Ginsburg, McConell y La guerra de las galaxias

Mitch McConell, el líder de los senadores republicanos en el Senado de Estados Unidos, ha sido históricamente comparado con muchos personajes, pero entre los que más es con Darth Vader, el poderoso sith del lado oscuro de la saga La Guerra de las Galaxias —otro es GrimReaper, la personificación de la muerte; y otro más, es Cocaine Mitch—. Consciente de los apodos, su reputación y también de su poder, McConell parece sentirse cómodo con esas comparaciones, tanto que dice divertirle.1

Ilustración: Víctor Solís

Pocas figuras en las última dos décadas han sido tan criticadas y odiadas (sin exagerar) por los demócratas que Mitch McConell. Y es que en la historia moderna estadounidense nadie ha usado los límites de su poder tanto como el líder republicano. Desde la época de Obama, McConell ha sabido oponerse (entonces como líder de la minoría) con astucia y habilidad a los demócratas y ha impulsado con cálculos fríos las agendas del partido republicano.

El ocho veces senador por Kentucky ha impulsado una agenda minimalista pero lo ha hecho de forma vigorosa: reducir impuestos corporativos, permitir el financiamiento privado en las campañas electorales, bloquear reformas políticas encaminadas a empoderar a los demócratas —como otorgar el status de estado a entidades como Washington, DC y Puerto Rico— y, sobre todas las cosas, nombrar jueces y magistrados afines al proyecto conservador; es decir, juzgadores militantes de la interpretación originalista de la Constitución.

Ningún legislador estadounidense en el siglo XXI ha hecho tanto por moldear el poder judicial como McConell. Ha sido su obsesión y proyecto. Siendo él mismo abogado, trabajó en los años 70 del siglo pasado como asistente de dos conservadores importantísimos durante su paso por el Departamento de Justicia, Robert Bork y el ex justice Antonin Scalia. Posteriormente, fue candidato y ganó un asiento como juez ejecutivo del condado que incluye a Louisville, capital de Kentucky. Estos pasos en la vida pública lo llevaron a entender el papel de los jueces –en particular los conservadores— en la política estadounidense.

McConell entiende a la perfección el poder judicial: sus límites, tiempos y posibilidades. Gracias a eso, y a su persistencia en el nombramiento de juzgadores cercanos a él y al partido republicano, ha logrado renovar a todo el poder judicial con conservadores originalistas. Aunque Joe Biden gane la presidencia en noviembre, tendrá que lidiar con una judicatura federal adversa ideológicamente a sus ideas y políticas públicas.

Quizá la maniobra de McConell que más ha enfurecido a los demócratas fue haber bloqueado la nominación del suplente de Scalia a la Corte Suprema. Cuando Scalia murió en febrero de 2016, faltando un año para que Barack Obama concluyera su presidencia, McConell advirtió públicamente que, por ser año electoral, no nombraría al sucesor sino hasta pasada la elección presidencial. Y lo cumplió. Merrick Garland, un respetado magistrado de la Corte de Apelaciones del Distrito de Columbia, fue propuesto por Obama para sentarse en el lugar de Scalia. Garland no era un juez con una ideología definida; se trataba, más bien, de un moderado con precedentes tanto para el lado conservador como para el liberal. McConell ni siquiera lo citó a comparecer ante la Comisión de Justicia del Senado. Resistió pese a la enorme presión mediática y de activistas para nombrar a un nuevo juez constitucional.

Su decisión y perseverancia rindieron frutos: en abril de 2017, logró la aprobación del conservador Neil Gorsuch, propuesto por Donald Trump, como nuevo justice de la Corte. Con esa maniobra, logró un lugar en la Corte Suprema con un impacto por los próximos 30 años.

McConell, no cabe duda, sabe usar el poder. Lo entiende y lo disfruta. Mientras lo tenga, lo ejercerá. Poco le importan las descalificaciones que lo tachan, de un lado y otro, de cínico, indecente y tramposo. Él se mantiene concentrado en sacar adelante su proyecto personal y político. Como Darth Vader, su interés principal es la acumulación de poder y cada decisión que toma sopesa si se verá afectado o no. No decidirá nada que lo afecte.

La muerte de la justice Ruth Bader Ginsburg2 sorprendió a republicanos y demócratas. A pesar de que su salud llevaba años deteriorándose, pocos pensaban que su muerte ocurriría antes de la elección del próximo noviembre. Con el fallecimiento, se abre de forma inmediata el proceso para elegir a su sucesora en la Corte Suprema.

La ilusión de los demócratas de que los republicanos no fueran a tratar de aprobar al abogado que nomine Trump duró solo unas horas. McConell rápidamente anunció que los senadores republicanos buscarán confirmar a quien proponga Donald Trump. Argumentó que mientras Obama era presidente, el mandato republicano era oponerse; ahora, por el contrario, tanto el presidente y la mayoría del Senado son del mismo partido, por lo que deben acompañar la propuesta presidencial.

A pesar del esfuerzo intelectual por tejer un razonamiento sofisticado que soporte su decisión, no es convincente. McConell bloqueó la nominación de Garland en el Senado porque no le daría un asiento más en la Corte a un presidente demócrata, pero sí lo hará con un republicano, porque eso aumentará su poder. En solo tres años, McConell lideró a los republicanos para aprobar las nominaciones a la Corte Suprema de Gorsuch, así como la complicada y desaseada de Brett Kavanaugh. De nombrar a uno más, habría liderado la nominación de un tercio de la Suprema Corte.

