
Una advertencia en su contexto
En 1994 Italia se convirtió en un laboratorio político mundial. Silvio Berlusconi, exitoso y polémico empresario dueño de las principales cadenas de televisión y radio del país anunció que “entraría en el campo de juego” (Scendere in campo) para buscar convertirse en primer ministro de su país.
Se trataba del hombre más rico del país por lo que concentraba un enorme poder económico e ideológico a través de lo que sería MEDIASET, el principal conglomerado mediático del país.
Berlusconi gobernaría a su país en tres momentos (V.1994-I.1195; VI.2001-V.2006; V.2008-XI-2011). El filósofo Michelangelo Bovero acuñaría el término kakistocracia (“el gobierno de los peores”) para denunciar a la oligarquía de orientación ideológica fascistoide que se encumbraría en el gobierno italiano.
En particular, con agudeza y tino, advertiría los peligros para los derechos de las personas y para la democracia italiana de la amalgama de poderes que representaba Berlusconi.
La preocupación tenía un eco weberiano. En efecto, en diversos apartados de su prolija obra de sociología política, Max Weber distinguió tres esferas de poder social caracterizadas y diferenciadas entre ellas por el medio a través del cual una(s) persona(s) imponía(n) su voluntad sobre otras.
Si el medio era el dinero, se trataba del poder económico. Si era el control sobre las ideas era un poder ideológico. Finalmente, si era el control de la violencia estatal, se estaba ante un poder político.
Al estudiar la obra de Weber, Norberto Bobbio -maestro de Bovero- advertía que las sociedades libres solamente podían surgir y sostenerse en Estados en los que esas tres esferas de poderes se encontraran separadas y recayeran en manos (personas, entidades, corporaciones, instituciones, etc.), diferentes.
La razón era simple y contundente: si el poder se concentra en manos de unos cuantos, el resto sufre una merma de libertad. Esa relación es inversamente proporcional: a mayor poder de unos, menor libertad de los demás.
Nada que John Locke, Montesquieu o Constant -por citar solamente a tres autores clásicos del liberalismo político- no hubieran advertido con sustento.
En este breve ensayo sostenemos que el fenómeno de Berlusconi es cosa de párvulos frente a las concentraciones de poder a las que estamos asistiendo. Una concentración que no se verifica al interior de un solo Estado, sino que se proyecta a nivel global con efectos geopolíticos de pronósticos reservados.
En consecuencia: que nuestras democracias y nuestros derechos nunca habían estado tan amenazadas como lo están ahora. De hecho, la amenaza es aún mayor porque concentración de poderes en potencias concretas amenaza incluso la sobrevivencia de la especie humana. Lo sostenemos sin ambages y sin exageraciones.
Nos limitamos a constatar hechos para sostener la advertencia.
Un apunte de historia (reciente): la inteligencia artificial como punto de inflexión en la historia del poder
El surgimiento de la inteligencia artificial (IA) se remonta a finales de la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, fue en 1956, tras la conferencia de Dartmouth College, cuando se utilizó formalmente el término “inteligencia artificial”. Aun así, sus verdaderos alcances como tecnología capaz de trastocar la competencia entre grandes potencias y las dinámicas del poder comenzaron a ser evidentes hasta hace pocos años; en particular con la llegada del machine learning (aprendizaje automático) y, sobre todo, del deep learning (aprendizaje profundo basado en redes neuronales profundas).
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Para facilitar la comprensión de este punto de inflexión, proponemos el año 2017. En ese año sucedieron diversos acontecimientos que detonaron la incidencia de la IA en la geopolítica global. En ese año comprendimos que la IA no sólo es una herramienta de innovación tecnológica, sino también un motor para adquirir, consolidar y ampliar el poder en múltiples dimensiones.
Fue en enero de 2017 cuando Donald Trump asumió la presidencia de Estados Unidos -por primera ocasión- al resultar vencedor en unas elecciones marcadas por la sospecha del uso de IA para manipular votantes. Se evidenció y se documentó la aplicación de tecnología de análisis masivo de datos y algoritmos de segmentación de audiencia por parte de la consultora Cambridge Analytica para incidir en las preferencias electorales. El fenómeno de las fake news y la microsegmentación en redes sociales —respaldados por técnicas de aprendizaje automático— favoreció campañas de desinformación orientadas a modificar, a veces de forma imperceptible, el ánimo de miles de votantes.
La estrategia consistió en aplicar métodos de IA para rastrear preferencias, temores y aspiraciones de diversos segmentos de la población para diseñar mensajes políticos altamente personalizados y efectivos. El impacto que esto generó en la opinión pública y en el debate sobre las democracias fue histórico: por primera vez, una tecnología era capaz de inclinar la balanza electoral, nada menos que en el país más poderoso del mundo con la tradición democrática más acreditada.
En ese mismo año fue palpable la creciente relevancia de la IA en el ámbito de la política pública. Diversos países elaboraron y publicaron sus estrategias nacionales de inteligencia artificial. De manera relevante, Canadá y China —entre otros países que hoy suman cerca de 70[1]—, presentaron sus planes para el desarrollo de esta tecnología.
