animal multiproductivo por excelencia capaz de soportar estrepitosas caídas y reputaciones encontradas, sino también —como se verá en esta nota—la criatura erigida como entidad sumamente sacrificable, y recipiendaria de muy cuantiosas transferencias de culpabilidad.

El chivo expiatorio
El chivo expiatorio anda rumiando, desde tiempos inmemoriales, en el lado sombrío del ser humano y, como sostiene Sylvia Brinton, es una de las muchas imágenes que sugieren la interfaz entre la conciencia y el inconsciente. Estamos en presencia de un actor estratégico “sacrificable” a la hora de externalizar responsabilidades o defectos de los que uno, simplemente, no quiere, o no sabe cómo hacerse cargo. Al analizar la dinámica fundamental de la maldad en el ser humano, Becker retoma la perspectiva junguiana con respecto a la sombra, que: “es el otro lado, la expresión de nuestra propia imperfección terrenal, de nuestra negatividad. Constituye el lado oscuro de nuestra propia mente, un sentimiento de mezquindad real del que no tenemos más que una leve sospecha. Ante esta situación, el ser humano quiere despojarse de su sentimiento de inferioridad, quiere saltar por encima de su propia sombra y el modo más rápido de conseguirlo consiste en atribuir a los otros toda nuestra mezquindad, negatividad y culpabilidad”.
Y, por supuesto, me parece adecuada la remisión de Becker a Jung, pues éste, en 1917, se refirió a la sombra personal como “el aspecto negativo de la personalidad, la suma de todas aquellas cualidades desagradables que desearíamos ocultar, las funciones insuficientemente desarrolladas y el contenido del inconsciente personal”. Y en 1945, agregó que la sombra es lo que una persona “no desea ser”.
Con referencia a la curación del mal humano, Peck advierte que, por más extraño que pueda parecer, la destructividad de las personas malvadas radica precisamente en su intento de destruir el mal. El problema es que se equivocan en la ubicación del locus del mal. Así, el fenómeno del chivo expiatorio opera a través de un mecanismo que los psiquiatras denominan proyección. Y si para Becker, la única causa del fenómeno del chivo expiatorio descansa en el temor a la muerte, para Peck, en cambio, esa causa hay que buscarla, más bien, en el miedo a la autocrítica. Por tanto, ante la ocurrencia de situaciones que resultan desagradables para a una persona o para una comunidad (o conjunto de comunidades) determinadas, suele ser conveniente el establecimiento de sacrificios expiatorios que demuestran que se ha logrado transferir la culpa hacía los demás (habilidad que, ante la posibilidad de ser regañados o sancionados, comenzamos a desarrollar en la más “tierna” infancia, cuando surge un desaguisado con el hermano, o con algún amigo: “¡¡Él empezó!!”. Y ya entrados en años y afilado el colmillo del “yo no fui”, se escupen frases como: “la culpa la tuvo la bebida”, “no soy yo cuando me enojo”, etc.).
“¿Qué causas no inventamos para las desgracias que nos afectan?” —se pregunta Montaigne al indagar acerca de cómo el alma descarga sus pasiones—: “¿a qué no echamos la culpa, con razón o sin ella, para tener algo contra lo cual luchar? No son las trenzas rubias que desgarras, ni la blancura del pecho que, irritada, golpeas con tanta crueldad lo que ha destruido, por un malhadado plomo, al queridísimo hermano: echa la culpa a otra cosa… Jerjes azotó el mar y escribió una carta de desafío al monte Atos; y Ciro mantuvo ocupado durante muchos días a todo un ejército para vengarse del río Gindes, por el miedo que había pasado al cruzarlo, y Calígula arrasó una casa bellísima por el placer que su madre había encontrado en ella… pero nunca increpamos bastante al desorden de nuestro espíritu”.
