La propia complejidad y polivalencia que implica el ejercicio de la abogacía, en relación a diversas estructuras sociales, exige precisamente la necesidad de un estudio integral que examine de manera interdisciplinar los fenómenos que lo configuran, las luchas que libra y las proximidades que puede guardar con los agentes de otros campos sociales. Así, antes que decantarse por un proyecto rigurosamente demarcado y exhaustivo desde una visión unidimensional, la elaboración de este proyecto oscila entre la interdisciplinariedad y la transversalidad, adoptando un amplio marco conceptual que permite la incorporación de múltiples elementos heterogéneos para sostener y agrupar un común denominador de ciertos rasgos presentes en la figura del abogado.

De ahí que, a pesar de que cada capítulo, o grupo de capítulos, que conforma la integralidad del presente trabajo, responde a un análisis disciplinar específico —el primero, histórico-crítico; el segundo, ético-moral; el tercero, cuarto, y quinto, filosófico-jurídico y; el último, sociopolítico o institucional—, no se puede entender cada uno de estos como compartimentos estancos. Se trataría de entender los límites no como delimitaciones concluyentes, sino como vasos comunicantes enlazados entre sí, sugiriendo que quizá para su lectura y cabal comprensión sea preferible tener en mente la idea de borde, de algo que está muy cerca, que se influye de forma recíproca, pero mantiene su individualidad.

De tal forma que se intentará explicitar la complejidad de la figura del abogado y la relación que fragua al momento de operar con el derecho. En efecto, por sus profundas implicaciones sociales, es posible descubrir en su accionar un sinfín de matices y claroscuros que rompen por completo el tradicional esquema binario en el que se le configura. Y es que la abogacía ha sido identificada como uno de los ejemplos más claros de profesiones liberales, cuyas labores se encuentran indefectiblemente subordinadas a los intereses de parte. Pero las cosas son más complejas.

Posiciones y términos incompatibles se fusionan para develar la dificultad por comprender a la figura del abogado. Al oscilar entre la posibilidad de transformación y el mantenimiento y defensa de los intereses de los poderes dominantes; el conflicto y la conciliación; lo claro y lo confuso; estos profesionistas navegan entre enfoques imprecisos que alteran su ejercicio y dificultan enormemente su temática teórica.

A diferencia del derecho, donde constantemente se ha teorizado sobre su definición, para el caso de los operadores jurídicos, esto ha sido profundamente contrastante, acarreando un sinnúmero de problemáticas y desequilibrando su comprensión práctica. Y no solo existe una desatención de los operadores jurídicos respecto al estudio del derecho en general, sino también en relación a otros actores en lo específico; como lo hace notar Luigi Ferrajoli, la singular desproporción de la vasta literatura, no solo jurídica sino también sociológica y filosófica-política, dedicada a los jueces y los fiscales, e incluso a la figura del legislador, contrasta con la que analiza a los abogados, develando así, más que un descuido intencional, un menosprecio estructural respecto a su figura en sociedad.

Gregorio Peces-Barba afirmaba que los operadores jurídicos se diferencian del común de los ciudadanos por actuar en el ámbito legal, a través de la intervención profesional estable en un cargo u oficio, como creadores, como intérpretes, como consultores o como aplicadores del derecho. A la luz de dicha postura, los abogados tienen el compromiso de fungir como los principales intermediarios entre el derecho y sus destinatarios, pues sus acciones afectan vigorosamente al mejoramiento del sistema. El abogado no es solo un representante de un cliente, sino también un actor cuyas acciones influyen profundamente en el sistema. No obstante, esta última afirmación, por sí sola, no implica contemplar el trabajo de los abogados como meros oficiales de la cuestión pública, sino que, por el contrario, al aglutinar una serie de funciones tan difusas como divergentes, estos operadores manifiestan su carácter ambivalente, dependiendo, en gran medida, de si el rol que realizan lo hacen en complicidad con el sistema en el que se desempeñan o, en el extremo opuesto, a través de la faceta de agente que intenta desestabilizar al mismo, para propulsarlo e intentar la transformación de su entorno más allá de las vías legales.