Canadá delineó objetivos, inversiones y colaboraciones entre la academia y la industria, buscando consolidarse como un polo de innovación en IA.
Poco después, el gobierno chino publicó su “Plan de Desarrollo de una Nueva Generación de Inteligencia Artificial”[2], también conocido como Plan 2030. En este documento se estableció una hoja de ruta clara para convertir a China en el líder mundial en IA para tal año. Para lograrlo se acordó con un robusto apoyo estatal, la inversión de recursos públicos y privados en investigación y desarrollo, la aplicación de los avances científicos en productos competitivos y la conjunción de esfuerzos entre industria y academia a través de modelos de código abierto.
Ese mayo de 2017 se desmoronó el mito de la superioridad humana en el juego de mesa más complejo: Go. En efecto, el modelo AlphaGo de DeepMind (Google) venció por 3-0 al campeón mundial, confirmando la capacidad de la IA para sobrepasar la intuición humana en tareas altamente especializadas.
Meses más tarde, en septiembre, Vladímir Putin pronunció su célebre frase: “Quien se convierta en el líder del desarrollo de la inteligencia artificial, gobernará el mundo”. Estas palabras, repetidas incontables veces desde entonces, anunciaban la trascendencia geopolítica de la IA.
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En Estados Unidos, el desarrollo de la IA ha descansado mayoritariamente en grandes empresas tecnológicas. En 2017, destacaban Apple, Microsoft, Facebook (hoy Meta), Google e IBM. Con el paso de los años se han sumado OpenAI, Anthropic, Nvidia, Hugging Face, Stability AI, Perplexity AI y Adept, entre otras.
En noviembre de 2022, la compañía OpenAI lanzó al público ChatGPT, modelo que sorprendió al mundo y exhibió las capacidades de la IA generativa. Como era de esperarse su lanzamiento también desató la competencia en ese ámbito. Google (con su modelo Bard, tiempo después rebautizado como Gemini), Meta (Llama), Anthropic (Claude), X (Grok), Perplexity y la francesa Mistral (Le Chat) también se sumaron a esta carrera. Salvo por Mistral, todas las empresas mencionadas tienen sede en Estados Unidos, como muestra del indiscutido liderazgo de esa nación en el campo de la IA hasta hace muy poco.
La situación se alteró a finales de enero de 2025 con la presentación de “Deep Seek”, un modelo de lenguaje chino cuyas capacidades se equiparan a las de los modelos más avanzados de las empresas estadounidenses. Lo más relevante, sin embargo, va más allá de su potencia: la arquitectura algorítmica de Deep Seek tiene una eficiencia enorme, ha logrado resultados de punta a partir de inversiones económicas relativamente bajas y con requerimientos de infraestructura computacional modestos. Esto contrasta con las inversiones astronómicas y la gran demanda de unidades de procesamiento gráfico (GPUs) de última generación, que caracterizan a los modelos occidentales.
La aparición de Deep Seek generó tal incertidumbre en los mercados financieros que la valoración de Nvidia, principal productora de GPUs en el mundo, cayó en 593 000 millones de dólares; se trató de la mayor pérdida de valor accionario en la historia de Estados Unidos.[3]
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En el plano geopolítico, la irrupción de Deep Seek no fue casual. El Plan 2030 anunciado por China en 2017 al que ya hemos aludido se dividía en tres etapas. Uno de sus objetivos era lograr en 2025 avances significativos en IA que convirtieran a ese país en el líder tecnológico en el sector. El cumplimiento de esta meta refleja la minuciosa planificación y la ejecución disciplinada del plan chino.
Del lado estadounidense, la respuesta ha sido muy significativa: el presidente Trump, por un lado, dio un golpe de timón al derogar regulaciones aprobadas por su antecesor Joe Biden, bajo el argumento de que éstas obstaculizaban el libre desarrollo de la IA. De este modo, dejó nuevamente en manos de las grandes empresas tecnológicas la responsabilidad de observar principios axiológicos.
Además, el gobierno Trump declaró una emergencia nacional en materia energética para desvincularse de compromisos medioambientales y fomentar la producción energética a gran escala para alimentar enormes centros de datos necesarios para el entrenamiento de modelos de IA.
Trump también anunció su decidido apoyo al proyecto Stargate, que destinará 100 000 millones de dólares en una primera etapa —de un total de 500 000 millones en cuatro años— para desarrollar infraestructura de IA. Junto esta mega inversión sin precedentes, se suman otras como la de Meta que invertirá entre 60 000 y 65 000 millones de dólares en un nuevo centro de datos con una extensión equivalente a la mitad de la isla de Manhattan.
El dato político es que la alineación entre las grandes compañías tecnológicas y el gobierno de los Estados Unidos es más intensa que nunca.
En ese tenor de hechos no resultan baladí las aportaciones millonarias de Elon Musk a la campaña de Trump —y a otros candidatos republicanos— ni la recolección de fondos más cuantiosa en la historia de los EE. UU. (más de 200 millones de dólares) para financiar la ceremonia de investidura presidencial a través de donaciones provenientes de Amazon, Meta, Google, Microsoft, Uber, OpenAI, Apple y de algunos de sus CEO a título personal[4]. Se trata de una sinergia muy poderosa de pronóstico reservado.