Y al reflexionar sobre los estereotipos de la persecución de chivos expiatorios, Girard dice que ante el eclipse de lo cultural, los hombres se sienten impotentes; la inmensidad del desastre les desconcierta pero no se les ocurre interesarse por las causas naturales; la idea de que podrían intervenir sobre estas causas aprendiendo a conocerlas mejor sigue siendo embrionaria. Así, los perseguidores siempre acaban por convencerse de que un pequeño número de individuos, o incluso uno solo, puede llegar, pese a su debilidad relativa, a ser extremadamente nocivo para el conjunto de la sociedad. La acusación estereotipada permite y facilita esta creencia y desempeña un papel mediador. Sirve de puente entre la pequeñez del individuo y la enormidad del cuerpo social. Gracias al mecanismo persecutorio, la angustia y las frustraciones colectivas encuentran una satisfacción vicaria en unas víctimas que favorecen la unión en contra de ellas. La víctima es el chivo expiatorio. Girad propone al sacrificio como la estructura fundamental de la que depende el origen y la continuidad de la comunidad humana. Dentro de esta lógica, el sacrificio es un acto de violencia que rompe con la reciprocidad de la venganza y que instaura una primera diferencia frente a la idéntica repetición de lo mismo. El sacrificio es una violencia sin riesgo de venganza, ya que produce “una operación de transferencia” de la violencia intestina, ofreciéndole una satisfacción sustitutiva, es decir, desviándola y dirigiéndola hacia una víctima en particular, lo que permite producir una unificación de la comunidad en una unanimidad violenta. La violencia de la totalidad aunada recae ahora sobre el chivo expiatorio (cfr. Cerruti, 2010, quien reflexiona sobre el problema del sacrificio, y de lo sagrado, entendiéndolo bio-políticamente como modo de imbricación fundacional entre la vida y la esfera política, jurídica y religiosa).
En la Biblia, el chivo expiatorio (también “macho cabrío” en muchas traducciones”) hace su aparición en el capítulo 16 del Levítico:
5. Aarón deberá tomar de la comunidad de Israel dos chivos para la ofrenda por el pecado y un carnero para la ofrenda quemada.
8. Después hará un sorteo sagrado para determinar qué chivo será apartado como ofrenda para el Señor y cuál llevará los pecados del pueblo al desierto de Azazel.
9. Después Aarón presentará como ofrenda por el pecado el chivo escogido por sorteo para el Señor.
10. Al otro chivo, el chivo expiatorio, escogido por sorteo para ser enviado al desierto, lo mantendrán con vida delante del Señor. Cuando sea enviado a Azazel en el desierto, el pueblo será purificado y así serán justos ante el Señor.
15. Luego, Aarón matará el primer chivo como ofrenda por el pecado del pueblo y llevará su sangre detrás de la cortina interior. Allí rociará la sangre del chivo sobre y delante de la tapa de la expiación, tal como lo hizo con la sangre del becerro.
20. Cuando Aarón haya terminado de purificar el Lugar Santísimo, el tabernáculo y el altar, presentará el chivo vivo.
21.Pondrá ambas manos encima de la cabeza del chivo y confesará sobre él toda la perversidad, la rebelión y los pecados del pueblo de Israel. De esta forma, traspasará los pecados del pueblo a la cabeza del chivo. Después un hombre, especialmente seleccionado para la tarea, llevará el chivo al desierto.
22. Al irse el chivo al desierto, llevará todos los pecados del pueblo sobre sí mismo a una tierra desolada.
Al transcurso de los siglos, el chivo expiatorio se convirtió en el arquetipo favorito de la culpabilidad, y ya no hace falta, en estricto sentido, ser un mamífero artiodáctilo para ser considerado como el culpable de las desgracias ajenas, por ello, resulta lógico que en el Funk and Wagnall’s Standard Dictionary of Folklore, Mythology and Legend se le defina como: “Any material object, animal, bird or person on whom the bad luck, diseases, misfortunes and sins of an individual or group are symbolically placed, and which is then turned loose, driven off with stones, cast into a river or the sea, etc., in the belief that it takes away with it all the evils placed upon it”.
“¡Ay, ay, cómo culpan los mortales a los dioses!” —lamenta Zeus al principio de La Odisea—,“pues de nosotros, dicen, proceden los males. Pero también ellos por su estupidez soportan dolores más allá de lo que les corresponde”. Si la cabra fue también invención de Prometeo —reflexiona Eliano—, él sabrá cuál fue su intención al hacerla (I, 53). Tal vez el titán “amigo de los mortales”, en su olímpica generosidad, quiso poner a nuestra disposición un animal fácilmente domesticable y multiproductivo al cual podríamos expresar nuestra gratitud constituyéndolo como la “víctima propiciatoria” por excelencia.
