El pasado 19 de noviembre falleció uno de los grandes filósofos del derecho de Latinoamérica y del mundo, Ernesto Garzón Valdés. De origen argentino, ciudadano del mundo, no sólo fue autor de una de las obras más sólidas de filosofía del derecho que, abrevando de diferentes culturas y tradiciones, abordó los principales problemas y discusiones de la disciplina posteriores a la Segunda Guerra Mundial, sino que también fue un elegante tejedor de instituciones y proyectos académicos en diferentes partes del mundo. México no fue la excepción. Vale recordar en este momento a este gran pensador, del que tanto le debe la filosofía de derecho en México, mediante este emotivo y entrañable testimonio de uno de sus amigos, discípulos y compañeros de aventuras intelectuales y académicas más cercanos en tierras mexicanas.

Es difícil expresar en pocas palabras el cariño y el agradecimiento que merece un maestro. Ernesto Garzón Valdés lo fue desde nuestro primer encuentro, en 1989, durante la celebración de uno de los Congresos Nacionales de Filosofía, en esa ocasión, en Xalapa, Veracruz, México. Quiero relatar ahora algunos momentos de ésta, mi amistad con Ernesto, que espero exprese, aun en pocas líneas, mi sentimiento de honda y genuina gratitud.
Un año antes de aquel encuentro en Xalapa, y a raíz de la publicación de una reseña que escribí de su libro-compilación, Derecho y Filosofía, recibí una llamada por teléfono en mi casa, en la que su autor me agradecía la reseña y la elogiaba congratulándose de que en México alguien siguiera interesado por la filosofía del derecho. Con la emoción y la incredulidad de que el maestro Garzón Valdés —a quien ya había leído en la revista Doxa y de quien tenía referencias por su gran amigo Fernando Salmerón, y también por Alejandro Rossi y Luis Villoro— se hubiera tomado la molestia de tomar el teléfono y charláramos unos quince minutos de reloj, le pregunté si habría la posibilidad de algún encuentro para platicar con calma. Decidimos vernos al año siguiente en el Congreso de Xalapa, donde él participaría con una conferencia magistral, y podíamos, como me dijo “cambiar figuritas”.
Dicho y hecho, con pocas armas intelectuales —y ahora veo que con gran audacia— me presenté en el Congreso, con el sólo interés de ver a Ernesto. Con su proverbial generosidad y ese trato jovial y siempre igualitario que tanto lo caracterizaba, iniciamos una plática que sería perseverante hasta el último día. Como solía hacer cuando pasaba por Ciudad de México, se hospedó en el Hotel Diplomático, y ahí prolongamos la charla iniciada en el Congreso, a la hora del desayuno, muy a la mexicana. Nunca dejaría de asombrarse de lo que los mexicanos podíamos comer en un desayuno, pero, sobre todo, que alguien de origen argentino como yo pudiera acostumbrarse a ello. Ernesto no pasaba de algún café, jugo o tostadas, con una frugalidad desconcertante.
Como era de esperarse en él, comenzaron a surgir proyectos académicos de todo tipo. Uno de esos proyectos fue la organización al año siguiente, 1990, de un par de seminarios en México. Uno de ellos estaría a su cargo y, para el otro, él me propuso invitar a un joven profesor español, “disciplinado y brillante” —son los términos que usó Ernesto—, que resultó ser Manuel Atienza. La idea, a través de esos “cursillos”, era generar una suerte de “shock” —expresiones muy garzonianas que gustaba intercalar en sus conversaciones— entre los asistentes, que pudiera replicarse en varias universidades y reinstaláramos en México la reflexión sobre la filosofía del derecho, con problemáticas y autores contemporáneos. Había que preparar a gente joven y entusiasmarlas para que se dedicaran de tiempo completo y, cuando fuera el caso, apoyarlas para realizar estudios fuera del país. Algo que me recomendó hacer desde ese mismo día que desayunamos fue organizar un grupo-piloto de estudiantes y de colegas interesados, que comenzaran a trabajar en los libros de los grandes jusfilósofos: Kelsen, Hart, Ross, Alchourrón y Bulygin, Raz y un largo etcétera. Los cursillos sólo serían la ocasión para resolver dudas, discutir problemas y mantenerse siempre actualizados. Así lo hicimos con mucho esfuerzo y conscientes que estábamos llegando a destiempo a todo lo que se venía haciendo en el mundo latino, especialmente en Argentina, Italia y España, pero que nunca era tarde para comenzar.