Razones morales hechas a un lado, el líder de la mayoría en el Senado tiene todo lo necesario para aprobar a quien envíe Trump. Incluso ha pavimentado ese camino. Hasta antes del 2017, se requerían tres quintas partes del Senado para aprobar una nominación a la Suprema Corte (lo que se conoce como súper mayoría), esto es, 60 votos. Eso cambió aquel año, cuando McConell entendió que no tendría los votos necesarios para aprobar a Gorsuch y activó la “opción nuclear”, un recurso excepcional que le permite a la mayoría legislativa remover la obstrucción que la minoría tiene derecho a ejercer para llevar a cabo una votación si no se cuentan con los votos necesarios.3 Con esto, se redujo a 51 votos el requerimiento para aprobar a quien sea nominado. Hoy los republicanos cuentan con 53 escaños.

Además, en un país profundamente polarizado y separado entre facciones, los incentivos políticos están acomodados para que los republicanos voten e impulsen a uno de los suyos a la Corte. La amenaza de una presidencia de Biden es altísima para los votantes republicanos. Con un asiento adicional en el tribunal constitucional de este país, asegurarían un límite clave a muchas de las políticas que los asustan de un gobierno progresista. Y consolidarían su mayoría en la Corte Suprema en las décadas por venir. Los conservadores quizá continúen perdiendo la guerra cultural, pero seguirán ganando la batalla institucional.

Pero la designación de quien suceda a Ginsburg no sólo es relevante para el mediano y largo plazo. Es fundamental para el plazo cortísimo: noviembre. La nueva justice —Trump ya señaló que su nominación recaerá en una mujer— tendría un voto si cualquiera de los candidatos retara la constitucionalidad de la elección. También lo tendría si, como sucedió en el año 2000 con Bush y Gore, se cuestionara la legalidad de la votación de un estado clave que decida la presidencia. Lo tendría también si hay una crisis constitucional y Donald Trump se niega a aceptar una derrota y a dejar la Casa Blanca, como algunos lo han insinuado. Por ello, puede tratarse de la nominación judicial más relevante que hayamos presenciado en décadas.

Por estas razones, en las últimas horas y con el motivo de la muerte de Ginsburg, la campaña “Get Mitch or Die Trying”,4 creada para quitarle la mayoría a McConell en el Senado, recaudó más de 20 millones de dólares. La vacante en la Corte Suprema, como ya comienza a verse, energizará y activará más a cada una de las bases electorales, polarizará aún más la elección y pondrá al Senado en el centro del debate nacional.

Joe Biden ha dicho que esta elección se trata de la “luz contra la oscuridad”,5 como si se tratara más del guion de una película de fantasía que de una contienda presidencial. Lo que es evidente es que los demócratas harán todo para impedir que se vote la nominación, alegando tanto razones jurídicas como la narrativa de que los republicanos les negaron ejercer su legítima facultad de designación en 2016. Será un proceso de nominación enmarcado, como el de noviembre, entre el bien y el mal, la decencia y el cinismo y con consecuencias inimaginables para el futuro de la República estadounidense.

Ahí es donde McConell se siente más cómodo: en la sombra y en las guerras por el poder donde le toca defender sus intereses. Las comparaciones con Darth Vader no solo pretenden resaltar su maldad sino también su enorme poder. Vader solía actuar siguiendo órdenes —como McConell lo hace con sus donadores y ahora con Trump— pero buscando siempre el amasamiento de su poder. Ambos se fortalecen durante los momentos de mayor tensión.

McConell comprende mejor que nadie la trascendencia de esta designación. Tiene el poder para procesarla y la motivación para hacerlo. Sabe que difícilmente estará otro término en el Senado si llegara a ganar en noviembre (tiene 78 años y ha tenido, desde hace tiempo, operaciones de corazón). Una nominación exitosa aseguraría un párrafo elogioso en su memoria política, un triunfo más para su proyecto personal y la causa conservadora.

Así, con la vacante de Ginsburg y el poder de Mitch McConell, Estados Unidos se alista para una nueva batalla, una guerra más dentro de todas las que pelea, acaso la más relevante después de las elecciones de noviembre. Como en Star Wars, el futuro de la República está en juego. Y Darth Vader está preparado para la guerra que apenas comienza.

Juan Zavala. Abogado por el ITAM y maestro en seguridad nacional por la universidad de Georgetown. Twitter: @JZavalaGt


1Mitch McConnell embraces his dark side”, Politico.

2 Sobre el legado de Ginsburg, recomiendo ampliamente el obituario escrito por Elba Gutiérrez Castillo y el texto de Melisa Ayala que analiza su legado jurídico.

3 Aquí puede encontrarse una útil descripción de las reglas del Senado sobre esta opción, entre otras: “Changing the Senate Cloture Rule at the Start
of a New Congress
”.

4 Get Mitch or die trying.

5‘I will be an ally of the light, not the darkness›: Biden frames election choice as light versus dark”, Politico.

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Publicado en: Día a Día, Internacional