Históricamente, la estupidez humana ha respirado con frenesí cuando, convencida de que “la culpa la tienen los otros”, ha tratado de encontrar “chivos expiatorios por doquier”. Como aperitivo, una tríada de ejemplos: cuando Teágenes de Tasos —multicampeón olímpico de la Antigüedad— murió, uno de sus envidiosos enemigos pasó toda la noche junto a la estatua erigida en homenaje del gran atleta y la azotó como si estuviera maltratando al propio Teágenes. Finalmente, la estatua cayó encima del agresor, y murió. Los hijos del agresor muerto acusaron judicialmente a la estatua de asesinato. Los habitantes de Tasos la arrojaron al mar, de acuerdo con las leyes de Dracón que disponían el exterminio de los objetos inanimados que al caer, o por otro accidente, provocaran la muerte de una persona. Esta historia está narrada en el Libro VI (XI, 6) de la Descripción de Grecia, de Pausanias. Otro ejemplo, digno émulo de Jerjes, Ciro y Calígula: en 1591, en Úglich, Rusia, después de que un príncipe fue asesinado, la campana de la ciudad sonó el llamado a la insurrección y, cuando las cosas se calmaron un poco, por esa grave ofensa, fue trasladada a Siberia. Finalmente, en 1892 la campana fue “perdonada”, y llevada de regreso a Úglich. El tercer ejemplo surgió más de una apreciación escandalosa por parte de los medios de comunicación cuando, derivado del terremoto ocurrido en abril de 2009 en L´Aquila, Italia, se decía que “Siete científicos han sido condenados a seis años de prisión por no predecir un terremoto”. Lo que realmente ocurrió fue que siete individuos, incluyendo a algunos de los más destacados sismólogos de ese país fueron acusados y procesados por haber emitido, días antes del sismo, diversos mensajes y declaraciones que propiciaron que muchas personas, —que normalmente salían de sus casas cuando comenzaba a temblar—, cambiaran sus hábitos frente a unmovimiento telúrico, resolviendo en la fatídica madrugada del 6 de abril de 2009, quedarse en sus habitaciones, lo que provocó, como consecuencia, su muerte. Con claridad, el juez de la causa dijo: “no se condenó a los acusados por no predecir el terremoto, sino por haber hecho una valoración superficial del riesgo”. Pese a ser absueltos en la apelación, confirmada después por la Corte de Casación italiana, los científicos fueron vistos como chivos expiatorios, y sus trayectorias y prestigio profesional quedaron estigmatizados, al menos, para parte de la población y, sobre todo, para los deudos de las víctimas que, siguieron convencidos de que sus seres queridos habían perecido “por culpa de ellos”. De esto hablo con mayor detenimiento en otra obra.
Acabo referirme a objetos y a individuos responsabilizados y sentenciados, pero, como afirma Charlie Campbell en Scapegoat. A History of Blaming Other People, rara vez la inteligencia humana se ha desperdiciado a tal grado, como cuando ha sometido a juicio a animales, chivos expiatorios literales. A continuación ofrezco algunos ejemplos del tránsito de cabras por los tribunales.
Cabras en el ámbito de la justicia
Se dice que “una cabra sabe muy bien que va a ser degollada, y prueba de ello es que no quiere tomar alimento”. En el apéndice de la obra clásica de E. P. Evans se da cuenta, muy someramente, que en 1452, una cabra fue enjuiciada en Rouvre (fuente: Revue des sociétés savantes). Otras cabras fueron sometidas a proceso, respectivamente, en 1551 (Île de Ré) y en 1611 (Laval). El mismo autor da cuenta del juicio que involucró a la cabra Djali en 1482. Prefiero que sea Víctor Hugo, a través de su Notre-Dame de Paris, quien nos diga cómo se dieron las cosas:
…Entonces intervino Jacques Charmolue:
—Si lo desean vuestras señorías, procederemos a interrogar a la cabra. Era la cabra, en efecto la segunda acusada…
Pero el procurador para asuntos eclesiásticos dijo:
—Si el demonio que posee a esta cabra, y que se ha resistido a todos los exorcismos, persiste en sus maleficios y si continúa asustando a esta corte, le prevenimos que nos veremos forzados a solicitar para él la horca o la hoguera.
[a Esmeralda] Fue preciso para estimularla que un sargento la sacudiese sin piedad y que el presidente elevara solemnemente el tono de voz:
—Muchacha, sois de raza bohemia, dada a los maleficios. En complicidad con esa cabra embrujada, implicada en el proceso, en la noche del 29 de marzo último, habéis asesinado y apuñalado de acuerdo con los poderes de las tinieblas, y con ayuda de encantamientos y prácticas de hechicería, a un capitán de los arqueros de la ordenanza del rey, Febo de Châteaupers. ¿Persistís en vuestra negativa? (…)
—¿Confesáis haber visto al macho cabrío que Belcebú hace aparecer entre nubes para convocar el aquelarre y que sólo las brujas pueden ver?
—Sí.