México había tenido muy buenos momentos jusfilosóficos con Eduardo García Máynez, kelsenianos y hartianos que seguían productivos, como Ulises Schmill y Rolando Tamayo y Salmorán, y analíticos finos como Javier Esquivel, pero este último había abandonado la filosofía del derecho y residía en Alemania, y Ulises y Rolando se hallaban cumpliendo encargos político-judiciales, o se encontraban relativamente marginados de las aulas académicas. Pese al apoyo y entusiasmo de Fernando Salmerón, desde hacía años, para incorporar los trabajos y hacer las invitaciones correspondientes a un núcleo brillante de jusfilósofos argentinos —Nino, Bulygin, Rabossi, Ernesto, entre otros— a través del Instituto de Investigaciones Filosóficas de la UNAM, el interés del Instituto estaba más abocado a la ética y a la filosofía política, que a la filosofía del derecho. Creo que esto era lo que desanimaba a Ernesto por ese entonces: tantos esfuerzos y recursos económicos y no se lograba crear una comunidad jusfilosófica que fuera más allá de actitudes parroquiales y pensara en la formación de estudiantes, no a corto sino a mediano y largo plazo.
En 1990 se impartieron esos dos cursillos con muy buena asistencia de participantes del ITAM, la UNAM, la UAM y la Escuela Libre de Derecho. Todos juristas, pero con una gran curiosidad e interés por la filosofía del derecho. Creo que fue una experiencia “shockeante”, en efecto. El carácter bifronte de la filosofía del derecho, a la vez teórica y práctica, y el manejo inteligente de la normatividad jurídica con un sinnúmero de fallos judiciales, legislación comparada, problemáticas universales y autores contemporáneos con gran potencial intelectual, nos abría un mundo del cual era imposible ya desprenderse. Fueron seminarios atrapadores y adictivos. Ernesto y Manolo nos abrieron las puertas de Alemania, Italia, Estados Unidos, España, Francia, Argentina, Inglaterra y otros países, con personas concretas y amigas, dispuestas a apoyar las actividades que emprendiéramos en México y en los estudios que quisieran realizar los estudiantes mexicanos en el extranjero. Había mucho trabajo que realizar, pero teníamos propósitos, guías y publicaciones. Era cuestión de voluntad y entusiasmo. Ernesto reuniría buena parte del material que nos presentó en el seminario en su libro Derecho, Ética y Política, y Manolo en su Las razones del derecho. Teorías de la argumentación jurídica.
Para 1991 diseñamos con Ernesto el Seminario que, por sugerencia de él, llamamos “Eduardo García Máynez”. Honramos así a un mexicano ilustre y con reconocimiento internacional. Pedimos a Ulises Schmill que ofreciera la conferencia inaugural, en la que no perdió ocasión para continuar su polémica con Eugenio Bulygin, y se dieron cita también Manolo Atienza, Carlos Alchourrón, Julia Barragán, Javier Ezquiaga, Robert Alexy y, por supuesto, Ernesto. El Seminario ha llegado con buena salud hasta el día de hoy y en cada una de sus versiones Ernesto proponía expositores, temáticas, siempre bajo una recomendación que la expreso con sus propias palabras: “Si guardada la calidad académica, vas a pagar el mismo boleto de avión para un colega generoso o para uno indecente, inclínate siempre por el primero. Es importante que las y los invitados dispongan de tiempo para hablar con los estudiantes, estén dispuestos a resolver todas las dudas, aun terminando las sesiones programadas, y construyan puentes entre países y universidades”. Por supuesto, no ha dejado de colarse uno que otro indecente, pero en general intentamos cumplir el mandamiento garzoniano.
Una peculiaridad del Seminario García Máynez es que los profesores cumplieran con algunas obligaciones académicas acordadas con los patrocinadores, lo que significaba trasladarse a algunas ciudades de la República: Oaxaca, Veracruz, Guanajuato, Querétaro, entre otras, para impartir algún seminario. Si mal no recuerdo en aquel 1991, o al año siguiente, a Ernesto y a Manolo les tocó viajar a Acapulco. Ernesto nunca ha sido muy amante de los paraísos soleados y arenosos, y menos si entre los compromisos había que levantarse a las seis de la mañana para comenzar la jornada académica a las siete y así, de corrido, hasta la hora del almuerzo. Ambos cumplieron como soldados de trinchera, y en el caso de Ernesto, agregó un toque de solidaridad a los afanes aventureros de Manolo. Manolo decidió subirse a uno de esos paracaídas acuáticos ante la mirada incrédula de Ernesto y mía, por supuesto, ambos, a ras de tierra. Nunca he podido acordarme cuál era la temática que nos convocaba en aquel seminario, pero no puedo quitarme la imagen de Manolo volando sobre el mar pero, sobre todo, y para tranquilidad de sus amigos, aterrizando en la playa. Nunca más le mencioné a Ernesto sobre la posibilidad de viajar al bello puerto de Acapulco.
