En este mes, la Suprema Corte definirá si es constitucional o no el matrimonio y la adopción por parte de parejas homosexuales. Serán varios los temas que abordarán los ministros durante esta discusión. Pero, sin duda, uno de los más relevantes será el relativo al supuesto daño que los menores sufren al ser adoptados por estas parejas. Se trata del argumento conservador por antonomasia en contra de la adopción gay. Y de ahí que haya sido incluido por el Procurador General de la República en su demanda en contra de las reformas al Código Civil del Distrito Federal que permitieron el matrimonio entre personas del mismo sexo (con el propósito, claro está, de que se invaliden).[i] Ante esto, vale preguntarse: ¿Cuál es la postura de la ciencia al respecto? ¿Es cierto que la adopción homoparental implica un daño para los niños?[ii] ¿Se debe prohibir este tipo de adopción en aras del “interés superior del niño”?

Como primer punto, quizá valga hacer un breve recuento de la relación entre la ciencia –en este caso, la psiquiatría y psicología, principalmente– y la homosexualidad. En muchos sentidos, los estudios que se han hecho en torno a la misma han ido de la mano de los movimientos político-jurídicos que han surgido y los reclamos que cada uno de estos han manifestado. Históricamente, por ejemplo, la lucha por el reconocimiento de las familias homoparentales es posterior a aquella que buscaba la despenalización de la sodomía o la reinvindicación del derecho a la no discriminación respecto el trabajo, la expresión, el tránsito o, inclusive, en la mera posibilidad de tener un hogar.[iii]

Así, si uno traza la historia psiquiátrica y psicológica en torno al sujeto homosexual, primero encontrará la discusión relativa a su desclasificación como enfermo mental y después la referente a su capacidad de establecer vínculos familiares.[iv] Ambos aspectos condicionados, claro está, a que el homosexual es quien ha tenido que comprobar que es igual al heterosexual.

En este sentido, en 1974 la Asociación Americana de Psiquiatría (APA) excluyó a la homosexualidad de su Manual Diagnóstico y Estadístico de Trastornos Mentales. ¿Cuáles fueron las razones detrás de esta desclasificación? Básicamente, que la homosexualidad, per se, no satisface los dos requisitos clave para considerarla como una enfermedad mental: que genere malestar personal y/o que esté asociada con algún impedimento general para funcionar socialmente. “Si la homosexualidad por sí no satisface los criterios para calificarla como desorden psiquiátrico, ¿qué es? Descriptivamente, es una forma de comportamiento sexual”. Dieciséis años después, en 1990, la Organización Mundial de la Salud se unió al razonamiento de la APA, eliminando también a la homosexualidad de la Clasificación Internacional de Enfermedades.

Uno pensaría que esto sería suficiente para que todos los derechos de los que gozan los heterosexuales fuesen extendidos a los homosexuales. Pero no, para aquellos que están en contra de la forma de vida de los homosexuales, una cosa es que éstos no sean perseguidos y criminalizados, que puedan llevar una vida discreta y privada, y otra muy diferente es que pretendan formalizarla a través del matrimonio y formar familias mediante la institución de la adopción. De ahí que una de las últimas batallas de la trinchera conservadora consista precisamente en evitar la formación de núcleos familiares homosexuales con el argumento de que éstos les causan daño a los niños.

Es por ello que inevitablemente la discusión ha volteado en los últimos años a la investigación psiquiátrica y psicológica, la cual se ha avocado a comprobar la existencia o no de este supuesto daño. Casi todos los estudios son relativamente recientes, teniendo no más de treinta o cuarenta años. Sin embargo, existen, cada vez son más y la mayoría de los que pueden ser considerados serios coinciden en punto medular: los menores que crecen en hogares homoparentales tienen las mismas posibilidades que sus contrapartes de desarrollarse sanamente.