Como colofón está el nombramiento de Elon Musk como cotitular del Departamento de Eficiencia Gubernamental que tiene la misión de reducir costos mediante el desmantelamiento de áreas de gobierno descartadas por supuestamente innecesarias cuando muchas de ellas servían como entidades regulatorias y de control no sólo pero también a la industria tecnológica.
Se trata de un claro conflicto de interés porque Musk combina la función pública con la dirección de sus propias empresas, incluidas aquellas (como Space X) que tienen millonarios contratos con el Pentágono.
La imagen de Musk en la Oficina Oval, con su hijo al hombro, parado frente al presidente sentado, al anunciar los despidos masivos que ese desmantelamiento institucional conlleva, ilustra de manera gráfica la confusión de poderes que la nueva realidad impone.
Apuntes conclusivos
En la lucha por la hegemonía mundial, Estados Unidos y China han hallado en la IA una herramienta decisiva para consolidar y proyectar su poder.
Desde 2017, China sigue una estrategia cohesionada, impulsada por el gobierno central, que alinea objetivos, recursos y esfuerzos de empresas, centros educativos y de investigación en pro de metas muy concretas.
En Estados Unidos, la dinámica de libre competencia ha permitido un desarrollo impresionante de la IA liderado por las grandes empresas tecnológicas. El poder acumulado de estas compañías ha superado incluso las capacidades del propio gobierno.
La alianza entre la administración Trump y los gigantes tecnológicos representa un peligroso desequilibrio, pues la preservación del Estado de derecho y de los contrapesos institucionales se ve amenazada por una nueva oligarquía tecnológica que cuenta no sólo con cuantiosos recursos monetarios, sino con una herramienta que crece a pasos agigantados, con su consecuente incidencia cada vez mayor en múltiples aspectos de la vida humana. Con Trump enfocándose en la competencia global y desmantelando mecanismos regulatorios, el riesgo de que las corporaciones tecnológicas impongan su propia agenda, aumenta considerablemente.
El auge de la inteligencia artificial no sólo revoluciona la tecnología, sino que transforma las bases del poder político y económico a escala mundial. Entender su impacto, sus riesgos y las interacciones entre actores públicos y privados es fundamental para salvaguardar la democracia, la libertad y la estabilidad internacional.
Colofón
En el recuento de los hechos y de los datos hemos querido subrayar la concentración de poder político y poder económico/tecnológico en las grandes potencias globales. De hecho, hemos querido mostrar cómo en la amalgama de esos dos poderes existe un potencial desequilibrio a favor del poder económico.
Pero el medio distintivo del poder político -la amenaza y el uso de la violencia estatal- subsiste y subsistirá sin importar quién lo detente. Así que, en el núcleo de esa colisión de dos poderes, cohabitan el medio de la violencia con el de los recursos materiales. Juntos son capaces de condicionar el comportamiento de millones de personas en el planeta tierra.
Y, ¿el poder ideológico? Ese es el poder que se ejerce a través ideas, creencias, valores que tienen la capacidad de condicionar el comportamiento de las personas. Es decir que tienen la capacidad de lograr que realicen acciones que no querían realizar o que dejen de hacer cosas que querían hacer.
Para lograrlo se puede echar mano del saber científico genuino, del conocimiento verdadero, de las creencias o de las supercherías, de las convicciones, opiniones o las ideologías, pero también de las mentiras, los engaños o las manipulaciones.
Las herramientas tecnológicas en general son medios insustituibles para expandir derechos y libertades, pero particularmente en el caso de la inteligencia artificial - con su asombrosa capacidad de análisis y microsegmentación de las personas a partir de sus intereses y apegos emocionales y en función de ello, la generación de ideas altamente convincentes a través de textos, imágenes y videos- se constituye como una herramienta de poder ideológico en sí misma. Una con mayor capacidad de incidencia que cualquier medio de comunicación tradicional.
En esa dimensión sus propietarios son mucho más poderosos de lo que llegó a ser Berlusconi. También son mucho más millonarios. Ahora, además, cohabitan con el poder político de las grandes potencias mundiales.
Algunos de ellos, además, muestran derivas crecientemente fascistoides.
Se avecinan tiempos complejos para la humanidad.
Pablo Pruneda Gross y Pedro Salazar Ugarte. Coordinadores de la línea de investigación sobre derecho e inteligencia artificial (LIDIA) del IIJ-UNAM.
[1] Observatorio de políticas en inteligencia artificial, OCDE, https://oecd.ai/en/dashboards/overview
[2] https://www.gov.cn/zhengce/content/2017-07/20/content_5211996.htm
[3] https://www.reuters.com/markets/us/nasdaq-futures-tumble-chinas-ai-push-rattles-big-tech-2025-01-27/
[4] https://www.commoncause.org/articles/big-tech-is-donating-millions-to-trumps-inauguration/