En 1992, Ernesto me invitó a visitar al editor de su libro, Derecho y Filosofía, a sus oficinas en el barrio de Coyoacán, de Ciudad de México. Recuerdo esa visita y la plática con gran satisfacción y emoción. La idea de Ernesto era abrir una colección recuperando algunos de los libros que se habían publicado en la colección de Estudios alemanes, que él había editado en Argentina y que había dejado de circular. Ya se habían impreso algunos de los números de esa colección, que Ernesto había seleccionado pensando en su posible interés para los universitarios mexicanos. Faltaba integrarlos, con portadas y diseños adecuados para una nueva colección que ahí mismo, en la oficina del director de la editorial, Ernesto Pérez, decidimos llamarla “Biblioteca de Ética, Filosofía del derecho y Política”. Reordenamos los títulos con la promesa de otros más por venir, y en uno de los típicos arranques de generosidad de Ernesto, me ofreció que coordináramos la colección conjuntamente. Por supuesto, no dudé en aceptar sin dejar de cuestionarle esa imprudente decisión. Lo cierto es que nunca podré agradecerle a Ernesto que haya visto en mí a un cuasi-editor que pudiera acompañarlo en sus aventuras con los libros. En ese momento, Ernesto le hizo la promesa al señor Pérez que “en no menos de dos años podía tener un Mercedes Benz estacionado a la puerta de la editorial con las ganancias que obtendría de esta colección”. En los años sucesivos Ernesto y yo dedicamos un buen tiempo a promocionar la colección en las diferentes universidades de Ciudad de México, y también en las universidades estatales donde podíamos conseguir algún tipo de financiamiento para los viajes y los cursos. Fue un trabajo de vendedores sólo atribuible a la energía desbordante de Ernesto. La colección ha tenido muy buena recepción, aunque todavía no hemos visto estacionado el Mercedes. Ya llegará.
En una estancia sabática en Inglaterra tuve la posibilidad de visitar a Ernesto en Alemania, y él venir a Oxford con Delia, su esposa. En esos encuentros, y tal vez sin los compromisos académicos rutinarios, comenzamos a hablar más de cuestiones personales, en momentos que la amistad alcanza lo íntimo y las complicidades comienzan a ser necesarias. Algo que Ernesto sabe hacer con delicadeza y firmeza. Él es el primero en poner las condiciones de empatía necesarias para la confidencialidad y el tiempo puede transcurrir por horas en relatos, recuerdos, desahogos, y corajes, que hace de su cercanía física o anímica, algo invaluable y único. Todas y todos nos hemos beneficiado de esos encuentros y de esa bonhomía y esto explica, por supuesto, la comunidad de afectos y de solidaridad con Ernesto y entre los amigos de Ernesto. Un día en México, invitados no recuerdo a qué evento académico en el Colegio de México, estacionamos el coche en algún lugar cercano y la plática se extendió por horas. Nos olvidamos de nuestra cita y tuvimos que reprogramarla con cualquier pretexto. Confieso que estuve tentado a recordarle a Ernesto de nuestro compromiso, pero ¿por qué me iba a privar de ese momento? Ernesto me hablaba de una Argentina que yo no conocía o no recordaba, del dolor del destierro y de un continente latinoamericano que le entristecía y le provocaba mucha amargura. ¡Cómo no ver a México inserto en esa misma historia de pobreza, desigualdad, corrupción, violencia, y un largo etcétera: un país que pone la mirada esperanzadora en el norte del continente, pero que arrastra todas las calamidades propias del sur! Nuestras ciudades latinoamericanas despiertan siempre sentimientos de odio y amor, de atracción y rechazo, de dolor que se acrecienta en la lejanía. El arquitecto Teodoro González de León decía sobre Ciudad de México: “que es complejísima, sucia y corrupta, pero de una intensidad inigualable. Puedes visitar ciudades europeas bellísimas que son pequeños cementerios, o ciudades americanas llenas de jardines con calles vacías”. Algo de razón tiene, sin duda, pero creo que Ernesto prefería bajarle un poco a la intensidad y, de ser posible, trabajar arduamente para hacerlas menos violentas y menos corruptas.
