
En México nos pasan tantas cosas malas que tenemos todo un abanico para lamentarnos. Hay una, sin embargo, que por su gravedad debería indignarnos, no sólo como mexicanos sino como miembros de la especie humana: me refiero a la trágica, cruda e inmisericorde utilización de las personas como producto desechable y absolutamente prescindible, a manos del crimen organizado. La desaparición forzada de personas, el asesinato en masa y el reclutamiento de gente joven y pobre se ha convertido, lamentablemente, en una noticia que no sorprende como debería ni a los periodistas, ni a los académicos, ni al ciudadano común, y mucho menos a un gobierno ebrio de narcisismo.
Las imágenes de zapatos, ropa y otros enseres personales acumulados, junto a los hornos crematorios del Rancho de Izaguirre en Teuchitlán, son ya para la historia la versión mexicana del exterminio. La comparación de las macabras imágenes difundidas el pasado 5 de marzo por el grupo Guerreros Buscadores de Jalisco con los campos de exterminio nazi no son una idea original de algún astuto periodista o de un aguzado analista político. La analogía se desenvuelve sola.
La indiferencia es el mal de nuestros tiempos. Por algo dijo Martin Luther King que “lo preocupante no es la perversidad de los malvados, sino la indiferencia de los buenos”. Las imágenes atroces de los zapatos que evocan el exterminio fueron difundidas el domingo 9 de marzo del presente año; sin embargo, las primeras páginas de los principales diarios del país correspondientes al lunes 10 se ocuparon principalmente del mitin del zócalo convocado por la presidenta Claudia Sheinbaum para “defender la soberanía” ante las amenazas de alza de aranceles a cargo del desquiciado presidente Trump e, inclusive con más acento, el desdén sufrido por ella misma a manos de la camarilla de su propio partido.
Así, apenas el martes 11 asistimos a leer los primeros textos de denuncia tanto del descubrimiento del campo de exterminio, como de la lamentable indiferencia generalizada del lunes. Un ejemplo paradigmático es el artículo titulado Teuchitlán, de José Ramón Cossío Díaz aparecido en El País, ese mismo martes. ¿Cuánto durará la indignación? Octavio Paz nos advertía en 1973, cuando ocurrió el golpe de Estado en Chile, que la indignación es una moral de corto plazo, y seguramente esta también durará poco. Pronto pasaremos página con otra noticia más “agradable”, otro meme ingenioso o con una nueva pirueta de nuestros políticos.
Con todo, es indignante que no se indignen los que tienen más voz en la República, como la presidenta y su gabinete, porque ellos podrían, además, de influir en el ánimo de la gente, elevar al grado de anormal lo que hoy parece normal y dar la cara ante la nación como corresponde; asumir su parte de responsabilidad y exponerse al escrutinio, aun a costa de la pérdida de popularidad. Lástima que para ellos sea más importante su cuarta transformación que el hecho de que muchos jóvenes sean tratados como lo que los nazis llamaban untermenschen, es decir, “subhumanos” o “seres inferiores”.
Desgraciadamente, se sabe, en México no existe un sólo Teuchitlán, sino muchos. Somos, tristemente, El país de los 100,000 desaparecidos, como expresaron en 2022 Pablo Ferri y Constanza Lambertucci. Ahí donde se ubique a un grupo armado con influencia en un territorio, seguramente se esconde un campo de exterminio. Basta con sumergirse en el mar de la internet para encontrar que esos lugares existen a lo largo y ancho del territorio nacional y que en más de una ocasión han sido descubiertos o denunciados.
Un argumento de autoridad en esta materia lo tiene, sin duda, la ex titular de la Comisión Nacional de Búsqueda de Personas Desaparecidas, Karla Quintana Osuna, quien conoció esos infiernos de manera directa en sus múltiples andares, y emitió tantas y tales opiniones y denuncias[1], que terminaron por precipitar su salida de la Comisión. Al expresidente López Obrador le pareció insultante la verdad. Entre sus múltiples fracasos como gobernante destaca la agudización de la crisis humanitaria de la desaparición forzada de personas heredada de gobiernos anteriores. Es claro que la diferencia por él marcada no es digna de presumirse. Los números, los muertos y el dolor de las familias buscadoras le perseguirán eternamente y mancharán, como lo merece, su falsa imagen de profeta transformador. Si bien, la realidad de los campos de exterminio no es algo novedoso, podemos decir que las imágenes de los zapatos de Teuchitlán potencian poderosamente esta colección de barbaries, del mismo modo que hicieron las fotografías de Nick Ut con la Niña del Napalm en la guerra de Vietnam.