Bajo dicha lógica, la pregunta de cómo entender a la figura del abogado ha buscado esclarecer la función que este profesional del derecho ejerce en sociedad y, de forma casi invariable, ha tendido a expresarse en términos absolutos. Pero quizás vaya siendo tiempo de matizar y flexibilizar esta respuesta a partir de la idea de ambivalencia. Ni superhéroe, ni vindicador, ni revanchista: al adentrarse en el estudio de la abogacía y relacionar esta profesión con la importancia del rol que tiene en la reproducción del sistema o en su mutación, es posible dar cuenta sobre lo intrincado de sus acciones y así reflexionar en torno a su incomprendido papel en sociedad.

De ahí, precisamente, que, en este trabajo, a pesar de rastrear rasgos que se descubren comunes a la figura del abogado en distintos espacios y lugares, no se aborde a este operador del derecho de forma uniforme y desde una sola perspectiva, sino que su estudio se remite a ciertos contextos particulares y enfoques específicos. Así, lo interesante de esta investigación resulta de indagar en las causas que explican por qué el abogado despliega determinadas acciones, por qué es visto de alguna u otra manera, o por qué se relaciona con el poder de cierta forma. Por tanto, renunciando de antemano a establecer un concepto preciso para evitar menoscabar tanto las clases de abogados como la polivalencia de este profesionista, lo que ha resultado más conveniente a la hora de realizar este estudio es la adopción de una definición de trabajo flexible que permita adecuarse tanto a su rol procesal en general, como a algunas de las diferentes facetas que despliega en particular. Así, para responder a la pregunta sobre qué tipo de abogado versará este estudio, vale la pena tener en consideración una distinción metodológica importante. Por un lado, cuando a lo largo del trabajo se aborda a este actor de manera general, lo que se pretende explorar es el rol procesal del abogado, es decir, la función habitual de este operador del derecho, que se enfoca en salvaguardar al sistema de la tentación inquisitorial-monológica, dando pie al diálogo y al conflicto procesal entre las partes involucradas. Por otro lado, cuando se habla de algún tipo de abogado en particular (especialmente en los apartados iusfilosóficos, al repasar cada escuela de pensamiento), lo que se intenta es llamar la atención sobre alguna de sus funciones específicas, que dependerán de las posibilidades de cada contexto determinado.

Esta precisión analítica sirve para ser conscientes del alcance de la presente investigación y dejar en evidencia de sus límites. Resulta claro que el término abogado en sentido amplio puede conllevar una completa indeterminación y vaguedad. Por eso, el camino que se ha trazado para abordar al mismo considera primordial tener en consideración la singularidad de cada análisis en lo específico (respetando los métodos de las disciplinas involucradas y sobre todo sentando las bases para estructurar un discurso coherente que pueda guiar y comprender a este actor), para reiterar que este trabajo no solo abraza la interdisciplinariedad sino que enfoca su objeto de estudio desde una convicción política y epistemológica en donde la descripción y la prescripción se enlazan. En función de esta metodología recién descrita, la estructura general que se eligió fue la siguiente.

El primer capítulo aborda la figura del abogado desde una óptica histórica-crítica, ya que resulta bastante usual que la historia del abogado se relate desde una trinchera muy alejada de la realidad, impregnada por la cordialidad y la clemencia, edulcorada hasta el extremo. Así entonces, se realizará un repaso crítico sobre los orígenes de la figura del abogado a través de los periodos en los que tradicionalmente se ha segmentado la historia, recogiendo una serie de aspectos y condiciones que, aunque identificables durante su transcurso en el tiempo, por lo general, suelen pasar inadvertidos o quedan relegados por no encontrarse alineados con un relato oficial, estándar y acrítico de la profesión. Después, se procederá a estudiar su proyección dentro del complicado entramado contemporáneo, haciendo énfasis en diversos fenómenos que afectan de manera directa a la abogacía, en el marco de la globalización y la crisis. Además de cimentar una base para sostener el carácter transversal de ciertos rasgos presentes en la figura del abogado, el objetivo de este apartado sería cuestionar las insuficiencias de la comprensión de la abogacía desde una óptica exclusivamente unidimensional. La inercia desplegada a través de los siglos ha generado que muchos problemas se aborden solo superficialmente y sin considerar las verdaderas cuestiones materiales que resulta necesario poner en discusión.