—¿Confesáis haber adorado las cabezas de Bofomet, esos abominables ídolos de los templarios?
—Sí.
—Y haber tenido trato habitual con el diablo bajo la forma de una cabra familiar, como figura en el proceso.
—Sí (…)
Fue entonces cuando la desventurada Esmeralda oyó cómo se removía la gente, cómo se entrechocaban las picas y oyó también una voz glacial que decía:
—Muchacha gitana, en fecha que decida el rey nuestro señor, al medio día, seréis conducida en una carreta, en sayal, descalza y con la soga al cuello, ante el pórtico de la catedral de Nuestra Señora y allí os retractaréis con una antorcha de cera, de dos libras de peso, en la mano y de allí seréis conducida a la plaza de Grève en donde seréis colgada y estrangulada en la horca de la ciudad. Igualmente se procederá con vuestra cabra…
Hasta aquí con los fragmentos del gran dramaturgo francés, que si bien están en las arenas de la ficción, no dejan de ofrecer una perspectiva de lo que muy posiblemente ocurría en juicios de esa índole, durante el siglo XV. A continuación, y siguiendo con la premisa fundamental de este “Bestiario” (ser un mero divertimento), ofrezco al tamiz del lector ávido de arquear sus cejas, un puñado de casos sobre cabras que han llegado a los tribunales, con una acotación (más que) necesaria: a diferencia de la mayor parte de las “rarezas y maravillas” que nos relatan los paradoxógrafos griegos, lo que narro a continuación, sí ocurrió.
Caso 1. Hombre obligado a “casarse”con una cabra. Ocurrió en Sudán, en 2006. El señor Alifi, propietario de una cabra sorprendió (y quedó sumamente sorprendido) al ver que el señor Tombe estaba teniendo sexo con el animal. Tras el incidente, El señor Alifi presentó su caso ante el Consejo de Mayores, que resolvió condenar al zoófilo señor Tombe en los siguientes términos: pagar una “dote” de 15,000 dinares (moneda entonces vigente) al señor Alifi, quien agregó detalles acerca de esa noche en el establo: “Cuando le pregunté [a Tombe] qué estaba haciendo, se separó de la cabra y yo le agarré…[me] dijeron que no debía entregar a Tombe a la policía sino que lo mejor es que él pagara una dote por la cabra ya que había hecho uso de ella tal como si fuera su esposa…le di la cabra y hasta donde yo sé los dos siguen juntos”, declaró a The Juba Post. Pero no fueron “felices comiendo perdices”; “Rose”, la cabra en cuestión murió al poco tiempo después de atragantarse con una bolsa de plástico que se comió mientras buscaba alimento por las calles de Juba. Aun así, en aras, no digamos de la gobernabilidad doméstica, sino para evitar que se convirtiera en “fallido” el vínculo conyugal sui géneris, no habría estado de más que el señor Tombe tuviese en el radar una antigua historia acontecida en Síbaris: un cabrero adolescente llamado Cratis, arrastrado por erótico frenesí, mantenía relaciones sexuales con la más hermosa de sus cabras, y le llevaba a la susodicha cuantos regalos podía procurarse, y le ofrecía, para comer, las ramitas más apetitosas de la mielga y, a veces, de la zarzaparrilla y el lentisco, impregnando su boca de buenos olores por si ella quería besarle. Aparentemente todo era “miel sobre hojuelas”. Pero el cabrón dominante en el rebañono contemplaba indiferente estas atenciones, sino que nacieron en él los celos. Y a la primera oportunidad estrelló su cabeza a la del joven Cratis, matándolo al instante. Se dice que del ayuntamiento del muchacho con la cabra nació un niño, y tenía las extremidades inferiores de cabra y el rostro de hombre (cfr. Eliano, VI, 42).
Caso 2. Mujer obligada a ofrecer disculpas por la muerte de una cabra en rito satánico. Ocurrió en Australia, en 2007, cuando el Tribunal Superior de Brisbane sentenció a Tracey Arnold a dos años de libertad condicional ,a pagar más de 1,600 dólares por daños, a someterse a tratamiento psicológico, y a disculparse con los dueños de la cabra “Maddie”, y también con la iglesia comunitaria. Todo ocurrió un viernes 13: la mujer pasaba el rato con sus amigos, cuando resolvieron robar a «Maddie» del jardín de una vivienda. Juntos la llevaron a rastras al interior de una iglesia local, donde finalmente la sacrificaron en una pantomima de ritual satánico.La cabeza de “Maddie” fue hallada más tarde en el refrigerador de la casa de la señora Arnold, junto con una cámara fotográfica con la que se habían registrado imágenes de los miembros del grupo con la cabeza. La defensa de Arnold sostuvo que su clienta no tenía una “predisposición macabra” a cometer delitos violentos, sino que, más bien, cuando bebe alcohol, toma decisiones irreflexivas.