Por tanto, con el fin de aportar información objetiva al debate que se dará en nuestra corte constitucional respecto la viabilidad de que los cónyuges homosexuales soliciten un niño en adopción, elegimos diseccionar el amicus curiae presentado por la Asociación Americana de Psicología, la Asociación Americana de Psiquiatría, la Asociación de Psicología del Estado de California y la Asociación Nacional de Trabajadores Sociales de Estados Unidos, para el caso In Re Marriage que resolvió la Corte Suprema de California en el 2008 -a favor, por cierto, del matrimonio entre personas del mismo sexo-. No hay que olvidar que los criterios establecidos en este amicus y demás estudios científicos serios, servirán como rasero para evaluar la argumentación que ofrezcan los ministros en caso de que se apoyen en la ciencia para defender su postura a favor o en contra de la adopción gay. Será interesante ver exactamente de dónde y de quiénes extraen su información científica cada uno de los ministros que aprovechen el recurso científico.

Ahora bien, ¿por qué éste y no otro documento científico? En primer lugar porque al haberse presentando en 2008, recoge las últimas investigaciones y estudios en la materia; por lo mismo, se trata de un texto que resume las decenas de estudios realizados en las últimas décadas; por otro lado, las diversas investigaciones que se incluyen en este amicus curiae no fueron elegidas en función de apoyar o demeritar cierta postura frente la adopción gay, responden más bien a razones de metodología y rigor científico y; finalmente, porque las instituciones que lo respaldan son autoridades en términos de legitimidad y seriedad respecto estos temas a nivel internacional.

A continuación, pues, se presentan los puntos más relevantes de este documento:

  • Para empezar, se parte de la premisa de que la homosexualidad no es un desorden psicológico o psiquiátrico, sino una variante normal de la orientación sexual de las personas. La mayoría de los homosexuales llevan vidas sanas, felices, bien ajustadas y productivas. Además de estar comprometidos en relaciones de pareja sanas en sus aspectos psicológicos esenciales.
  • En relación al argumento de que las parejas heterosexuales son inherentemente mejores padres que las parejas del mismo sexo y que los niños criados por padres o madres homosexuales no crecen ni se desarrollan adecuadamente, se afirma que ninguna de estas dos afirmaciones encuentran soporte científico. La orientación sexual de los padres, per se, no afecta la salud psico-social de los niños. Dado que las habilidades de ser padre o madre (parenting skills) de los homosexuales no difieren a la de los heterosexuales, sus hijos no muestran diferencias en términos de desarrollo. Esto es, se ha demostrado que los niños no sufren daño alguno en su autoestima, ansiedad, depresión, comportamiento, desarrollo en actividades sociales (deportes, escuela y amistades), hiperactividad, falta de sociabilidad, dificultad emocional o de comportamiento. No hay, como dirían los abogados, “prueba contundente o indicio alguno” que permita sostener lo contrario.
  • Tampoco se ha demostrado que la orientación sexual de los padres afecte ya sea la orientación sexual o la identidad de género de los menores. De hecho, sigue sin saberse la causa de la orientación sexual (sea heterosexual, homosexual, bisexual, etcétera). Lo que sí se sabe es que no existe una relación directa entre la orientación del menor y la de los padres (¿cuántos homosexuales no provienen de hogares heterosexuales?).[v] Esto es, la homosexualidad no es determinante, ni determinada por factores familiares.

Vale mencionar que un antecedente clave de las conclusiones de este amicus curiae, son dos estudios emitidos en julio de 2004 por la Asociación Americana de Psicología: Resolution on Sexual Orientation and Marriage y Resolution on Sexual Orientation, Parents, and Children. En el primero se afirmó, a partir de estudios empíricos, que “es injusto y discriminatorio negarle a las parejas del mismo sexo accesar al matrimonio civil, sus derechos, beneficios y privilegios.” En la segunda investigación, se reconoció que “no existe evidencia científica que permita concluir que la orientación sexual del padre o la madre perjudique su tarea como padre o madre: los padres y las madres homosexuales son tan capaces como los padres heterosexuales, de proveer ambientes de desarrollo sano y de apoyo para sus hijos.” Otro antecedente es el interesante estudio “Lesbian and Gay Parenting” en el que se desmienten, básicamente, tres argumentos: la creencia de que la homosexualidad es una patología y, por ende, los homosexuales enfermos; el prejuicio de que las mujeres lesbianas son menos “maternales” que las mujeres heterosexuales y; la idea de que las relaciones sexuales de las parejas homosexuales le dejan poco tiempo a los padres/madres para criar a los hijos.