En el segundo capítulo se realizará un análisis de las cuestiones ético-morales en la figura del abogado, que será guiado integralmente por la idea de la ambivalencia en la profesión. Los múltiples vínculos relacionales que entabla este actor al desarrollar sus actividades develan tensiones que difícilmente podrán ser ignoradas; contradicciones que, sin embargo, revelan la lamentable manera en que la retórica del profesionalismo y la deontología decorativa han ido poco a poco socavando el tratamiento de los conflictos morales en el ejercicio de la abogacía, influyendo negativamente sobre la comprensión de su rol en las dinámicas jurídico-políticas. Así, sirva este apartado para llamar la atención sobre la urgente necesidad de entender las complejidades éticas de los abogados desde una óptica sustantiva y formular una propuesta teórica que pueda, en mayor o menor medida, detonar una amplia reflexión en torno a las formas de abordar la moralidad en su práctica diaria. Se tratará de evidenciar la enmarañada urdimbre moral que enfrentan los abogados, para concluir que resulta fundamental tender puentes hacia otras disciplinas que permitan que el derecho cobre sentido a partir de los individuos que lo accionan. Bajo esta óptica, el rol de los abogados resulta cardinal e indispensable, pues estos se encargan de dotar de contenido a las prerrogativas que consagra dicho conglomerado de reglas y principios, al tiempo que también moldean las pretensiones de terceros. De ahí entonces que, en el siguiente apartado, que comprende los tres capítulos subsecuentes, se realice un barrido por distintas escuelas y teorías iusfilosóficas respecto a la figura del abogado. Solo así se podrán desentrañar las implicaciones que las principales concepciones del Derecho tienen respecto a los abogados.

La tajante distinción entre teoría y práctica produce una dañina comprensión del derecho que inhibe su estudio desde diferentes aristas, delimitando su incidencia social a un tan exclusivo como reducido grupo de personas. De tal forma que, en los capítulos III, IV y V, se despliega un análisis de la figura del abogado desde la filosofía jurídica, un estudio integral que conjuga las ideas con el ejercicio práctico. El objetivo de esto es abrir nuevas perspectivas de conocimiento que posibiliten dotar a los abogados de un mayor entendimiento de su profesión, para la posterior comprensión de sus implicaciones desde una óptica que invite tanto a la reflexión como a la generación de mejores prácticas. Así, por sus amplias posibilidades, la filosofía jurídica resulta un campo tan fértil como fundamental para conjugar la teoría y la práctica, y analizar una figura como la de los abogados. Por lo que, haciendo un barrido por las principales corrientes, escuelas, y autores que han marcado pauta dentro de las trayectorias contemporáneas de esta disciplina del derecho es posible advertir una ausencia generalizada de la figura del abogado. Se trata de una laguna que ha intentado ser paliada a partir de su subordinación a otros operadores jurídicos, endosándole un rol más bien tangencial impuesto por las condiciones que requiere el propio sistema en el que se desempeña. Sin embargo, es dicha falta de teorización la que permite explorar la relación de este operador con ciertos esquemas impuestos por los modelos jurídico-políticos preponderantes en cada época. De ahí que a lo largo de este apartado —segmentado a su vez en tres grandes corrientes preponderantes dentro de la teoría del derecho contemporánea (positivismo, movimientos antiformalistas y postpositivismo)—, el hilo conductor del mismo consista en demostrar una desatención colectiva respecto a la figura del abogado. No de forma uniforme, ni tampoco consciente, sino más bien de manera gradual e inconsciente, oscilando entre la inercia y el hermetismo que destellan los rígidos márgenes en los que tradicionalmente se han concentrado los juristas teóricos. El objetivo específico de este grupo de capítulos, en lo que se podría considerar la parte medular de la tesis, se alinea no solo con levantar acta respecto a la ausencia, invisibilidad, o menosprecio del abogado dentro de ciertos temas específicos que han configurado las trayectorias contemporáneas de la teoría del derecho, sino, y sobre todo, con la promoción de una ciencia jurídica comprometida con la práctica de los operadores del derecho, que pueda generar una mayor contextualización del tema a desarrollarse desde la teoría o, en otras palabras, de la importancia teórica de los abogados como conectores prácticos del sistema con los intereses sociales y las pretensiones de justicia.