Caso 3. Cabras liberadas. Sucedió en Congo, en 2008, cuando el entonces viceministro de Justicia dispuso la libertad inmediata de una docena de cabras que estaban detenidas en la cárcel de Kinshasa. El servidor público descubrió, por casualidad, a los cuadrúpedos privados de su libertad, mientras efectuaba una visita de rutina a las instalaciones carcelarias. Aparentemente, las cabras estaban a punto de comparecer ante el tribunal local, enfrentando sendos cargos de “ser vendidas ilegalmente al borde de la carretera”. El alto funcionario reconoció que el error se produjo porque los agentes de la policía tienen pronunciadas lagunas en su conocimiento de la ley, por lo que es menester que reciban nuevamente formación jurídica.
Caso 4. Cabra procesada (y exonerada) por comer flores. Gary es un macho cabrío australiano. Cobró notoriedad en 2013, cuando su cuidador, James Dezarnaulds, también conocido como “Jimbo Bazoobi”, fue multado con 440 dólares, después de que Gary fue sorprendido por la policía, comiendo flores en el jardín del Museo de Arte Contemporáneo, en pleno centro de Sídney. Pero la magistrada Carolyn Barkell, de la Sydney’s Downing Centre Local Court,resolvió anular la multa, sosteniendo que, si bien, Gary efectivamente, se había comido las flores, no había evidencia de que “Jimbo Bazoobi”, había llevado a su cabra con la intención de vandalizar la vegetación. La impartidora de justicia cinceló: “He may have preferred to have an ice cream”. Gary no hizo comentario alguno sobre el veredicto. Los medios locales reportaron la especie informativa así: “Gary the goat has his day in court…and wins”; “No kidding: Gary the goat brought to court for eating flowers. The court found in his favour. Phew”.
Caso 5. Diez años de prisión a un hombre por agredir sexualmente a una cabra. Los hechos sucedieron en Kenia, en 2013. Katana Kitsao Gona, de 28 años, fue condenado a 10 años de prisión después de admitir haber practicado actos de bestialismo con una cabra. Hay testimonio de que la cabra víctima fue llevada ante la corte por los fiscales, como evidencia en el caso. Un testigo explicó que cuando se fue a orinar tras unos arbustos, vio que había ropa colgada en los árboles y encontró al sujeto, desnudo, profanando a la cabra.
Caso 6. Diez meses de prisión por causar la muerte y lesiones a varias cabras, tras “apalear, gritar y asustar” al rebaño. Ocurrió en Salamanca, en 2019; un habitante de El Sahugo se enfrentó a una condena de diez meses de prisión y a tres años de inhabilitación para el ejercicio de profesión, oficio o comercio que tenga relación con animales, tras “vociferar, apalear y asustar” a un rebaño de cabras que huyó despavorido del lugar, recorrió entre dos y tres kilómetros y tuvo que saltar varias alambradas de espino en el trayecto, derivando en la muerte de dos de ellas, otras ocho desaparecieron, una sufrió heridas graves y otras tres, con heridas leves, pero aparecieron atadas a postes de fincas colindantes.
Epílogo
Un antiguo cuento oriental intitulado El cabrón peregrino, comienza con las siguientes líneas: “Un día tomó el macho cabrío la firme decisión de salir en peregrinación a la Meca, y a cuantos trataban de disuadirle de su propósito oponía él: —Entre todos los animales somos nosotros los únicos que no contamos con la honra de un santo en nuestras filas y esto no puede consentirse”.
Ese ánimo reivindicatorio que inspira el peregrinaje del cabrón me parece sumamente loable. Tras siglos y siglos en los que este animal multiproductivo ha sido “demonizado” y asociado con los más variados y aberrantes mecanismos de transferencia de culpabilidades, ha llegado la hora en que la historia dé un golpe de ariete para que, en adelante, la cabra, el chivo (y todos sus derivados) sean considerados “in bono”, completamente libres de rituales expiatorios sin sentido.
Alejandro Anaya Huertas. Doctor en administración pública; maestro en administración pública; licenciado en derecho. Autor de Jueces, Constitución y Absurdos Jurídicos, y del Reporte sobre la Magistratura en el Mundo . Twitter: @anaya_huertas.