En esa charla, y en tantas otras, por ese entonces, no me percataba que Ernesto iba construyendo un relato largo que terminaría en la publicación de un libro autobiográfico, que hablaba también de una Argentina y, por extensión, de un continente, cargados de ilusiones inacabadas y frustradas. Me hablaba, entre otros, de la ilusión de una justicia a medias con Alfonsín y de la ilusión neoliberal con Menem. La posdata de ese libro es reveladora: muestra a un Ernesto abrigando la esperanza de un cambio, una nueva ilusión, con la llegada de De la Rúa, pero al mismo tiempo se asoma una duda pesimista o realista dado el destino manifiesto de nuestros países: 2001 marcaría otra ilusión frustrada para la Argentina. La historia, de nueva cuenta, le daba la razón a Ernesto. No me atrevo ni a imaginar lo que Ernesto hubiera pensado de este nuevo encuentro de Argentina con su destino en las pasadas elecciones de 2023. Sobre el libro, El velo de la ilusión, escribía su querido amigo Guillermo O’Donnell:
Juntas, esas dos partes [del libro] —historia y testimonio primero, ceñido análisis después— son una importante contribución al conocimiento de nuestra historia reciente y un sólido argumento por la vigencia de los valores democráticos y liberales que Félix y Ernesto comparten tanto, que a pesar de sus diferentes tonos a veces parece que, en su lucidez e integridad, fueran una misma persona.
Los encuentros siguieron siendo fecundos en proyectos académicos y un buen día en su casa de Bonn, nos sentamos a pensar en una publicación periódica semestral cuyo primer número aparecería en octubre de 1994 y que le dimos el nombre de Isonomía. Ernesto redactó la presentación de la revista. Cito uno de sus párrafos:
La igualdad ante la ley en una democracia representativa es también la mejor garantía contra todo tipo de discriminación racial, religiosa o económica y es, por lo tanto, fundamento de la imparcialidad estatal. En un siglo caracterizado por las manifestaciones más sangrientas de discriminación e intolerancia que registra la historia, no es, pues, ocioso insistir en la relevancia del principio de igualdad y utilizarlo como nombre de una revista sobre temas jurídicos.
Hermana menor de Doxa, en quien se inspira, Isonomía, ha abierto un espacio de reflexión y debate en la comunidad mexicana, que se unía al seminario García Máynez y a la renovación de muchos contenidos curriculares en Teoría, Metodología y Filosofía del Derecho, en los distintos programas de universidades públicas y privadas. En estos últimos la guía de Ernesto fue determinante.
Los viajes de Ernesto a México se sucedían cada año y se fueron espaciando poco a poco, pero en cada uno de ellos se renovaban los afectos con sus amigos de primera y de última hora: Salmerón, Rossi, Villoro, Margarita Valdés, Carlos Pereda, Carlos de la Isla, Jorge Gaxiola, Luis Raigosa, Pablo Larrañaga, Pedro Salazar, Jorge Cerdio, Xisca Pou, Juan Antonio Cruz Parcero, René González de la Vega, Roberto Lara, Raymundo Gama y tantas y tantos amigos y alumnos. Después de la muerte de Fernando Salmerón, amigo que le ofreció las puertas del Instituto de Investigaciones Filosóficas cuando Ernesto fue expulsado de Argentina, nos propusimos visitar a Licha, su mujer, en cada visita de Ernesto a México, y pasar con ella unas horas en su casa de Tlalpan, al sur de la ciudad. Cuando nos despedíamos Ernesto invariablemente le preguntaba a Licha “si había sacado lustre a la charola de plata”, que él había mandado grabar en “La Carreta” de Insurgentes, en la planta baja de unos de los restaurantes Sanborns, con los nombres de los participantes en unos de los últimos homenajes a Salmerón. Un ritual que ambos cumplían a la perfección, y después de aprobar el lustre de la charola, nos despedíamos hasta el año siguiente. Licha le agradeció siempre a Ernesto esa lealtad al amigo y a sus familiares, especialmente en los momentos en que Fernando ya no era tan recordado por sus colegas y amigos.