Siguiendo ese orden de ideas, la figura del abogado, con sus propias características y las potencialidades que atesora si se contempla desde otras perspectivas, resulta adecuada para que sus actividades se dirijan hacia la promoción y defensa de causas sociales. Se trata de un actor, en efecto, capacitado para generar un vínculo especial con otros operadores del derecho. Así, antes que continuar con la lógica de analizar a este actor desde una óptica particular, se propone —para finalizar el trabajo— un capítulo de índole no analítica sino propositiva, conjugando acciones sociales e institucionales que puedan abrir un abanico de posibilidades desde diferentes trincheras, para que la figura del abogado pueda ayudar a solventar problemáticas que obstaculizan una mejor calidad de nuestros sistemas jurídico-políticos. El eclecticismo de alternativas planteadas y su respectiva adjudicación no solo a abogados, sino también a otros operadores del derecho, responde a la búsqueda de mecanismos que además de permitir que cualquier persona ponga en movimiento las estructuras jurídicas y evite incesantes o futuras violaciones a los derechos de los involucrados, abran cauces que permitan imaginar y repensar distintos modelos de ejercicio de la abogacía. Es decir, la hipocresía se desprende del incesante uso y manipulación de las palabras, del clasismo y elitismo en la profesión, de la constante tendencia al conflicto, de la predilección por el desentendimiento de las cuestiones sociales, o de cualquier otro rasgo peyorativo que pudiera identificar a las labores de los abogados, pueden atajarse a partir de un ejercicio de creatividad que propulse acciones políticas e institucionales concretas para aterrizar todo lo pensado y teorizado en torno a los abogados.

Así, al seguir un método pluridisciplinario —que conjuga el análisis histórico, ético, filosófico y sociológico—, la presente investigación forma parte de un amplio trabajo que estudia la figura del abogado a partir de la combinación del razonamiento teórico y su práctica cotidiana. El preponderante papel de los abogados en la construcción del derecho resulta crucial para el análisis de los efectos que tiene la traducción de cualquier conflicto material a términos jurídicos, es decir, la expropiación del problema en relación a los verdaderos afectados y su posterior tratamiento por expertos (con base en procedimientos reglados y un lenguaje técnico y altamente especializado). De ahí entonces que, en el fondo, se descubre a los abogados como agentes posibilitados para el uso político de las formas jurídicas, tanto en su vertiente de dominación como de emancipación. El rol que juegan en esas luchas y las maneras mediante los que pueden aprovecharse del sistema jurídico, en definitiva, no se pueden disociar de una determinada idea de justicia.

No es demasiado tarde para intentar refundar la profesión. Tampoco es momento de seguir ignorando el problema, o bien de atribuir culpas y señalar responsables respecto a los graves problemas en el ejercicio de la abogacía, sino que, simple y sencillamente, la coyuntura actual despliega excelentes condiciones para recuperar el tiempo perdido y estudiar y comprender de mejor manera la figura del abogado. Pues solo así nos percataremos de que, hoy más que nunca, su rol en sociedad resulta fundamental para generar mejores prácticas en el ejercicio de la profesión, y, por ende, en el derecho.

Juan Jesús Garza Onofre. Profesor de planta de la Facultad Libre de Derecho de Monterrey. Twitter: @garza_onofre

Nota: este texto es un breve resumen de la tesis para obtener el grado de doctor en derecho por la Universidad Carlos III de Madrid, recientemente defendida y aprobada, con la nota Magna Cum Laude.