En resumen: los estudios psiquiátricos y psicológicos serios demuestran que los menores que crecen en hogares homoparentales no muestran diferencias en términos de salud o desarrollo respecto de los que crecen en hogares heteroparentales. “Ninguna investigación empírica creíble sugiere lo contrario. Es la calidad de los padres lo que determina el desarrollo psicológico y social de los menores, no su orientación sexual o género.” En este sentido, la restricción de la adopción exclusivamente a parejas heterosexuales carece de una base objetiva y razonable. Aunque supone tener un fin legítimo –y de ahí lo tramposo de esta postura- el argumento que ataca la adopción gay en aras de proteger a los menores, parte de una premisa falsa: que la adopción por parte de parejas del mismo sexo les provoca un daño.

Por último, es necesario mencionar que este amicus curiae, que desmenuzamos líneas arriba, cierra con la siguiente conclusión: reconocer jurídicamente a las familias homoparentales, permitiría que los hijos de parejas del mismo sexo se beneficien no sólo de estabilidad legal (seguridad jurídica) y otros beneficios familiares que provee el matrimonio y la adopción, sino también contribuiría a eliminar el estigma social reproducido por el Estado. Y eso, diría la intuición, no puede ser más que benéfico para los mismos… O, ¿esto habría que comprobarlo también?

Estefanía Vela (@samnbk) y Daniela Hernández Chong Cuy (@dhchongcuy). Estudiantes, en proceso de titulación, de la licenciatura en Derecho del ITAM.


[i] Por cierto, el Procurador no arguye la inconstitucionalidad de la adopción gay con alguno de los argumentos presentados aquí. De hecho, su postura se limita a: los niños sufrirán trato desigual lo que generará discriminación en su contra –sin aportar evidencia alguna–, pero consideramos importante desarrollarlos para conocer las posiciones a favor y en contra que se puedan suscitar en el debate de la Suprema Corte.

[ii] Es necesario señalarlo: nótese cómo la pregunta viene ya predeterminada por el contexto. Esto es, se busca derrotar el argumento que sostiene que existe un daño y no, simplemente, “analizar qué ocurre en los hogares homoparentales”. La heterosexualidad sigue definiendo el parámetro de lo aceptable/deseable/óptimo socialmente, por lo que la homosexualidad debe defenderse comprobando que es igual a su contraparte.

[iii] Piénsese en la película de Milk: en la pérdida de un empleo por ser gay, las detenciones arbitrarias por ir caminando en Castro Street en la noche, sufrir una evicción porque el arrendador se enteró de las perversiones personales, etcétera. O recuérdese Stonewall (suceso que, por cierto, muchos señalan como el “nacimiento” del movimiento gay). O, si se quiere un ejemplo mexicano, piénsese en la “redada de los 41”.

[iv] Y si uno incluso va más atrás, encontrará también la historia en torno a su clasificación como enfermo mental.  Aquí, no puede ignorarse el trabajo de Michel Foucault y, en específico, su Historia de la sexualidad que se avoca a deconstruir los aparatos de poder y saber que regulan a la sexualidad. En el caso de la homosexualidad, per se, describe lo que fue el proceso de patologización como parte de la reestructuración de las sociedades burguesas, proceso que, como queda claro, sigue afectándonos. Históricamente, la decisión de la Asociación Americana de Psiquiatría de excluir a la homosexualidad de su Manual Diagnóstico y Estadístico de Desórdenes Mentales –en 1974– no es más que la deconstrucción –directa– del aparato decimonónico. Con todo, ese sujeto que se creó en el siglo XIX –bien lo dice Foucault: antes teníamos actos, no autores– sigue estando en el corazón de la discusión: ¿Son los gays aptos o no para ser padres? ¿Pueden los gays formar familias funcionales o están condenadas al fracaso?

[v] Vale preguntar: si la homosexualidad per se no es un problema, ¿por qué sería el que los niños sean gay o bisexuales? (Y quien arguya que la homoparentalidad anula la elección sexual, vale preguntar por qué no se afirma lo mismo respecto de la heteroparentalidad.)

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