En uno de esos viajes a México, con Ana, mi esposa, se nos ocurrió llevar a Ernesto a un restaurante de comida mexicana, ruidoso, con televisiones en cada esquina, con muchos niños y griterío, y para colmo, con un mariachi que no daba respiro alguno para poder platicar. Creo que el sacrificio valió la pena porque en un momento estratégicamente preparado se acercó el cantante y entonó esa canción que habla de un maestro en una de las artes más gratas que puede desarrollarse en la vida. En su estribillo la canción decía así: “Tengo el pelo completamente blanco/ pero voy a sacar juventud de mi pasado. Y te voy a enseñar a querer, como nunca has querido/ Ya verás lo que vas a aprender/ cuando vivas conmigo”. Ernesto entonó la canción de José Alfredo y repetimos el estribillo varias veces. Me preguntó si también la cantaba Chavela Vargas, otra maestra en esas artes, y no supe responderle. Ernesto me estaba descubriendo a la famosa Macorina.
Unos años después varias universidades mexicanas unimos esfuerzos y propósitos para crear la “Cátedra Ernesto Garzón Valdés”. En la ceremonia inaugural participaron Carlos de la Isla, Pablo Larrañaga, Jorge Gaxiola, Carlos Pereda, con la presencia de Ruth Zimmerling, José Ramón Cossío, Rolando Tamayo, Ulises Schmill, y con la asistencia de un sinnúmero de amigas y amigos que acompañaron a Ernesto en ese homenaje dando inicio así a un proyecto de largo aliento. La cátedra iniciaría con nuestro inaugurador oficial, Manuel Atienza, y, junto con los seminarios, continuaría con las participaciones de Robert Alexy, Eugenio Bulygin, Paolo Comanducci, Víctor Ferreres, Cristina Redondo, Ulises Schmill, Jorge Malem, Ruth Zimmerling, Luigi Ferrajoli, Tecla Mazaresse, Michel Troper, Alfonso Ruiz Miguel, Letizia Gianformaggio, Aulis Aarnio, Owen Fiss, Bob Summers, Juan Carlos Bayón, José Juan Moreso, León Olivé, Francisco Laporta, Juan Ruiz Manero, Daniel González Lagier, Pier Luigi Chiassoni, Roberto Gargarella, Carlos Gaviria, Rodolfo Arango, Josep Aguiló, Carlos Peña, Roberto Saba, y tantos otros colegas de la gran familia garzoniana. En su intervención inaugural, Ernesto escogió dos temas infaltables: el “coto vedado” y la “vía negativa”. Su exposición fue magistral y emotiva. Al final dirigió unas palabras para los mexicanos:
Desde hace treinta años vengo anualmente a México. La primera invitación la debo a Fernando Salmerón, amigo entrañable, compañero fiel de mis recorridos por librerías, universitario cabal y maestro de muchas generaciones de filósofos mexicanos. Desde entonces, la lista de amigos mexicanos ha ido aumentando en tal medida que su enumeración insumiría todo el tiempo de que ahora dispongo. Baste ahora subrayar cuánto valoro estas relaciones que cultivaré hasta el final.
Y sin duda, así lo ha hecho. Hasta hace pocos días, antes de su partida el pasado 19 de noviembre, nos comunicábamos con frecuencia, a la distancia, y sucedía siempre que sin dejarme terminar algún relato circunstancial interrumpía la conversación para preguntarme que cuándo iría a verle, porque yo sabía que “en Bonn, en la Rolandstrasse, tenía ‘techo y lecho’”. Una frase que reiteraba en cada llamada y que la hacía acompañar de otra que siempre me sonrojaba: “¡Cuantas cosas hemos hecho juntos!”. No sé qué idea se hacía Ernesto de mi contribución a sus emprendimientos en México, pero nunca pensé desmentirlo, porque simplemente me provocaba una alegría y un orgullo interior a los que no deseaba renunciar. En una de las últimas llamadas nos prometimos darnos un abrazo pronto, charlar largo y seguir “cambiando figuritas”. Delia me avisó escuetamente de su partida. No sé qué decirte ahora, querido Ernesto. Nada compensa el dolor y la tristeza de tu ausencia. Seguramente vendrán más recuerdos y habrá que acostumbrarse a vivir con esta solitaria orfandad, pero ¡qué alegría y qué regalo de la vida haberte conocido! y en verdad, y nunca tan bien dicho: ¿quién nos quita lo bailado?
Rodolfo Vázquez. Profesor emérito del departamento de derecho del ITAM.
Querido Rodolfo: qué homenaje tan sincero y qué personaje tan admirable. A pesar de que soy ajeno al ámbito académico que describes, la filosofía del derecho, tu hermoso texto permea una humanidad y un afecto que nutren el espíritu de quien te lee. Muchas gracias.
Un entrañable homenaje que es, además, una historia de cómo la Filosofía del Derecho nos ha abierto los ojos «a hombros de gigantes» latinos. Gracias, carissimo Rodolfo.