La indignación, entonces, debe ser colectiva tal y como lo es la responsabilidad. No se trata de señalar culpables específicos, porque, se insiste, las fosas y los campos de exterminio de hoy son la cosecha de una añeja siembra de indiferencia, malos gobiernos, descomposición social, modelos educativos fracasados, corrupción (en lo público y en lo privado), irresponsabilidad financiera, individualismo, ideologías enajenantes, fanatismo, populismo, idolatría y desesperanza. El proceso y el producto acaban por fundirse. Hoy empollamos el huevo de una serpiente futura, mientras sufrimos la picadura de otras serpientes, cuyos huevos dieron calor las generaciones pasadas.
La indiferencia del mexicano ante la muerte —decía Octavio Paz— se nutre de su indiferencia ante la vida. Las personas buscadoras, mayoritariamente mujeres, parecen romper esta regla. Ellas, varilla en mano, como suele decir Karla Quintana, recorren bajo el sol interminables caminos tras el olor de la muerte a fin de dar con, al menos, un rastro, una prenda, un hueso o un tatuaje, que les permita paliar el dolor de la ausencia. Este hallazgo, no lo olvidemos, es mérito de ellas, no del Estado mexicano. Acaso en ellas está la luz en el fondo de este interminable túnel. Su esfuerzo no ha de ser en vano. Si las razones son hechos, y estos zapatos envejecidos y abandonados son la evidencia de un hecho irrefutable, entonces tenemos una muy buena razón para exigir acciones a las autoridades, pero también a nosotros mismos. ¿Qué más necesitamos para no escandalizar? El escándalo es que este hallazgo no sea un escándalo.
Roberto Lara Chagoyán. Profesor de derecho del Tecnológico de Monterrey.
[1] Parte de sus testimonios se encuentran en su página https://karlaquintana.org/, y concretamente, en https://insightcrime.org/es/noticias/sitios-exterminio-mexico-predominan-estados-noreste/
Y pronto habrá una serie más de Narcos México en Netflix que retrate este capitulo de terror, de 2006 – 2024.
Habrá en esta nueva serie la consabida y resobada complicidad entre autoridades y lideres de la mafia. La novedad serán los hechos de lesa humanidad y terror de los campos de reclutamiento y exterminio, con un nuevo telón de fondo, en el cual la CNDH estaría al servicio del poder. Habrá nuevas escenas en las que se vea al ex presidente amlo visitando reiteradamente Badiraguato o saludando a la madre del líder criminal al que él prefiere llamar «señor Guzman». Se verá la operación electoral del narco en el pacifico y al gobernador Rocha en su laberinto. Los últimos capítulos mostraran la sustracción del Mayo, las traiciones internas y la expulsión de los 29 capos a las cárceles del Necrofílico imperio Norteamericano. Se mostrará a las madres buscadoras -despreciadas por amlo- escarbando en los campos de exterminio.
El corolario podría ser una escena en la que los deudos ponen las fotos de sus desaparecidos en el altar del 2 de noviembre. Y entonces el mundo entenderá por qué paso todo esto.
LIC. ROBERTO: Orgulloso estoy de ser tu amigo y de tu familia. Me consta que el esfuerzo personal y permanente te han permitido llegar a ocupar un lugar prominente en la judicatura de nuestro país., por lo que te felicito.
Sobre este artículo referente a Teuchitlán me quedo con tu atinada y triste reflexión sobre la «indiferencia» que ahora tenemos los mexicanos sobre cualquier desgracia.
Espero que tus letras representen una fuerte sacudida que nos lleve a mejorar nuestra vida y esperar, exigiendo, que nuestras autoridades actúen y cumplan con su obligación para bienestar de todos nuestros compatriotas.
Roberto: Saludos desde la frontera norte, concretamente desde Ciudad Juárez, donde, en so de las fosas clandestinas, no cantamos mal las rancheras; lo importante es que morena es «la esperanza de México»; por fin Ayotzinapa, quedó atrás, forma parte de la necrofilia criminal nacional y su lugar, ahora lo ocupa Teuchitlán; el Estado prohibe las corridas de toros porque la sangre de los toros bravos, cuyos filetes después nos los comemos, cae sobre la arena de la plaza México, pero ese fetiche Estado, no acepta, que todo el territorio nacional, desde hace muchos ayeres, donde se incluye, a querer o no, la 4T. está tinto en sangre y no tiene para cuando dejar de estarlo. Vale.